Donde nunca se pone el Sol: Carlos V y la Defensa de la Cristiandad

Hasta ahora en esta serie hemos examinado la vida de diversas figuras históricas que han intentado ya sea mantener al Imperio Romano o recuperar los elementos del imperio caído en el Occidente. Entre estas últimas algunas han tenido más éxito que otras al emular los aspectos del imperio a nivel territorial o al buscar defender y extender la herencia cristiana de Constantino. Pero cualquiera que haya sido el éxito alcanzado, ninguna de ellas logró restablecer las «glorias de la antigua Roma» durante mucho tiempo, y a pesar de la aparente adhesión de algunos al cristianismo, todos ellos usurparon el papel de mesías y se identificaron con los cultos paganos de la divinidad de los antiguos tiempos romanos.

Nadie puede reivindicarse como más profundamente europeo que el sacro emperador romano Carlos V (1519–56). Era español, portugués, franco-borgoñés, austriaco y neerlandés, y asimismo por sus venas corría sangre de los Borbón y de los Plantagenet. Se dice que entre sus ancestros había alemanes, griegos, italianos, eslavos, lituanos, bohemios, escandinavos, anglosajones, musulmanes y judíos españoles. Hablaba español, francés, holandés, italiano y alemán con fluidez y recibió más de 70 títulos reales, principescos y otros títulos oficiales, entre ellos el de rey electo de Alemania, archiduque de Austria, duque de Borgoña y rey de Castilla y Aragón. También por extensión gozaba de los derechos de reinado en Bohemia, Hungría, Italia, Sicilia, Cerdeña, los Países Bajos y el Nuevo Mundo de las Américas, así como de concesiones territoriales en Croacia y en otros lugares. Y los lazos reales de Carlos son aún más impresionantes cuando tomamos en cuenta las relaciones de su extensa familia. El historiador H. G. Koenigsberger señala que «en un momento u otro durante su reinado, Carlos mismo o alguno de sus familiares era el gobernante o consorte de casi cualquier trono real de Europa» («El Imperio de Carlos V en Europa», en el Volumen 2 de Historia del Mundo Moderno, 1958).

La extensión geográfica de sus territorios y sus familiares, así como las responsabilidades que asumió fueron la razón de sus casi constantes viajes a diversas partes del imperio y más allá. Las posesiones territoriales de Carlos eran equivalentes a las más grandes de cualquier poder europeo entre el año 400 y 1800, desde Perú en occidente hasta Filipinas en el oriente. Era en verdad un imperio en donde jamás se ponía el sol.

PRIMERAS INFLUENCIAS

Carlos nació en la ciudad de Flandes en Ghent en el año 1500, pero pronto quedó prácticamente huérfano. Su padre, Felipe el Hermoso, hijo del Emperador Maximiliano I, falleció en 1506, y su madre, Juana, la hija mentalmente afectada de Fernando II e Isabel I «la Católica» de España, pasó la mayor parte de su vida en reclusión. Carlos fue criado en Flandes por una de sus madrinas, su tía, Margarita de Austria.

En su juventud el príncipe fue aceptado en la Orden del Toisón de Oro, una institución borgoñesa fundada en 1430 para brindar a la aristocracia reinante oportunidades de valor caballeresco en defensa del territorio y la religión. La inducción habría coincidido con los deseos del hombre que se convirtió en una figura paterna para Carlos desde la edad de 9 años, Guillermo de Croy, Monseñor de Xevres, quien alentó al joven príncipe en el culto borgoñés de las artes caballerescas, con sus ideales misioneros cristianos católicos.

Otra importante influencia en la vida de Carlos fue Adriano de Utrecht, nombrado su tutor en 1506. Hijo de un carpintero, Adriano se había convertido en un teólogo escolástico y profesor entre cuyos estudiantes se encontraba el traductor bíblico holandés, Erasmo (quien en algún momento fue también asesor del joven Carlos). Adriano al final se convirtió en obispo y en un gran inquisidor español y continuó siendo el consejero espiritual de Carlos durante sus primeros años como rey de España. Con la ayuda de Carlos en 1522 se convirtió en el Papa Adriano VI. El historiador flamenco, Wim Blockmans, registra que en esa ocasión el rey le escribió diciendo: «Con el papado en tus manos y el imperio en las mías, creo que a través de nuestras acciones unánimes podemos lograr grandes cosas. El amor y la obediencia que te debo no son menos que las de un buen hijo hacia su padre» (El Emperador Carlos V: 1500–1558).

MUCHAS VECES REY

En 1506, tras la muerte de su padre Felipe, Carlos heredó el Franco Condado y las provincias que más tarde serían conocidas como los Países Bajos, así como el derecho al ducado de Borgoña (que había sido tomado por Francia en 1477). Sin embargo, debido a que sólo tenía 6 años de edad, su tía Margarita fue nombrada regente y realizó estas funciones hasta 1515, año en que Carlos fue declarado mayor de edad.

En 1516, después del fallecimiento de Fernando, su abuelo materno, Carlos y su madre fueron declarados como los nuevos «reyes católicos» de España. En 1517 viajó a ese país para reclamar su herencia. No obstante, la condición mental de su madre era tal que, aun cuando eran co-gobernantes, Carlos en realidad se convirtió en el único monarca. Fue asistido en esta tarea por su gran canciller, el brillante abogado de Piamonte, Mercurino Arborio di Gattinara. Al principio, la incapacidad de Carlos para hablar español, junto con sus costumbres flamencas y su preferencia por los nombramientos borgoñeses, le hicieron nada popular.

En 1519 falleció su abuelo paterno, el Emperador Maximiliano. Carlos había estado buscando la elección como su sucesor y sacro emperador romano, un proceso iniciado en su representación un año atrás por el mismo Maximiliano. Por ahora, Carlos tendría que dejar España. En respuesta a la oposición española para financiar sus ambiciones imperiales, Gattinara escribió un discurso defendiendo su necesidad de viajar a Alemania, que el rey presentó ante el parlamento español en 1520. Blockmans cita parte del discurso de Carlos: «Esta decisión se tuvo que tomar por respeto a la fe, pues sus enemigos se han vuelto tan poderosos que la paz de la mancomunidad, el honor de España y la prosperidad de mis reinos ya no pueden tolerar más tal amenaza. Su continua existencia sólo se podrá asegurar si logro unir a España con Alemania y el título de César con el de Rey de España». Entonces dejó España durante tres años.

EMPERADOR ELECTO

La búsqueda del título imperial llevó a Carlos a competir con el rey francés, Francisco I, quien también lo pretendía. Incluso Enrique VIII de Inglaterra (cuya esposa en ese entonces era la tía de Carlos, Catalina de Aragón) consideró participar en la carrera. El historiador alemán, Gertrude von Schwarzenfeld, escribe que la atracción de cada monarca al trono imperial «muestra cómo, en la era del humanismo, se admitía una vez más el carácter súper-nacional de la idea imperial. Con el redescubrimiento de la antigüedad los hombres recordaban el antiguo Imperio Romano». El Renacimiento estuvo basado, en parte, en este retorno a los valores de Grecia y Roma, y su agenda humanista asociada respaldaba la unidad paneuropea.

Financiado por diversas e importantes familias capitalistas europeas, Carlos pudo superar a Francisco en sus sobornos a los electores. A pesar de lo que parece haber sido un intento tardío de parte del Papa León X por promover al Duque de Sajonia, el nombramiento de Carlos por unanimidad de votos como Rey de los Romanos y emperador electo del Sacro Imperio Romano el 28 de junio de 1519 colocó un posible restablecimiento de los ideales romanos en las manos de los Habsburgo. El biógrafo Karl Brandi registra que Gattinara escribió lo siguiente al nuevo emperador acerca de su elección: «Señor, Dios ha sido muy misericordioso con usted: Él le ha levantado por encima de todos los reyes y príncipes de la cristiandad con tal autoridad que ningún otro soberano ha disfrutado desde su ancestro Carlos el Grande [Carlomagno]. Le ha puesto en el camino hacia una monarquía mundial, hacia la unión de toda la cristiandad bajo un mismo pastor» (El Emperador Carlos V, 1939).

«En el programa iconográfico de la procesión triunfal, el Emperador Carlos V era presentado como el legítimo heredero de Carlomagno y de Constantino el Grande… pero también como seguidor de los pasos de Tito y Gedeón, los emisarios de Dios, como extirpadores de la herejía».

Yona Pinson, “Imperial Ideology in the Triumphal Entry into Lille of Charles V and the Crown Prince (1549)” 

En octubre de 1520, para mantener las tradiciones del Sacro Imperio Romano, Carlos fue coronado Rey de los Romanos en la capital de Aquisgrán (consulte la Parte 3 de «¡Mesías!»). Al inicio de la ceremonia, según narra el historiador Friedrich Heer, Carlos besó la cruz del Imperio, que databa de la época del nieto de Carlomagno, Lothar (840–855). Algo significativo es que el crucifijo estaba incrustado con un camafeo de César Augusto por un lado y de Cristo por el otro. Carlos se postró ante el altar y juró defender la fe católica, proteger a la Iglesia, recuperar las posesiones del imperio, proteger al débil e indefenso y someterse al papa y a la iglesia romana. Una vez que Carlos hubo jurado sus intenciones, se pidió a los príncipes y representantes del pueblo que le aclamaran como gobernante según la tradición imperial romana, levantando sus manos y gritando a viva voz. Los electores entregaron a Carlos la espada de Carlomagno, los arzobispos de Colonia y Tréveris le ungieron, le colocaron las vestiduras de coronación de Carlomagno y le entregaron el orbe y el cetro; y el arzobispo de Colonia colocó la corona imperial de Otto el Grande sobre su cabeza (consulte la Parte 4 de «¡Mesías!»). Carlos entonces se sentó en el trono de Carlomagno y recibió la Comunión.

LA LUCHA POR LA PAZ

Con un vasto territorio por gobernar y profundas convicciones católicas romanas, Carlos deseaba la paz, pero su mandato de 37 años estuvo afectado por circunstancias que hicieron inevitables los conflictos. Como defensor del cristianismo católico, luchó durante la mayor parte de su reinado con el creciente descontento desencadenado por el reclamo de Martín Lutero de una reforma radical dentro de la iglesia.

«Carlos vio su tarea como aquél que fue divinamente nombrado para dirigir una cristiandad unida en contra del enemigo externo (los turcos musulmanes) y, más tarde, en contra de sus enemigos internos (los herejes luteranos)».

H.G. Koenigeberger, “El Imperio de Carlos V en Europa”

Además, la eterna rivalidad de Carlos con Francisco I de Francia respecto a los territorios perdidos provocó que el conflicto entre los Habsburgo y los Valois fuera una de las características de la mayor parte de su reinado. Al este, la amenaza del expansionista Imperio Otomano colocó al emperador cara a cara con los turcos en el Mediterráneo, Italia y Europa oriental. Ambos escenarios de conflicto se hicieron más retadores y costosos debido a los onerosos avances en la guerra, y aunque el acceso recién obtenido por España a las minas de oro y plata de Centro y Sudamérica debió haber dado a Carlos una ventaja, sus viajes obligatorios y sus campañas algunas veces innecesarias le colocaron en un constante riesgo financiero.

Cuando el emperador electo asistió a la asamblea de la Dieta de Worms en 1521, fue uno de los dos hombres con el mismo objetivo de reforma religiosa (aunque a través de métodos muy diferentes), quienes se encontraron por primera vez. Carlos, quien de acuerdo con Heer se describió a sí mismo ante la asamblea como descendiente de «los emperadores cristianos de la noble nación alemana, de los Reyes Católicos de España, de los archiduques de Austria y de los duques de Borgoña, todos los cuales fueron, hasta su muerte, hijos fieles de la Iglesia Romana y constantes defensores de la fe católica», tenía sólo 21 años, mientras que su contraparte era un monje agustino de 37 años de edad y profesor de teología en la Universidad de Wittenberg: Martín Lutero, quien 4 años atrás ya había presentado sus 95 tesis expresando sus propuestas doctrinales y eclesiásticas, las cuales iban en contra del mandato del Vaticano.

El desacuerdo con Roma no era nuevo en Alemania. Por cientos de años los oficiales de la iglesia habían objetado la interferencia papal en sus asuntos. Pero con el florecimiento del desacuerdo en los que se habrían de convertir en los Países Bajos españoles (correspondientes aproximadamente a lo que hoy en día es Bélgica y Luxemburgo), el Papa León X había decretado a través del V Concilio de Letrán de 1515 que los materiales impresos podrían propagar la herejía y debían, por lo tanto, ser aprobados por la iglesia. En respuesta a ello, señala Blockmans, Carlos emitió tres edictos (en 1517, 1519, y 1520). Le preocupaban enormemente las obras de gran circulación de Lutero y su conducta antipapal: había quemado públicamente la carta de excomunión del papa y una copia de las leyes de la iglesia. Blockmans señala que en marzo de 1521, refiriéndose a sí mismo como el «mayor protector y defensor de la Iglesia Universal», Carlos ordenó que las obras heréticas fueran quemadas como castigo en los lugares públicos al sonar de las trompetas.

El emperador estaba decidido a enfrentarse a la creciente amenaza a la ley y el orden y ordenó a Lutero que asistiera a la asamblea en Worms. En la dieta Lutero se rehusó a abjurar («los papas y los concilios no gozan de credibilidad debido a que se sabe que con frecuencia han errado y se han contradicho a sí mismos»). El resultante Edicto de Worms condenó la posesión o incluso la lectura de las obras de Lutero y una vez más ordenó su quema pública. Pero debido a que el emperador se apegó al código borgoñés de la caballerosidad, había garantizado a Lutero una asistencia segura a la dieta.

En Alemania, la Guerra Campesina (1524–1526) debido a las desigualdades sociales y económicas fue un resultado directo del descontento provocado por las acciones de Lutero, aunque él mismo condenó a los perpetradores.

PRECEDENTES IMPERIALES

Koenigsberger señala que Gattinara, el abogado romano, no sólo visualizaba a Carlos como un nuevo Carlomagno, sino que también se refería a él como que «seguía el camino del buen emperador Justiniano» —sin duda en la esperanza de que Carlos de igual manera reformara las leyes y simplificara el proceso jurídico (consulte la Parte 3 de «¡Mesías!»). De esa manera «sería posible decir que había un emperador y una ley universal». Gattinara creía que el título imperial de Carlos había sido «ordenado por Dios mismo… y aprobado por el nacimiento, la vida y la muerte de Cristo nuestro Redentor». Su lenguaje era consistente con su filosofía. Como tutor político y asesor personal de Carlos, Gattinara promovió la ideología imperial romano-italiana del escritor del Proto-Renacimiento, Dante Alighieri, quien veía a Italia como el centro fundamental del poder imperial. Esto dio origen a un contexto importante para que Carlos accediera al trono imperial.

De 1522 a 1529 Carlos hizo de España por primera vez su hogar. Fue en Barcelona a finales de julio de 1529 que comenzó su viaje hacia Italia para su coronación imperial por el Papa Clemente VII. Las relaciones con el papado se habían interrumpido gravemente en 1527 cuando, para gran vergüenza de Carlos, sus comandantes perdieron el control de sus tropas mal pagadas y éstas saquearon Roma, tras lo cual procedieron a mantener prisionero al papa durante varios meses.

Ahora, en un esfuerzo por apaciguar las susceptibilidades italianas y recuperar su popularidad, Carlos adoptó una nueva imagen. Siguiendo el consejo de Gattinara, se renovó y se mostró a sí mismo como la encarnación de un emperador romano. Su canciller no fue el único en darle tal consejo. En 1529, el capellán de la corte de Carlos, Antonio de Guevara, escribió un tratado político sobre Marco Aurelio (161–180), emperador romano del siglo II, recomendándolo como un modelo para su maestro.

Al parecer Italia ya estaba lista para un emperador cuando Carlos estaba por convertirse oficialmente en uno. Había llegado el momento de grabar su status en el público de una nueva manera: se introdujo «la entrada imperial» —procesiones triunfales al antiguo estilo romano, a través de las poblaciones y ciudades del imperio. Cuando los barcos de Carlos llegaron al puerto de Génova, no sólo parecía romano, sino que también fue recibido por la reconstrucción de un antiguo arco del triunfo romano adornado con el águila de dos cabezas de los Habsburgo. Otra copia de un arco del triunfo adornaba la catedral. Cuando el emperador electo entró a Bolonia para la coronación, la procesión pasó por los retratos de César, Augusto, Tito y Trajano, colocados lado a lado con su propia insignia.

Carlos no sólo era el sucesor de los emperadores romanos, sino también defensor de la fe y soldado de Dios en la tradición del imperio restaurado de Carlomagno del año 800. Siguiendo el precedente medieval, el 22 de febrero de 1530 el papa colocó la corona de hierro de los Lombardos sobre la cabeza de Carlos. Dos días más tarde asumió el título de emperador —la última ocasión en que un sacro emperador romano sería coronado por un papa, aunque el imperio habría de sobrevivir durante otros casi 300 años.

En su camino hacia Alemania en el mes de Junio, Carlos se quedó en Innsbruck. Fue allí donde falleció Gattinara. La unidad del imperio por la que el canciller había trabajado tan duro y por tanto tiempo perdió entonces a su catalizador. Aunque ya era maduro, Carlos se vio privado de su consejero más inclinado a las ideas imperiales y nombró a dos secretarios de estado menos poderosos para ocupar su lugar; sin embargo, como veremos más adelante, Carlos nunca dejó atrás los ideales religiosos e imperiales que le fueron inculcados en sus años de formación por Erasmo, Gattinara, Guevara y otros.

En 1536 entró triunfal a Roma como había hecho uno de sus antecesores, cabalgando por la antigua Vía Triumphalis sobre un caballo blanco y vestido con una capa púrpura. De acuerdo con el historiador de arte, Yona Pinson, «Carlos se había restablecido a sí mismo como el legítimo sucesor del Imperio Romano» en la imagen de Marco Aurelio, como un conquistador montado en un caballo («Ideología Imperial en la Entrada Triunfal de Carlos V a Lille y el Príncipe de la Corona [1549]», en el Volumen 6 de Assaph Studies in Art History, 2001).

ENEMIGOS DENTRO Y FUERA

Una preocupación constante en el reinado de Carlos tras la muerte de Gattinara era la cada vez mayor revuelta protestante. Aunque la atención del emperador con frecuencia se vio dividida por las amenazas francesas y turcas —razón suficiente para evitar el aumento de la división religiosa y política dentro de Alemania—, tanto Carlos como los protestantes se vieron frustrados en sus intentos por lograr que el papado buscara la reconciliación a través de la reforma. El emperador trató de persuadir al Vaticano para autorizar un concilio donde se discutieran todas las cuestiones relacionadas con las quejas eclesiásticas alemanas, pero, como señala Heer, «Carlos V, el emperador más católico que el mundo haya visto jamás, encontró en los papas a sus más formidables adversarios». Y aunque el mismo Carlos nunca estuvo propenso al cambio doctrinal, sus contrapartes nunca estuvieron inclinadas a resolver estas cuestiones sin ese cambio.

De junio a septiembre de 1530 Carlos presidió la rebelde Dieta de Augsburgo, donde se leyó por primera vez la declaración que se convirtió en la base doctrinal de todos los grupos protestantes, la Confesión de Augsburgo. Así, el intento de Carlos por lograr la reconciliación dio lugar inadvertidamente al documento fundacional de la revuelta protestante con Roma.

En 1545 el Papa Pablo III finalmente convino en un largamente esperado concilio para su primera reunión en la ciudad imperial de Trento, al norte de Italia. Pero dos años más tarde, cansado de la oposición de algunos de los príncipes protestantes, Carlos tomó las armas y los derrotó en la batalla de Mühlberg. En su triunfo se dice que repitió las palabras de Julio César después de una conquista militar en Asia Menor: «Veni, vidi, vici» —«Vine, vi, vencí».

La pintura de celebración de Tiziano de la victoria del emperador le muestra una vez más montado sobre un caballo, llevando la enormemente simbólica Lanza Sagrada Carolingia, que contenía los que se creía que eran fragmentos de los clavos relicarios de la crucifixión de Cristo: el defensor de la fe católica había triunfado con la ayuda de su Salvador. Sin embargo, el retrato de Tiziano fue más propagandístico que realista, puesto que Carlos en realidad había llevado una espada corta muy diferente a la batalla.

No obstante su victoria en Mühlberg, Carlos no tenía la intención de acabar con el protestantismo. Sabía que jamás lo lograría. Así, en 1555 la Paz de Augsburgo dio el reconocimiento imperial a la Confesión de Augsburgo, otorgando la libertad de culto a los príncipes alemanes y a sus territorios, así como a las ciudades libres.

A finales del siglo, 37 años después de la reunión final del Concilio de Trento, ya se había acabado con la mayoría de los abusos que dieron lugar a la Reforma Protestante, pero para entonces las diferencias doctrinales ya se habían afianzado y Europa no volvería a estar unida por el catolicismo. El Concilio también había señalado el inicio de la Contrarreforma, a través de la cual la Iglesia Católica aprovechó la iniciativa e instituyó el Santo Oficio de la Inquisición. La cruel supresión de aquéllos que aceptaban una doctrina contraria no sancionada por su príncipe sólo pudo acentuar la división entre los católicos alemanes y los protestantes, la cual finalmente estalló en la Guerra de los Treinta Años (1618–48). Lo que Carlos había buscado evitar por medio de la conversación y la reconciliación —una violenta desunión en la cristiandad— se convirtió en el sello distintivo del siguiente siglo.

LA ETAPA DE LA SUCESIÓN

En 1548 la búsqueda de Carlos por una dinastía e imperio se vio reflejada en una nueva serie de entradas imperiales en ciudad importantes, empezando una vez más en Génova y concluyendo un año después en Amberes. El propósito de estas procesiones era presentar a Felipe, el único hijo legítimo de Carlos y su heredero, a sus futuros súbditos en el contexto de la ideología imperial. Generalmente las entradas estaban decoradas por arcos del triunfo al estilo romano y con varias carrozas y tableaux vivants (pinturas vivientes) mostrando escenas del exitoso reinado del emperador.

De acuerdo con Pinson, la entrada de Carlos y Felipe a Lille en el norte de Francia en el año 1549 fue particularmente impresionante en un sentido político-religioso, demostrando «propaganda vehemente católica». La «imagen del emperador ideal» se mostraba como «el verdadero heredero y sucesor de Carlomagno, el Defensor de la Iglesia y de la Fe», fusionada con «César como el gobernante del mundo (Domine Mundi)». Las victorias militares de Carlos sobre sus enemigos dentro y fuera del imperio se celebraban en elaboradas decoraciones, con manifiestas referencias a los antiguos conquistadores romanos, así como a temas bíblicos y paganos clásicos. Por asociación, Carlos era Tito, derrotando a los judíos anticristianos y destruyendo Jerusalén y su templo en el año 70 d.C. Él era «un salvador cristiano acompañado por Marte y Neptuno por un lado, y por las virtudes teológicas por el otro». Él era también el Gedeón bíblico, destructor del altar pagano de Baal en tiempos de los Jueces y poseedor del milagroso vellocino de lana (esta referencia bíblica fue combinada con el patronazgo de Carlos de la Orden del Toisón de Oro). Todas las procesiones mostraban y celebraban la idea de la sucesión del padre al hijo: Abraham e Isaac, David y Salomón, Filipo de Macedonia y Alejandro el Grande, Vespasiano y Tito. En cada una de las entradas imperiales el manto de Carlos recaía sobre Felipe, el hijo fiel.

«Acompañado por los dioses Neptuno y Marte, Carlos cruzó el mar y conquistó La Goleta».

Traducción del texto en un cartel mostrado como parte de la entrada triunfal de Carlos V en Lille, citada por Yona Pinson

La tarea de gobernar un imperio sobre el cual nunca se ponía el sol, con un modo de pensar que ya no era adecuado para los tiempos desgarrados por la guerra y religiosamente fragmentados, llevó a un desgastado Carlos al punto de la abdicación. En 1555 renunció a sus responsabilidades en los Países Bajos y en 1556 también cedió España a Felipe. Ese mismo año decidió que a su hermano Fernando I se le debía ofrecer la corona imperial. Fernando se hizo emperador dos años después de que Carlos se retirara a un monasterio español, San Jerónimo de Yuste en Extremadura, donde vivió como un ciudadano reservado hasta su muerte acaecida el 21 de septiembre de 1558.

EL IMPERIO AVANZA AL OCCIDENTE

En su legado político a su hijo, Carlos urgió a Felipe a luchar por la paz, pero sin renunciar del todo a su derecho a Borgoña, «nuestra patria». Como hemos visto anteriormente, Borgoña comprendía parte del «Reino Medio» —los mismos remanentes del Imperio Romano occidental que consumieron las energías de Otto el grande después del colapso del reino de Carlomagno— y se volvió fundamental en diversos intentos por restaurar el poder centrípeto de Roma.

Gradualmente, durante los siguientes dos siglos, el centro de gravedad se fue moviendo hacia el occidente, pero no como Carlos lo hubiera esperado. Eran las naciones atlánticas de Francia, Bretaña y América las que ahora extendían su poder internacionalmente. Como consecuencia, el Sacro Imperio Romano tuvo cada vez menos influencia, su imperio fue cada vez más ceremonial —al menos hasta el ascenso de Napoleón Bonaparte, cuyas aspiraciones de convertirse en el nuevo Carlomagno operando desde el suelo francés le colocaron frente a frente con el último sacro emperador romano de Habsburgo, Francisco II.

Nos ocuparemos de las intenciones de Napoleón por obtener el imperio en la Sexta Parte de esta serie.