Un estudio de contrastes

El libro de Jueces culmina con la historia del último juez, Sansón, seguida por el recuento de varios episodios ignominiosos de aquellos días de la historia de Israel. La oscura naturaleza de esos relatos contrasta notablemente con otra de la misma época, la de una mujer no israelita llamada Rut.

Con la conocida historia de Sansón, de la tribu de Dan, concluye la narración bíblica tocante a los jueces de Israel. Por tercera vez en el relato, los filisteos eran los opresores de la nación (Jueces 13:1). Durante este período, Dios escogió a Sansón desde su nacimiento y declaró que sería nazareo, bajo el voto de servir a Dios de maneras bien específicas (véase Números 6). No podría cortarse el cabello, beber vino ni tocar un cuerpo muerto. Él «comenzaría a liberar a Israel del poder de los filisteos» (Jueces 13:5–7). Cuarenta años de opresión filistea incluirían la vida y la muerte de Sansón, quien, aun habiendo sido designado juez, no libraría a Israel totalmente. Tanto el sumo sacerdote Elí, como el profeta Samuel desempeñarían sus funciones en Israel en la misma época que Sansón, pero la liberación final se dejaría en manos de Samuel, y luego, de David.

Sansón fue un hombre de grandes contrastes. Aunque elegido por Dios para la obra de liberación, sus propios apetitos y debilidades lo pusieron en problemas. Rehusándose a encontrar esposa entre los israelitas, escogió a una mujer filistea y demandó que sus padres negociaran el matrimonio (14:1–4).

«Comenzamos a percibir algo del carácter de Sansón aquí, al volver él a su hogar e insistir en que su padre se encargara de los trámites correspondientes propios del Cercano Oriente y le consiguiera como esposa a esta mujer. . . La ley bíblica prohibía el matrimonio con miembros de otras naciones». . .

Trent C. Butler, Word Biblical Commentary, Volume 8: Judges

Sansón siguió quebrantando los votos nazareos de varias maneras: comiendo miel contaminada encontrada en el cadáver de un león y, posiblemente, también bebiendo bebidas alcohólicas durante su boda. Luego mató a treinta filisteos para pagar la resolución de un enigma (10–20). Cuando su suegro entregó a la esposa de Sansón a otro compañero, Sansón se vengó prendiéndole fuego a las cosechas filisteas. En represalia, los filisteos quemaron a su esposa y a su suegro, lo cual provocó una reacción aún peor de parte de Sansón; «los atacó tan furiosamente que causó entre ellos una tremenda masacre» (15:1–8).

Procurando entonces dejar solos a los filisteos, se retiró, solo para volver al conflicto cuando los hombres de Judá le pidieron su colaboración, para apaciguar los ánimos de sus gobernantes. «Hemos venido a atarte, para entregarte en manos de los filisteos» (versículo 12). Aunque Sansón permitió esto, pronto fue fortalecido por «el Espíritu del Señor» y rompió las sogas que lo ataban. Tomando una quijada de asno, mató entonces a mil hombres (versículos 14–15).

En una muestra más de conducta impía, Sansón visitó luego a una prostituta de Gaza. Al oír que él estaba entre ellos, los lugareños planearon matarlo. Pero —una vez más— su fuerza lo libró; arrancó las puertas de la entrada de la ciudad junto con sus dos postes y las llevó hasta la cima del monte cerca de Hebrón, un recorrido de alrededor de cuarenta millas cuesta arriba (16:1–3).

Los años finales de Sansón abarcan su encuentro con Dalila, la mujer filistea. En esta tristemente célebre historia, ella fue sobornada por los jefes de los filisteos para que descubriera el secreto de la fuerza de Sansón. Aunque tres veces él fingió cooperar con ella y los filisteos esperaban capturarlo, él permaneció fuerte (versículos 4–15).

Finalmente, Dalila insistió tanto que logró que le revelara que él era un nazareo, cuyo compromiso de conformidad con el voto, representado en parte por su cabeza sin afeitar, era el secreto de su fuerza. Por consiguiente, si se le quitaba su cabellera, sería tan débil como cualquier otro hombre. Cuando quebrantó su voto al revelar su secreto, Sansón no se dio cuenta de que «el Señor lo había abandonado». Fácilmente capturado por los filisteos, estos lo cegaron y encarcelaron en Gaza (versículos 16–21).

En lo que parece un ignominioso final, Sansón acaba redimiéndose. Durante una gran asamblea en el templo filisteo de Dagón, donde se celebraba la captura de Sansón, lo pusieron en ridículo. Entonces, pidiéndole al muchacho que le servía de guía, que lo colocara entre los pilares del templo, Sansón oró así: «Oh, soberano Señor, acuérdate de mí. Oh Dios, te ruego que me fortalezcas solo una vez más, y déjame de una vez por todas vengarme de los filisteos por haberme sacado los ojos» (versículo 28). Pidiendo morir junto con los tres mil hombres y mujeres presentes, empujó los pilares, y el templo se vino abajo; así «fueron muchos más los que Sansón mató al morir, que los que había matado mientras vivía» (versículo 30).

Habiendo juzgado a Israel por veinte años, Sansón fue enterrado por su familia en su territorio natal.

Últimos recordatorios

Jueces concluye con cinco capítulos adicionales (17–21) que nada comentan sobre sus dirigentes. Más bien se centran en varios ejemplos de lo que sucedió en las vidas de ciertos ciudadanos y tribus en particular durante parte de los más de trescientos años del libro. Esta es la forma en que el compilador pone de relieve la lección del libro en un plano personal.

Primero presenta la historia de un hombre de Efraín (Micaía) que le devolvió a su madre el dinero que le había robado (17:1–2). La respuesta de ella, agradecida, fue dedicar al Señor ese dinero, mandando a hacer dos ídolos, los cuales se pusieron en la casa de su hijo. No bastándole tener estas imágenes en su casa, Micaía bien ya tenía o construyó luego un altar, tuvo otros dioses domésticos para pedirles orientación espiritual, hizo un pectoral (efod) y consagró a uno de sus hijos como sacerdote. En otras palabras, hizo todo lo que necesitaba para falsificar la adoración al Dios verdadero; Micaía creó su propia religión sincrética.

La situación solo empeoró cuando le pidió a un levita que lo visitaba que se quedara a vivir en su casa como sacerdote asalariado. El hombre aceptó, y Micaía lo consagró (17:7–12). ¿Qué podía ser mejor que tener uno su propio sacerdote privado? Con todo, su conclusión de que ahora Dios lo bendeciría (versículo 13) no podía estar más lejos de la realidad, dado que había hecho todo esto en contravención de los métodos prescritos por Dios. Este hombre no podía ser sacerdote según la ley de Dios porque, aunque era descendiente de Leví, no lo era a través del linaje de Aarón (véase Éxodo 40:12–15; Números 3:5–10).

Más tarde, un grupo de espías danitas que buscaba territorio para su tribu encontró al sacerdote de Micaías y por él se enteró de la existencia del altar religioso (Jueces 18:1–4). Al volver, rumbo a tomar en posesión la tierra que habían decidido atacar, los danitas tomaron para sí toda la parafernalia religiosa de Micaía, y cuando el sacerdote de Micaía los enfrentó, lo persuadieron a unirse a ellos. El agraviado Micaía no pudo detenerlos (versículos 11–26). Los danitas conquistaron Lais, arremetiendo contra el pueblo confiado y seguro, quemaron la ciudad, la reconstruyeron y la denominaron Dan. El sacerdote y los ídolos del hogar de Micaía se convirtieron en el centro de adoración religiosa de los danitas.

Nos enteramos ahora que el levita que se había convertido en sacerdote personal no era otro que un descendiente de Moisés. Algunas traducciones rinden aquí «Manasés» en lugar de «Moisés», pero esto parece ser el resultado de un cambio de letras en el nombre por parte de un escriba, para librar del pecado de idolatría al linaje de Moisés. En todo caso, un descendiente de Manasés no podía ser levita. Los descendientes levitas permanecieron en este estado ilícito e idólatra «hasta el día del cautiverio de la tierra» —una alusión a la toma de la región por los asirios 300 años después (véase 2 Reyes 15:29) o, más probablemente, a la captura del arca del pacto mucho antes, cuando Silo fue destruida (véase 1 Samuel 4). Hasta el linaje de Moisés se puede corromper cuando no hay en la tierra un rey (fiel).

En un segundo relato que tiene lugar en los días del nieto de Aarón, otro levita tenía una concubina infiel que huyó de Efraín a casa de su padre en Judá. El levita siguió a su esposa, conoció al padre de ella, un hombre hospitalario que detuvo su partida hasta después de varios días de festejo. Cuando finalmente, el levita se fue con su concubina, llegó a los alrededores de Jebús (más tarde, Jerusalén) al anochecer. Rehusándose a pasar la noche en una ciudad no israelita, ambos prosiguieron hasta Gabaa de Benjamín, donde un efraimita los acogió. Algunos de los lugareños benjamitas exigieron tener relaciones sexuales con el levita, pero el efraimita y el levita les ofrecieron a cambio las mujeres de sus familias. Los benjamitas abusaron de la concubina toda la noche y la dejaron morir a la puerta de la casa donde antes se hospedara (19:1–26).

«Los episodios en Gabaa y las experiencias personales del levita sirven como antecedente, demostrando cuan individualizada y profundamente arraigada está la podredumbre cananea en Israel, así como las repercusiones comunitarias de las acciones personales».

Daniel I. Block, The New American Commentary, Volume 6: Judges, Ruth

El levita llevó a su hogar a su mujer fallecida y partió su cuerpo en doce partes, enviando una a cada una de las doce tribus (versículos 27–29). Cuatrocientos mil hombres de las tribus se reunieron y decidieron que los benjamitas debían entregar a los agresores de la concubina del levita. Los benjamitas se rehusaron y fueron a la batalla contra el resto de Israel. Después de tres intentos, Israel salió victorioso, pero a costa de más de sesenta y cinco mil vidas (capítulo 20).

Esta penosa situación para Benjamín provocó el siguiente problema: muy pocos sobrevivientes para mantener el linaje tribal. La solución de los israelitas fue matar a los hombres, las mujeres casadas y los niños de la ciudad de Jabes-galaad porque no habían respaldado la reciente batalla contra los benjamitas, y entregar las jóvenes restantes a la tribu de Benjamín. La cantidad de mujeres se incrementó luego con doncellas de la ciudad de Silo. Esto permitió que la tribu de Benjamín se reconstruyera y recuperara (capítulo 21).

El libro de Jueces se cierra abruptamente con esta trágica historia final de caos en Israel, cuando «no había rey en Israel» y «cada uno hacía lo que bien le parecía» (17:6; 21:25).

Rut, redención y realeza

El contrarresto bíblico de la situación —en general lamentable— expuesta en el libro de Jueces se encuentra en la historia de Rut, que aparece en la sección de las Escrituras hebreas conocida como Kethuvim (los Escritos). Nos desviamos aquí del orden de los libros hebreos, dado que Rut comienza diciendo: «Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra» (Rut 1:1). Sigue a esto una conmovedora historia de redención y misericordia, de aceptación y bendición. El relato también apunta al advenimiento del rey regio y fiel, histórica y proféticamente.

Aunque sabemos que la historia de Rut tiene lugar en algún punto de la secuencia cronológica de Jueces, es difícil precisar la fecha con exactitud. Que hubo una hambruna suficientemente grave como para causar que la gente de la ciudad de Belén («Casa del pan») se dirigiera a otros lugares en busca de alimento es claro, pero cuándo exactamente sucedió no lo es. Esta es la misma ciudad de donde salió el levita errante hacia lo que se convirtió en un viaje idólatra, pero el resultado para Rut será muy diferente.

«Si las palabras de Santiago son verdad (y lo son) en cuanto a que «la fe, si no tiene obras, es muerta» (Santiago 2:17), este libro retrata una teología noble y una fe inspiradoramente vibrante. En este sentido se dirige a lectores de todas las edades».

Daniel I. Block, The New American Commentary, Volume 6: Judges, Ruth

El hambre, pues, causó que la que se convertiría en la familia de Rut abandonara su ciudad y cruzara el Jordán rumbo a la tierra de Moab. Allí se establecieron Elimelec, su esposa Noemí y sus dos hijos. El padre falleció y los dos jóvenes se casaron con mujeres moabitas: Orfa y Rut. Alrededor de diez años después, los dos hijos también murieron.

Entonces, las tres viudas tuvieron que decidir qué hacer. Las jóvenes decidieron ir con Noemí, camino a Judá, pero Noemí procuró persuadirlas a que volvieran a sus hogares moabitas. Ella no podría proveerles esposos, aun si volviera a casarse y tuviera más hijos para darles; demasiado tiempo pasaría. Orfa partió, pero Rut prometió quedarse con Noemí, en palabras bellas que se han vuelto famosas: «No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque adonde quiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que solo la muerte hará separación entre nosotras dos» (Rut 1:16–17).

Esto sienta las bases para todo lo que habría de ocurrirle a Rut al llegar las dos a Belén en la época de la siega de la cebada.

Boaz el redentor, padre de un rey

Una característica de la ley de Dios dada a Moisés es el cuidado que han de dar las familias a sus parientes en situación de desventaja. Según ella misma admitiera, la vida de Noemí había sido dura, y ahora, a su regreso, ella y Rut necesitarían ayuda. Noemí le propuso a Rut que buscara a un familiar rico de Elimelec, un hombre llamado Boaz. Rut decidió que recoger espigas en los campos, en pos de los segadores, pudiera ser la respuesta a su necesidad inmediata de alimentos.

Sin saber quién era el propietario de los campos, ella comenzó a recoger espigas en la tierra perteneciente a Boaz, quien llegó para pedir a Dios que bendijera a los segadores. Al notar la presencia de Rut, él preguntó a sus obreros quién era ella. Ellos le explicaron que Rut era la nuera moabita de Noemí. Boaz se mostró favorable hacia ella al decirle que se quedara cerca de sus segadoras, protegiéndola así de cualquiera de los jóvenes y proporcionándole agua mientras trabajaba. Rut le preguntó por qué le había mostrado semejante favor, siendo ella extranjera. La respuesta de él muestra que su buen nombre y su lealtad para con Noemí la habían precedido.

Durante la comida con sus compañeros de siega, Rut guardó algo de alimento para su suegra y volvió a casa esa noche con mucha cebada. Noemí le preguntó dónde había espigado. Cuando se enteró de que había sido en los campos de Boaz, le explicó a Rut que él era precisamente el pariente que estaba buscando y le dio gracias a Dios por su bendición. Rut siguió, pues, espigando con las jóvenes segadoras de Boaz y se propuso seguir haciéndolo hasta el fin de la cosecha.

Noemí hizo ahora una nueva sugerencia. Dado que Boaz era un pariente que podía ayudarlas, Noemí planeó asegurar el futuro o «descanso» de Rut con él (3:1; 1:9). Aconsejó a Rut bañarse y ponerse sus mejores ropas e ir a visitar a Boaz a la era después de cenar. Ella solo tenía que descubrir los pies de él y acostarse ahí hasta que él se quedara dormido. Boaz se despertó a medianoche, estremecido, y se sorprendió al encontrar una mujer allí. En la oscuridad, preguntó quién era, «y ella respondió: “yo soy Rut, tu sierva; extiende el borde de tu capa sobre tu sierva, por cuanto eres pariente cercano”» (3:9). En lenguaje formal, esta era una extensión del levirato, el medio por el cual un pariente proveía a una viuda sin hijos la posibilidad de un heredero para continuar el linaje familiar (Deuteronomio 25:5–10). Literalmente, decir «extiende el borde de tu capa sobre mí, por cuanto tú eres mi pariente redentor» equivalía a decir, en términos modernos, «cásate conmigo».

Sorprendido ante el pedido de Rut de que él, siendo ya un hombre mayor, supliera esta necesidad, Boaz respondió: «Bendita seas tú de Jehová, hija mía; has hecho mejor tu postrera bondad que la primera, no yendo en busca de los jóvenes, sean pobres o ricos» (versículo 10). Y le prometió satisfacer su pedido, siempre y cuando un pariente más cercano se negara a ayudarla.

Para proteger el honor de Rut, le aconsejó quedarse allí hasta el amanecer y luego irse discretamente, hasta que él pudiera reunirse con el otro pariente. Así las cosas, Rut volvió con su suegra, con seis medidas de cebada. Noemí le recomendó a Rut ser paciente hasta que conociera el resultado, «porque —le aclaró— aquel hombre no descansará hasta que concluya el asunto hoy» (versículo 18).

Boaz se encontró entonces con su pariente y le explicó la situación, ofreciéndole el primer derecho a redimir la tierra de Elimelec para Noemí. Él estuvo de acuerdo, pero cuando se enteró de que la redención debía también incluir la porción de Rut y casarse con ella, rehusó por falta de dinero y le pidió a Boaz que se encargara de la redención (4:1–6). Con los ancianos del pueblo presentes, el acuerdo quedó atestiguado y confirmado.

«El libro de Rut muestra cómo Dios rescató de la extinción a la familia de Elimelec y cómo la familia de Elimelec triunfó sobre la tragedia, conduciendo al nacimiento de David, legítimo heredero al reino de Israel».

Arnold G. Fruchtenbaum, Ariel’s Bible Commentary: The Books of Judges and Ruth

Los ancianos y los lugareños quedaron encantados con el resultado, y Rut la moabita fue bien acogida en el seno de Israel tan completamente como pudiera serlo. Ellos le dijeron a Boaz: «Testigos somos. Jehová haga a la mujer que entra a tu casa como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de Israel; y tú seas ilustre en Efrata, y seas de renombre en Belén. Y sea tu casa como la casa de Fares, el que Tamar le dio a luz a Judá, por la descendencia que de esa joven te dé Jehová» (versículos 11–12).

La criatura que nació a Boaz y Ruth fue un varón, Obed, el abuelo de David, futuro rey de Israel. De este linaje nació Jesús de Nazaret. Así, conforme al plan y hacer de Dios, Rut, la fiel moabita, no israelita, fue redimida; el linaje judaico de Fares a través de Elimelec y Noemí fue preservado; y el linaje real de David que culminara en el Rey de reyes, Jesucristo, fue establecido; verdaderamente, un contrarresto alentador al tan a menudo turbulento período de los jueces.