Un Tesoro Enterrado

Mediante varias parábolas intrigantes, Jesús anima a sus discípulos a permanecer vigilantes y poner en acción los dones únicos que Dios otorga.

Hacia el final de su ministerio, Jesús dio una desgarradora descripción de cómo serían las condiciones del mundo antes de su segunda venida. Luego pasó a explicar lo que sus seguidores deberían hacer en preparación para ese momento, cuandoquiera que sucediere.

Dijo que deberíamos aprender la lección de la higuera. Así como podemos decir que el verano está cerca cuando salen las hojas, podemos saber en términos generales cuándo sucederá el regreso de Jesús por el hecho de que todas las condiciones que él describió se han cumplido.

Señaló que una sola generación vería el cumplimiento de todos los eventos profetizados. Tiene sentido, entonces, que las diversas guerras, terremotos, hambrunas y persecuciones que han sucedido en los últimos 2,000 años no hayan señalado el fin último; estos han sido precursores. Además, los disturbios que se profetizan que ocurrirán en los cielos todavía no han tenido lugar.

El regreso de Jesucristo no es un mito; es una realidad que aún no ha ocurrido. Sin embargo, como Jesús señaló, es imposible predecir el momento exacto de su regreso. Dijo que incluso ni él sabe cuándo será («Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre» [Mateo 24:36]).

Sin embargo, sí dio algunas indicaciones de la forma en que el mundo estaría en actitud y enfoque en ese momento. Dijo: «Pero como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre,pues como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del hombre» (versículos 37–39). En otras palabras, la mayoría de las personas continuará haciendo las cosas que normalmente hacen, aparentemente ajenas a lo que se avecina, a pesar de las advertencias que escucharán. Los pocos que escuchan las advertencias escaparán.

Aprendiendo en alerta

Jesús también dio cinco parábolas para ayudarnos a comprender la importancia de la fidelidad y estar personalmente vigilantes. Dijo que deberíamos estar en guardia—siempre vigilantes—pues no sabemos en qué día va a regresar. Dijo: «Es como el hombre que, yéndose lejos, dejó su casa, dio autoridad a sus siervos, a cada uno le dio un trabajo y al portero mandó que velara» (Marcos 13:34).

Mientras anticipamos su regreso, debemos «cuidar también por nuestros corazones no se carguen de glotonería y de embriaguez y de las preocupaciones de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día, porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de la tierra» (Lucas 21:34–35). He aquí información para todos: «Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!» (Marcos 13:37).

«Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»

Marcos 13:37

La segunda parábola se refiere a esperar la llegada de un ladrón. Jesús dijo: «Pero sabed esto, que si el padre de familia supiera a qué hora el ladrón habría de venir, velaría y no lo dejaría entrar en su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora que no pensáis» (Mateo 24:43–44).

En un tercer ejemplo, más extenso, Jesús habló de un sirviente que había sido puesto a cargo de las necesidades de los otros sirvientes mientras su amo no se encontraba. Dijo: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así» (versículos 45–46). El énfasis aquí está en el servicio fiel hasta el regreso de Jesús.

Solamente que también hay una advertencia para los tentados en decir que la Segunda Venida está en el futuro lejano. Jesús continuó: Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: «Mi señor tarda en venir”, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes» (versículos 48–51).

La cuarta parábola para enfatizar la vigilancia es la famosa parábola de las diez vírgenes, cinco de las cuales eran prudentes y cinco insensatas. Estaban esperando a que llegara el novio. La mitad de ellas no tenían aceite para sus lámparas. La otra mitad llevaba abastecimiento consigo. Hubo un retraso en la llegada del novio, y todas se quedaron dormidas. A medianoche anunciaron que el novio había llegado. Solo mitad de ellas estaba preparada con aceite en sus lámparas para salir y encontrarle. Las demás desesperadamente trataron de comprar aceite, pero era demasiado tarde. El novio llegó mientras no estaban preparadas. Intentaron más tarde entrar al banquete de bodas, pero se les mantuvo fuera, el novio dijo: «No las conozco» (Mateo 25:1–13). Una vez más, fue una advertencia para estar atentos, porque el momento preciso del regreso de Jesús no se conoce.

La quinta y última parábola sobre la fidelidad se refería a un hombre que emprende un viaje y les da dinero a sus sirvientes para usar hasta su regreso. Dijo Jesús: «A uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. El que recibió cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que recibió dos, ganó también otros dos. Pero el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor» (versículos 14–18).

Cuando regresó el señor, aquellos que habían aumentado sus propiedades fueron recompensados con más. Estos habían sido fieles. Pero el que había zafado por temor a su amo y no había hecho nada, le quitaron su dinero y se lo dieron a aquel que tenía los 10 talentos. Del siervo falto de fe se dijo en la parábola que no valía nada.

A medida que anticipamos el regreso de Jesucristo, entonces, está claro que la vigilancia y la fidelidad son requisitos previos.

VIDA Y MUERTE PARA SIEMPRE

Jesús había respondido ampliamente las preguntas de sus discípulos sobre el fin de la era y su regreso para gobernar como Rey de reyes. Ahora, para concluir, habló del juicio que ocurrirá después de su segunda venida. Fue un final inesperado de su conversación, pero conectó a sus seguidores con su responsabilidad personal mientras esperaban el regreso de su Maestro.

Jesús dijo: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; entonces apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda» (Mateo 25: 31–33). Este gobernante tendrá autoridad sobre las naciones, y las juzgará de acuerdo con un estándar interesante, como Jesús señaló a continuación.

«Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber».

Mateo 25:35

Prosiguió; Entonces el Rey dirá a los de su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo,porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme» (versículos 34–36). Como dijo Jesús, sus seguidores le habían hecho esto a sus semejantes, y al hacerlo, era como si hubieran realizado ese servicio a Jesús mismo.

Para aquellos que no han hecho tal servicio a otros, el Rey de reyes dirá: «A los de la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis» (versículos 41–43).

La vida eterna y el castigo eterno finalmente se decidirán basado en nuestra actitud hacia Dios y nuestros semejantes, como lo prueban nuestras acciones. ¿Guardaremos los dos grandes mandamientos de la ley de los que habló Jesús cuando se dirigió al joven rico que deseaba la vida eterna? ¿Amaremos a Dios y a nuestro prójimo?

avaricia y traición

Cuando Jesús terminó esta larga conversación con sus discípulos, les recordó que la Pascua estaba a dos días y que su muerte era inminente.

Las autoridades religiosas estaban buscando una forma de capturarlo y asesinarlo. El Evangelio de Mateo dice: «Entonces los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote, llamado Caifás, y se confabularon para prender con engaño a Jesús, y matarlo. Pero decían: ‘No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo’» (Mateo 26:3–5).

Jesús se estaba quedando cerca de Jerusalén, en Betania, con sus amigos, María y Marta y su hermano, Lázaro. Una noche estaban juntos en la casa de un hombre llamado Simón, cuando María tomó un perfume caro y lo derramó sobre Jesús. Algunos en el grupo estaban molestos por lo que percibían como un desperdicio. Dijeron que podría haberse vendido y el dinero dado a los pobres.

Uno de los quejosos fue Judas Iscariote, el hombre que pronto traicionaría a Jesús ante las autoridades. Pero como muestra el Evangelio de Juan, los motivos de Judas estaban lejos de ser puros. Juan dice: «Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella» (Juan 12:6).

Jesús respondió a la acusación del desperdicio por parte de María: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho. Siempre tendréis a los pobres con vosotros y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. Ésta ha hecho lo que podía, porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella» (Marcos 14:6–9).

«De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella».

Marcos 14:9

Sin embargo, Judas no estaba satisfecho. Lo siguiente que leemos de él es cuando decidió traicionar a Jesús ante las autoridades. Dirigiéndose a ellos, les preguntó qué cuanto pagarían por dicha traición. Le dieron 30 piezas de plata.

Judas ahora se dedicó a encontrar la oportunidad correcta para entregar a Jesús cuando no hubiera ninguna multitud presente. A pesar del compromiso anterior de las autoridades de no apresar a Jesús en la Pascua debido a las multitudes y la popularidad de Jesús, la oferta de Judas era demasiado buena como para rechazarla.

¿Quién es el mayor?

La última Pascua que Jesús celebró con sus discípulos se llevó a cabo en un aposento alto en Jerusalén. Un martes por la noche, Jesús y los discípulos se reunieron para observar la más solemne de las observancias bíblicas. Cuando estaban sentados, Jesús dijo: «¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca!, porque os digo que no la comeré más hasta que se cumpla en el reino de Dios» (Lucas 22:15–16). Fue una señal de que su muerte era inminente. Sus discípulos todavía no parecían entender el significado de lo que él estaba diciendo, como lo ilustra lo que sucedió después.

Surgió una discusión entre ellos sobre quién era el mayor. Jesús explicó, como lo había hecho antes, que era el servicio lo que marcaba a los líderes justos entre ellos, no el señorío y la autoridad de la clase del mundo. Dijo: «Pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven, y el que dirige, como el que sirve, pues, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Pero yo estoy entre vosotros como el que sirve» (versículos 26–27).

Dirigiendo su mirada hacia el gran objetivo que les esperaba, les recordó que estarían en su reino con él. Dijo: «Y vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un Reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (versículos 28–30).

un acto de grandeza

Para enfatizar la humildad que sería necesaria para que ellos se relacionen entre sí y con los demás seres humanos, Jesús se levantó de la mesa, se quitó la ropa exterior, se envolvió con una toalla alrededor de la cintura y comenzó a lavarles los pies.

Esta era una tarea doméstica que normalmente solo realizaban los sirvientes del hogar. Sin embargo, aquí estaba su Maestro haciendo exactamente eso. Habían estado debatiendo sobre su grandeza; ahora él les estaba mostrando con un ejemplo físico cómo deberían ser en espíritu. Esto estaba lejos de la exaltación propia que acababan de consentir.

Cuando llegó a Pedro, el cual algo perplejo le preguntó: «Señor, ¿tú me lavarás los pies?» (John 13:6). Como dijo Jesús, Pedro aún no entendía el significado, pero lo haría. Una vez que Jesús le dijo que no debía negarse o que no tendría parte con él, Pedro respondió que ahora quería que lo lavaran por completo. Jesús señaló que lavar sus pies sería suficiente.

Cuando terminó la tarea, Jesús les preguntó si entendían lo que acababa de hacer. Les dijo: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis» (versículos 13–17).

Es aquí, entonces, cuando Jesús estableció una nueva tradición para la Iglesia que ellos observarían después de su resurrección. Una de las prácticas que seguirían sería lavarse los pies en una ceremonia anual que conmemora la vida de servicio y sacrificio de Jesús por la humanidad.

El verdadero discipulado

Sin embargo, Jesús sabía que a la mesa había alguien que no estaba completamente comprometido. Dijo: «Uno de ustedes me va a entregar» (versículo 21). Esto contrarió a los discípulos, y comenzaron a cuestionarse a sí mismos. Pedro hizo señas a Juan para que le preguntara a Jesús quién era. Jesús dijo: “A quien yo le dé el pan mojado ése es». Y mojando el pan lo dio a judas Iscariote diciendo: « Lo que vas a hacer, hazlo pronto» (versículos 26–27). Pero algunos pensaron que Judas tenía que comprar para la Fiesta de la Pascua, puesto que él era el tesorero.

Judas salió, y Jesús sabiendo lo que iba a suceder, dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también lo glorificará en sí mismo, y en seguida lo glorificará» (versículos 31–32).

Jesús entonces les dijo que solo le quedaba un poco de tiempo con ellos. Aprovechó la oportunidad para darles un nuevo mandamiento, que deberían amarse el uno al otro. Si lo hicieran, todos sabrían quiénes eran, que eran sus seguidores. Pero les dijo que primero, esa misma noche, todos lo abandonarían. Pedro dijo que nunca abandonaría a Jesús. Pero Jesús tuvo que decirle la dolorosa verdad de que antes de que el gallo cantara, Pedro habría negado a su Maestro tres veces.

Replanteando la Pascua

Una vez que se fue Judas, Jesús instituyó un servicio enmendado de la Pascua que cambió de una observancia del Antiguo Testamento a un memorial en el Nuevo Testamento. Hizo hincapié en la toma de pan y vino como un recordatorio anual de su propio sacrificio por nuestros pecados. Marcos nos dice en su Evangelio: «Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios» (Marcos 14:22–25, Versión Reina-Valera 1960).

La conmemoración anual de la Pascua del Nuevo Testamento es una obligación para todos los verdaderos seguidores de Cristo. Como dijo más tarde el apóstol Pablo: «Así pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11:26). Cuando Jesús instituyó la Pascua enmendada la noche antes de su muerte, Él dio el ejemplo a todos los que realmente lo seguirían.