Aspectos del Imperio: Romano, Sacro y Germánico

Símbolos, paralelismos y patrones del pasado ayudan a la consolidación del poder, y si la religión puede beneficiarse de la lucha por el imperio, mucho mejor. Cuando un hombre puede presentarse a sí mismo como un dios, o al menos como un servidor escogido por la divinidad, y sus partidarios promueven su fantasía, puede ejercer una autoridad como nadie más.

Cuando Otón I fue coronado rey de los sajones y de los francos en el año 936, todo estaba listo para intentar de nuevo reavivar los aspectos del Imperio Romano en occidente. Como podríamos esperar de otros ejemplos en esta serie de aspirantes a mesías, los símbolos de los primeros tiempos pronto entrarían en juego para reafirmar el esfuerzo de reconstrucción. El renacimiento otoniano no sería diferente: se basó ampliamente en el precedente imperial.

Una generación posterior a la muerte del rey franco y del «emperador augusto» Carlomagno ocurrida en el año 814, su concepto de renacimiento del imperio cayó presa de sus pendencieros herederos. Los francos se dividieron en dos pueblos independientes. La rama oriental habitó lo que ahora conocemos como Alemania central, mientras que sus hermanos occidentales ocuparon la mitad norte de la Francia actual. Al centro del vasto imperio de Carlomagno, extendiéndose desde el Mar del Norte al Adriático, surgió un tercero y polémico reino conocido como la «Francia de la Edad Media», que comprendía a Italia, Provenza, Borgoña, Lorena y Frisia (que corresponde aproximadamente a lo que hoy en día comprenden los Países Bajos). La política gobernante de la región la convirtió en un campo de batalla durante décadas, imponiendo con ello los aspectos clave de la agenda de política exterior de Otón.

La región que hoy conocemos como Alemania era el hogar de cinco tribus principales: los francos, los sajones, los suevos, los bávaros y los turingios. Las tribus buscaban que los duques las defendieran en las emergencias militares. En el año 911, cuando la línea franca-carolingia que gobernaba el este quedó extinta, los duques se amalgamaron en una especie de confederación y eligieron a uno de ellos como su líder supremo o rey. Aunque estaban al servicio de los demás en tiempos de guerra, los duques mantenían un alto nivel de independencia en tiempos de paz. Este patrón de gobierno ha persistido en la región y encuentra su paralelo en la Alemania federal contemporánea y en la Unión Europea.

EL REY QUE SERÍA EMPERADOR

Aunque Otón había sido nombrado por su padre, el Rey Enrique I, para que le sucediera en el trono a su muerte, quedó en manos de los poderosos representantes de las tribus germánicas el aprobar al sucesor designado.

«He aquí, os presento al Rey Otón, escogido por Dios, nombrado por el poderoso señor Enrique, y elevado al trono por todos los príncipes. Si estáis satisfechos con esta elección, ¡mostradlo levantando sus manos hacia el cielo!»

Del relato de Wildukind de Corvey sobre la coronación, citado por Martin Kitchen, The Cambridge Illustrated History of Germany

El nuevo rey fue confirmado en dos ceremonias por separado: una secular y una eclesiástica. Sentado en un trono del patio de la catedral en la capital de Carlomagno, Aquisgrán, Otón I recibió los juramentos de lealtad de los príncipes seculares. La parte eclesiástica de su elección se realizó en el interior de la catedral. Allí, a solicitud del arzobispo de Maguncia, Otón fue aclamado al estilo romano con el juramento en el cual el pueblo alzaba su mano derecha, confirmando así su sumisión con el grito tradicional de «Sieg und Heil» («victoria y salvación»). De pie detrás del altar, recibió las insignias reales: la espada para contener a los enemigos de Cristo y mantener la paz entre los francos; la capa y los brazaletes en señal de la necesidad de una ferviente fe y fortaleza para preservar la paz; y el báculo y el cetro del poder y la autoridad monárquica. Luego los arzobispos de Maguncia y Colonia ungieron y coronaron al nuevo líder. De acuerdo con el historiador Martin Kitchen, la ceremonia «implicaba que Otón seguiría los pasos de Carlos el Grande y sería coronado emperador en Roma» (The Cambridge Illustrated History of Germany, 1996).

Desde un principio Otón confió en la influencia histórica de la reputación y el éxito de Carlomagno para fortalecer su mandato, remontándose a las raíces romanas en busca de una mayor legitimidad. Uno de sus biógrafos, el monje Widukind de Corvey, describe su punto de vista respecto a los atributos únicos de Otón en un lenguaje extraído de la antigüedad pagana romana: divinus animus, caelestis virtus, fortuna, constantia y virtus. El hilo continuo del culto al gobernante romano es uno de los temas de esta serie acerca de los hombres que habrían de convertirse en dioses. No es de sorprender, entonces, que la coronación de Otón estuviera acompañada de recordatorios de ese antiguo culto. El historiador austriaco, Friedrich Heer, describe la conclusión de la coronación de Otón con «dos rituales de culto al gobernante profundamente arcaicos» (The Holy Roman Empire, 1968). Uno de ellos fue su entronización en la antigua silla del emperador augusto, Carlomagno, en la catedral, desde donde escuchaba misa, era visto por todos y podía verlo todo. El otro ritual antiguo fue un banquete en el cual los cuatro duques tribales, sus poderosos iguales que le habían elevado por encima de ellos mismos, le atendían personalmente.

¿PODER DE LO ALTO?

Los símbolos del poder político y religioso se vuelven muy importantes bajo tales circunstancias. Otón heredó de su padre otro emblema de autoridad. Se trataba de una célebre lanza, conocida en la actualidad de diversas formas (la Lanza de Longinus, la Lanza de San Mauricio, la Lanza Sagrada o la Lanza del Destino), que parece haber demostrado una autoridad política y religiosa de extraordinaria importancia. Se dice que su punta, adornada con pequeñas cruces de latón, contenía uno o varios clavos de las manos y los pies del Cristo crucificado. En el año 926, Rodolfo II de Borgoña había cedido la lanza a Enrique a cambio de la ciudad de Basilea, un intercambio aparentemente dispar que es un indicio del extraordinario valor que Enrique daba a la reliquia de hierro. Aunque un reciente análisis científico ha fechado la lanza en el siglo VII, en la época de Otón se decía que había pertenecido al emperador del siglo IV, Constantino el Grande. La leyenda se había extendido con el paso del tiempo y algunos comenzaron a sugerir que en realidad había sido traída de Tierra Santa por la consumada coleccionista de reliquias santas: Elena, la madre de Constantino.

Sin embargo, de menor trascendencia que la edad real o la historia de la lanza es la importancia que se le daba a quien la poseía y su efecto en los acontecimientos de la historia. De acuerdo con el fallecido historiador Geoffrey Barraclough, por ejemplo, al desprenderse de este símbolo de la herencia de Constantino Rodolfo cedió a Italia los derechos de Borgoña (The Origins of Modern Germany, 1984). Aunque Enrique fue incapaz de llevar a cabo su planeada marcha hacia Italia para reivindicar su derecho —falleció de un derrame en el año 936—, su hijo heredaría sus derechos al imperio.

Heer escribe que, para Otón, la Lanza Sagrada era el «símbolo y prueba de su derecho a Italia y al trono imperial». Habría de ser venerada durante mil años como una de las más sagradas de todas las insignias imperiales. ¿Qué mejor señal podría poseer Otón de la transferencia tanto de la autoridad como de la devoción romana al cristianismo que un instrumento imperial que, de acuerdo con la leyenda, tenía los clavos de la crucifixión del Mesías?

En cuanto a la recién formada corona otoniana, ¿qué mejor símbolo de la continuación del linaje de los sacerdotes, reyes y apóstoles de los tiempos bíblicos que la diadema de la coronación, con sus retratos de cuatro poderosas figuras bíblicas de salvación (David, Salomón, Isaías y el Cristo preexistente) y sus dos paneles de 12 piedras, una onomatopeya del pectoral del sumo sacerdote hebreo y de los 12 apóstoles? Seguramente el nuevo rey estaba destinado a alcanzar la grandeza.

Aun así, la carga de gobernar y proteger al cristianismo que habían sobrellevado Constantino, Justiniano y Carlomagno no había de pesar del todo sobre los hombros de Otón durante la mayor parte de su reinado. Se enfrentó a luchas internas con la familia y otros duques tribales del 936 al 955. Aunque superó a sus adversarios nacionales y tuvo éxito en las campañas militares en Borgoña en contra de los eslavos, en Dinamarca, Bohemia e Italia, donde se convirtió en rey de los lombardos en el año 951, el momento definitivo para Otón (y para la historia germánica) no llegaría sino hasta dos décadas después de su coronación.

HACIA AL ESTE

Hacía tiempo que los magiares traían problemas a Europa del Este. El padre de Otón había negociado con ellos una tregua de nueve años, con lo que compró valioso tiempo para reconstituir a su ejército, pero las incursiones de los magiares en el territorio germánico se reanudaron durante el reinado de Otón, alcanzando su punto crítico en la década del año 950. De acuerdo con Heer, en la batalla final y decisiva con los magiares en Lechfeld, cerca de Augsburgo, en el 955 —que algunos consideran la mayor batalla de la época medieval—, Otón llevaba la Lanza Sagrada. El historiador del siglo X, Liutprando de Cremona, un obispo dado a las narraciones coloridas y el primer escritor conocido por mencionar la lanza, escribió que se le consideraba una lanza milagrosa debido a la reliquia sagrada que supuestamente contenía. Heer escribe que al portar la lanza Otón se «vinculaba a sí mismo directamente con la energía salvadora que fluía de Cristo el conquistador».

«En Otón, Udalrich tuvo a su lado a un rey en quien se entremezclaban los elementos mágicos ‘paganos’ y cristianos, como en un ornamento escultural romanesco o en las iniciales labradas por los grandes iluminadores de libros del siglo otoniano».

Friedrich Heer, The Holy Roman Empire 

A pesar de estos dejos de inspiración cristiana, Widukind comenta que la celebración de victoria de Otón posterior a la batalla siguió las prácticas cargadas de errores de sus ancestros paganos. Al parecer ni el rey ni el clero se mostraban reacios a combinar los elementos cristianos y paganos siempre que tuviera sentido hacerlo. De hecho, Heer observa que la popularidad del rey y de su leal partidario y obispo, Udalrich de Augsburgo, surgió a partir de «la fusión en sus propias personas de lo antiguo con lo nuevo, lo pre-cristiano y lo cristiano». Evitando la inclinación de presentar al rey como un purista religioso, Heer añade que el sincretismo pagano-cristiano de Otón explica «la verdadera magia, el convincente poder, el monumental atractivo de la cultura otoniana».

La rotunda victoria de Otón en Lechfeld tuvo diversas consecuencias. Ahora se le conocía como el campeón de la cristiandad y, de acuerdo con Widukind, al concluir la batalla sus hombres le declararon emperador. Su papel imperial quedó asegurado, como también el establecimiento de la iglesia imperial germánica como una fuerza política. Se formó entonces el reino húngaro y el reino bávaro de Austria quedó reconstituido y germanizado.

La batalla del Río Lech también abrió las fronteras orientales de Alemania a la entusiasta actividad misionera del Báltico al Adriático, iniciando así la inclinación germánica por la Ostpolitik o Drang nach Osten (el avance hacia el este para ganar influencia y expansión) que duró hasta avanzado el siglo XX. Al lado de sus obispos imperiales el rey podía embarcarse ahora en una mayor búsqueda del destino cristiano de Alemania. Fortuitamente para Otón, en el año 961 el papa recurrió a él para defender a Roma en contra de Berengar de Ivrea (40 kilómetros al norte de Turín), a quien Otón le había permitido gobernar Italia. El éxito del rey fue tal que el papa ayudó a Otón a hacer realidad el sueño de su padre. Aunque Otón no había logrado obtener el título imperial después de su campaña italiana anterior, en febrero del 962, durante una tradición ya consagrada, recibió las aclamaciones del clero y de la población de Roma, y el Papa Juan XII le coronó emperador.

A los 10 días de su coronación Otón cumplió con el acuerdo del papa de convertir a Magdeburgo en un nuevo arzobispado. Su primera esposa, Edith (hermana del rey sajón-occidental de Inglaterra, Athelstan, y nieta de Alfredo el Grande), había sido entregada a la ciudad como dote en el año 929. Ahora había de convertirse en el centro de los esfuerzos misioneros en el este, en particular en Hungría y Polonia. Creada por el emperador como la Roma germánica, la única rival de Magdeburgo era la Constantinopla bizantina, el centro de la fe ortodoxa. Uno de los resultados de las acciones de Otón, que es claro aún en la actualidad, fue que Hungría y Polonia se volvieron parte (cultural y religiosamente) de Europa occidental, mientras que Rusia adoptó la fe ortodoxa.

UN LEGADO MATIZADO

Otón murió en el año 973 y fue enterrado junto a Edith en la recién construida catedral de Magdeburgo. Su reinado de 37 años había movilizado la alianza entre la iglesia y el Estado que habría de caracterizar al Sacro Imperio Romano durante los siglos por venir. Aunque los emperadores y los papas contenderían respecto a los límites de los poderes de cada quien, la alianza de la Iglesia Católica Romana y el Sacro Imperio Romano habrían de perdurar por siglos.

Otón centró sus relaciones con el papado en su creencia de que, como soberano, tenía mayor autoridad que la iglesia. En ocasiones, inclusos sus arzobispos en Colonia y en Maguncia eran considerados superiores al pontífice en Roma. Juntos, el rey-emperador y sus obispos imperiales gobernarían la iglesia. Otón decidiría los límites cristianos de su imperio en el este. Como señal de su autoridad suprema por encima del papado, a los dos años de su coronación imperial expulsó al Papa Juan XII por conspirar con los húngaros para derrocarle.

Al evaluar el reinado de Otón y su importancia durante casi 900 años de historia germánica, es importante reconocer que aunque se basó en el estilo de Carlomagno, no intentó replicar por completo su imperio. Muchos historiadores han supuesto que el diseño de Otón buscaba revivir por completo al antiguo imperio en occidente, pero la historia revela una imagen mucho más matizada. Por ejemplo, Otón no unió a la península italiana para expulsar a los bizantinos. De hecho, al final de su campaña que comenzó allí en el año 966, pactó con ellos la paz y negoció el matrimonio de su hijo con la princesa bizantina Teófano en la Basílica de San Pedro. Como resultado, el imperio germánico finalmente fue reconocido por el emperador bizantino en el 972.

Otro ejemplo de por qué es necesario un punto de vista más matizado de los logros de Otón tiene qué ver con el hecho de que su territorio jamás se aproximó al de Carlomagno. El Reino de la Francia de la Edad Media era su objetivo. De hecho, no es posible encontrar réplicas exactas del Imperio Romano Occidental. Con respecto a Alemania, los emperadores siguientes respondieron a los retos de su propia época de diferentes maneras. Como Barraclough observó acertadamente, «la importancia del imperio y del título imperial cambió de una generación a otra y de un emperador a otro, reflejando así los caracteres cambiantes de los diferentes gobernantes y de los distintos Zeitgeist de las épocas subsiguientes. No se trataba de una concepción invariable, de un factor constante, que tuviera el mismo significado para todos los hombres en todo tiempo o siquiera para todos los hombres de una misma época» (Origins of Modern Germany).

¿Cuál fue, entonces, el logro de Otón? ¿En qué sentido fue «el Grande»? La respuesta debe encontrarse en lo que puso en movimiento. Durante su reinado, como había hecho también Carlomagno, utilizó sólo el título de «emperador augusto» sin hacer referencia alguna al territorio. Conrado II (1027–39) introdujo la palabra «romano» al nombre de su imperio. El término «Sacro Imperio» se empleó en 1157 bajo Federico I, mientras que «Sacro Imperio Romano» (sacrum Romanum imperium) data de 1254. Por último, en el siglo XVI se agregó «de la nación germana». Gobernado por diversas dinastías en sucesión (Otoniana, Salia, Hohenstaufen y Habsburgo), el imperio germánico perduró hasta 1806, cuando Francisco II de Austria renunció a su título imperial. El logro de Otón fue que consiguió establecer el curso de la monarquía germánica por casi nueve siglos, durante los cuales la relación de Europa occidental con el antiguo Imperio Romano estuvo representada por la aprobación papal de los emperadores germánicos, mientras que el papado confiaba en ellos para la defensa de la Iglesia Romana.

Uno de tales defensores fue el último emperador sacro romano en ser coronado papa: Carlos V (1519–56). Es con esta historia que comenzaremos la Quinta Parte de la serie ¡Mesías!