Salidos de la Línea de Montaje

Cultivar las cualidades únicas en los niños requiere de una metodología diferente en la educación.  

«El regreso a la escuela» tiene diferentes significados para diversas personas. Ropa nueva, mochila y útiles escolares, nueva computadora, colegiaturas con fecha límite, nuevos comienzos. Para algunos niños pequeños con padres entusiastas y alentadores, la perspectiva escolar podría inspirar expresiones vividas y apremiantes.

Lamentablemente algunos padres ven a las escuelas un poco más que un servicio público gratis de guardería. De igual manera para muchos estudiantes, particularmente mientras los años van pasando, esta puede convertirse en el regreso a una temible piedra de molino, algo anticipado solamente por alguna escena social vivida además de volver a ver a sus amigos. Esta transición, que va de una expectativa curiosa a una de palmaditas en la frente y ojos vidriosos por el hastió llega demasiado pronto para muchos de nuestros jóvenes.

Podríamos altercar que esto siempre ha sido así—que la vacía rutina de la escuela es parte del ciclo de vida moderno, alistándole a uno para carreras de 9 a 5; y que las vacaciones de verano no son otra cosa que una representación de nuestro verdadero objetivo: la jubilación.

Si el propósito de las escuelas es preparar a los niños para vidas de adultos aburridos, rutinas de timbre-a-timbre, entonces en este caso la mayoría de los informes estarán vitoreando el éxito del sistema educativo. Por supuesto que este no es el caso, ni tampoco nadie aceptará que en realidad esta es la verdadera declaración de objetivos de nuestras escuelas. Sin embargo, ¿estamos así realmente tan alejados de la realidad?

«Una y otra vez en entrevistas con personas inspiradas y especialmente dotadas, le dicen de manera espontanea y con un brillo especial, que le dan el crédito a un maestro por haber encendido la flama de algún talento escondido. Contra esto se encuentra la abrumadora evidencia de una vasta negligencia».

Erik Erikson, Identity: Youth and Crisis (1968)

Durante el siglo pasado los sistemas de las escuelas públicas alrededor del mundo fueron diseñados y estandarizados con ese concepto básico en mente: el de preparar a un grupo pequeño de personas para un entrenamiento administrativo, y a un sequito más grande para el mercado laboral. Cuando es expresado claramente, la brecha entre lo que realmente deseamos por parte de nuestras escuelas—que ayuden a guiar a nuestros hijos hacia sus mejores talentos—y la realidad que tenemos frente a nosotros, es enorme. Sin hacer de menos las verdaderas mejoras que se han hecho dentro de la educación general para una diversidad de niños cada vez más amplia, o los varios ejemplos de logros individuales, debemos reconocer que estamos derrochando una gran combinación de talento latente. Este es un potencial creativo que muchos críticos del sistema argumentan vamos a necesitar en las desafiantes décadas futuras.

Trágicamente, no solo hemos perdido de vista esta brecha entre lo que esperamos y lo que tenemos, sino que el abismo continúa creciendo. La diferencia de rendimiento va más allá de los encabezados en la desigualdad étnica y las comparaciones anuales internacionales. Parecido a la explotación pesquera, nuestro presente sistema educativo con certeza puede hacer alarde de una captura grande—el estudiante condecorado que «excede toda expectativa». No obstante, es la captura incidental que acompaña a los éxitos a la que deberíamos ponerle atención: el alto porcentaje de estudiantes que, o bien abandonan el sistema o son tan mal atendidos que se alejan llevándose consigo diplomas dudosos que no pueden ni leer. Estas y otras historias similares ciertamente son impactantes, además de recibir los encabezados durante la época de graduación. Sin embargo, lo que se pasa por alto es una historia aun más terrible: el sinnúmero de graduados que se van con muy poco sentido de lo que quieren hacer después, cuáles son sus talentos, o como aplicarlos y contribuir al mundo en general. Podrán tener un diploma, sin embargo no han aprendido lo más importante: ¿Quién soy?

Hace décadas el investigador teórico en comunicación en masas Marshall McLuhan observó la creciente brecha entre las tradiciones escolares y las necesidades de los estudiantes. Admitió que mientras que el mundo cambia, los estudiantes deberían de ser los primeros en reconocer la desconexión entre las presentes practicas y el mundo que van a ocupar. «Antes que podamos comenzar a hacer las cosas de la manera correcta, debemos reconocer que las hemos estado haciendo de manera equivocada—lo cual la mayoría de pedagogos y administradores y aun la mayoría de los padres todavía se reúsan a aceptar», dijo al entrevistador Eric Norden en 1969. «El niño de hoy crece sin ton ni son debido a que está suspendido entre dos mundos y dos sistemas de valores, de los cuales ninguno lo inclina a la madurez porque no pertenece a ninguno de manera completa, sino que existe en un estado de incertidumbre hibrido de constante conflicto de valores».

¿Puede cerrarse esta brecha? ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos, a nuestros estudiantes, a nuestra futura generación de líderes a navegar el presente sistema educativo? Podemos esperar por un cambio, al igual que muchos defensores de la reforma, sin embargo, nuestros hijos viven dentro del sistema de hoy; ellos no pueden esperar a un futuro deshielo que pueda mover el glaciar. Los padres son los maestros principales de sus hijos. Reformando lo que esperamos de las escuelas, entendiendo algo de neurociencia básica, y tomando una postura más inteligente para ayudar a los niños a entender sus propias experiencias, logros y fracasos, pasará un largo camino en dirigirlos a exitosamente descubrir su propio camino hacia el futuro.

LA SOCIEDAD COMO ORGANISMO

Un concepto clave que los padres pueden enseñar a sus hijos es que nadie en la vida es un contratista independiente. Nuestras vidas alcanzan y tocan a muchos cada día. Es una simple lección que en ocasiones por error enseñamos a los niños a ignorar. Esta conexión se extiende más allá de las ideas modernas de estar conectado al mundo por medio de nuestras diferentes conexiones electrónicas. Cada uno de nosotros confía en los demás «allá afuera» para que hagan su trabajo de manera que podamos hacer el nuestro y disfrutar todos las comodidades de la vida cosmopolita; sin embargo, separado de lo que podamos sentir, nuestra independencia es una ilusión.

Cuando vemos esta panorama general, está claro que debemos ayudar a nuestros hijos a desear tomar parte en el amplio proyecto humano, tanto más que nuestra trayectoria de una sociedad agroindustrial a una sociedad basada en el conocimiento además que la economía global ha hecho de nuestras vidas aun mas entrelazadas. Vivimos en una simbiosis con todos los demás: algunos cultivan la tierra para que podamos comer; otros vigilan la electricidad y otros el agua; algunos construyen, algunos hornean. Como las células del cuerpo, estamos interconectados y somos interdependientes; todos debemos trabajar juntos de una manera integral si es que se quiere lograr una sociedad armoniosa.

El cuerpo humano es una metáfora apropiada para la comunidad en general: la idea de que sus partes caen en su lugar a través de la competencia y la fricción es absurdo. Nuestros cuerpos físicos no se desarrollan por medio de una parte luchando sobre la otra. En cambio, desde nuestros comienzos embriológicos en adelante, crecemos a través de la cooperación y comunicación de todas nuestras partes subalternas, inclusive hasta el profundo funcionamiento de cada una de nuestras 100 billones de células. Basados en esto debemos ayudar a nuestros hijos a descubrir su lugar en el mundo. Nos sirve a todos si mas personas pueden alcanzar su potencial completo que sus talentos individuales les proporcionan.

«Nuestro sistema educativo ha minado nuestras mentes por la forma en que despojamos la tierra de algún producto en particular. Que para un futuro ya no habrá. Debemos reconsiderar los principios fundamentales con los que estamos educando a nuestros hijos». 

Sir Ken Robinson (Ted Talk, February 2006)

Esto no quiere decir que las normas de competencias son innecesarias; los niños deben aprender las habilidades que les permitan participar dentro del cuerpo de la sociedad. Las nociones de alfabetización y aritméticas elementales deben de ser adquiridas, pues son fundamentales, sin embargo estas no deben ser enseñadas por medio de métodos que hagan hincapié en la competencia. Desarrollar un espíritu de cooperación es un mejor plan de aprendizaje. Como sociólogo y educador Max Lerner defendió los Valores en la Educación (1976), nuestro objetivo no debe ser pasarles por encima a algunos para que otros puedan ser estimulados. «La meta de la educación. . . es traer todos los recursos de la vida cognitiva, intuitiva, y creativa de la sociedad y el yo para tratar de moldear la mente, el psique y cada persona de cada miembro de la sociedad, para así desarrollar el ser y la sociedad».

Continuando, Lerner señala la relación ecológica orgánica que está en el núcleo del mejor medioambiente de aprendizaje: «Toda educación es orgánica, y cada uno que está involucrado en ella es un organismo». Esto implica un mutualismo donde todos pueden crecer y ganar juntos. El sistema de educación presente opera bajo un paradigma diferente, sin embargo—una de unidades independientes y distintas: «El enfoque del pensamiento educativo ha tenido la inclinación a asumir la de un hombre mecanizado—uno estructurado al rededor de la metáfora del mecanismo». Con este modelo la escuela se convierte en una especie de fábrica: los maestros equipan a los estudiantes con los artilugios apropiados de acuerdo al programa; suena una campana; un nuevo lote arriba por la banda transportadora para ser procesados; repetir. Un sistema que simplemente espera que el estudiante pase marchando, como si andar por la línea de montaje, como máquina, sirviera a los mejores intereses del estudiante o de la sociedad. Lección diseñada que simplemente cumple con el plan de estudios exigido—el material que estará en la prueba de altos riesgos—con la inflexible agenda que es igualmente destructiva. La escuela debería ser el lugar más personal, en cambio se ha convertido en el lugar más impersonal. Lerner concluye, «En su lugar debemos colocar un hombre orgánico, implicando la metáfora del organismo y el medio ambiente y la vital relación entre ellos».

INVIRTIENDO EN EL FUTURO

Los niños siempre han sido considerados como un capital—primero de los padres y después de la nación como la inversión más importante para el futuro. Los adultos hacen muchas cosas por proveer y asegurar un futuro viable para los hijos. De hecho, si esto no fuera cierto, la estructura completa de la sociedad se derrumbaría.

En muchas naciones de occidente y de países occidentalizados en el siglo pasado, empresas, capitalismo y educación se han mezclado para crear el sistema público escolar. «¿Están nuestras escuelas recibiendo “mucho por un veinte?”» ha sido la pregunta preeminente desde comienzos de los años 1900. La pregunta a seguir, «¿Están nuestros estudiantes preparados para trabajar?» continúa siendo un impulso en los esfuerzos de la reforma.

En los Estados Unidos, el ímpetu por la conexión escuela-trabajo fue desarrollada a partir de la obra de Frederick Taylor en 1911. «De acuerdo con Taylor», escribió el profesor en educación Raymond E. Callahan, «siempre ha existido el mejor método para hacer cualquier trabajo en particular y ese mejor método puede ser determinado solamente a través del estudio científico». La teoría de la administración científica de Taylor, combinada con la psicología conductista de aprendizaje del psicólogo Edward Thorndike, ayudó a establecer la así llamada ciencia escolar. A través del estudio de gatos y pollos, Thorndike para 1920 ya tenía concluido que el sistema de estimulo-respuesta-recompensa mejoraba el aprendizaje. Hoy en día la continua creencia de que el estimulo correcto (resultados de prueba, remuneración meritoria, etc.) creará mejores graduados puede ser rastreado a estas ideas.

Como Callahan sostuvo, la finalidad del uso eficiente del dinero público y el deseo tangencial por parte de las empresas por una obediente masa trabajadora, alejó a los administradores escolares de ser expertos en niños y educación a llegar a ser seudo-expertos en finanzas y relaciones públicas: «El gran impulso inicial por la eficiencia y el ahorro contra una débil y joven profesión años después de 1911 dieron inicio a los desafortunados desarrollos en la administración educativa. . . . En retrospectiva, los Estados Unidos podrían haber estado mejor a largo plazo si los educadores estadounidenses hubieran adoptado una visión realista de lo que se esperaba de ellos junto con los medios que les fueron facilitados y hubieran unido las escuelas».

La mayoría de lo que hemos experimentado y aceptado como el status quo de las escuela modernas en los Estados Unidos y otros lugares—clases más grandes en vastos edificios, limitada selección de cursos, exámenes objetivos de opción múltiple fáciles de aprobar, orientación para oficios o preparación con encauzamiento a la universidad, «participantes», hileras de asientos, enseñanza de timbre-a-timbre—se remonta a las reglas de la eficiencia y enseñanza mecánica esquematizada de Taylor and Thorndike. Estas estructuras constituyen lo que los padres han aprendido a esperar de las escuelas, porque eso es lo que ellos vivieron.

«Lo que está pasando dentro de las escuelas es una interrupción a la educación».

Marshall McLuhan, “Education in the Electronic Age,” in Interchange (1970)

No obstante que tan común parezca ser esta percepción, una memoria empañada puede engañarnos a creer que el status quo es lo mejor. Así que aún si decidimos pagar por clases privadas, elegimos donde empleamos los cheques escolares, buscamos loterías para obtener ingreso a escuelas imanes o especializadas, incluso si optamos por tomar la responsabilidad de la escolarización en casa, con frecuencia tratamos de emular esas condiciones. Como niños jugando al maestro, ponemos los juguetes en hileras y les damos clases.

A la misma vez que las imágenes son fieles a su forma—la apariencia de la escuela se ve así—su efectividad nunca ha sido elevada. Aun cuando era eficiente, el buscado 20 por ciento de administradores y 80 porciento de obreros, muchos estudiantes simplemente abandonaron el sistema. Su rechazo a seguir la línea de empresa perjudicó el índice de graduación, sin embargo, en la época cuando los trabajos poco calificados eran abundantes el costo social era poco. Hoy en día podremos preocuparnos por la baja tasa de graduaciones, pero el resultado es que nuestras escuelas continúan estando mal diseñadas para el individuo. Esto es lo que trae la eficiencia; el sistema es normalizado. El crecimiento es reducido, si es que hubo alguno.

ELIJIENDO ESCUELA

Las consecuencias negativas a largo plazo de las escuelas tipo línea de montaje son cada vez más evidentes. No solo es un sistema que está fallando con las necesidades de la sociedad—como han insistido siempre los críticos de las esferas de negocios, moral, empíricas o culturales—el descontento de los estudiantes crece hacia la masa crítica igualmente. En todos los ámbitos de la vida se nos ofrecen opciones, ya sea en alimentos, ropa, entretenimiento y electrónicos, todo mundo cae presa del nido del vendedor. La sugerencia de «hacerlo a tu manera» se ha convertido en la llamada del clarín del consumismo, ha penetrado en cada recinto excepto la escuela.

La psicóloga Kalina Christoff describe la inercia en lenguaje académico, «La estandarización de los métodos de exanimación y la evaluación académica, es quizás el mayor obstáculo hacia la aplicación de un enfoque individualizado y versátil en la educación». Por lo tanto, es fundamental que los padres colaboren con sus hijos uno a uno si es que la verdadera individualización se va a llevar a cabo. Los padres no tienen que evadir a las escuelas públicas, sino que deben entender sus deficiencias y esperar a que compensen.

Uno de los propósitos de las escuelas ha sido filtrar gente hacia diferentes caminos. Sin embargo, los caminos se han vuelto cada vez más limitados. La economía ha contribuido a esto y de igual forma las universidades. Debido a que establecen ciertos requisitos de ingreso y con ello dan mayor legitimidad a algunos temas y menos a otros, las universidades son hasta cierto grado las que controlan la estandarización. Pero si bien es un mito eso de que «puedes ser lo que quieras ser», a todo niño debería permitírsele ser algo.

El problema persiste, entonces, para mejorar el futuro de todos los niños; una vez que algunos pasan a través de los filtros hacia la universidad, ¿cómo se le puede servir a los restantes? Se necesitan hitos para delinear las habilidades y dirigir a los estudiantes hacia el desarrollo de un grupo de habilidades que va más allá de la preparación a la universidad. Cuánta diferenciación pueden o deberían ofrecer las escuelas continúa siendo una pregunta difícil de contestar, sin embargo será necesaria una respuesta pronto.

El creciente peligro es que cada vez menos y menos nuestros estudiantes están participando en materiales que consideran personalmente irrelevantes. Realmente esperan las cosas «a su modo». Esto no es simplemente un replanteamiento de la década de los 70 de introducir una selección más amplia de cursos de la cual los estudiantes puedan escoger de acuerdo a su propio gusto. Todo el proceso de aprendizaje se entiende mejor hoy en día, incluyendo el papel de la motivación; nos damos cuenta que empujar a todos los estudiantes por caminos similares—por la misma línea de montaje hacia los mismos resultados, aun buenos resultados como preparación a la universidad—es verdaderamente irrelevante para muchos estudiantes.

McLuhan fue profético en ese sentido: «El reto de la nueva era es simplemente el proceso creativo del crecimiento—y la mismísima enseñanza y la repetición de los hechos son tan irrelevantes a este proceso como un zahorí para una planta de energía nuclear. Anticipar a que un niño ‘estimulado’ de la era eléctrica responda a los modos de un formación antigua, es casi como esperar que un águila se ponga a nadar. Simplemente no está dentro de su ámbito, por lo tanto, incomprensible».

Debemos de llegar a ser mejores administradores tanto de nuestros estudiantes como de nuestras escuelas, especialmente en cuanto a los estudiantes que no muestran fortaleza verbal y numérica, que en la presente enseñanza a eso se avocan. «El tipo de moneda en las escuelas son palabras y números, tanto así que llega a ser una forma de injusticia para aquellos estudiantes cuyas aptitudes están en otras esferas fuera de de lo verbal o matemático», dice Elliott Eisner, profesor emérito de arte y educación en Stanford. Junto con Howard Gardner (véase «Inteligencias Múltiples»), Eisner cree que los talentos del estudiante existen en una variedad más amplia, y sugiere que esta obvia pero difícil proposición de que nosotros «ampliemos ambas opciones que afectan la vida de los estudiantes, la académica y la de procedimiento».

APOYO DE LA NEUROCIENCIA

Está claro que no estamos dotados de sabiduría innata ni que el conocimiento simplemente puede ser vertido en nosotros; cada uno de nosotros debe integrar su propio conocimiento del mundo. Esta teoría constructivista del aprendizaje tiene un largo abolengo y moderno apoyo. «En lugar de una zona del cerebro, el aprendizaje involucra una construcción activa de redes neuronales que de manera funcional conectan a varias zonas cerebrales», escribe la neuróloga y psicóloga en la educación Mary Helen Immordino-Yang. La investigadora ha realizado amplios estudios en niños que fueron capaces de superar grandes deficiencias, aun al grado de hemisferios cerebrales desaparecidos. Estos estudios confirman la individualidad del proceso de construcción y prestan mayor credibilidad a la teoría de las inteligencias múltiples: «Debido a la naturaleza constructiva de este proceso, diferentes redes de aprendizaje pueden diferir de acuerdo a la fortaleza y predisposiciones neuropsicológicas de la persona, además del contexto cultural, físico y social en donde se desarrollaron las habilidades».

El desarrollo emocional también está conectado con el éxito académico. «Al virar la atención de los maestros hacia el desarrollo emocional, aunado al cognoscitivo, podría ser posible modificar la práctica educativa para incluir examen de los entornos sociales y emocionales que los niños encuentran durante el aprendizaje», de acuerdo al psicólogo Christoff. «Esto sugiere también que podría ser útil considerar las posibles ampliaciones de los programas de estudio para incluir la adquisición de habilidades emocionales lo cual podría enriquecer la inteligencia emocional de los niños». También, esto es algo que el padre conocedor incorporará en sus pláticas después de clases.

La neurociencia ha iluminado el hecho de que todos nosotros tenemos hasta cierto grado trayectorias mentales idiosincráticas, lo que nos presenta algunas pruebas contundentes de que no se puede esperar que todos los niños aprendan de la misma manera, no importa cuán bien planeado o educativamente calificado pueda ser un método en particular. «Con demasiada frecuencia, la práctica educativa es una solución orientada», añade Christoff, «haciendo hincapié en la importancia de alcanzar una solución, mucho más que el hecho de que puedan existir diferentes maneras de llegar a ello».

LA CREATIVIDAD COMO CAPITAL

El educador británico Sir Ken Robinson se centra en la necesidad de la creatividad, para permitir y alentar a los estudiantes a explorar formas diferentes. «La idea de volver a lo básico no es malo en sí mismo», comenta. «Si realmente vamos a volver a lo básico, necesitamos regresar por todo el camino hasta el principio. Necesitamos replantear la naturaleza básica de la capacidad humana y los propósitos fundamentales de la educación presente».

En una conferencia de Technology, Education, Design (Tecnología, Educación, Diseño [TED]) concerniente a la educación, Robinson señaló que los niños entran a la escuela con un floreciente deseo de aprender y explorar. «Si no saben, harán el intento», comentó durante su presentación. Lamentablemente, sostiene, es la presión por conseguir la respuesta correcta a través de la estandarización del proceso de escolarización con una talla única para todos lo que rompe el deseo intrínseco de aprender y entender. Porque la creatividad y la originalidad requieren de equivocarse en ocasiones, Robinson enfatiza que necesitamos estar preparados para equivocarnos. Sin embargo esto va en contra de las prácticas modernas educativas. El resultado, advierte, es que «estamos educando a la gente fuera de sus capacidades creativas».

Ayudar a los estudiantes a descubrir «el punto de encuentro entre la aptitud natural y la pasión personal» es a lo que Robinson llama buscar «el elemento», o sus «valores más auténticos». ¿Por qué es importante? La felicidad personal es un buen comienzo, comenta. Que tragedia es gastarse la vida involucrados en un trabajo que es incompatible con nuestros talentos y aspiraciones, un trabajo por el que no existe pasión. ¿Qué si la escuela de hecho me ayudara a descubrir mis talentos? Más allá del sentido de la satisfacción personal y la vitalidad, Robinson también menciona el beneficio orgánico más grande: las personas que son libres de explorar sus talentos naturales son más creativas y por ende capaces de contribuir más a la sociedad en general. En un futuro cambiante y más propenso a crisis futuras, argumenta que se necesita esta chispa creativa. Sinceramente invertir en el potencial natural de un estudiante remuneraría grandes beneficios.

En su libro del 2001 Out of Our Minds (Fuera de Quicio), Robinson escribe que «Las ideologías dominantes de la educación están derrotando su propósito más urgente: desarrollar individuos que puedan afrontar y contribuir con el agitado ritmo del Siglo XXI—individuos que sean flexibles, creativos y que hayan encontrado cuáles son sus talentos».

Los adultos que deberían estar más conscientes de las fortalezas, debilidades y talentos de los hijos, son los padres. Los maestros y otros adultos ciertamente pueden y desean ayudar, sin embargo, frecuentemente las fuertes presiones a menudo obstaculizan sus esfuerzos. Los padres deben tomar una posición más activa en ayudar a sus hijos a explorar y cultivar sus talentos únicos.

En el fondo ninguna institución puede reemplazar la responsabilidad que tenemos solamente nosotros en encontrar nuestro curso correcto en la vida. Seleccionamos con cuidado, a través de nuestras interacciones y experiencias, quienes queremos ser. Así como un grupo de investigadores encontró, no es el CI lo que importa; el factor clave es la disciplina personal. Nuestra voluntad de aplazar las cosas y en ocasiones rechazar lo inmediato para alcanzar una meta posterior es la habilidad que hace la verdadera diferencia de lo que se llegará a ser (véase «Instruyendo a los Niños el Arte del Dominio Propio»).

Investigaciones sobre el cerebro han revelado que tenemos demasiada plasticidad; aprendiendo y cambiando continuamente a lo largo de nuestra vida. La identidad es creada, y esta, también, está sujeta a nueva información, nuevo aprendizaje y nuevas conclusiones. Los viejos recuerdos y los hábitos que nos atrapan pueden ser desechados tanto al nivel social como personal. De igual manera, somos responsables colectiva e individualmente de vernos a nosotros mismos con claridad y tomar los pasos apropiados para cambiar lo que encontramos fuera de lugar. Las brechas que encontramos necesitan reparación diligente disciplinada, no un parche temporal. Tanto para los padres como para el niño, y en verdad para todos nosotros no importan las circunstancias de la familia, esta es nuestra misión más importante.

A nivel personal, esta re-creación ocurre de adentro hacia afuera. ¿De regreso a la escuela? No, la escuela siempre está ahí. Primero debemos examinar nuestro interior, nuestra voz mental, conducta y actitud, pues estos son los que dan lugar a nuestro comportamiento externo y existencia (Mateo 15:10–11,15–20). Solamente mientras cambiemos por dentro nuestras instituciones harán lo mismo.