Causa de muerte: Deportes

Ante cada vez más evidencias de que repetidas lesiones en la cabeza pueden conducir a contraer una enfermedad cerebral fatal, ¿por qué las organizaciones deportivas no han hecho más para cuidar de los jugadores?

Para muchos, el inglés Jeff Astle fue todo un héroe. Jugó profesionalmente al fútbol (o soccer, como se lo llama en EE.UU.) desde que empezó a sus 17 años de edad hasta que se retiró, a sus treinta y tantos. Fue la suya una carrera completa y, según la opinión de la mayoría, todo un éxito. Sus seguidores, que lo vieron marcar 174 goles a lo largo de una década para West Bromwich Albion, lo llamaban «el Rey», y todavía hoy —décadas después— vitorean su nombre en su estadio.

Él jugó en una época diferente, con tácticas y precios de las entradas que resultan extraños a los espectadores de hoy. Tal vez lo más notable es que el balón mismo era diferente; por entonces hecho de cuero grueso que absorbía el agua y se volvía extremadamente pesado durante el juego. Era tal el efecto que causaba en los jugadores que habitualmente lo cabeceaban que —no sin ironía— una revista de esa época se refería a ellos como «jugadores de fútbol aturdidos».

Se conocía a Astle como un goleador prolífico, especialmente con goles de cabeza. Fue este talento lo que le valió un nuevo tipo de fama cuando en 2002 falleció, a los 59 años de edad, a causa de una enfermedad cerebral degenerativa. Por entonces, el médico forense Andrew Haigh, lo declaró muerto «por enfermedad profesional», significando con ello que su enfermedad fue causada, al menos en parte, por su trabajo: Astle había sufrido repetidos microtraumatismos cerebrales (más comúnmente conocidos como contusiones y conmociones cerebrales). Un informe de The Telegraph sobre la investigación citaba a Haigh diciendo: «Su tipo de demencia estaba totalmente en consonancia con el cabeceo del balón. La exposición ocupacional ha hecho como mínimo una contribución significativa a la enfermedad que le causó la muerte». Fue entonces cuando por primera vez se presentó una vinculación directa entre el fútbol y la muerte.

El futbolista Jeff Astle cabecea el balón en un partido de 1966. Su fallecimiento en 2002, a la edad de 59 años, se atribuyó finalmente a una enfermedad cerebral degenerativa causada por repetido cabeceo a lo largo del tiempo.

© Mirrorpix

El veredicto sobre el fallecimiento de Astle coincidió con cierta investigación de vanguardia llevada a cabo del otro lado del Atlántico. El médico nigeriano-estadounidense Bennet Omalu venía trabajando con futbolistas estadounidenses, basando su estudio de casos más conocido a partir de la autopsia del ex futbolista Mike Webster. Webster falleció a los 50 años, tras años de trastornos cognitivos y depresión. Según la hipótesis de Omalu, fueron los repetidos golpes contusivos a la cabeza lo que causó la demencia de Webster. Su estudio posterior de otros futbolistas estadounidenses fallecidos estableció la llamada encefalopatía traumática crónica (ETC) como causa de su deterioro cognitivo, y el de Astle, con pruebas que sugerían que la profesión de ellos lo había provocado.

«La ETC se encuentra con mayor frecuencia en atletas de deportes de contacto y militares veteranos; probablemente porque, en la vida moderna, estos son algunos de los únicos roles que conllevan golpes a la cabeza intencionales y repetitivos».

Concussion Legacy Foundation, What Is CTE? (¿Qué es la ETC?)

Lesiones cerebrales traumáticas y la ETC

En los años transcurridos desde la labor inicial de Omalu, nuestra comprensión de la ETC se ha ampliado considerablemente, asistida por una intensificada sensibilización a la salud mental en general. Es, dicho simplemente, una enfermedad neurodegenerativa que causa la progresiva decadencia de una serie de funciones. Entre sus síntomas se encuentran: pérdida de memoria, confusión, deterioro de la capacidad de discernimiento, agresión, problemas de control de impulsos, depresión, ansiedad y, posiblemente, incluso conducta suicida. Hasta el momento, poco de esto se ha considerado como enfermedades o padecimientos propios del deporte.

La teoría detrás de la ETC es relativamente simple. Nuestro cerebro flota en una sustancia llamada fluido cerebroespinal. Cuando la cabeza sufre un choque, el cerebro se golpea contra el duro cráneo circundante, lo cual daña el tejido cerebral y causa una contusión. En lo inmediato, una contusión puede suponer una alteración temporal de funciones cerebrales tan fundamentales como pensar y ver. Las conmociones cerebrales son una forma menor de esto, pero en cierto modo, más siniestra: pueden causar daños sin generar síntomas. Ya se ha comprobado que los impactos de las contusiones y conmociones cerebrales múltiples pueden ser precursores de la ETC. Con el correr del tiempo, estos hechos repetidos causan que las normalmente útiles proteínas tau del cerebro se agrupen, derivando en síntomas neurológicos a corto y largo plazo.

Las contusiones ocurren comúnmente en los deportes de contacto, tal vez más frecuentemente de lo que la mayoría de la gente imagina. Desde los puñetazos en el boxeo hasta los cabezazos en el fútbol y los impactos de casco a casco en el fútbol americano, la posibilidad de que se produzcan contusiones o conmociones cerebrales ha formado parte de la vida deportiva por décadas, y es muy probable que la vasta mayoría de tales lesiones hayan pasado sin ser detectadas. Según se estimaba en un estudio reciente, solo en EE.UU. ocurren anualmente entre un millón seiscientas mil y tres millones ochocientas mil lesiones cerebrales traumáticas (entre ellas, contusiones y conmociones cerebrales) relacionadas con los deportes. Otro estudio llevado a cabo en Estados Unidos señalaba que en cada temporada de fútbol americano, uno de cada treinta jugadores de cinco a catorce años de edad, uno de cada catorce jugadores de escuela secundaria, y uno de cada veinte jugadores universitarios sufren como mínimo una contusión o conmoción. Pero esto no es todo. Mientras que el fútbol americano es famoso por su alto riesgo de contusiones y conmociones cerebrales, otros deportes —como rugby, hockey sobre hielo, lacrosse, lucha libre y boxeo— rivalizan con él en cuanto a índices de este tipo de lesiones o, en algunos casos, lo exceden.

También hay pruebas crecientes de altos índices de contusiones y conmociones cerebrales en el fútbol (soccer), incluso con efectos perturbadores a corto plazo. En 2016, un estudio realizado por la Universidad de Stirling halló que jugadores que habían cabeceado el balón veinte veces, utilizando la fuerza característica de este tipo de partidos, sufrieron una marcada reducción del desempeño de la memoria en las veinticuatro horas subsiguientes. (Sin temor a equivocarse, se podría sugerir que bien pudiera ser este un factor determinante en la memoria selectiva que algunos presentan durante las entrevistas posteriores al partido, cuando les preguntan sobre incidentes controversiales).

«La mejor evidencia de la que disponemos indica que la causa de la ETC radica en golpes repetitivos a la cabeza, sufridos durante un período de años… [Lo cual] apunta hacia impactos de conmociones cerebrales, o golpes a la cabeza que no causan contusiones complejas, como el factor más importante».

Concussion Legacy Foundation, “What Is CTE?”

Todo esto configura un cuadro preocupante, especialmente cuando consideramos los millones de personas que en todo el mundo participan habitualmente en deportes de contacto. Cabe señalar, por supuesto, que el cuadro sigue completándose. La investigación para determinar los factores causantes de la ETC prosigue.

Serios interrogantes

Mientras tanto, profesionales médicos, comentadores y altas personalidades del mundo de los deportes se preguntan qué deberían suponer estos hallazgos para la vida de los atletas.

El descubrimiento de Omalu dio inicio a numerosas investigaciones en todo el mundo deportivo, como también a una amplia cobertura en los medios de difusión (incluso mediante una destacada representación cinematográfica titulada Concussion, protagonizada por Will Smith). Que los deportes —tradicionalmente vistos como promotores de salud— sean  considerados causantes de muerte plantea serias cuestiones éticas. Al fin de cuentas, este resultado se suele relacionar con industrias percibidas como más peligrosas, como la minería y la explotación forestal. ¿Asumen las organizaciones que atraen, alientan y fomentan el interés en carreras atléticas la responsabilidad por la salud a corto y largo plazo de sus empleados? ¿Deberíamos considerar los estadios y las instalaciones deportivas de modo distinto del que aplicamos a los lugares de trabajo tradicionales? ¿Qué rol tiene el cuidado, la atención, en una búsqueda que se ha vuelto cada vez menos recreativa y cada vez más lucrativa? Como en tantas otras actividades humanas, el dinero juega un papel protagónico fundamental y conlleva un turbio dilema ético.

El coro de quienes apoyan medidas para prevenir la ETC sigue creciendo. Entre ellos se encuentra John Stiles, ex futbolista profesional e hijo de Nobby Stiles, otro notable ex futbolista que sufre de demencia. Según él, «Los entrenadores no deberían tirar misiles a las cabezas de los chicos para que ellos los devuelvan cabeceando. Hasta que sepamos más al respecto, deberían detener por completo el cabeceo de balones entre los niños».

Sin duda, al optar por seguir carreras deportivas, pocos son los que consideran las consecuencias a largo plazo. El ex futbolista Alan Shearer comentó lo siguiente: «Yo me dediqué al fútbol sabiendo que lo más probable era que al final de mi carrera padeciera de algunos problemas médicos, que hoy por hoy tengo: tengo las rodillas, la espalda y los tobillos endebles; pero nunca contemplé —ni por un segundo— que existiera la probabilidad de que cabecear el balón pudiera afectar el cerebro. De ser esto así, la gente tiene que ser consciente de ello».

El Instituto de Medicina, organizaciones como la Liga Nacional de Fútbol (NFL, por sus siglas en inglés: principal organización del fútbol americano) y la Asociación Nacional Atlética Universitaria —amén de muchos ex futbolistas— han expresado su apoyo públicamente para la continuación de las investigaciones, incluso cuando en general en el caso de las ligas deportivas, la investigación que ellos avalan parece más subjetiva que objetiva. Aun así, la mayoría de los cuerpos atléticos reconocen que se tendrían que tomar medidas ahora para limitar daños en el futuro. Desde 2001 ha habido, en diversas formas, algún tipo de guía u orientación en relación con las contusiones y lesiones cerebrales. Por ejemplo, la American College of Sports Medicine (Facultad Estadounidense de Medicina del Deporte) se encuentra entre las que recomiendan que en caso de contusión real o supuesta, los participantes deberían —de inmediato— dejar de jugar. Se conoce como «protocolo para el manejo de contusiones o lesiones cerebrales» el hecho de que el atleta pase por una serie de exámenes antes de volver a jugar o practicar. La suspensión de actividad permite la recuperación de la función normal de las células cerebrales tras el daño sufrido en el tejido cerebral. Esto es importante, dado que se ha demostrado que subsecuentes impactos al cerebro antes de que los síntomas de la contusión o lesión cerebral desaparezcan causan daños considerablemente mayores.

Con todo, la aplicación propiamente dicha de esta precaución de seguridad no ha sido fácil, especialmente en los deportes profesionales. Dada la falta de un criterio objetivo definitivo para detectar contusiones o lesiones cerebrales, no siempre es fácil diagnosticarlas. Los clínicos dependen de medidas subjetivas tales como dolor de cabeza, mareos o vahídos, y de síntomas similares no específicos. La evaluación a menudo se complica a causa de presiones externas (sea que se las considere o no) para que el jugador regrese al campo de juego, a la vez que por el propio deseo del jugador que también quiere volver. La única respuesta prescrita para la contusión o conmoción cerebral diagnosticada es descanso, lo cual es frustrante hasta para los aficionados, ¡ni hablar para aquellos que se ganan la vida jugando!

Obligaciones para con los niños

Mucho de la respuesta inicial se ha centrado en los deportes juveniles, especialmente en los Estados Unidos. En el fútbol soccer, por ejemplo, ya no se permite que niños menores de once años cabeceen el balón. Y entre 2009 y 2014, todos los cincuenta estados promulgaron leyes generalmente conocidas como de «regreso al juego», tocantes a la prevención y tratamiento de contusiones y conmociones cerebrales en deportes para jóvenes y/o atletas de escuela secundaria. Dicha legislación requiere que tanto los participantes como sus padres y entrenadores reciban información acerca de los peligros y riesgos de sufrir este tipo de lesiones. Como el protocolo de contusiones o lesiones cerebrales, esta legislación requiere que en cuanto se sospeche que el atleta en cuestión ha sufrido algún daño de esta naturaleza, se lo retire del juego, y que solo se le permita volver a jugar tras presentar un certificado expedido por un proveedor de servicios médicos competente y autorizado.

Otra ley, la de fútbol juvenil seguro, se ha propuesto en cinco estados (Illinois, Maryland, California, Nueva Jersey y Nueva York). Dicha legislación establecería una edad mínima como requisito para placar en los programas de fútbol americano. La versión de Maryland se extendía a múltiples deportes, proponiendo eliminar el cabeceo en el fútbol y el bloqueo defensivo con choques corporales en lacrosse y hockey. (Hasta ahora, la prohibición de choques corporales ha producido la evidencia más fuerte de reducción de la tasa de contusiones). Hasta el presente, ningún estado ha logrado la aprobación de su versión de la ley.

Similares instancias se han efectuado en Gran Bretaña, donde la Asociación de Futbolistas Profesionales ha propuesto prohibir el cabeceo del balón a niños menores de diez años. Gordon Taylor —director general de dicha asociación— advirtió: «No queremos desanimar a la próxima generación, pero necesitamos ser muy conscientes. El juego requiere tener el deber de cuidar de todos sus participantes». Otros usan un lenguaje menos cauteloso; el neuropatólogo Willie Stewart comentaba a The Telegraph: «Si portando guantes de boxeo, fuera a la escuela y ofreciera golpear en la cabeza a los niños con tanta fuerza como la de un balón de fútbol, me llevarían preso. Si tomara un balón de fútbol e hiciera lo mismo, me nombrarían entrenador».

Subyace a estas iniciativas la esperanza de que al reducir la cantidad de años en que una persona esté sujeta a impactos craneales, se reducirá considerablemente el riesgo de sufrir de ETC. El cofundador y director general de la Concussion Legacy Foundation, Chris Nowinski (ex- luchador del WWE), dice: «Tenemos que acortar la cantidad de años en que se juega a esto, del mismo modo en que uno acortaría la cantidad de años durante los cuales fuma, a fin de reducir su riesgo de contraer cáncer pulmonar».

«La investigación es clara: cuando los niños participan en deportes de más contacto físico y fuertes impactos, tienen cien por ciento de riesgo de exponerse a daños cerebrales. Cuando uno conoce el riesgo que algo entraña, ¿qué es lo primero que hace? Proteger de él a los niños».

Bennet Omalu, citado en un comunicado de prensa para promover la Safe Youth Football Act (ley de fútbol juvenil seguro) de California (en febrero de 2018)

El dilema de los profesionales

También se han tomado medidas considerables en el ámbito profesional. La NFL ha puesto en marcha numerosos cambios reglamentarios para reducir la cantidad de lesiones de la cabeza; entre ellas, la prohibición de placaje golpeando casco contra casco. Aunque esta es una medida encomiable, cabe notar que los motivos de la liga son inherentemente complejos y comprometidos. Las lesiones a jugadores estrella dañan tanto el nombre de los equipos individuales como la liga misma, así que reducir la incidencia de ETC no es solo altruista sino ventajoso para sus intereses financieros. Para una asociación deportiva tan importante, monetariamente no tendría sentido que se la considere insensible o se la relacione con una enfermedad debilitante. La pregunta que sin duda enfrenta la NFL es hasta dónde puede llegar con la prevención de la ETC antes de que por ello se reduzca el atractivo comercial del juego. Al fin y al cabo, este es un deporte que mayormente se basa en el contacto físico. Las ganancias y el cuidado diligente pueden ir de la mano por algún tiempo, pero por lo general llegan a un punto de ruptura.

Resulta que mantener la salud del atleta e ir en pos del éxito no siempre coinciden, lo cual es el punto en cuestión. A menudo, el personal médico se encuentra ante una compleja elección: decidir entre el bienestar del jugador y el éxito de la organización que paga su salario. No es una situación envidiable, y en deportes de alto perfil, la decisión equivocada puede tener enormes repercusiones financieras, tanto para el atleta, como para el personal médico y la organización.

El poder en estos casos a menudo yace con quienes emplean a los atletas y pagan las cuentas médicas. La pregunta es ¿cuál debería ser su prioridad? ¿Debería centrar su atención en el cuidado de cada atleta o en el balance financiero? Históricamente, en una sociedad capitalista en la que numerosos atletas de reemplazo potencial esperan su oportunidad de brillar en el gran escenario, el centro de atención ha sido la rentabilidad, importando muy poco las consecuencias a corto o largo plazo para los individuos.

Parte de la dificultad yace en cómo la sociedad, que financia el juego a través de diversas formas de fanatismo deportivo, ve el deporte. Pudiera parecer obvio, pero cabe notar que a los fans les interesan los jugadores activos. Ven a los jugadores individuales ir y venir. No pagan para ver a atletas retirados regodeándose en el lujo postprofesional; ni —de hecho— pagan para verlos trastabillar desorientados en centros asistenciales. El dinero lo generan quienes juegan. Las vidas de los atletas jubilados, que a lo sumo conservan un valor ganancial insignificante, son —desde esta perspectiva— menos importantes. Pero esto no concuerda con las prácticas laborales de muchas otras industrias.

Tal como Omalu sugiere, tiene sentido que mucho de la atención inicial de los activistas de la ETC se haya centrado en deportes juveniles. Pero no puede ser una coincidencia que esta también sea el área con las menores consecuencias financieras a corto plazo. La puesta en práctica de medidas similares en los deportes profesionales está resultando mucho más difícil. El campo de batalla de la ETC presenta un conflicto clásico entre el temor a las pérdidas a corto plazo y la perspectiva más larga (y más difícil de demostrar).

Cabría afirmar que por demasiado tiempo se ha tratado a los atletas como materia prima fungible para la producción de un espectáculo deportivo. Que algunos de ellos perciben salarios elevados por aceptar este rol no viene al caso. Ninguna suma de dinero, ni siquiera la de los estratosféricos ingresos que ganan atletas prominentes, puede resolver la irrevocable aparición de la demencia. Por el contrario, los atletas son personas, al igual que los obreros de las fábricas, los empleados de oficina o los directores generales de cualesquiera empresas. Parece irrazonable pasar por alto la necesidad de velar por la seguridad del empleado solo porque él o ella trabajan en un ámbito diferente.

«El fútbol debería ocuparse de los antiguos jugadores con demencia y poner fin a esta sensación de que en cuanto uno haya dejado de jugar se lo puede relegar al olvido».

Alan Shearer, Dementia, Football and Me, BBC One (2017)

El sistema capitalista afirma operar libre de los caprichos de la humanidad. La «mano invisible» del mercado libre, el principio que sustenta los más prominentes de los deportes profesionales, funciona sin emoción ni parcialidad, al menos en teoría. Las leyes de oferta y demanda han hecho de algunos deportes negocios entre los más rentables del mundo de hoy. En su lista de prioridades, el bienestar de individuos no activos se encuentra —cuando mucho— entre los últimos renglones.

Mientras la investigación subyacente a las recomendaciones sobre ETC continúa, se hace cada vez más claro que hay un problema aquí. A medida que la competencia aumenta y el éxito deportivo depende de márgenes cada vez más reducidos, los atletas exigen más y más a sus cuerpos. Se pudiera decir que a muchos se los remunera estupendamente; pero parecería rudo sostener que las organizaciones que los emplean, que también obtienen enormes ganancias, no asumen responsabilidad por las consecuencias potencialmente dañinas de su deporte.

Como mínimo, parecería intuitivo aplicar congruentemente las normas sobre contusiones y conmociones, implementar las directrices para reducir el riesgo de sufrir este tipo de lesiones, y  sensibilizar a la población con respecto a la evidencia sobre los riesgos inmediatos y potenciales a largo plazo de las ETC. Pero los repetidos conflictos en relación con su implementación muestran que velar por el empleado no suele ser un asunto de mayor importancia.

No sería de extrañar que las fuerzas del mercado sigan siendo el motor principal en todo esto. Al fin de cuentas, probablemente no es más que una coincidencia que los cambios introducidos en las políticas hasta la fecha armonicen con principios tradicionales tocantes a velar por los demás. Mientras que la codicia de dinero (que, tal como la sabiduría bíblica declara, es «raíz de todos los males») siga siendo el objetivo principal, es poco probable que este problema se resuelva.

La NFL, donde la carrera del jugador promedio dura solo tres años, se enfrenta a un problema de imagen particularmente serio, con todo tipo de factores; y la investigación en relación con la ETC es parte fundamental de ello. Con todo, sin una amenaza en concreto a su supervivencia, tal como otras industrias lo han experimentado, sería sorprendente que el enfoque del mundo deportivo en general girara admirablemente para centrarse práctica y enteramente en la idea de velar por los demás.