En Cuanto a Vida, Muerte y Dignidad

Entre los muchos temas sociales que leemos y escuchamos hoy en día, el tema de la eutanasia es quizás uno de los más cargados de emociones. ¿Deberíamos buscar el derecho a morir bajo nuestros propios términos? 

Se dice que el escritor británico W. Somerset Maugham casi al final de su vida, sarcásticamente dijo «El morir es muy aburrido, triste asunto. Y mi consejo para usted es no tener nada que ver con esto». Muchos inmediatamente estarían de acuerdo y con gusto adoptarían su consejo si sólo fuera así de fácil. Más de dos mil años antes, el filósofo griego Epicuro sugirió que «es posible proporcionar seguridad contra otras cosas, pero en cuanto a la muerte se refiere, todos los hombres vivimos en una ciudad sin muralla».

La certeza de la muerte es clara: lo que no sabemos es cómo, cuándo y bajo qué circunstancias, y eso puede erosionar nuestra paz mental. Al enterarnos de la muerte de un ser querido, obtenemos un consuelo considerable al enterarnos de que él o ella murió tranquilamente mientras dormía. Todavía lamentamos la pérdida de aquellos que fueron especiales para nosotros, pero nos encontramos con cierto consuelo si no sufrieron.

¿EL BUEN MORIR? 

Unos cientos de años antes de Cristo, los antiguos griegos acuñaron la palabra eu-thanatos, «buena muerte», y su definición has dio objeto de debate desde entonces. ¿Es una muerte fácil, muerte natural o una muerte digna? ¿Quién decide? ¿Pueden los individuos eliminar el temor y la incertidumbre de la muerte al tomar el control de su propio fallecimiento? ¿Es la muerte por decisión personal una afrenta a Dios—un pecado? ¿Cuánta voz debería tener la gente para determinar las circunstancias de su partida de esta vida, tienen además derecho a la mejor asistencia médica disponible si así lo desean para poner fin a su existencia física? 

Las antiguas culturas griega y romana toleraban el suicidio en diferentes grados. Sin embargo, en el siglo V a.C. nos encontramos con una notable excepción: los pitagóricos, quienes sostenían que los seres humanos poseen un alma inmortal, aparentemente se oponían al suicidio categóricamente. 

Otros previos colaboradores al debate fueron los filósofos Platón y Aristóteles. En la tradición pitagórica, ambos debatieron en contra del suicidio (aunque Platón sugirió que podría ser justificable bajo ciertas circunstancias). Sus puntos de vista, que en conjunto sirven como base a la tradición filosófica de la civilización occidental, fueron muy influyentes.

La Biblia no incluye ninguna declaración explícita sobre la cuestión de si tomar la propia vida es aceptable. Sin embargo, los pocos ejemplos que se encuentran en la Escritura son de personas que se habían gravemente alejado de Dios: el Rey de Israel, Saúl (1 Samuel 28 y 31) y Judas Iscariote (Mateo 27:3-5). Los primeros teólogos cristianos profesantes en gran parte forjaron su caso en contra del suicidio en las enseñanzas de Platón. Agustín de Hipona reforzó la posición de la iglesia ortodoxa sobre el tema al afirmar que, el mandato de Dios de no matar también prohíbe el suicidio. En la Edad Media, Tomás de Aquino reforzó aún más la posición dominante de la cristiandad mediante la enseñanza de que el instinto de preservación es una parte de la ley natural. 

Sin embargo, ya por el siglo XV, el Renacimiento estaba introduciendo nuevas perspectivas que opugnaban a la prevalente condenación cristiana al suicidio. Un renovado interés en el descubrimiento científico y el aprendizaje fomentó el racionalismo, la idea de que el raciocinio es superior a la creencia en lo sobrenatural. Esto introdujo el individualismo—una perspectiva del hombre como un individuo en busca de libertad de las fuerzas externas. De ese modo el entendimiento de la «buena muerte» fue inyectada con nuevas ideas y opiniones. Algunos historiadores ven este movimiento como una reafirmación de los valores grecorromanos. 

La Utopía de Tomás Moro, publicada en 1516, sugería que una sociedad ideal sancionaría el suicidio voluntario: «Si la enfermedad no es sólo incurable sino un tormento y un martirio continuo, entonces los sacerdotes y autoridades le dicen a tal hombre que es una carga para los demás e insoportable para sí mismo... y que no debe titubear en ir a la muerte, pues la vida para él es un tormento... Dado que su vida es una cárcel, donde es amargamente atormentado, debe escapar de ella por sí mismo o permitir a otros de rescatarlo de la misma». Debe decirse que debido a que Moro era un notable católico, varios eruditos han concluido en que esta descripción sancionada oficialmente se trataba de una sátira. 

Al filosofo inglés Francis Bacon se le acredita el acuño de la palabra eutanasia en conexión con la muerte natural a principios del siglo XVII. Mas de un siglo después, el filosofo escocés David Hume escribió en su ensayo «Sobre el Suicidio» que «tanto la prudencia como el coraje deberían ayudarnos a terminar con nuestra existencia cuando esta sea un lastre». 

NUEVAS CONSIDERAIONES 

A finales del siglo 19, la extinción de los desahuciados, quienes eran una carga para sí mismos y la sociedad, era discutida abiertamente entre la élite intelectual europea y norteamericana. 

Aunado a los nuevos planteamientos filosóficos en la materia, los avances científicos y tecnológicos comenzaron a revelar el nuevo poder de la comunidad médica para superar la enfermedad y prolongar la vida. Los antibióticos, vacunas y otros inventos médicos hicieron parecer a los médicos hacedores de milagros. Para muchos, Dios ya no era el único a quien recurrir en los asuntos de vida y muerte. El derecho a hacer pronunciamientos sobre la santidad de la vida, alguna vez dominio exclusivo de la iglesia, pasó claramente a ser compartido con el mundo secular. No sólo el tema del suicidio, pero un tema aún más preocupante, el del suicidio asistido ―que durante muchos siglos había tenido un papel secundario en las discusiones de los filósofos― pasó a primer plano en algunos círculos. ¿Deberían los médicos, con todas sus medicinas y nuevas tecnologías, ayudar a los que son enfermos terminales y / o con dolor insoportable a poner fin a su vida bajo sus propios términos? En algunos círculos la idea comenzó a ganar apoyo. 

Sin embargo, los defensores del suicidio asistido sufrieron un duro revés, cuando las atrocidades de la Alemania nazi se hicieron públicas después de la II Guerra Mundial. Los relatos horribles de lo que fue perpetrado bajo el disfraz de la investigación médica y muerte por compasión conmocionó al mundo. Los nazis utilizaron la eutanasia como un eufemismo para el exterminio. Su propósito no era aliviar el dolor misericordiosamente, sino purgar la sociedad de las personas que ellos consideraban como indeseables. Con ello demostrando hasta qué grado podrían secuestrarse la ciencia y la medicina como instrumentos repugnantes del mal. 

Con todo y esto, continuaron logros asombrosos dentro la ciencia y la medicina. Sin embargo, a mediados del siglo XX, los avances médicos se habían convertido en un arma de doble filo. La gente elogiaba la creciente capacidad de la comunidad médica para prolongar la vida, pero lamentaba la turbiedad de la ética médica en cuanto a cómo y cuándo utilizar sus nuevas proezas. Se hizo evidente que las vidas prologadas no eran necesariamente vidas tolerables, por lo que el concepto de muerte natural se convirtió cada vez más confusa, una víctima del ingenio humano. 

En respuesta a esta nueva realidad, el Papa Pío XII anunció en 1957 que la Iglesia Católica reconocía el derecho de una persona agonizante a rechazar las medidas médicas extraordinarias cuando la muerte era inminente y el tratamiento sólo prolongaría el sufrimiento. Declaró también que la Iglesia permitiría el uso de medicamentos prescritos para aliviar el dolor, incluso si los medicamentos tenían el potencial de de apresurar la muerte, siempre y cuando el objetivo principal no era el de acabar con esta. Esto llegó a conocerse «el doble efecto», según lo cual los analgésicos son administrados ostensiblemente para aliviar el sufrimiento siendo el efecto secundario probablemente el de acelerar la muerte del paciente. La voluntad del pontífice de sancionar la «eutanasia pasiva» es considerada un punto de inflexión, lo cual revigorizó el debate del suicidio asistido cobrando impulso durante la década siguiente. 

Entre los temas turbulentos de la década de 1960 existía un creciente énfasis por los derechos civiles individuales. Este concepto se extendió con facilidad a los derechos del paciente para ser informado adecuadamente de todo tratamiento médico. También incluía el derecho a rechazar el tratamiento prescrito. Dado que el término eutanasia había sido manchado en la II Guerra Mundial, los defensores del suicidio asistido ahora replantearon la discusión como el «derecho de morir del individuo». 

Las próximas décadas proporcionaron una serie de casos de alto perfil en Gran Bretaña y los Estados Unidos en donde el derecho a morir fue rebatido. La opinión pública siguió de cerca los procesos judiciales al revelar estas tragedias familiares el estrés y el trauma asociado con las decisiones de vida o muerte. En los Estados Unidos el tema finalmente terminó en la Corte Suprema, dictaminando que no existe un derecho constitucionalmente amparado de morir, aunque también alentó a profundizar en el tema. 

EUTANASIA ACTIVA 

Hoy en día el término eutanasia deliberadamente significa causar o contribuir a la muerte de una persona enferma sin remedio con la intención de aliviar su miseria. Muerte misericordiosa, suicidio asistido y suicidio médicamente asistido son términos estrechamente relacionados. También son comunes los descriptores de activo, pasivo voluntario, involuntario e involuntario. La eutanasia activa implica un acto deliberado que causa directamente la muerte de un enfermo terminal. La llamada eutanasia pasiva es cuando el tratamiento médico o de soporte de vida con equipo médico es retirado, ya sea por el médico del paciente o la directiva de la familia. Este término se aplica también cuando la muerte es el efecto secundario de la acción de un médico (por ejemplo, la administración de altas dosis de morfina para controlar el dolor). La eutanasia voluntaria se lleva a cabo con el consentimiento de la persona agonizante, se considera involuntaria cuando la persona quiere continuar viviendo, pero se aplica la eutanasia de todos modos. La cacotanasia es cuando el consentimiento de la persona ni es solicitado ni dado (por ejemplo, cuando él o ella está en estado de coma o de otra manera no puede comunicarse). 

El defensor más abierto de la eutanasia activa a finales del siglo XX fue Jack Kevorkian, un patólogo de Michigan. Kevorkian empujó el debate a nuevos límites al interpretar el derecho del individuo a morir con una puerta abierta a la eutanasia a petición. Al final de su carrera, confesó haber asistido a cerca de 130 personas poniendo fin a sus vidas con dispositivos médicos que él había diseñado. El Estado de Michigan revocó su licencia médica en 1991 y lo declaró culpable de asesinato en 1999. 

Al comienzo del siglo XXI Holanda formalmente llevó a cabo la eutanasia después de una larga tradición de tolerancia. Los médicos fueron vistos como atrapados en una situación intolerable, teniendo que elegir entre dos conceptos primarios, aunque en ocasiones conflictivos, para prolongar la vida y aliviar el sufrimiento. 

¿A caso los resultados han sido positivos? Un artículo del 9 de diciembre 2009, en el Daily Mail Online del Reino Unido informó que «la eutanasia legalizada ha llevado a una disminución drástica de la calidad de atención para los pacientes con enfermedades terminales en Holanda». El artículo continuó señalando que «incluso el arquitecto de la controvertida ley ha admitido que pudo haber cometido un error al impulsarla debido a sus repercusiones en los servicios para los ancianos». 

Sin embargo, Radio Internacional de Holanda en 2010 informó que un grupo de presión llamado Derecho de Morir NL estaba «investigando la posibilidad de establecer una clínica para suicidio y eutanasia» con el fin de ayudar aquellos «que sinceramente desean morir y no tienen otra alternativa». Dicha clínica serviría aquellos con enfermedades mentales crónicas como el Alzheimer o que simplemente «sienten que sus vidas han llegado a su fin». Al grupo le gustaría que estas clínicas llegaran a ser características estándar en hospitales o asilos.

En conjunto, después de una década de experiencias y opiniones encontradas, el tabú que rodea a la muerte misericordiosa parece estar desvaneciéndose en Holanda. Una encuesta de julio de 2011 hecha a 800 médicos generales descubrió que el 86.5 por ciento estaban dispuestos en teoría a participar en la eutanasia legal y un 68 por ciento dijo que la habían practicado en los últimos cinco años. Alrededor del 89 por ciento consideró que la eutanasia tiene su lugar dentro del consultorio de medicina general, aunque la mayoría también dijo que establecían límites en lo que ellos consideraban como motivos fundados. 

En la actualidad Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Suiza y Colombia, junto con los estados norteamericanos de Montana, Oregón y Washington, son los únicos lugares en el mundo que permiten la eutanasia activa o el suicidio asistido. En otras partes, sin embargo, la presión para su legalización va en aumento. 

DECISIONES DE VIDA O MUERTE 

Mientras que la búsqueda por la buena muerte continúa, cada quien utiliza términos tales como compasión, dignidad, consuelo y misericordia. Todas las partes en el debate expresan un fuerte deseo de aliviar el dolor insoportable y un sufrimiento innecesario. 

Si bien la elección de un paciente de no aceptar medidas médicas extraordinarias para prolongar la vida es ampliamente reconocida, el asunto fundamental y altamente controversial es la cuestión de la autonomía personal. ¿Deben ponerse límites a la propia soberanía? ¿O es la opinión de que «es mi vida y voy a hacer con ella lo que vea me conviene» válida? En otras palabras, ¿la elección personal y la libertad individual se extienden a todas las decisiones, incluyendo la final para acabar con la vida en sus propios términos? 

«El propósito de la medicina no es el aliviar todos los problemas de la mortalidad humana... [Esta] no tiene capacidad de administrar vida o muerte—las peguntas mas profundas y antiguas de la humanidad—sino solo algunas de las manifestaciones físicas y psicológicas de esos problemas».

Daniel Callahan, The Troubled Dream of Life: In Search of a Peaceful Death  

Aquellos que responderían que no, generalmente temen a la «pendiente resbaladiza». Dudan de que garantías adecuadas puedan ser puestas en marcha para evitar que las presiones sutiles y no tan sutiles sobre los más vulnerables para agilizar la muerte y así librarse a sí mismos y aquellos que les rodean de un gran peso. Puede ser difícil determinar si las decisiones del agonizante son realmente propias o han sido diseñadas por aquellos con intereses creados. Las preocupaciones financieras y económicas, de conveniencia personal, y otras presiones sobre el tiempo y dinero ¿jugarán un papel importante? Los críticos citan una tasa creciente de la eutanasia en Holanda como motivo de preocupación. 

¿Estamos siendo seducidos a creer que terminar voluntariamente la vida es la mejor manera de lidiar con la angustia de la muerte? Después de todo, grandes avances se han realizado en el tratamiento del dolor. Muchos medicamentos en la actualidad son administrados por el paciente mismo, según la necesidad, eliminando de esta forma la espera por alguna enfermera disponible. El aumento de servicio de hospicio, tratamiento para la depresión, y otras formas de apoyo paliativo pueden aliviar el malestar físico, mental y emocional de la muerte.

UNA PERSPECTIVA MÁS AMPLIA 

Como especialista en bioética, Daniel Callahan señala que, «las posibilidades del sufrimiento inhumano no deben de reducirse al mínimo». Afirma que «una sociedad debe, hasta donde pueda, trabajar por aliviar el dolor y el sufrimiento, es decir, establecer un principio moral sencillo. Sin embargo, se necesita un principio más complejo; la sociedad debe trabajar para aliviar solamente el sufrimiento único, que no es parte inevitable de la vida dejando fuera otros valores y aspiraciones» ¿Cuales valores se están pasando por alto en esta discusión? Callahan sugiere que «son nuestra capacidad de aprender a aceptar lo que la vida pone ante nosotros, estar abiertos a lo que no podemos controlar, y adoptar las virtudes de la valentía y la resistencia frente al mal, que constituyen el mayor valor de nuestras vidas». 

Estas son cuestiones de la mente y el espíritu más que del cuerpo físico. El fallecido M. Scott Peck, autor de La Negación del Alma: El Problema de la Eutanasia (1997) se lamentaba de la falta de reflexión espiritual en el debate actual de la eutanasia. Como medico psiquiatra y teólogo, Peck sostuvo que somos más que una mera composición genética, que los seres humanos tienen un componente espiritual y han sido creados para un propósito: «Lo que estoy diciendo es que hay una pieza faltante en la imagen. Una gran pieza que falta. Creo que la gran pieza que falta es Dios». 

«No puede ser totalmente correcto decir que nuestro más alto deber moral de uno al otro es el alivio del sufrimiento... Si hacemos del alivio al dolor en sí la meta más alta, se corre el grave riesgo de sacrificar, o reducir al mínimo, otros propósitos humanos».

Daniel Callahan, The Troubled Dream of Life: In Search of a Peaceful Death  

Peck reconoció que la vida humana está llena de problemas. Llamó a la dificultad de tratar con ellos «dolor existencial» y le pareció extraño que el Dios que nos creó con un propósito no tuviera un propósito para el dolor existencial en las enfermedades crónicas, el envejecimiento e incluso la muerte. De acuerdo con Callahan, «El problema toca el sentido del sufrimiento el sentido de la vida misma...¿Qué me esta diciendo mi sufrimiento acerca del punto o el propósito o fin de la existencia humana, sobre todo la mía?» 

A medida que el cuerpo se debilita durante el proceso de la muerte, nos enfrentamos a lo que verdaderamente más importa. Al experimentar vulnerabilidad, buscamos y podemos descubrir una nueva fuente de fortaleza (2 Corintios 12:7-10). ¿Existe un propósito en el sufrimiento? Dios permitió que incluso su hijo aprendiera a través del sufrimiento (Hebreos 5:7-8; 4:14-16; véase también «¿Por qué el sufrimiento?»). Nuestra disposición de aceptar la humildad y la total dependencia de Dios puede realmente alcanzar su punto máximo en el proceso de la muerte (2 Corintios 4:16-18). 

La Biblia comunica aquellos interesados en la perspectiva de Dios, y nos dice en Éxodo 20:13 y Deuteronomio 5:17 que el asesinato―que debe entenderse que incluye el suicidio (auto-asesinato) y el suicidio asistido―es erróneo. Dios es un defensor de la vida (Deuteronomio 30:19-20). Los que han confiado su futuro a él dispuestos a reconocer límites a la autonomía personal, así como su interés en el resultado de una vida humana (1 Corintios 6:19-20; Colosenses 3:1-4). 

Antes de adoptar la «buena» o «fácil» muerte ¿por qué no comprometerse a un estudio minucioso del propósito de la vida y la muerte con la guía de Dios, quien nos presenta a la muerte como enemiga (1 Corintios 15:26) la que al final su intención es destruirla?