Un Estrado de la Verdad

Al centro de uno de los oratorios más famosos de todos los tiempos se encuentran valores y principios duraderos que nos pueden sacar del laberinto actual de la confusión moral.

El mar de Galilea, tranquilo y soleado a la luz de la mañana, es un lugar de gran paz y belleza, aunque también está sujeto a peligrosas y rápidas tormentas. Entonces las colinas circundantes forman eco con el sonido de los petardos de la naturaleza, y las ráfagas repentinas oscurecen la costa lejana.

Pero no es sólo el rugir del trueno el que se ha escuchado en estas colinas durante siglos. El ruido de la guerra, el pregonar de la batalla, ha estado aquí también. En el lado oriental del mar está el comienzo de los Altos del Golán, sitio de la confrontación moderna de Israel con su vecino árabe Siria. Anterior a esto, Palestina había presenciado batallas con los turcos y los bizantinos al igual que con los cruzados. En el primer siglo de la era cristiana, los romanos sometieron al asentamiento de Golán de Gamala en un terrible sitio tras un levantamiento judío contra el gobierno del emperador.

Irónicamente, en el lado occidental del mar, en las tierras altas por encima de Capernaum, se encuentra el sitio tradicional de uno de los discursos más conocidos del mundo. Contiene un llamado a la reconciliación en este largo campo de guerra: «Bienaventurados los pacificadores», dijo Jesús de Nazaret.

En cierto lugar por esta zona, a campo abierto, rodeado de sus discípulos, Jesús entregó lo que se ha llegado a conocer universalmente como el Sermón de la Montaña, reconocido como uno de los más importantes dentro de la ley y el vivir cristiano. Ciertamente una de las piezas más poderosas de enseñanza moral jamás dada, el cual hasta la fecha permanece influyendo y sin rival en su implicación dentro del comportamiento diario humano. Sin embargo, a pesar de que el mensaje ha proporcionado algunos de los elementos fundamentales en el sistema de valores de la civilización occidental, aun así es poco entendido y mucho menos, practicado.

En la cuarta parte de la serie, examinamos la primera sección de este tan famoso sermón, un pasaje de la Escritura que se le conoce como las beatitudes, o bendiciones. Aquí Cristo resumió una serie de rasgos que aseguran una relación correcta y beneficiosa con Dios. Pero, ¿cómo se desarrollan esas características cristianas en el mundo que nos rodea? Seguramente, como han dicho algunos, son palabras demasiado idealistas—imposibles para nuestros tiempos. ¿Qué pretendía exactamente Jesús?

Haciendo la Diferencia 

En el relato de Mateo sobre el Sermón de la Montaña, Jesús pasó de las bienaventuranzas a una descripción general del comportamiento cotidiano y práctico de los verdaderos cristianos. «Ustedes son la sal de la tierra», dijo a sus discípulos (Mateo 5:13). 

Este verso, muy citado, señala el efecto que los seguidores de Jesús deben tener en sus comunidades. Deben ser participantes visibles, utilizando sus habilidades y rasgos de carácter al máximo. Deben ser evidentes por su participación en la comunidad.

Así como el efecto de la sal sobre los alimentos, los cristianos deben mejorar su entorno social.

No obstante Jesús advirtió, «Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres».

La sal era un artículo de valor en la época de Jesús, pero podía perder su utilidad. Y así como la sal pierde su propiedad salada, dijo Jesús, los discípulos sin buenas obras visibles no sirven para nada. La sal sin sabor es desechada; no debería ser ese el destino de los seguidores de Cristo.

A continuación, en tres declaraciones paralelas para fomentar la acción, Jesús dijo, «Ustedes son la luz del mundo». Después dijo, «Una ciudad asentada sobre un monte no puede ser escondida», y finalmente, «Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cajón» (versículos 14–15).

Estas referencias a las cosas que dan luz y se ven nos dicen que la acción cristiana debe ser la misma—debe ser visible. Una lámpara de aceite en el primer siglo, como dijo Jesús, se ponía en un candelero para dar luz a todo mundo en la casa.

La lección quedó clara cuando Jesús añadió: «Así alumbre la luz de ustedes delante de los hombres, de modo que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (verse 16).

Así que la persona semejante a Cristo debe ser notable por las buenas obras en la comunidad. Es decir, en cualquier cosa—en cualquier acción que por sinceridad demuestre los principios por los cuales él o ella viven. No es sólo servir ocasionalmente en un comedor de beneficencia, o en el voluntariado para el alivio de desastres de la comunidad, sino que se trata de vivir cada día bajo los principios de Jesús para que los espectadores noten la diferencia. Eso significa un cristianismo de todos los días, no una demostración de devoción una vez por semana. Es un llamado a la sinceridad y la verdad en la vida cotidiana.

Lo que Jesús estaba diciendo iba en contra de la demostración y prácticas religiosas de los fariseos y otros líderes. Estos afirmaban observar la ley de Dios y ser sus maestros, mas sus propias acciones e interpretaciones eran contradictorias.

Una Ley de por Vida 

En el Sermón de la Montaña, Jesús señalo que su propósito era propugnar y magnificar la ley de Dios, no el restarle efecto. Dijo, «No piensen que he venido para abrogar la Ley o los Profetas. No he venido para abrogar, sino para cumplir» (versículo 17).

«La Ley y los Profetas» abarca la mayoría de las Escrituras hebreas—a lo que los cristianos se refieren como el Antiguo Testamento. El termino Antiguo Testamento es desfavorable, debido a que privilegia al Nuevo Testamento de una manera que devalúa la fuerza de las Escrituras que Jesucristo mismo usó para gran efecto en sus enseñanzas. 

La parte antigua del Antiguo Testamento es simplemente una referencia a la relación del pacto que Dios estableció con el antiguo Israel en el Monte Sinaí, cuando fueron dados los Diez Mandamientos.

La parte nueva de la frase Nuevo Testamento es una referencia a la nueva relación ofrecida por Jesucristo a toda la humanidad. Esa nueva relación incluye el acceso al Padre de la humanidad, a través del don del Espíritu de Dios. Pero es un error pensar que el Antiguo Testamento es redundante sólo porque hoy usamos la palabra «antiguo» para describirlo.

Las Escrituras hebreas fueron la base de las enseñanzas de Jesús. Él amplió sobre estas, mostrando sus profundas implicaciones espirituales. Evidentemente las valoraba, diciendo, « De cierto les digo que hasta que pasen el cielo y la tierra ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la ley hasta que todo haya sido cumplido » (versículo 18).

Jesús no pudo haber sido más claro sobre la importancia de la ley de Dios en la vida humana.

Existe autoridad en esta declaración—y es inequívoca. Jesús no pudo haber sido más claro sobre la importancia de la ley de Dios en la vida humana.

Observando la Ley Literalmente 

En los días de Jesús, algunos de los que enseñaban la ley eran los fariseos. Si estos escucharon el Sermón de la Montaña, escucharon un mensaje que iba directo al corazón. Por otro lado, si hubieran cambiado, Jesús prometió un futuro significativo: «Cualquiera que practique y enseñe estos mandamientos será llamado grande en el reino de los cielos» (versículo 19).

Luego, en una referencia directa a la hipocresía de algunos líderes religiosos, agregó, «Les digo que a menos que su justicia sea mayor que la de los escribas y de los fariseos, jamás entrarán en el reino de los cielos» (énfasis agregado). Estos fariseos y maestros no estaban a la altura de las profundas implicaciones espirituales de la ley: estaban observando la letra y no el espíritu de la ley.

A modo de ejemplo, Jesús mostró a sus oyentes la diferencia entre la letra y el espíritu. Hablando de enseñanzas comúnmente entendidas sobre el asesinato, el adulterio, los juramentos, el trato a los enemigos, el divorcio y la represalia, Jesús amplió o magnificó las implicaciones de la ley de Dios. No solamente la acción de matar es mala, la actitud de la ira y el desprecio detrás de ella también está mal. En tal estado de ánimo, una persona no puede tener una relación correcta con Dios. Primero debemos reconciliarnos con nuestro prójimo; Sólo entonces Dios nos oirá.

En el caso del adulterio, no solo es pecaminoso el acto, es la descontrolada posesividad anterior a la acción igual de mala. Dijo, «El que mira una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón».

En principio, por supuesto, esta declaración no está limitada al hombre. Una persona casada sin importar el género puede tener deseos sexuales por alguien diferente a su pareja. El asunto es que dichas tentaciones deben resistirse si es que se quiere evitar pecar.

Jesús estaba enfatizando que lo que ocurre dentro de nuestras cabezas es tan importante como el acto de pecado, porque el pensamiento precede a la acción. Es en el nivel del pensamiento consciente que comienza el pecado, y termina en una acción ilícita.

La Polémica del Divorcio 

¿Qué pasa con el divorcio? En el mundo judío del primer siglo era una cuestión contenciosa desde una perspectiva religiosa. Los maestros judíos estaban divididos sobre los motivos del divorcio. Hubo opiniones conservadoras y liberales.

Algunos siguieron la enseñanza del rabino Shammai. Había dicho en una interpretación de la ley del Antiguo Testamento que el divorcio sólo era permisible en un caso: el de la infidelidad conyugal. No permitió ninguna otra razón para tal terminación del matrimonio.

Su oponente en el debate sobre el divorcio fue el rabino Hillel. Había muerto siete u ocho años antes de que Jesús pronunciara el Sermón de la Montaña. No hay duda de que la enseñanza de Hillel era popular, porque permitió el divorcio por casi cualquier razón. Cualquier cosa sobre la mujer que disgustara al hombre era motivo de divorcio en la opinión de Hillel.

Por su respuesta, Jesús se puso en el lado conservador del debate. Su propósito, recuerde, era mostrar las profundas implicaciones espirituales de la ley, impugnarla y hacerla cumplir— Para mostrar cómo podía y debía guardarse. Así que, en cuanto al divorcio, dijo: «Todo aquel que se divorcia de su mujer, a no ser por causa de inmoralidad sexual, hace que ella cometa adulterio. Y el que se casa con la mujer divorciada comete adulterio » (versículo 32).

La indisoluble fuerza de las enseñanzas del joven rabino no era fácil de absorber. Su costumbre de entrar en el meollo de las cosas era a la vez refrescante y estimulante. Era evidente que estaba cortado de tela diferente a los maestros tradicionales.

Continuando, Jesús dijo, «Que al hablar su ‘sí’ sea ‘sí’ y su ‘no,’ ‘no’» (versículo 37). No estaba de acuerdo con la idea de que jurar por el cielo o la tierra, o Jerusalén o cualquier otra cosa era necesario para asegurar el cumplimiento de una promesa personal. Lo que subrayó fue la simple honestidad de mantener la palabra.

Un Esfuerzo Adicional 

¿Hay algo que le ha topado sobre las enseñanzas de Jesús hasta lo que hemos visto? Lo que es tan impresionante es su poder de centrarse en el núcleo esencial del comportamiento humano correcto.

El libro de Hebreos, en el Nuevo Testamento, enseña en el capítulo 4, versículo 12, que «la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos. Penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón»— una razón, tal vez, que muchos evitan hasta que no hay otro lugar a donde ir.

Jesús dijo que el principio de «ojo por ojo y diente por diente» fue sustituido por el principio de la sumisión voluntaria. Era un dicho muy duro. Esta era una enseñanza que iba en contra de siglos de tradición.

Algunos de los seguidores de Jesús no podían lidiar con tan pura enseñanza. «Pero yo les digo», insistió, « No resistan al malo. Más bien, a cualquiera que te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quiera llevarte a juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto. A cualquiera que te obligue a llevar carga por un kilómetro, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues » (Mateo 5:39–42).

Inclusive los enemigos estaban incluidos en esta radical manera nueva de pensar. El odio a los enemigos desechada, reemplazada por el amor y la preocupación por ellos.

Es entendible que estemos impresionados en el mundo moderno por los extraordinarios esfuerzos pacifistas de Gandhi o Martin Luther King Jr. Sin embargo sus principios se encuentran aquí en las propias palabras de Jesús; dijo, « Amen a sus enemigos y oren por los que les persiguen; de modo que sean hijos de su Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (versículos 44, 45).

Igual que el Padre 

Jesús tenía un gran propósito en toda esta enseñanza moral: era permitir que los seres humanos se volvieran semejantes a Dios. Resumiendo dijo: «Sean [o lleguen a ser] perfectos, como su Padre que está en los cielos es perfecto» (versículo 48).

Lo que Jesús enseñó fue la práctica religiosa anclada en la sinceridad.

Es importante recordar al leer el Sermón de la Montaña que Jesús estaba haciendo un contraste entre las prácticas de las autoridades religiosas de su día y la realidad de la verdadera religión. Lo que Jesús enseñó fue la práctica religiosa anclada en la sinceridad, franqueza y completa devoción a Dios—nada menos. Sabía, por supuesto, que estaba retando las enseñanzas tradicionales que estaban afectadas por la política y la corrupción de la naturaleza humana.

Cuando hablaba, su enseñanza era con autoridad, penetrante y difícil de debatir. A veces era radical; en otras, reaccionaria. Alcanzó avance con nuevas enseñanzas, y hacia atrás apoyando verdades establecidas desde hace mucho tiempo. Amplió los viejos principios con nuevas aplicaciones.

Y es allí donde yace la diferencia de sus enseñanzas. Logró despertar a la gente en el reconocimiento de los valores duraderos.

¿Cuánto nos asombra su enseñanza? ¿Cuánto reconocemos la autoridad con la que Él habló?

Este Sermón de la Montaña— El corazón y el meollo de la enseñanza moral y ética de Jesús—fue dado temprano en su ministerio como una plataforma de verdad sobre la cual se desarrollaría la Iglesia del Nuevo Testamento. Esta fue la enseñanza básica para los discípulos en el siglo primero.

¿Podría formar la misma base en nosotros en este Siglo XXI?

Continuaremos nuestra examinación en la Parte seis de este discurso sobre los valores primarios.