¿Estuvo Pedro alguna vez en Roma?

La primacía de Roma y la Iglesia Católica Romana, basada en que el apóstol Pedro fundó la iglesia en la ciudad y luego fue martirizado y sepultado allí, ciertamente ha sido cuestionada desde tiempos medievales.

La primacía de Roma y la Iglesia Católica Romana, basada en que el apóstol Pedro fundó la iglesia en la ciudad y luego fue martirizado y sepultado allí, ciertamente ha sido cuestionada desde tiempos medievales.Como muchos Papas antes que él, Benedicto XVI ha buscado reafirmar la autoridad de la Iglesia Católica Romana en comparación con la de las iglesias protestantes, que para él carecen de referencias apostólicas. El Papa basa su argumento en la muy antigua creencia de que el apóstol Pedro fundó la iglesia en Roma. Visión examina la evidencia histórica de esta fundamental enseñanza.

En aquel entonces, los primeros en expresar sus dudas fueron probablemente los valdenses, una secta inconforme con la ortodoxia romana prevaleciente. Desde su punto de vista, «el silencio de la Biblia era bastante contundente», refiere Oscar Cullmann en Peter: Disciple, Apostle, Martyr [Pedro: Discípulo, Apóstol, Mártir] (1953, 1962).

Otros lanzaron desafíos esporádicos durante los siglos siguientes en contra de la enseñanza de que Pedro había estado en Roma, pero ninguno organizó un asalto importante sino hasta principios del siglo XIX. Fernando C. Baur de Tubinga, aplicando un modelo hegeliano a su estudio del cristianismo temprano, sugirió que el libro de Hechos describía un proceso progresivo mediante el cual el cristianismo petrino fue desafiado y remplazado por el cristianismo paulino, a partir del cual se desarrolló el cristianismo romano. Por consiguiente, Pedro había sido hecho a un lado y no había necesidad de que estuviera en Roma o de que se le viera como el líder de la iglesia. Aunque los coetáneos de Baur rechazaron su enfoque, logró acertar un golpe al punto de vista tradicional y, para gran desagrado del Vaticano, otros dieron continuidad al asunto con cierto grado de vehemencia durante el siglo XX.

El Papa Benedicto ha llevado de nuevo el tema a la conciencia pública desde que asumió el cargo, pero no es el único que lo ha hecho durante los últimos años. Lamentablemente, en la década de 1950 los arqueólogos católico-romanos descubrieron una tumba en Jerusalén con un osario —una caja de huesos empleada en los entierros judíos del siglo primero— que llevaba grabado el nombre «Simón Bariona» (un nombre con el cual se conoce al apóstol Pedro en los Evangelios). Para no quedarse atrás, el Vaticano pronto produjo su propia evidencia arqueológica de que la tumba y los restos de Pedro fueron sepultados debajo del altar mayor en la Basílica de San Pedro en Roma. El corazón de su argumento es un sarcófago descubierto en la primera mitad del siglo pasado, que las autoridades comenzaron a examinar más de cerca en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

UN SILENCIO SEPULCRAL

Desafortunadamente, no hay manera de demostrar si el sarcófago o el osario contienen los verdaderos restos de Pedro. Por tanto, sería más productivo dejar a un lado la arqueología y enfocarnos en la literatura histórica disponible para que todos la analicemos.

Ése es el enfoque adoptado en una de las principales aportaciones al estudio de esta cuestión. En Peter: Disciple, Apostle, Martyr, Cullmann prestó especial atención al material literario en busca de una conclusión al respecto, y los especialistas más contemporáneos han reforzado ese enfoque. En el año 2001, al resumir su presentación en una conferencia en Roma de la Asociación Europea de Estudios Bíblicos (European Association of Biblical Studies), Jürgen Zangenberg observó: «Desde que comenzaron las excavaciones debajo de la Catedral de San Pedro en la década de los cuarenta y hasta que culminaron en 1953 con el anuncio oficial del Papa Pío XII de que se habían encontrado los verdaderos restos de San Pedro, muchos especialistas se han mantenido escépticos acerca de la importancia de los descubrimientos». Luego continuó enfatizando que «ni siquiera los más enérgicos proponentes de la autenticidad del descubrimiento pueden negar que poco —si es que hay algo— de las primeras tumbas presenta algún rastro cristiano. Las tumbas de los siglos I y II de nuestra era se asemejan mucho a los simples sepelios contemporáneos de la gente común de los barrios que rodean Roma». Además, los cristianos romanos no mostraron interés alguno en el sitio hasta «alrededor del año 160 d.C.», cuando construyeron «un sencillo monumento que consistía de un nicho y un patio (el Tropaion Gaii)».

«Dámaso, uno de los defensores más aguerridos de la primacía de Roma en la Iglesia primitiva, promovió el culto a los mártires al restaurar y decorar sus tumbas con inscripciones en mármol hechas de su propia mano».

Richard P. McBrien, Lives of the Popes

No obstante, Zangenberg enfatizó que este monumento no pudo haber tenido el propósito de señalar la tumba del apóstol «debido a que el recuerdo del… lugar de sepultura original de Pedro se había perdido para la época en que se erigió el Tropaion. La existencia del Tropaion no dio lugar al desarrollo de un sitio de entierro cristiano, sino que se integró a una de las calles de un cementerio no cristiano de clase media». No fue sino hasta tiempos de Constantino, señaló, que «el sitio fue final y firmemente controlado por los cristianos, tras lo cual borraron todo rastro anterior de actividad de entierro aparte del espacio inmediato que rodeaba al Tropaion».

A la luz de lo anterior, Cullmann parece justificado al analizar la evidencia literaria de los primeros siglos en busca de una base para establecer la presencia y martirio de Pedro en Roma. ¿Cuáles son, entonces, las pruebas que respaldan la afirmación del Papa respecto a la autoridad de la Iglesia Católica Romana?

¿ESCRITO EN CÓDIGO?

Normalmente se reconoce que el Nuevo Testamento guarda silencio respecto al paradero general de Pedro luego de su arresto y la ejecución que buscaba el Rey Agripa a principios de la década de los años 40 d.C. (Hechos, 12). Pedro reaparece brevemente en Jerusalén varios años después (alrededor del 49 d.C.) para una reunión de los apóstoles y otros líderes de la iglesia, según lo registró Lucas en Hechos, 15. A partir de entonces el Nuevo Testamento no dice nada acerca de la ubicación de Pedro, excepto por un comentario en su propia epístola: en 1a Pedro 5:13 envía saludos de parte de los miembros de la iglesia en Babilonia.

Quienes desean ver a Pedro claramente ubicado en Roma consideran su uso del término Babilonia como una clave para Roma; no obstante, otros insisten que la epístola no contiene un lenguaje codificado para ocultar el paradero del apóstol.

El fallecido Carsten Thiede era un especialista que buscaba demostrar que el código se encontraba en uso antes del año 70 d.C. y, por tanto, antes de que Pedro escribiera su epístola, y que el apóstol intentaba ocultar su paradero; sin embargo, el mismo Thiede señaló que «para un habitante del Imperio Romano era perfectamente posible, y, de hecho, algo un tanto natural, comparar el antiguo Imperio Babilónico con el Romano en términos de su respectivo tamaño, esplendor y poder, e igualmente en un sentido negativo, en relación con su decadencia moral». Así, aunque el nombre Babilonia en realidad podía haber sido dado a Roma antes del año 70 d.C., el propósito no era ocultar la capital del imperio, sino elevar su posición en el mundo al enfatizar su linaje. Por ello, la afirmación de Thiede en cuanto a que Pedro empleó el término Babilonia para ocultar el hecho de que realmente se encontraba en Roma carece de credibilidad.

En cambio, Babilonia es un nombre en código para Roma en el escrito subsiguiente del Apocalipsis de Juan y se convierte claramente en una característica de los escritos del siglo II. Además, los judíos emplearon ese término de una manera polémica a partir del año 70 d.C., cuando los romanos dieron lugar a la caída de Jerusalén y la destrucción del templo. Al igual que los babilonios antes que ellos, los romanos habían destruido el centro de la religión judía. Este uso se dio después de la supuesta fecha del martirio de Pedro, pero ciertamente coincidiría con el empleo del término Babilonia para Roma en el libro de Apocalipsis.

Margherita Guarducci, quien escribió acerca del descubrimiento de las grutas en el Vaticano, sugiere que el historiador judío Josefo niega la presencia de judíos en la Babilonia Mesopotámica durante la época en que Pedro escribió su epístola; sin embargo, no señala que Josefo despliega gran elocuencia acerca de los fondos que los judíos que se encontraban en Babilonia enviaron para el templo de Jerusalén. Su referencia al hecho de que no había judíos en Babilonia se encuentra en el contexto de una guerra en el área a mediados del siglo primero.

El relato del Nuevo Testamento parece indicar que hubiera sido bastante posible que Pedro escribiera su epístola desde la misma ciudad o provincia de Babilonia. Su ministerio era con los judíos y, como señalan los escritos de los siglos siguientes, Babilonia era un centro de judaísmo desde antes y hasta mucho tiempo después de Pedro.

Ciertamente, ésa sería una solución más adecuada para establecer su paradero que la alternativa: que Pablo se negó a dirigirse a él en su epístola para la iglesia en Roma y que Lucas omitió señalar la presencia de Pedro en esa ciudad cuando él y Pablo arribaron allí como resultado de la apelación de Pablo al César (Hechos 28), aparentemente ocurrida alrededor del año 60 d.C. La evidencia dentro de la epístola a los Romanos, escrita alrededor del año 57 d.C., establece que Pablo no tenía conocimiento de que ningún apóstol, mucho menos Pedro, le hubiera precedido en Roma. Como señala Waldensians, el silencio del Nuevo Testamento en este tema es ensordecedor.

Entonces, si el Nuevo Testamento no habla de que Pedro se encontrara en Roma, ¿qué otra prueba hay?

CLEMENTE Y EL CONTEXTO

Debido a que el Nuevo Testamento no dice nada al respecto, los escritores católicos en particular generalmente basan su argumento en un texto no bíblico conocido como la Primera Epístola de Clemente a los Corintios. Esta carta constituye «probablemente» (de acuerdo con el Profesor de Teología de Notre Dame, Richard P. McBrien, autor de Lives of the Popes [Vidas de los Papas]) la obra del Clemente conocido en la lista oficial de pontífices del Vaticano como Clemente I. De acuerdo con algunos padres de la Iglesia Católica, es el mismo Clemente al que Pablo menciona en su carta a la iglesia en Filipos (Filipenses 4:3), aunque, de nueva cuenta, no hay forma de verificarlo.

Por lo regular, la epístola de Clemente se data justo antes de finalizar el siglo primero, y en ella realiza una declaración acerca de Pedro y Pablo:

«Pero, dejando los ejemplos de los días de antaño… pongámonos delante los nobles ejemplos que pertenecen a nuestra generación. Por causa de celos y envidia fueron perseguidos y acosados hasta la muerte las mayores y más íntegras columnas de la Iglesia. Miremos a los buenos apóstoles. Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se fue a su lugar de gloria designado. Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente».

A partir de esta pequeña sección se deduce que tanto Pedro como Pablo fueron martirizados en Roma; no obstante, la declaración de Clemente se ha tomado fuera de contexto. En un artículo de la publicación Scottish Journal of Theology del año 2004, Michael D. Goulder, profesor emérito de estudios bíblicos en la Universidad de Birmingham en el Reino Unido, examinó el contexto del relato de Clemente. Al aplicar el análisis literario al texto, Goulder determinó que la declaración acerca de Pedro y Pablo debía leerse bajo los términos de las secciones anterior y siguiente. Antes del pasaje arriba citado, Clemente había dado siete ejemplos del Antiguo Testamento de personas que habían sufrido a causa de los celos. (Sólo una, el hermano de Caín, Abel, realmente había muerto como resultado de los celos). Goulder luego procedió a mostrar que cada uno de los ejemplos del Antiguo Testamento tenía un paralelo en el Nuevo Testamento en cuanto a que cada persona o grupo había sufrido de una manera similar a causa de los celos. Entre estos últimos ejemplos Clemente nombró primero a «las mayores y más íntegras columnas» de la iglesia; ellos, como Abel, habían sido «acosados hasta la muerte». Esta descripción ciertamente encajaría con el apóstol Santiago. Pedro, señaló Clemente, había huido (justo como Jacob había huido de su celoso hermano, Esaú) y Pablo (como José en el Antiguo Testamento) había sido enviado a prisión.

En otras palabras, según lo que Goulder leía en la epístola, Clemente ni siquiera había hecho referencia a si Pedro o Pablo habían sido martirizados o no; la carta simplemente se refería a ellos como que habían sufrido a causa de los celos de otros. El propósito de Clemente al dar estos ejemplos era sólo corregir a los corintios por los problemas internos que veía surgir a causa de los celos y la envidia que se estaban desarrollando entre ellos (1ª Clemente 3). Goulder considera que, basado en esta aclaración, y según lo que dice Clemente, Pedro bien pudo haber muerto en su cama en Jerusalén.

La muerte de Pablo crea una interrogante para quienes sostienen que la epístola de Clemente señala que los celos llevaron al martirio del apóstol, en cuanto a que también tienden a aceptar las tradiciones de los siglos II y III que sostienen que el apóstol murió bajo las órdenes de Nerón, luego del incendio de Roma. A partir de esas tradiciones posteriores, la muerte de Pablo está relacionada con la conveniencia política más que con los celos. Los dos puntos de vista (ninguno de los cuales puede ser corroborado) parecerían ser incompatibles.

En cuanto a Pedro, no sabemos nada de su muerte a partir de ninguna fuente del siglo I aparte del último capítulo del cuarto Evangelio. En Juan 21:18 se le describe sólo como siendo guiado hacia donde él no deseaba ir. La tradición no verificada de su crucifixión de cabeza data de finales del siglo II, casi 150 años después de su muerte.

Lo que es básico en la idea del martirio de Pedro y Pablo es el uso de Clemente de un término traducido al español como «testimonio» que muchos interpretan como «martirio», pero su uso para transmitir ese significado parece estar ausente de cualquier otra fuente del siglo I; sin embargo, el término se usa con frecuencia a lo largo del Nuevo Testamento para transmitir la idea de un testigo o testimonio. No fue sino hasta después de la época de Clemente, en el siglo II, cuando llegó a significar “martirio”. A la luz de la estructura literaria de la epístola de Clemente, sería más seguro interpretar el término como “un testigo hablado” o como «un testimonio».

¿Por qué, entonces, encontramos tantas interpretaciones en esta sección de Clemente?

Desde el siglo siguiente leemos relatos acerca de los líderes de otras sectas o de herejías en Roma. Justino Mártir, un ciudadano romano, reportó que el hereje Simón el Mago llegó a la ciudad; sin embargo, no dijo absolutamente nada de la supuesta presencia de Pedro en ese lugar. Se dice que Marción, otro hereje, pasó tiempo en Roma. Se añade también a Valentín, un maestro líder de una secta que hoy se clasifica como gnóstica. Parecería que estar presente en Roma se convirtió en un aspecto de la identidad o autenticidad de un grupo religioso. De esa forma, si el movimiento cristiano ortodoxo en ciernes veía a Pedro como el líder de los apóstoles luego de la muerte de Jesús, debía entonces ser de alguna manera introducido al escenario de Roma como un medio para validar o dar autoridad a la religión.

EN BUSCA DE EVIDENCIA

Las referencias de Clemente a los apóstoles han estado sujetas a otros análisis literarios. Recientes estudios acerca del valor de los testigos oculares en las sociedades orales han revitalizado la idea de que los Evangelios podrían ser realmente relatos de testigos presenciales de la vida y enseñanzas de Jesucristo. (Consulte, por ejemplo, el libro de Richard Bauckham, Jesus and the Eyewitnesses: The Gospels as Eyewitness Testimony [Jesús y los Testigos Oculares: Los Evangelios como Testimonio Presencial [2006]).

Markus Bockmuehl, profesor de estudios bíblicos y de la Iglesia primitiva en Oxford, ha aplicado ese enfoque a los escritos de Clemente. Para él, la mera mención del nombre de Pedro y Pablo indica que Clemente y la iglesia en Roma los conocía personalmente, y que ello constituye una prueba de que Pedro estuvo en esa ciudad. Lo que podemos decir a su favor es que tiene gran precaución en su enfoque en este asunto.

No obstante, debemos formularnos dos preguntas. Debido a que la epístola de Clemente fue escrita para Corinto, en Grecia, ¿al recuerdo de quién se refiere Clemente, al de aquéllos que se encontraban en la iglesia de Corinto, o en la de Roma? Bockmuehl supone que a estos últimos pues ello apoya su idea de que Pedro estuvo en Roma. Y la segunda: siguiendo el argumento de Bockmuehl, ¿la mención de un nombre personal indica que las personas realmente habían conocido al individuo, o que simplemente habían escuchado hablar de él?

Tomemos, por ejemplo, la epístola de Pablo a los Corintios, en la que se dirige a Pedro (o a Cefas, como él lo llama). ¿Significa que la iglesia en Corinto había conocido a Pedro o que tenía trato de primera mano con él? Posiblemente; no podemos saberlo con certeza; sin embargo, ¿sucede lo mismo con Santiago, al que algunas veces se refiere como «el hermano del Señor»? También se le menciona por su nombre, aunque es probable que una persona sólo hubiera conocido a Santiago si hubiera visitado Jerusalén. En otras palabras, el conocimiento de aquellas personas que participaban en la tarea de difundir el evangelio estaba bien establecido entre las iglesias, dondequiera que se ubicaran, simplemente por su transmisión de boca en boca. En algunos casos los miembros de la iglesia podían haber visitado Jerusalén para las fiestas o para acompañar a Pablo, y ellos pudieron haber conocido personalmente a los líderes, pero, para la mayoría de la iglesia, su conocimiento sólo pudo haber sido de boca en boca.

Entonces, la sugerencia de Bockmuehl en cuanto a que se puede establecer la ubicación física de Pedro basándose en que la audiencia de Clemente tenía un recuerdo personal del apóstol requiere un análisis mucho mayor antes de que se pueda considerar como evidencia.

Conforme se ha ido desarrollando la discusión, las opiniones expresadas han profundizado la postura confesional de su autor. Los estudiosos católicos ven la evidencia desde un punto de vista católico, mientras que los protestantes adoptan un nivel de escepticismo con respecto a las afirmaciones. Entonces, por supuesto, los especialistas podrían no tener una postura confesional como para defender y analizar el material desde el punto de vista de un estudio histórico-crítico.

¿Qué es, entonces, lo que se puede decir acerca de la evidencia de que Pedro haya estado en Roma? Zangenberg sugirió en la conferencia antes señalada que se trató de una idea del siglo II que ganó popularidad luego de la época de Constantino. El difunto profesor John C. O’Neill de Edimburgo, al dirigirse a la misma conferencia, planteó que el Papa Dámaso I (366–384) adoptó historias de Pedro y Pablo en Roma con el propósito de elevar la primacía de Roma por encima de los demás obispados en el Este; la política de la iglesia dictaba que Pedro no sólo debía haber estado en Roma, sino que se debía pensar que también murió allí.

La historia sugiere que el conocimiento de los lugares de sepultura de los apóstoles murió con sus contemporáneos del siglo primero. Los ejemplos de los apóstoles eran apreciados y honrados, pero a esos hombres no se les colocaba en pedestales para ser reverenciados, como en las generaciones posteriores. Los escritos del siglo II describen una serie de creencias y prácticas muy distintas entre quienes afirmaban seguir a Jesucristo de lo que encontramos en los escritos del siglo primero.

¿Estuvo Pedro alguna vez en Roma? Es una pregunta difícil para la Iglesia Católica Romana, cuyo derecho a la autoridad apostólica resulta estar basado en evidencias irreales. La escasez de lo que el Papa acusa a las iglesias protestantes se aplica también a la iglesia católica. Como el traje de finas telas que un legendario emperador alguna vez adquirió, la evidencia simplemente no existe.