¡A César irás!

La visita de Pablo a Jerusalén para celebrar la Fiesta de Pentecostés y para entregar los fondos de ayuda reunidos por las iglesias en la Diáspora parecía ir bien al inicio (Hechos 21:17–20, versión Reina Valera, a menos que se indique otra versión; consulte también Hechos 20:16; 24:17; Romanos 15:25–31).

No obstante, conscientes de la posibilidad de una oposición local al «apóstol de los gentiles», Santiago y los ancianos le aconsejaron que participara en un ritual de siete días en el templo con otros cuatro judíos seguidores de Jesús, quienes habían realizado el voto de purificación ante Dios. También pidieron a Pablo que mostrara su generosidad pagando sus gastos. Esto, dijeron, aminoraría el rumor entre algunos de los miembros de la iglesia judía respecto a que Pablo no observaba la ley y que había enseñado a los judíos de la Diáspora a que rechazaran la enseñanza de Moisés en relación con la circuncisión de los niños y el seguimiento de las tradiciones. Añadieron, además, que la carta que habían enviado previamente a los creyentes gentiles acerca de los cuatro requisitos físicos para entrar a la comunidad espiritual de Israel aún señalaba —aunque por implicación— que se había anulado la necesidad de la circuncisión de los hombres adultos (Hechos 21:25; consulte también Hechos 15).

Pablo cumplió con la solicitud de los ancianos, pero fue abordado en el templo justo antes de concluir su semana de purificación y no por compañeros creyentes, sino por algunos judíos no creyentes de Asia, quienes sin duda se encontraban también en Jerusalén para la Fiesta de Pentecostés. Sus atacantes, probablemente de Éfeso, le señalaron como «el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar» (Hechos 21:28). Así mismo le acusaron de profanar el templo al introducir a gentiles al área reservada para los adoradores judíos. Se trataba de una acusación falsa, debido a que apenas y le habían visto en la ciudad con uno de sus acompañantes, Trófimo, un gentil de Éfeso.

El disturbio resultante atrajo a la escena a los soldados y centuriones de la guardia romana de la plaza, así como a Claudio Lisias, su comandante o tribuno. Su llegada detuvo la golpiza a Pablo en manos de la turba que para entonces ya le había arrastrado hacia el Tribunal de los Gentiles tras haber cerrado la puertas del templo para evitar que Pablo obtuviera refugio allí y para asegurar que el área sagrada no fuera profanada a causa de un asesinato.

El tribuno arrestó y encadenó a Pablo e intentó determinar lo que había ocurrido, pero la multitud estaba tan desenfrenada y hacía tanto ruido que fue imposible conocer una versión clara de los hechos. Pablo fue escoltado a los barracones, probablemente en la fortaleza Antonia adjunta, y fue llevado escaleras arriba por los soldados para su protección de la multitud que aún pedía a gritos su muerte. En la escalera preguntó a Claudio Lisias, en griego, si se podía dirigir a la multitud. El tribuno estuvo de acuerdo, sorprendido de que el prisionero pudiera hablar su idioma, pues había asumido que Pablo era el buscado líder egipcio de los 4,000 terroristas o sicarii (asesinos). El historiador judío, Josefo, refiere que este mismo egipcio había estado activo durante el mandato de Félix, el procurador romano de Palestina (52–60 d.C.), ante quien Pablo pronto comparecería. Pablo respondió al tribuno que, por el contrario, era un ciudadano judío de Tarso en Cilicia, bien conocida como un centro educativo helénico (versículos 37–39).

UNA HÁBIL DEFENSA

Con permiso para hablar, Pablo hizo señas con su mano para acallar a la multitud y lo que aconteció entonces es otro ejemplo de su habilidad para comunicarse efectiva y concisamente con una audiencia. Después de haber hablado momentos antes en griego con el comandante y obtener buenos resultados, ahora se dirigía cortésmente a la turba asesina en un dialecto hebreo: el arameo. Comenzó de una forma específica para atraer su atención: «Varones hermanos y padres [o «Amigos israelitas y líderes del país»], oíd ahora mi defensa ante vosotros» (Hechos 22:1). El relato de Lucas dice que «al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio» (versículo 2).

Pablo entonces les contó su historia de tal forma que mantuvo atenta a su audiencia. Les dio razón para identificarse aún más con él, relatando que era un israelita nacido en la ciudad de la Diáspora de Tarso, pero educado en Jerusalén por un maestro famoso, Gamaliel, en la escuela de pensamiento farisaico. Era celoso de Dios «como hoy lo sois todos vosotros». En efecto, «soy como ustedes». Luego relató cómo había perseguido hasta la muerte a los seguidores de Jesús como una secta («este Camino»), teniendo por testigos al sumo sacerdote y al concilio de líderes judíos, el Sanedrín, pues fueron ellos quienes le habían autorizado a ir a Damasco a capturar a los discípulos de Jesús para llevarles a Jerusalén y que fuesen castigados. En otras palabras, «me opuse a la secta como ustedes ahora se oponen a mí».

Entonces, dando un giro a su argumento, comenzó a relatar el cambio ocurrido en su corazón. Explicó lo que le había sucedido camino a Damasco, cómo había sido cegado temporalmente y cómo se había convertido en un seguidor del Camino. Habló de cómo un devoto y respetado judío había sido el intermediario de Dios para recobrarle la vista y entregarle un mensaje de Él(vea Los Apóstoles, Parte 2, «Más allá de Jerusalén»). Les explicó que incluso estando en el templo, mientras oraba, Jesús le reveló en una visión que había de salir de Jerusalén, en donde se oponían a su mensaje. Pablo les habló entonces de cómo había argumentado que los Jerusalemitas seguramente le escucharían debido a que él había participado en la persecución de los seguidores de Jesús, incluyendo al mártir Esteban (consulte Hechos 7:57–8:3), pero que Jesús le había dicho: «Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles» (Hechos 22:21).

Fue con la palabra gentiles que Pablo concluyó su discurso y, a pesar de toda su habilidad retórica, la multitud se había enardecido de nuevo. Era todo lo que tenían que escuchar para estallar en otro disturbio y demandar su muerte.

Al ver esto, el tribuno llevó a Pablo al interior de los barracones para «examinarle» con azotes en la esperanza de averiguar la razón por la que él era la causa de tal alboroto. Muy probablemente no entendió la defensa del prisionero, pues habló en arameo. Todo lo que pudo ver fue el resultado.

Ante la posibilidad de un castigo severo, el aplomo de Pablo le ayudó una vez más como lo había hecho en Filipo (vea Los Apóstoles, Parte 5, «Nuevo Equipo, Nuevo Territorio»). Cuando los soldados le acomodaron para ser azotado, preguntó a un centurión si era lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado. Por supuesto que no lo era y Pablo lo sabía. Cuando el tribuno supo de la pregunta de Pablo, se acercó a él de inmediato y le preguntó de su ciudadanía, admitiendo que la suya había sido comprada. Pablo contestó que era romano por nacimiento, una forma superior de ciudadanía. Ahora los soldados y su líder estaban asustados. Al día siguiente Claudio Lisias hizo liberar a Pablo de sus cadenas para traerle ante él junto con los sumos sacerdotes y el Sanedrín para conocer más acerca de las razones del tumulto (versículos 25–30).

Los comentarios de apertura de Pablo fueron similares a los realizados ante la multitud. Dirigiéndose a ellos como «hermanos», señaló que siempre había vivido en buena consciencia ante Dios. Ante eso, Ananías, el sumo sacerdote (47–58 d.C.), ordenó a los que estaban junto a él que golpearan a Pablo en la boca, lo cual le hizo estallar en ira: «¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!». Estaba tan indignado ante tal hipocresía e injusticia proveniente de un juez que ignoraba la misma ley a la que representaba. Esto provocó un mayor distanciamiento para Pablo, quien no se había dado cuenta de que a quien se dirigía era el mismo sumo sacerdote. Rápidamente se disculpó, sabiendo que las Escrituras dicen: «No maldecirás a un príncipe de tu pueblo» (Hechos 23:1–5).

Pero ¿cómo recuperaría Pablo el control de la situación ante sus oponentes? A sabiendas de que algunos eran saduceos y otros fariseos, aprovechó la crucial diferencia en sus creencias y habló con la verdad al mismo tiempo. Los saduceos no aceptaban la existencia de los ángeles o los espíritus ni la resurrección de los muertos. Así que Pablo dijo a viva voz: «Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga» (versículo 6). Esto colocó a la asamblea en un punto muerto, con cada parte argumentando ruidosamente su punto de vista y algunos de los fariseos protestando ahora con fervor y apoyando a Pablo: «No encontramos ningún delito en este hombre. ¿Acaso no podría haberle hablado un espíritu o un ángel?» (versículo 9, NVI). Cuando la situación se tornó violenta y la vida de Pablo se encontraba de nuevo en peligro por las partes contendientes, el tribuno intervino e hizo que le llevaran de nuevo a los barracones.

«Como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma».

Hechos 23:11

Esa noche Pablo fue animado por Jesús, quien se le apareció y le dijo: «Como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma» (versículo 11).

ENVIADO A FÉLIX

Al día siguiente más de 40 judíos conspiraron para asesinar a Pablo y se comprometieron mediante juramento a no beber ni comer nada hasta que así sucediera. Por tanto, la amenaza era inmediata. Los 40 celotes acudieron con los ancianos y sacerdotes y les pidieron que solicitaran al tribuno que enviara al prisionero con ellos para otro interrogatorio, con lo cual los conspiradores lo asesinarían. Sin embargo, el sobrino de Pablo escuchó del complot e informó de ello a su tío. Pablo llamó a uno de los oficiales, quien llevó al joven ante Claudio Lisias. Una vez que el tribuno entendió lo que estaba por ocurrir, pidió al sobrino de Pablo que no dijera nada más a nadie e hizo arreglos para dar a Pablo un par de caballos y una escolta de 470 soldados que le acompañaran en su viaje nocturno hacia la fortaleza costera de Cesarea. Allí habría de ser juzgado por Félix el gobernador quien, de acuerdo con la carta que le escribió el tribuno, debería escuchar una vez más el caso del concilio en contra del ciudadano romano, aunque Claudio Lisias no había encontrado nada digno de muerte en el comportamiento de Pablo (versículos 12–30).

A su llegada, Félix preguntó a Pablo de dónde era y al escuchar que era de Cilicia, le colocó en el palacio construido por Herodes el Grande hasta que llegaran sus acusadores.

El presentar casos legales ante las autoridades romanas requería ciertas habilidades y los líderes judíos decidieron que su mayor probabilidad de éxito era recurrir a un orador y abogado profesional de nombre Tértulo. Cuando llegaron cinco días después junto con Ananías y algunos de sus ancianos, preparó el terreno diciendo: «Como debido a ti gozamos de gran paz, y muchas cosas son bien gobernadas en el pueblo por tu prudencia oh excelentísimo Félix, lo recibimos en todo tiempo y en todo lugar con toda gratitud» (Hechos 24:1–3). Su generoso discurso de apertura pronto dio lugar a tres acusaciones religiosas apoyadas por los judíos. Pablo, según dijo, era una peligrosa molestia, un hombre que había sido el causante de revueltas entre los judíos de todas partes y era líder de un partido religioso o secta, identificada como los nazarenos. Su esperanza era que Félix viera a Pablo como una molestia política, una amenaza al orden público.

El gobernador hizo señas a Pablo para que hablara. El apóstol también comenzó con un halago para Félix, mencionando sus largos años de servicio como juez de la nación. Pablo agradeció su sabia dirección y pidió al gobernador determinar que habían pasado sólo 12 días desde que había subido a Jerusalén, señalando que incluso durante ese breve periodo no hubo pruebas de que causara problemas en las sinagogas o en el templo. Las acusaciones eran falsas y sus oponentes carecían de evidencia.

Sin embargo, Pablo estaba dispuesto a admitir algo: que era un seguidor de «el Camino» al que sus detractores habían llamado despectivamente una secta. El Camino, decía Pablo, era consistente con la ley los profetas. Además, señaló que sus enemigos creían en la resurrección al igual que él. Su visita a Jerusalén tenía por propósito llevar un generoso regalo a su nación y presentar ofrendas al templo, y al hacerlos los judíos efesios le habían acusado erróneamente y habían iniciado una revuelta. Y como sus acusadores presentes bien sabían, ahora se encontraba delante de Félix únicamente porque había pronunciado ante ellos: «Acerca de la resurrección de los muertos soy juzgado hoy por vosotros» (versículos 14–21).

Félix, de quien Lucas nos dice que estaba «bien informado de este Camino» (pues su esposa, Drusilla, era judía), pospuso la audiencia argumentando que deseaba que Claudio Lisias asistiera a una futura audiencia antes de tomar una decisión. A Pablo se le permitió permanecer bajo arresto a puertas relativamente abiertas y sus amigos le podían visitar y ayudar.

OTRO GOBERNADOR, OTRA AUDIENCIA

Después de algunos días Félix hizo traer a Pablo para escucharle mientras le explicaba acerca de la fe en Jesucristo. El gobernador se asustó cuando Pablo habló más acerca del «dominio propio y del juicio venidero» (versículo 25), por lo que le dijo que después hablaría de nuevo con él. Lucas señala que Félix esperaba algún soborno y por ello continuaba llamándole. Esto continuó por dos años hasta que Félix fue remplazado por Porcio Festo, pero como Félix buscaba hacer a los judíos un favor de despedida, dejó a Pablo en prisión.

Cuando Festo llevaba sólo tres días en la provincia subió a Jerusalén desde Cesarea. Cada vez más impacientes por deshacerse de Pablo, los líderes religiosos instaron al nuevo gobernador a que le enviara de regreso a Jerusalén, pues planeaban emboscarle y asesinarle en el camino. Festo sólo aceptó juzgar el caso en la capital provincial y pidió a los líderes judíos que enviaran allí una delegación. Después de alrededor de 10 días regresó a Cesarea y al día siguiente hizo traer a Pablo ante él y ante la presencia de los líderes de Jerusalén. Al igual que antes, volaron las acusaciones, pero a Festo le pareció que el argumento se trataba de cuestiones relacionadas con la religión judía y alguien llamado Jesús, quien ya había muerto (aunque Pablo decía que estaba vivo), más que de un delito grave (Hechos 25:1–7; consulte también los versículos 18–19).

Pablo argumentó en su propia defensa: «Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada» (versículo 8). En un intento por complacer a los líderes religiosos, Festo preguntó a Pablo si deseaba regresar a Jerusalén y ser juzgado ante él, a lo que Pablo respondió más convincentemente aún que el complacer a los judíos no era razón suficiente para juzgarle en Jerusalén. Debido a que no había hecho nada en contra de las leyes, el templo o el emperador, ejerció su derecho de apelación como un ciudadano romano para presentarse ante el mismo César y ser escuchado. Festo primero consultó a sus consejeros y luego aceptó la solicitud de Pablo: «A César has apelado; a César irás» (versículo 12), aunque Festo sabía que no contaba con suficiente información acerca de la naturaleza del cargo en contra de Pablo para enviarle de inmediato a Roma (consulte el versículo 27).

Después de algún tiempo, el rey local, Herodes Agripa II, llegó a Cesarea con su hermana, Berenice, para presentar sus respetos al nuevo gobernador. Aunque Agripa gobernaba una pequeña área al norte de Palestina, tenía la autoridad para nombrar al sumo sacerdote judío. Festo aprovechó la oportunidad para hablarle de Pablo con la esperanza, quizá, de recibir asesoría con respecto a lo que podría decir al César acerca del prisionero. Al día siguiente Pablo sostuvo una audiencia con el rey. Agripa, Berenice y su séquito entraron con gran pompa al palacio de Herodes. Cuando Pablo fue llevado al recinto había militares de alto rango y hombres importantes de la ciudad. Al explicar la situación del prisionero, Festo resumió su opinión anterior: «ninguna cosa digna de muerte ha hecho» (versículo 25). Agripa entonces dijo a Pablo: «Se te permite hablar por ti mismo».

En la siguiente parte de Los Apóstoles veremos la defensa final de Pablo en Palestina y su viaje a la Roma del César.