Tres, dos, uno… ¡cero!

«El espacio, la última frontera» es una frase que conforme pasa el tiempo adquiere un nuevo significado y evoca nuevos retos. Para algunos, no es más que el eslogan de una película o de un programa de televisión, pero debajo del cliché se encuentra una verdad fundamental: somos exploradores. Al inicio del programa espacial de Estados Unidos, el Consejo de Ciencias Espaciales de la Academia Nacional de Ciencias (National Academy of Sciences Space Science Board) reconoció claramente, incluso antes de la era imaginaria de Viaje a las estrellas, que los astronautas —seres humanos, no sólo máquinas— eran esenciales en la exploración del cosmos. En su informe de 1961 señaló: «Los miembros del Consejo, como individuos, consideran la exploración del hombre de la Luna y los planetas como posiblemente la mayor aventura inspiradora de este siglo y una que todo el mundo puede compartir; los grandes valores filosóficos y espirituales fundamentales son inherentes a ella y encuentran respuesta en el espíritu inquisitivo del hombre y su autorrealización intelectual».

Es con este espíritu que la placa de la base del módulo lunar asegura que «vinimos en son de paz en nombre de toda la humanidad».

El 20 de julio de 1969 Neil Armstrong y Buzz Aldrin dieron los primeros pasos extraterrestres de la humanidad. Cuando el módulo lunar Eagle alunizó, su descenso representó los esfuerzos colectivos de un decenio de miles de trabajadores en docenas de industrias. En el fondo mucho más amplio de la historia humana, el logro de llevar a un hombre a la luna (y traerlo de regreso, como sugirió el presidente Kennedy en 1961) satisfizo una necesidad mucho mayor que simplemente alcanzar la meta final de la carrera espacial: ese «pequeño paso» para un hombre era nuestro gran salto a la esfera de la última frontera. El deseo de explorar yace en la profundidad de la mente humana; nuestro anhelo de explorar los cielos no es un deseo moderno o tecnológico. El cosmos siempre nos ha llevado a alzar la mirada. La pregunta de si la Luna se convertirá en la primera parada de la humanidad en una búsqueda mucho mayor emerge con fuerza en su cuadragésimo aniversario y, una vez más, las necesidades nacionalistas y los deseos científicos se agitan en una amalgama heterogénea. ¿Es que se ha comenzado una nueva carrera espacial?

Antes del advenimiento de la cohetería, la astronomía del siglo XX reveló un universo mucho más grande y complejo de lo que sabíamos con anterioridad. A tan sólo 384,000 kilómetros (240,000 millas) arriba de nosotros, con alguna rara excepción, la Luna está demasiado cerca como para que nuestros grandes telescopios la puedan estudiar, pues están diseñados para acercarnos a objetos mucho menos visibles y más distantes. Como un niño en una enorme dulcería, nos preguntamos más del contenido de los frascos de los estantes superiores que de los que están a la mano. Así, continuamos divagando y reflexionando acerca del vasto universo que se expande eternamente por miles de millones de años luz. Las innovaciones tecnológicas que se encuentran en el tintero nos brindarán mejores formas de ver la miríada de galaxias y planetas. ¿Descubriremos otra Tierra? Quizá la vida es tan común a través del espacio como lo es en este pequeño planeta. La aparente particularidad de nuestro planeta que alberga vida, así como nuestra perspectiva histórica del mismo y de nuestra presencia como centro del universo, podrían ser una idea arcaica, una opinión obsoleta basada en muy pocos hechos y demasiadas supersticiones.

¿O acaso sí lo es? ¿Una opinión más progresista convierte el tratado de Copérnico en una verdadera imagen de la realidad? ¿El universo es tan homogéneo como lo sugiere tal principio? ¿El hecho de que existamos vuelve igual de factible que tengamos semejantes allá afuera? Usualmente tendemos a encontrar lo que buscamos, pero la evidencia de vida extraterrestre permanece sin ser descubierta. Aunque son comunes en las películas, los alienígenas no se encuentran con facilidad fuera de nuestra imaginación, y eso nos lleva a la más grande pregunta de todas: ¿no es objetiva la realidad?, ¿sino que es flexible, sujeta al moldeo de la observación en lo que imaginamos que sea la realidad en alguna especie de conciencia humana colectiva?

¿Será que, de hecho, la conciencia crea el universo? El argumento de tal madeja de ideas, percepciones y aquello que creemos que es real está ganando importancia científica fuera de la mera popularidad. Tales extraños conceptos, que alguna vez pertenecieron al mundo de la ciencia ficción, han ondulado entre la ciencia para formar un extraño bucle de retroalimentación metafísica. Incluso los físicos han comenzado a sugerir que las cualidades del universo que observamos son una función de la conciencia. ¿Acaso existimos en alguna clase de ilusión colectiva que se manifiesta a través de una combinación de física cuántica y nuestra capacidad en constante mejoría de observar el cosmos? La última y más misteriosa frontera de todas bien podría ser el espacio entre nuestros oídos: la mente humana