Crónicas: Revisión de la historia de Israel

Con el exilio a sus espaldas, muchos judíos habían regresado a su tierra natal para reconstruir su nación y su capital, Jerusalén. Cuando las generaciones posteriores volvieron a estancarse en su crecimiento, un cronista anónimo les recordó su historia y su identidad.

Con este artículo comenzamos la tercera y última sección de las Escrituras hebreas (Los escritos). Por lo general, en esta serie hemos seguido el orden de los libros según se encuentran en la actual Biblia hebrea, el Tanaj. Pero en esta sección hemos decidido comentar estos dos libros de Crónicas primero, en vez de al final, porque en ellos se trazan los orígenes de Israel y de Judá desde el comienzo hasta el restablecimiento de la política judía tras el cautiverio babilónico. Además, ellos comparten el género histórico con los libros precedentes de los profetas anteriores: Samuel y Reyes.

Organización de los Libros

El orden de los libros en las Escrituras Hebreas como Cristo los hubiera conocido estaban de acuerdo con la división tripartita: la Ley, los Profetas, los Escritos. Esta procede como sigue:  

La Ley (Tora), incluye los cinco libros del Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). 

Los profetas (Nevi'im) comprenden a los profetas anteriores (Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel [cuenta como un solo libro], 1 y 2 Reyes [cuenta como un solo libro]) y los Profetas Posteriores (Isaías, Jeremías, Ezequiel, los doce Profetas Menores [cuenta como un solo libro]). 

Los Escritos (Ketubim) consta de los Salmos, Proverbios, Job, Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester, Daniel, Esdras-Nehemías (cuenta como un solo libro), 1 y 2 Crónicas (cuenta como un solo libro)—24 libros en total.

Hay antecedentes para este enfoque. Dos importantes versiones de la Biblia hebrea —el manuscrito completo más antiguo: el Códice de Leningrado (1008 d.C.), y el ligeramente más antiguo, pero incompleto: el Códice Alepo (930 d.C.)— colocan ambas partes de Crónicas como un solo libro, al comienzo de Los escritos. De manera similar, la versión griega de las Escrituras hebreas, la Septuaginta (300–200 a.C.) —primera en separar Crónicas en dos libros y modelo en esto para muchas de las versiones subsecuentes, incluso de las escritas en hebreo— coloca Crónicas entre los libros históricos, siguiendo a Reyes.

Pero, ¿por qué una segunda historia de Israel? Sin duda es redundancia simplemente repetir lo que ya se conoce.

La palabra Crónicas proviene del término griego chronikon, término que el traductor Jerónimo utilizó al describir el contenido del libro a finales del siglo IV y comienzos del V. Su título para el libro fue otro término griego paralipomenon, basado en su nombre en la Septuaginta. Significa «cosas excluidas», «sobrantes» u «omitidas». La idea era que Crónicas suplía información que faltaba en versiones anteriores de la historia bíblica. Encontraremos que es mucho más que eso, y que el cronista mismo excluyó algunas cosas.

En hebreo, el título es dibre hayyamim, «los acontecimientos (o las palabras) de los días»; o sea: «anales» o «una historia». Esta frase hebrea aparece en varias otras referencias: «las crónicas de los reyes de Israel» (1 Reyes 14:19); «las crónicas de los reyes de Judá» (versículo 29); «las crónicas de los reyes de Media y Persia» (Ester 10:2); y «las crónicas del rey David» (1 Crónicas 27:24).

Los estudiosos debaten sobre la autoría y la fecha de Crónicas. A juzgar por el texto en sí, el autor es desconocido, aunque la tradición rabínica y medieval le atribuye no solo Crónicas, sino también los libros de Esdras y Nehemías a Esdras, un sacerdote posterior al exilio. Esta idea ha sido rechazada por muchos estudiosos que ya no aceptan una autoría común. Las especulaciones en torno a la fecha van desde aproximadamente el año 515 a.C. hasta aproximadamente el año 150 a.C. Pero, como veremos a continuación, hay varias razones para creer que el cronista anónimo estuvo escribiendo hacia el final del período persa, o incluso mientras comenzaba el período griego.

«Crónicas y Esdras – Nehemías constituyen dos obras diferentes por dos autores diferentes… Cuando se consideran en su totalidad representan dos variedades de escritos históricos bíblicos durante el período persa-helenístico».

Sara Japhet, I & II Crónicas

El libro está estructurado de la siguiente manera:

  1. 1 Crónicas 1 a 9: introducción;
  2. 1 Crónicas 10 a 2 Crónicas 9: la historia de Israel bajo David y Salomón;
  3. 2 Crónicas 10 a 36: la historia del reino de Judá desde la partida de las tribus israelitas del norte a Asiria.

El autor nombra o se refiere a varias fuentes bíblicas para su versión personalizada de la historia de Israel; entre ellas, los cinco libros de Moisés, Josué, los libros de Samuel y Reyes, Esdras – Nehemías y algunos salmos.

La reconstrucción que propone el cronista parece ser un intento deliberado de brindar una perspectiva nueva para sus tiempos posteriores al exilio. Por ejemplo, presta especial atención a David, Salomón y varios reyes justos de Judá que les sucedieron (entre ellos, Asa, Ezequías y Josías); también recalca la centralidad de Jerusalén, el templo y sus rituales; y la respuesta positiva del pueblo al liderazgo de Dios. Estos énfasis se pueden entender como su manera de alentar a los repatriados en la renovación de toda la nación tras su liberación de Babilonia.

A diferencia del libro de Reyes, el cual en otros sentidos sigue cuidadosamente, el cronista no ofrece una historia sincronizada de los reyes de las tribus del norte, sino solo de los monarcas de Judá. Esto no significa que en su relato excluye por completo a los del norte. Más allá de la historia de su separación del reino del sur, el autor los destaca en varias ocasiones como parte del Israel antiguo, cuando las tribus no estaban divididas.

Establecimiento del marco histórico

La introducción al capítulo nueve comienza con la Creación y los primeros seres humanos. El material para la primera sección (1 Crónicas 1–2:2) proviene de los principales bloques genealógicos de los que se dispone en Génesis (capítulos 5, 10–11, 25, 35–36). El objetivo principal de la introducción es restringir el enfoque, de la humanidad en general a los hijos de Jacob (llamado luego Israel) como linaje que Dios había elegido, cosa que se logra indicando en la lista únicamente solo algunos descendientes de cada linaje. Por ejemplo, del linaje de Adán se excluye a Caín, Nacor (hermano de Abraham) y Lot.

Además, a veces presenta el material de Génesis en orden inverso, con lo cual el linaje de Jacob se vuelve preeminente. En Génesis 35–36, por ejemplo, Jacob precede a Esaú; pero lo opuesto ocurre en 1 Crónicas, donde se menciona brevemente el linaje de Esaú (1:34–37) antes de una larga descripción de la de su hermano, destacando así a Jacob.

«A medida que el registro se acerca más a “los hijos de Israel” (2.1), se vuelve progresivamente más detallado, y el linaje genealógico principal se trata de manera exhaustiva en los capítulos 2 al 9».

Sara Japhet, I & II Crónicas

A todo lo largo de Crónicas, el autor se refiere a Jacob como Israel, con dos excepciones (ambas en 1 Crónicas 16) donde cita el salmo 105. Esto de nuevo destaca que es a través de los descendientes israelitas de Jacob que Dios está obrando.

En los varios capítulos siguientes, el enfoque se circunscribe a Judá y la familia de David, rey de Israel. Aunque Judá no había sido el primogénito, sus descendientes se presentan primero en las tablas genealógicas de los hijos de Jacob. Este énfasis, sin embargo, no descarta —en la mente del cronista— la importancia de los descendientes de los demás hijos de Jacob. Se menciona a Judá como el linaje del cual procedería el reinado, pero la primogenitura fue asignada a las tribus del norte de José (véase 1 Crónicas 5:2).

La estructura de esta sección de la introducción (2:3–9:2) sigue una trayectoria geográfica, comenzando con las tribus de Judá y Simeón en el centro de la tierra. La genealogía de David se introduce (en 2:13–15), seguida (en el capítulo 3) por una lista de sus descendientes. El capítulo 4 vuelve a la familia de Judá, y luego repasa el linaje de Simeón.

Dirigiéndose hacia el este a través del Jordán, el capítulo 5 se refiere —contando de sur a norte— a las tribus de Rubén, de Gad y a la media tribu de Manasés. El capítulo 6 trata en detalle sobre los descendientes de Leví, más o menos en el centro de las listas tribales, una posición adecuada, considerando su rol al servicio de todas las tribus. El siguiente capítulo agrupa las tribus de Isacar, Neftalí y Benjamín. Volviendo hacia el sur, en el capítulo 8 encontramos a Manasés, Efraín y Benjamín como un grupo central, con Aser unido a ellos. Dado que en este capítulo se vuelve a cubrir lo referente a Benjamín, mientras que se omite del todo lo referente a Dan, hay quienes han señalado errores de escribas, lo cual a esta altura resulta en un manuscrito corrompido.

El capítulo 9 comienza resumiendo la situación del momento en la época del cronista: «Contado todo Israel por sus genealogías, fueron escritos en el libro de los reyes de Israel. Y los de Judá fueron transportados a Babilonia por su rebelión. Los primeros moradores que entraron en sus posesiones en las ciudades fueron israelitas, sacerdotes, levitas y sirvientes del templo» (versículos 1–2).

La sección introductoria final cubre los capítulos 9:3–34, comenzando con una recapitulación de los que a su regreso volvieron a establecerse en la capital: «Habitaron en Jerusalén, de los hijos de Judá, de los hijos de Benjamín, de los hijos de Efraín y Manasés» (versículo 3). Aquí Judá y Jerusalén son el centro para la renovación de los hijos de Israel en la tierra a la cual han regresado. En Crónicas se hace hincapié en que todo Israel esté representado en el orden recientemente restaurado.

Sobre David y Salomón

En la segunda parte del libro (1 Crónicas 10 a 2 Crónicas 9) tenemos la historia de Israel bajo David y Salomón.

El capítulo 10 comienza la sección que trata en detalle sobre el papel de David. Con el fracaso y la muerte del rey benjamita Saúl, David es ungido para reemplazarlo. Una característica del relato del cronista es que presenta a Dios como castigando por el pecado y recompensando por la fidelidad: «Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina, y no consultó a Jehová; por esta causa lo mató, y traspasó el reino a David hijo de Isaí» (versículos 13–14).

«El escritor… quiere que sus lectores, y nosotros, comprendamos las bendiciones que fluyen de la obediencia fiel al Señor».

Roddy Braun, Word Biblical Commentary, Volume 14: 1 Chronicles

El cronista no menciona el relato de Samuel acerca del gobierno del hijo de Saúl Is-boset sobre algunas de las tribus mientras David reinaba sobre Judá desde Hebrón (2 Samuel 2–4). Los dos registros se juntan, con una que otra variación, en el relato de la aceptación de David por parte de todas las tribus: «Entonces todo Israel se juntó a David en Hebrón, diciendo: He aquí nosotros somos tu hueso y tu carne… Y vinieron todos los ancianos de Israel al rey en Hebrón, y David hizo con ellos pacto delante de Jehová; y ungieron a David por rey sobre Israel, conforme a la palabra de Jehová por medio de Samuel» (1 Crónicas 11:1–3; compárese con 2 Samuel 5:1–3).

Muy particular de Crónicas es el reiterado hincapié en la expresión «todo Israel». Aunque aparece en muchas instancias en que se citan fuentes bíblicas, también aparece veinte veces en pasajes sin equivalentes en los textos de la fuente. En el contexto tocante a David y Salomón, «todo Israel» señala que estos fundadores gobernaron todas las doce tribus y por lo tanto deberían servir de ejemplo de unidad para los repatriados procedentes de Babilonia. Por ejemplo: «Entonces David reunió a todo Israel, desde Sihor de Egipto hasta la entrada de Hamat, para que trajesen el arca de Dios de Quiriat-jearim»; «Y se sentó Salomón por rey en el trono de Jehová en lugar de David su padre, y fue prosperado; y le obedeció todo Israel… Y Jehová engrandeció en extremo a Salomón a ojos de todo Israel, y le dio tal gloria en su reino, cual ningún rey la tuvo en Israel antes de él. Así reinó David hijo de Isaí sobre todo Israel» (1 Crónicas 13:5; 29:23, 25–26).

El rey David presenta el cetro a Salomón

El rey David presenta el cetro a Salomón por Cornelis de Vos, óleo sobre lienzo (principios del siglo XVII).

No se incluyen en Crónicas algunos de los pecados más graves de David y Salomón, como el adulterio de David con Betsabé y su rol en la premeditada muerte de Urías (compárese 2 Samuel 11 con 1 Crónicas 20). La razón para esto es, presumiblemente, proteger del mal ejemplo de David a la audiencia del cronista y más bien mantenerla centrada en sus logros. De manera similar, no se registra la debilidad de David con respecto a la violación de Tamar y a la rebelión de Absalón (2 Samuel 13, 15–19).

Tampoco se mencionan los problemas que Salomón mismo se buscó hacia el final de su vida. El libro de Reyes enumera su desviación de los caminos de Dios: «Pero el rey Salomón amó, además de la hija del faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A estas, pues, se juntó Salomón con amor. Y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón. Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David» (1 Reyes 11:1–4). Crónicas no dice nada acerca de esto. De nuevo vemos que el cronista mantiene a David y Salomón como reyes ideales.

«Todo Israel»

En la tercera sección de Crónicas (2 Crónicas 10–36), al abordar el tema de la división del reino en parte del norte y parte del sur, el énfasis recae en el reino de Judá y en el impacto positivo de sus reyes justos, sumado al hecho de que el reino del sur, bajo el gobierno de Roboam, representa a «todo Israel». Mientras que en 1 Reyes 12:23 dice: «Habla a Roboam hijo de Salomón, rey de Judá, y a toda la casa de Judá y de Benjamín, y a los demás del pueblo», el autor de Crónicas dice: «Habla a Roboam hijo de Salomón, rey de Judá, y a todos los israelitas en Judá y Benjamín» (2 Crónicas 11:3, énfasis agregado).

El cronista recuerda a su audiencia que los miembros de las otras tribus, incluso los principales líderes religiosos, estaban fuertemente representados en el reino del sur: «Y los sacerdotes y levitas que estaban en todo Israel se juntaron a él [Roboam]… Tras aquellos acudieron también de todas las tribus de Israel los que habían puesto su corazón en buscar a Jehová Dios de Israel; y vinieron a Jerusalén para ofrecer sacrificios a Jehová, el Dios de sus padres. Así fortalecieron el reino de Judá, y confirmaron a Roboam hijo de Salomón, por tres años; porque tres años anduvieron en el camino de David y de Salomón» (versículos 13, 16–17). El libro de Reyes omite estos detalles.

De manera similar, el rey de Judea Asa reunió a varias tribus: «Después reunió a todo Judá y Benjamín, y con ellos los forasteros de Efraín, de Manasés y de Simeón; porque muchos de Israel se habían pasado a él, viendo que Jehová su Dios estaba con él» (15:9). De nuevo, no hay ningún pasaje paralelo en Reyes.

Durante el reinado posterior de Ezequías, el cronista nos cuenta que había mucho más contacto entre las tribus: «Envió después Ezequías por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y a Manasés, para que viniesen a Jerusalén a la casa de Jehová para celebrar la pascua a Jehová Dios de Israel… Y determinaron hacer pasar pregón por todo Israel, desde Beerseba hasta Dan, para que viniesen a celebrar la pascua a Jehová Dios de Israel, en Jerusalén; porque en mucho tiempo no la habían celebrado al modo que está escrito» (30:1, 5).

«Tras su descripción de la restauración de la unidad de Israel bajo Ezequías, el cronista se muestra ansioso por enfatizar que la comunidad posterior era representativa de todo Israel, no meramente de solo el antiguo reino del sur».

H.G.M. Williamson, The New Century Bible Commentary: 1 and 2 Chonicles

También encontramos esas referencias en el relato sobre el último rey justo de Judá, Josías, quien libró a la tierra de la idolatría; él «limpió a Judá y a Jerusalén. Lo mismo hizo en las ciudades de Manasés, Efraín, Simeón y hasta Neftalí, y en los lugares asolados alrededor. Y cuando hubo derribado los altares y las imágenes de Asera, y quebrado y desmenuzado las esculturas, y destruido todos los ídolos por toda la tierra de Israel, volvió a Jerusalén» (34:5–7).

Escribir con intención

Entonces, ¿por qué escribir lo que parece como una segunda historia?

El mensaje del cronista tenía la intención de despertar a su pueblo con respecto a su identidad. Para ello, hizo especial hincapié en aspectos de su herencia. Su resumen de la historia se concentró en el Dios de las Escrituras hebreas siendo el único Dios verdadero. Recalcó su elección de Israel, sus filiaciones tribales, los justos en su linaje real, su unidad como pueblo, las bendiciones por la obediencia orante, y la organización de su culto de adoración. Parte de despertarlos era mostrar que, dado un nuevo comienzo, ellos representaban a todo Israel; de ahí el hincapié en todas las tribus bajo el liderazgo de Judá, como en los días de David y Salomón y cual se reflejara en los hechos de otros reyes justos de Judá, como Asa, Ezequías y Josías.

Al escribir a los descendientes de los que habían regresado para restaurar el templo y la tierra de Israel y seguir al Dios de Israel —quienes, no obstante, a veces se habían vuelto tibios—, el cronista estaba lleno de celo por despertar a su pueblo. Los profetas posteriores al exilio (Hageo, Zacarías y Malaquías) habían hablado durante un período de casi un siglo, comenzando en el año 520, señalando la debilidad de la respuesta de los repatriados a la restauración. Para cuando Malaquías diera las advertencias de Dios, alrededor del año 430, el templo ya se había reconstruido, pero el sacerdocio era corrupto, y el pueblo una vez más se hallaba a la deriva, alejado de Dios.

Como evidencia de que esta es una obra considerablemente posterior a la de Samuel y Reyes, vemos que el cronista menciona varias generaciones de descendientes del rey Joaquín a quien Nabucodonosor exilió en Babilonia tras la caída de Jerusalén. También incluye descripciones de un sistema del templo bien desarrollado, más allá de la época de Esdras y Nehemías —con 24 cursos sacerdotales, levitas, cantantes y porteros—, y extensas referencias a la ceremonia. Además, escribe en hebreo bíblico tardío, mientras que la mayoría de sus fuentes obvias fueron compuestas en hebreo anterior. En suma, esto fecha su obra alrededor del año 350 a.C., haciendo de este uno de los últimos libros de las Escrituras hebreas.

Crónicas termina con un recordatorio de la oportunidad que se les había dado en su nuevo comienzo unos doscientos años antes: «Así dice Ciro, rey de los persas: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra; y él me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea Jehová su Dios con él, y suba» (2 Crónicas 36:23).

En nuestra próxima entrega, volveremos a ese período persa anterior, cuando Esdras, Nehemías y otros volvieron de Babilonia para reconstruir la ciudad y el templo.