Nace Una Leyenda

¿Cómo fue que las antiguas tradiciones referentes al apóstol Pedro llegaron a arraigarse tanto que ya para el siglo III habían llegado a ser la fuente de todo poder dentro de la iglesia en Roma?

El Papa Benedicto XVI preside a la iglesia Católica Romana desde lo que se conoce como la cátedra de Pedro, la cual contiene lo que el Vaticano clama ser la silla en la que Pedro se sentó hace casi dos mil años. Cuando un Papa habla desde esa silla o ex cathedra, sus proclamaciones oficiales son consideradas infalibles.

Todos los argumentos católicos en referencia a la primacía del Papa y de la iglesia romana como un todo están basados en la afirmación fundamental de que Cristo estableció la iglesia a través del apóstol Pedro, y que este llegó a ser el primer obispo de Roma y de ese modo Papa. Sin embargo como se indicó en un artículo previo (vea «¿Estuvo Pedro alguna vez en Roma?»), la establecida creencia hoy en día de que Pedro vivió y murió en esa ciudad finalmente descansa sobre la interpretación particular de una pieza de correspondencia de los finales del siglo I. La carta de hecho no declara que Pedro jamás haya visitado la ciudad, sin embargo, en ninguna manera dice que haya sido martirizado ahí. Esa idea puede ser leída en contexto por alguien que ya sostiene esa creencia. Aun mas, los escritores del Nuevo Testamento en gran medida callan sobre las áreas geográficas en donde Pedro predicó (jamás siendo Roma mencionada en ese contexto), además de ni siquiera mencionar en donde murió.

Entonces, ¿cómo fue que la colección de mitos y leyendas que rodeaban al apóstol crecieron tanto que eventualmente fue proclamado como el primer Papa?

INFORMES CONTRADICTORIOS

Informes explícitos de que Pedro había estado en Roma comenzaron a circular unos cien años después de su muerte. Alrededor de los años 190 Irineo, un obispo que pasó tiempo en Roma antes de llegar a ser responsable de la iglesia en Galia, escribió una obra conocida comúnmente como Contra los Herejes (Exposición y refutación de la falsa gnosis) en la cual se refiere a la presencia de Pedro en la capital imperial.

El obispo escribió: «Mateo, (que predicó) a los Hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia. Una vez que éstos murieron, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro».

Irineo, quien obviamente no fue un testigo ocular, al parecer tenía a su disposición una declaración hecha por Papías, quien a los comienzos del siglo II había detallado los escritos de la narración de los evangelios. Conocemos las obras de Papías solo hasta cierto punto, pues fueron citadas por escritores posteriores tales como Irineo, y de forma más significativa por el obispo Eusebio en los finales de los siglos II o III en su Historia Eclesiástica. Al igual que Irineo, Eusebio era un partidario y defensor de la versión imperial romana del Cristianismo, la cual en su época ya predominaba (vea «Eusebio Panfili: Padre de la Historia Eclesiástica»). Este de forma directa cita textualmente a Papías hablando de Marcos en referencia a Pedro:

«Marcos, que fue el intérprete de Pedro, puso puntualmente por escrito, aunque no con orden, cuantas cosas recordó referentes a los dichos y a los hechos del Señor. Porque ni había oído al Señor ni le había seguido, sino que más tarde, como dije, siguió a Pedro, quien daba sus instrucciones según las necesidades, pero no como quien compone una ordenación de las sentencias del Señor. De suerte que en nada faltó Marcos poniendo por escrito algunas de aquellas cosas tal como las recordaba. Porque en una sola cosa puso su cuidado: en no omitir nada de lo que había oído o mentir absolutamente en ellas». Tal es el relato de Papías acerca de Marcos, declaró Eusebio.

Observe que Papías comentó sobre Pedro estando en Roma. De que Marcos fue a la capital imperial, está establecido en la segunda carta de Pablo a Timoteo, en donde pablo solicita a Timoteo traer a Marcos a Roma, en donde Pablo estaba encarcelado (2 Timoteo 4:11). Aunque si, como varios afirman, Pedro estaba también en Roma y Marcos con él, ¿para qué necesitaría Pablo que Marcos lo trajera consigo a Roma? Aun más, si Pedro estaba predicando en Roma, ¿por que necesitaría la iglesia de ahí a Marcos para proveer notas escritas de esas enseñanzas? Clemente o cualquiera de los ahí presentes pudieron haber compilado notas de primera mano y generado recuento del Evangelio. Mas fidedigno sería que, con la llegada de Marcos a Roma para atender las necesidades de Pablo, proveyera a la iglesia con noticias de lo qué Pedro estaba predicando en otros lugares—noticias que le hacían como el único capacitado para proveer.

ANALIZANDO LA INFORMACION

Así que tenemos dos escritores católicos aludiendo a Papías—Irineo en el siglo II y a Eusebio en el IV. Claramente Eusebio representó su declaración de manera literal, indicando que había tenido a la mano la obra de Papías (de igual manera los académicos han hecho lo mismo). Si Papías hubiera dicho algo sobre la estancia de Pedro en Roma, lo hubiera dicho a beneficio de Eusebio al citarlo; por cierto, siempre estaba deseoso de citar material en referencia a los apóstoles. El hecho de que nunca sugirió claramente que Papías jamás comentó sobre el paradero de Pedro, por lo menos al grado de estar relacionado a Roma. Podemos concluir que Eusebio lo citó sin intento de procurar opinión. Aun más, su silencio sobre la supuesta presencia de Pedro en Roma sugiere que Irineo adornó su propia referencia de Papías. ¿Por qué motivo?

Irineo proporciona una interesante perspectiva dentro del desarrollo de la tradición de que Pedro estuvo en Roma. Aparentemente no solamente decoró las obras de Papías; sus escritos también dan luz sobre la necesidad de establecer la presencia de Pedro en Roma, lo que a su vez aclara la necesidad de expresar ideas propias en otros escritos. En los tiempos de Irineo ya existía un debate, especialmente en Roma, sobre la sucesión apostólica. Irineo era partidario con aquellos que veían a Pedro como el líder de los apóstoles después de la muerte y resurrección de Jesús, y deseando tomar ventaja de la aparente posición de Pedro, este concluyó que Pedro debió haber estado en Roma.

Es importante recordar que Irineo escribió a los finales del siglo II. No tenemos declaraciones anteriores explicitas de la presencia de Pedro en Roma o de su entierro ahí. Justino Mártir, quien escribió desde Roma algunos 40 o 50 años antes que Irineo, no hizo afirmación alguna de que Pedro hubiera estado ahí. Parece ser que Irineo fue el primero de los padres de la iglesia Católica en proporcionar de manera inequívoca declaraciones sobre el asunto.

Por supuesto, es poco probable que Irineo simplemente haya inventado la historia. En efecto, justamente antes de su escrito, una tumba en Roma de buenas a primeras había sido declarada perteneciente a Pedro. Las referencias de Irineo hacia Pedro fueron grandemente influenciadas por esa declaración. De hecho, parece ser que dos tumbas fueron identificadas ser de Pedro por dos grupos diferentes, que después se tornó en controversia en la capital romana hasta que el Papa Dámaso I (366–384 C.E.) estableció preferencia por una de ellas.

La persona que nos proporciona con el estudio categórico y objetivo más reciente del supuesto martirio del apóstol en Roma, es el teólogo Oscar Cullmann, indica que, «anterior a la segunda mitad del siglo II ningún documento asegura explícitamente la estadía y martirio de Pedro en Roma» (Peter: Disciple, Apostle, Martyr [Pedro: Discípulo, Apóstol, Mártir], enfatizado). Se podría considerar solamente un documento como excepción: El Apocalipsis de Pedro, escrito posiblemente durante la revuelta de Bar Kochba (132–135 E.C.). Excepto que está muy fragmentado en el griego y muy contradictorio en el etíope por lo cual su valor es cuestionable. El Canon Muratoriano en latín, escrito en la cuarta parte del siglo II, indica que el Apocalipsis de Pedro de ninguna forma universalmente aceptado aun en ese entonces, teniendo en cuenta «algunos de nosotros no queremos que sea leído en la iglesia». En otras palabras, a pesar de proporcionar apoyo de que Pedro había estado en Roma, el documento no parece haber sido aceptado aun por aquellos que pudieron haber tomado ventaja de ello. Aun con toda su confusión la obra apócrifa parece haber preparado el camino para futuros argumentos sobre el tema.

Otra obra apócrifa, con fechas de un tiempo posterior a la mitad del siglo II, es los Hechos de Pedro, un documento gnóstico que sitúa a Pedro en roma rivalizando con el primer gnóstico Simón el Mago (vea Hechos 8) realizando milagros. Por el nivel de confusión en los detalles registrados en esta obra podría definirse en el mejor de los casos como una obra corta de ficción. Con todo y esto, los Hechos de Pedro fueron propagados y aludidos por varios escritores egipcios de la época. Incluso, parece haber sido la fuente de origen que los padres de la iglesia del siglo III utilizaron para narrar sobre la muerte de Pedro en Roma. Solamente que el hecho es que estos detalles fueron registrados en escritos de la parte oriental del imperio, levanta más dudas sobre su valor al determinar su realidad histórica.

«No podemos, por supuesto, considerar los Hechos de Pedro como una fuente histórica en los eventos del siglo I».

Peter Lampe, From Paul to Valentinus: Christians at Rome in the First Two Centuries (2003)

EN BUSCA DE RENOMBRE

¿Para empezar, por qué era necesario rastrear a Pedro hasta Roma?

Roma era el centro del imperio y como tal pareció haber sido el lugar de reunión para varias de las formas del cristianismo que cada cual clamaba llevar el verdadero evangelio de Jesucristo, y a la misma vez buscaban legitimidad dentro del imperio. Peter Lampe describe al cristianismo en Roma durante este periodo padeciendo una «fragmentación»: todos los grupos clamaban en el nombre de Cristo, pero todos operaban al alcance de la mano uno del otro y sin ningún sentido de comunidad (From Paul to Valentinus: Christians at Rome in the First Two Centuries [Desde Pablo a Valentino: Los Cristianos en Roma Durante los dos Primeros Siglos]).

Es interesante observar a las personas y sectas que se reunían en Roma. Justino Mártir proporciona detalles confiables sobre la estancia de Simón el Mago en Roma (tema desarrollado en los Hechos de Pedro). Sabemos también que el notorio herético Marción estaba en Roma y promulgaba sus ideas de las Escrituras desde esa ciudad. Valentín el Gnóstico, quien conocemos hoy día como uno de los líderes de los grupos clasificados como gnósticos, quien también se estableció en Roma, de la misma manera que otro grupo conocido como los Carpocratianos.

El cristianismo romano estaba compuesto de manera predominante por extranjeros que llegaron a la ciudad de otras partes del imperio. Y aunque estos grupos claramente diferían uno del otro en aspectos importantes, había una característica común en todos ellos: todos buscaban identificarse a sí mismos como separados de los antecedentes judíos de la iglesia. Los primeros seguidores de Cristo eran vistos por las autoridades romanas simplemente como otra secta judía semejante a los fariseos, los saduceos o los esenios. Era esencial para estos grupos que eran atraídos a Roma, los cuales tenían no interés en asociarse con ninguna forma del judaísmo, ser reconocidos como una nueva religión valida. Para lograrlo tenían que demostrar las más altas credenciales. Claramente Pablo había estado en Roma, pero nunca fue un favorito hasta que fue reivindicado por Agustín en el siglo V. De tal modo que encontrarle un lugar a otro gran apóstol, Pedro, dentro de la jerarquía de la iglesia Romana serviría para establecer la autoridad en la línea de sucesión—y por ende la credibilidad—que necesitaba la iglesia para hacerse valer a sí misma sobre todas las demás sectas cristianas.

Todo esto sucedía tras los talones de otro evento que sacudiría al imperio. Jerusalén había sido destruida por Adriano en 135 d.c. en la culminación de la revuelta Bar-Kochba. La iglesia existió en Jerusalén hasta ese entonces, pero con la desaparición de la ciudad los creyentes se dispersaron. La iglesia primitiva vivía con la esperanza del regreso de Jesucristo al Monte de los Olivos, y en particular a Jerusalén. Siempre y cuando Jerusalén permaneciera, la esperanza seguía alimentada.

En el siglo IV, Eusebio proporciono una lista detallada de los líderes de la iglesia en Jerusalén hasta su caída, comenzando con Santiago el hermano de Jesús, siguiendo con Simeón el hijo de Cleofás, y después otros familiares. Eusebio describió una notable reunión en el siglo I con el propósito de elegir el sucesor de Santiago. La seriedad e importancia de esta cita no se había perdido en ellos: «Aquellos de los apóstoles y discípulos del Señor que aun vivían viniendo de todas direcciones se reunieron con aquellos que estaban relacionados con el Señor de acuerdo con la carne (porque la mayoría de ellos aun estaban vivos) para tomar consejo sobre quien era merecedor de tomar el lugar de Santiago».

Aunque la fuente de Eusebio pudo muy bien haber exagerado algunos de los hechos, su recuento del nombramiento de Simeón junto con los detalles de subsecuentes lideres, es muy posible un recuento exacto de los obispos en Jerusalén; proporcionando dicha lista no hubiera servido como propósito para promocionar a Constantino y al cristianismo romano, eliminando así las posibilidades de prejuicio. Dadas sus inclinaciones pro-romanas, Eusebio indudablemente habría presentado una lista de obispos de Roma de igual manera, si hubiera existido dicha lista. De manera que si en verdad Pedro estaba en Roma, es curioso que no exista registro cotejable para apoyar sus posibles sucesores como líderes de la iglesia en esa ciudad.

«Puesto que no tenemos evidencia de cuando llegó Pedro a Roma o de las circunstancias que le llevaron a su ejecución, ulteriores reclamos de que él fue obispo en una comunidad romana debe descansar en las tradiciones sobre el apóstol que emergió en el siglo II».

Pheme Perkins, Peter: Apostle for the Whole Church (1994)

En efecto, nunca fue hecha referencia alguna hasta el siglo II de algún obispo en Roma. Clemente nunca reclamó ese papel, aunque la iglesia de Corinto le escribió acerca de sus tribulaciones. Ignacio de Antioquía, escribió a varias iglesias mientras viajaba a Roma para ser martirizado, no menciona ningún líder en particular en su epístola a la iglesia en Roma, en tanto que en sus otras epístolas a las iglesias en Asia Menor mencionó a los líderes por nombre. La evidencia completamente sugiere que ningún puesto de obispo había sido establecido en Roma anterior a este punto.

ROMA EXIGE PRIMACIA

La destrucción de Jerusalén ofreció una oportunidad a la iglesia de Roma, situada en el corazón del imperio, reclamar preeminencia. El mejor argumento para apoyar su reclamo fue simplemente que Pedro había estado en Roma. Esto ofreció una clara alternativa a los desafíos de los gnósticos y otros líderes que venían llegando a la capital imperial.

Los escritos de Irineo acerca de Pedro claramente surtirían efecto a los finales del siglo II. Esto se hace evidente a partir de una segunda referencia en Contra los Herejes: «Dado que . . . sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las iglesias en este volumen, confundimos a todos aquellos que de un modo o de otro, o por agradarse a sí mismos o por vanagloria o por ceguera o por una falsa opinión, acumulan falsos conocimientos; [hacemos esto, digo yo], al indicar que la tradición derivada de los apóstoles, de la grandiosa, la antiquísima y universalmente conocida iglesia fundada y organizada en Roma por los dos gloriosísimos apóstoles, Pedro y Pablo; igualmente [por la enseñanza] la predicada a los hombres, la cual llega a nuestros días por medio de las sucesiones de los obispos. Porque es cuestión de necesidad que cada iglesia acuerde con esta iglesia, a cuenta de su preeminente autoridad» (enfatizado).

Lo interesante de la declaración de Irineo es que este no reclama la primacía de Pedro como el primer Papa, ni que cualquier futuro obispo de Roma sería el sucesor de Pedro. Los obispos de Roma, desde el punto de vista de Irineo, originalmente habían sido nombrados por Pedro y Pablo para ser supervisores, no para llenar su propio papel como apóstoles. Su referencia a dos apóstoles para proveer el fundamento también fue útil para contrarrestar los reclamos de los grupos gnósticos, quienes tendían a centrarse en un apóstol o individuo como el punto central de su revelación.

«Durante el primer siglo de su existencia, probablemente no había ni un solo obispo en la iglesia romana».

Pheme Perkins, Peter: Apostle for the Whole Church (1994)

La afirmación de que Pedro vivía en Roma, aunque breve, y fue martirizado ahí es pues es una creación del siglo II diseñada para dirigirse a las necesidades políticas de la iglesia Romana. La leyenda se llego a aceptar como una declaración de fe incuestionable en la época de Eusebio en el siglo IV y después por todos los historiadores de la iglesia.

El católico romano Pheme Perkins, profesor del Boston College, hiso el siguiente resumen en su laureado libro, Peter: Apostle for the Whole Church (Pedro: Apostol de la Iglesia Entera): «Dado que no tenemos evidencia de cuando arribó Pedro a Roma o las circunstancias que lo guiaron a su ejecución, reclamos ulteriores de que Pedro era obispo en una comunidad romana deben descansar en tradiciones sobre el apóstol las cuales surgieron en el siglo II. En el primer siglo de su existencia probablemente no había ni un solo obispo en la iglesia romana». Perkins opina que Aniceto (ca. 154–165 C.E.) probablemente fue el primer obispo sobe toda la iglesia de Roma, dado que otros en la lista anterior a él supervisaban iglesias caseras—pequeños grupos que se reunían en casas de los miembros.

Así con la constancia del del siglo II, no existe indicio de que pasaría en términos del desarrollo del papel de Pedro dentro de la iglesia. Cosa que sucedió más tarde.

HACIA OTRO SIGLO

Lo que nos muestra la fuente histórica es el desarrollo de la tradición que en realidad no comenzó a tomar forma sino hasta el siglo III; fue solo hasta entonces que, el hacía tiempo muerto, Pedro fue identificado como el primer Papa.

Si el siglo II fue una época de retos externos con los gnósticos y otras ideas, el siglo III comenzó con desafíos internos para la iglesia en Roma. Es en esta circunstancia histórica que comenzamos a ver la interpretación de una escritura que hoy día es aceptada como dogma y como la verdadera base de la enseñanza católica. Es instructivo observar que el dialogo entre Jesús y Pedro registrado en Mateo 16:15–19 no formaba parte del desarrollo de la leyenda sobre Pedro sino hasta entonces.

Intentos hoy en día en interpretar esta escritura están bien documentados por los católicos romanos al igual que los protestantes, pero raramente si alguna vez considerado como telón de fondo en el siglo I. La transformación de Pedro de «apóstol de la circuncisión» a «primer obispo de Roma» (y por añadidura automática, Papa) hubiera tensado la asimilación de aquellos de la iglesia primitiva.

Los versículos en contexto del siglo I claramente fueron pasados por alto por Tertuliano y Cipriano, dos escritores del Norte de África cuyas obras del siglo III sentaron las bases para la argumentación e interpretación de Mateo 16:17–19 sobre el cual el ensanchado papel de obispo de Roma está fundado.

No obstante, elaborando la idea de que el obispo de Roma era el sucesor de Pedro, y por lo tanto Papa en el sentido como lo entendemos hoy, fue un proceso lento. A Pesar de que Tertuliano y Cipriano escribieron al principio del siglo III, encontramos que la idea no estaba totalmente formada para cuando Agustín más de un siglo después.

NACE UN PAPA

Así que al parecer la historia del siglo I comenzó a reescribirse en el II; Se determinó que de manera póstuma Pedro estuvo en Roma, estableció la iglesia y fue martirizado por Nerón. Los (en pugna) lugares de su tumba fueron identificados a los finales del siglo II, a pesar de la falta de evidencias.

En el siglo III fue nombrado no solamente el primer obispo de Roma sino también la fuente de todo poder dentro de la iglesia, obispos sucesores acumulando poder imperial para sí mismos y poder controlar a la iglesia en todos los aspectos. A finales del siglo III, Pedro estaba tan arraigado en Roma que el terreno estaba bien dispuesto para que el Papa Dámaso I solidificara los poderes del papado y consagrara una justificación para la posición de Pedro (y así la suya propia).

Y como dicen, el resto es historia. León I el Magno (440–461) fue el primer Papa en proclamarse «el heredero de Pedro», de acuerdo al académico católico Richard P. McBrien (Lives of the Popes [La Vida de los Papas]). Eventualmente el emperador occidental desapareció y el obispo de Roma se adornó así mismo con sus ropas. Un siglo más tarde McBrien dice, Gregorio Magno (590–604) empuña un poder secular tan grande como su poder espiritual.

Tomó cientos de años para llegar a este punto, pero el legendario Pedro finalmente pudo sentarse en su exaltada cátedra personal. (Por supuesto, esta cátedra no fue reclamada suya sino hasta siglos después de su muerte, ¡pero esa es otra historia!)