Una Mirada al Pasado a través de un Cristal

Esta ciudad no es cualquier ciudad, ya que tiene su propia historia turbulenta bien conocida por el mundo. Es un lugar que está y estará cincelado en la conciencia de la mayoría de las personas. Cualquier niño que tenga la oportunidad de recibir una educación tarde o temprano aprenderá sobre la ciudad en donde el tirano Adolfo Hitler encontró su ignominoso fin en un búnker, aprenderá sobre el lugar en donde el Occidente capitalista y la Unión Soviética comunista perfeccionaron su retórica de la Guerra Fría del siglo XX, y en donde ocurrió el más inesperado vuelco de la historia de nuestros días en el que miles corrían hacia la libertad bajo la mirada impotente de sus captores.

Berlín es hoy una ciudad que se ha vuelto a unir en un movimiento casi frenético por recuperar su rango y prestigio como una capital mundial. Tanto es así que tiene miles de millones de marcos en números rojos y está técnicamente en quiebra. Los ambiciosos esquemas de construcción del gobierno de la ciudad bien podrían quedar restringidos. Al mismo tiempo, los masivos proyectos de construcción del gobierno federal continúan al margen del escándalo actual.

RELATO DE DOS CIUDADES

En esta ciudad que renace yacen los símbolos de un poder mucho más antiguo, un poder con una resistencia que muy pocos reconocen. El Museo de Pérgamo en Berlín alberga la reconstruida Puerta de Ishtar, el punto de la entrada norte a la ciudad de Babilonia bajo el mandato de Nabucodonosor. Por supuesto, es una reconstrucción tan fiel como uno esperaría después de 2,500 años desde la caída de un imperio que floreció en Mesopotamia en los siglos VI y VII a.C.

Cuando en 1871 se estableció el Imperio Alemán, la arqueología en el antiguo Oriente Próximo era un campo recién en desarrollo. Las autoridades de Alemania ansiaban que su prestigio cultural llegara a equipararse con el prestigio ya establecido de los Imperios Francés y Británico e invirtieron en excavaciones arqueológicas que realizaba su propia gente. Francia tenía su colección arqueológica en el Louvre, la de Bretaña se encontraba en el Museo Británico y Berlín pronto tendría su equivalente. A finales del siglo XIX y a principios del siglo XX se iniciaron los embarques de efectos desde la región mediterránea del este y Mesopotamia. Los más espectaculares fueron los hallazgos de Pérgamo, al oeste de Turquía, y de Babilonia en Irak.

A partir de los fragmentos y paredes de azulejos color azul brillante encontrados en las arenas de Irak fue posible reconstruir la antigua Vía Procesional de Babilonia y la Puerta de Ishtar. Gracias a un convenio con las autoridades gubernamentales se permitió que suficientes fragmentos salieran del país para dar vida al esfuerzo masivo de reconstrucción. La exposición que hoy en día asombra a los visitantes nació en la década de 1930, después de años de meticuloso trabajo.

Fieros leones decoraban las paredes a lo largo de la Vía Procesional que cada año recorrían los babilonios durante la Fiesta de Año Nuevo en primavera. Como símbolos de la diosa Ishtar, los leones recordaban incesantemente a los babilonios de la deidad a la que adoraban como señora del cielo, diosa del amor y protectora de las fuerzas armadas. La Fiesta de Año Nuevo celebraba, entre otros, a Marduk (también conocido como Bel) y a Nabu, el dios de los escribas y de la escritura. Marduk era el dios principal, el dios de la ciudad y de la fertilidad, y el proveedor de vida eterna.

La Puerta de Ishtar guardaba el acceso a una torre escalonada de 90 metros de altura, o zigurat, coronada por un templo en honor a Marduk. Al igual que con la Torre de Babel bíblica más antigua (Babylon, en griego), sus constructores tenían la idea de desafiar al mismo cielo.

Las palabras del padre de Nabucodonosor, Nabopolasar, el fundador del Imperio Neobabilónico, aún resuenan en una inscripción en el sitio del zigurat: «Una vez... sometí a Asiria al poderío de [los dioses] Nabu y Marduk, quienes aman mi realeza, ...Marduk, mi Señor, me ordenó fortificar los cimientos del Etemenanki, el Zigurat de Babilonia, que había sufrido daños antes de mi época, en el fondo del pozo de construcción [literalmente “el seno del averno”] y así permitir que su cumbre rivalizara con los cielos».

En las paredes de la Puerta de Ishtar había dragones con forma de serpiente que representaban a Marduk y toros salvajes que simbolizaban a Adad, el dios de la tempestad. En una inscripción cuneiforme de Nabucodonosor encontrada también en el sitio de la excavación se lee parcialmente: «Nabucodonosor, Rey de Babilonia, el piadoso príncipe nombrado por voluntad de Marduk, el más alto príncipe sacerdotal, amado por Nabu, de prudente parsimonia, quien aprendió a acoger la sabiduría, quien entendió Su deidad [de Marduk y Nabu] y quien hace reverencia a Su Majestad... el primer hijo de Nabopolasar, el Rey de Babilonia, ése soy yo...».

«Eché abajo estas puertas y en el nivel freático construí sus cimientos con asfalto y ladrillo, e hice que se reconstruyeran de ladrillo con piedra azul y maravillosos toros y dragones. Cubrí sus techos con majestuoso cedro a todo lo largo. Hice instalar puertas de madera de cedro adornadas con bronce en todos los cantos. Coloqué toros salvajes y feroces dragones en las entradas y así las adorné con lujoso esplendor para que la humanidad las contemplara con gran asombro».

RESONANTES IMPERIOS

Seis días a la semana a lo largo de casi todo el año las personas de cada rincón del mundo hacen simplemente eso en el Museo de Pérgamo: contemplar deslumbradas los remanentes no sólo de Babilonia, sino de otras civilizaciones: Sumeria, Asiria, Persia, Grecia y Roma. Pero, ¿cuántos visitantes llegan a comprender la relación entre el mundo moderno y el mundo antiguo de los dioses y reyes, los templos, el comercio, los espíritus y el hombre común? ¿La civilización occidental puede retener el eco de los imperios que han ido y venido?

¿Cuántos visitantes llegan a comprender la relación entre el mundo moderno y el mundo antiguo de los dioses y reyes, los templos, el comercio, los espíritus y el hombre común?

Ciertamente, existen referencias al Imperio Neobabilónico que han pasado a formar parte del patrimonio cultural de occidente. En su punto más alto, la Babilonia de Nabucodonosor era el centro de un poder que había derrotado a Egipto y todo lo demás que encontró a su paso, incluyendo al pueblo de Judá.

Uno de los cautivos judíos de Nabucodonosor fue el sabio del Antiguo Testamento, Daniel. Cuando fue llamado a interpretar el sueño de Nabucodonosor de una gran estatua compuesta de varios metales y arcilla, primero aludió al alcance del poder del rey, dirigiéndose a él como «Írey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad; y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo; tú eres aquella cabeza de oro» (Daniel 2:37–38).

En los años previos a la llegada al poder de Nabucodonosor, la ciudad ya se encontraba camino a la supremacía. Cinco tablillas de arcilla conocidas como la «Descripción de la Ciudad de Babilonia» nos dan varios indicios sobre el prestigio de la ciudad. Como cualquier capital moderna, Babilonia era «la ciudad de la celebración, la alegría y el baile; ...la ciudad cuyos habitantes celebran constantemente; ...la ciudad privilegiada que libera a los cautivos; ...la ciudad pura; ...la ciudad de bienes y tesoros; ...el punto de unión entre los países».

Babilonia se encontraba al centro del comercio del mundo antiguo. El gran valle del Río Éufrates unía a Asia Menor con el Golfo Pérsico y el Océano Índico, y servía de conducto para bienes y servicios de todo tipo. En aquella época Babilonia era la ciudad más grande del mundo conocido, cubriendo 2,500 acres. Hasta el día de hoy los comerciantes que nunca antes la han visto recuerdan su versión de prosperidad económica. El deseo de convertirse en los mejores en la industria y el comercio es a toda costa ubicuo. Al centro de las grandes ciudades comerciales del mundo occidental (Londres, París, Roma y Nueva York) vive el alma de Babilonia. Como si llevara a casa la conexión con un mundo de antaño, un importante complejo comercial y de ventas en La Haya, Holanda, se llama simplemente «Babilonia».

Hasta el día de hoy los comerciantes que nunca antes han visto Babilonia recuerdan su versión de prosperidad económica.

Berlín no está libre de este deseo de emular la preeminencia económica de Babilonia. Un notable ejemplo se encuentra en el área de alimentos de KDW (Kaufhof des Westerns o Tienda Departamental Occidental) de la capital alemana. Los clientes pueden adquirir casi cualquier alimento o bebida conocido. En cualquier momento se encuentran en exhibición 600 tipos de pan, de 1,600 a 1,800 tipos de queso y cientos de variedades de vinos y licores, entre muchos otros productos. Y eso sólo es el área de alimentos. En otros pisos está disponible una gran variedad de cada tipo concebible de producto de consumo. En el exterior, a lo largo de los bulevares arbolados, se encuentran los lujosos locales de venta al menudeo que rivalizan con cualquiera del mundo.

Como centro comercial, Berlín tiene su cede en la encrucijada de la nueva Europa. Cuando en algunos años más la Unión Europea dé la bienvenida a muchos nuevos miembros de su flanco oriental, Berlín estará ya lista y contará con un sistema de transporte mejorado, incluyendo un aeropuerto internacional ampliado. De acuerdo con la literatura promocional de la ciudad, «Berlín se convertirá en la intersección ferroviaria más conveniente entre los ejes Norte-Sur y Este-Oeste de Europa». Será la ciudad más actualizada de la nación más fuerte del bloque comercial de 27 naciones más diversificado del mundo, que se calcula se convertirá en un mercado de 500 millones. Como la antigua Babilonia, Berlín promete convertirse en el centro económico dominante del mundo.

Como la antigua Babilonia, Berlín promete convertirse en el centro económico dominante del mundo.

LAZOS CON EL PASADO

La otra famosa exhibición del Museo de Pérgamo, de donde proviene el nombre con el cual se conoce al museo, es el Gran Altar Helénico de Pérgamo en Turquía occidental. Se le recibió con gran orgullo cuando se exhibió por primera vez en Berlín y hasta hoy se le considera un poderoso símbolo.

Citando a algunos de los admiradores de Pérgamo, Max Kunze escribe en The Pergamon Altar: Its Rediscovery, History and Reconstruction [El Altar de Pérgamo: Su Redescubrimiento, Historia y Reconstrucción]que «Pérgamo había sido “un ambicioso centro de poder y cultura en donde uno tenía los medios para atraer a los artesanos más hábiles”. Su espléndido altar era visto como “el monumento de mayor orgullo de la convicción monárquica”, una función que también debía tener en Berlín. El joven imperio alemán había adoptado al Altar de Pérgamo y a su simbólico significado, que era prácticamente idéntico tanto en el mundo antiguo como en el moderno. Los paralelos históricos eran muy estrechos. De la misma forma en que el Impero Helénico de Pérgamo prevaleció sobre la cultura de la ciudad clásica de Atenas, los pequeños estados de Alemania fueron absorbidos por el imperio bajo el liderazgo de Prusia».

Sin embargo, lo que generalmente pasa desapercibido es la relación entre las paredes y la famosa puerta de Babilonia y el Altar Helénico de Pérgamo del siglo II a.C. Y para comprenderla debemos remontarnos a la caída del Imperio Neobabilónico.

LA POLÍTICA, EL PODER Y EL SACERDOCIO

El sucesor de Nabucodonosor, Awil-Marduk, creó el marco para el sometimiento del imperio a los medopersas. Debilitada en las siguientes décadas por divisiones internas, en el año 539 a.C. la sólidamente fortificada Babilonia cayó sin oponer resistencia ante las fuerzas de Ciro el Grande. Los persas en general eran tolerantes con las naciones a las que sometían y les permitían que conservaran su cultura y religión. Un ejemplo de esta actitud permisiva se presentó pronto después de la caída de Babilonia. Ciro hizo una proclamación devolviendo a Jerusalén a los cautivos judíos en Babilonia con instrucciones para la reconstrucción del templo destruido por Nabucodonosor.

Aunque al principio los persas no interfirieron con las prácticas religiosas de Babilonia, el poder político del sacerdocio babilónico (quienes eran magos caldeos) con el tiempo se convirtió en un problema. El templo siempre había sido el punto central en la vida de los babilonios, con toda una cultura y economía alrededor del Zigurat de Marduk, convirtiendo a los sacerdotes caldeos en una poderosa elite que con mucha frecuencia tenía más poder que el mismo rey babilonio. El monarca tuvo que reconocer la función intermediaria de los sacerdotes y «tomar las manos de Marduk» antes de subir al trono. Así se convirtió en el hijo del dios y estaba obligado a proteger a la jerarquía religiosa.

Los sacerdotes excedieron la tolerancia de los persas cuando, en un intento por retener su poder político entre bambalinas, instalaron a uno de los suyos, a un sacerdote fingiendo ser el hermano del rey Esmerdis, como gobernante de Babilonia. Los persas descubrieron al impostor y le asesinaron. Después de una revuelta, cuando los sacerdotes establecieron una vez más a su propio gobernante babilonio, el rey persa Jerjes vino y destruyó Babilonia en el año 487 a.C. En el proceso destruyó los templos e hizo derrumbar la estatua de Marduk.

Se piensa que en este punto, alrededor del año 480, los sacerdotes babilonios dejaron la ciudad y se reestablecieron en otro lugar. De acuerdo con una fuente, «los caldeos derrotados huyeron a Asia Menor y establecieron su escuela central en Pérgamo, donde habían llevado consigo el Paladión de Babilonia, o piedra cúbica. Allí, libres del control del Estado, perpetuaron los ritos de su religión» (William B. Barker, Lares and Penates: or, Cilicia and Its Governors, Ingram, Cooke and Co., Londres, 1853, pp. 232–233).

PRESERVACIÓN DE LA INFLUENCIA

Como hemos visto, varios dioses y diosas poblaban el panteón babilónico. Bel-Marduk o Bel-Merodach era el dios principal, e Ishtar era adorada como reina o señora del cielo. Ritos de fertilidad, festivales anuales de primavera y «misterios» eran los elementos de la religión diseñada para mantener a todos los niveles de la sociedad, desde el rey hasta los campesinos, sometidos al poder del sacerdocio. La función de la religión en las sociedades antiguas no era como en nuestros días, con frecuencia divorciada de la vida cotidiana, sino que era central para esos imperios.

Una vez establecidos en Pérgamo, los babilonios reestablecieron su religión de una manera un tanto natural. En un artículo sobre el dios Bel, también conocido como Marduk, el Anchor Bible Dictionary señala: «Es cierto que Bel-Marduk debe haber sufrido la degradación de ser derrotado por el enemigo, pero también es cierto que el conquistador persa manejó cortésmente las cuestiones religiosas de manera que Bel, aunque avergonzado por su impotencia en el debacle babilónico, sobrevivió y transmitió su legado al mundo helénico y romano».

La historia temprana de la ciudad de Pérgamo es un tanto oscura. El historiador griego Jenofonte (aprox. 428–354 a.C.) menciona que en algún momento después del año 490 el despojado rey de Esparta, Demarato, se convirtió en un asesor de Jerjes. Señala, además, que los familiares del rey espartano recibieron tierras en Pérgamo, entre otros lugares, quizá en reconocimiento del servicio de Demarato a Jerjes. Pero la ciudad no tomó importancia sino hasta la conquista de Asia por Alejandro el Grande (334–323 a.C.). Con el florecimiento de su Imperio Greco-Macedonio, Pérgamo se convirtió en un importante centro militar y político.

¿Acaso Alejandro quedó cautivado por el poder de la religión caldea? Una vez más de acuerdo con Barker, los caldeos en Pérgamo «intrigando con los griegos, maquinaron contra la paz del Imperio Persa. Presentaron a Alejandro como una encarnación divina y con ello hicieron tanto como los griegos con su habilidad para derrocar al poder persa». Ése es un interesante indicio de que los caldeos no cesaron de tener influencia político-religiosa e inyectaron su presencia al siguiente imperio mundial. De una manera importante, y quizá por gratitud, Alejandro planeó restaurar la grandeza de Babilonia al intentar convertirla en su capital. Su muerte, ocurrida allí en el año 323 a.C. a causa de la fiebre, evitó la realización de su sueño.

¿TRANSFERENCIA DE RITOS?

En los dos siglos siguientes Pérgamo aumentó su prestigio y alcanzó su cenit bajo la dinastía atálida. Atalo I concretó una alianza con Roma en el año 212 a.C. y con ello quedaron aseguradas por muchos años las fortunas de la ciudad, pero su descendiente Atalo III no tuvo herederos, por lo que legó la ciudad al Impero Romano antes de su muerte en el año 133.

Aparentemente, a lo largo del año 350 o en los años siguientes al establecimiento de Pérgamo, los descendientes del sacerdocio babilónico conservaron su papel en la vida religiosa de la ciudad. Sin duda los reyes estaban aún bajo el dominio de los sacerdotes. Era aceptado que los reyes eran, de hecho, sacerdotes; tal era la interrelación de la religión y el gobierno. La acrópolis, con su Templo de Atenea Partenos, la diosa virgen de la ciudad, era bien conocida en el mundo antiguo. También era quizá una de las fortalezas más impresionantes de la región. El Gran Altar fue construido alrededor del año 165 a.C., en la cúspide del poder de Pérgamo. Alrededor de la base tenía un friso de aprox. 110 metros (360 pies) de largo que representaba la batalla entre los dioses y los gigantes, que se creía simbolizaban la victoria del rey atálido Eumenes II sobre los galos y otros reinos. Las inscripciones fragmentadas encontradas no nos permiten saber con claridad si el altar estaba dedicado a Atenea, a Zeus o a ambos. Lo que sí sabemos es que, al igual que los babilonios, los habitantes de Pérgamo adoraban a una plétora de dioses, incluyendo a Asclepio, el dios de la medicina, y Dioniso o Baco, el dios del vino, asociado con secretos ritos del culto de fertilidad.

Dentro del Imperio Romano pagano pudieron continuar con algunas de sus antiguas prácticas caldeas.

Los especialistas en textos bíblicos indican además que los sacerdotes no hicieron de Pérgamo su hogar definitivo. Cuando la ciudad fue entregada a Roma, el sacerdocio buscó un nuevo centro para el poder y se movieron a la península italiana. Dentro del Imperio Romano pagano pudieron continuar con algunas de sus antiguas prácticas caldeas. Esta influencia se extendió gradualmente al cristianismo romano. De acuerdo con John Walvoord, rector del Seminario Teológico de Dallas, «cuando los maestros de las misteriosas religiones babilónicas se mudaron posteriormente de Pérgamo a Roma, influyeron en la introducción de elementos paganos en el cristianismo y fueron la fuente de muchos llamados ritos religiosos que se han introducido en las iglesias ritualistas» (The Bible Knowledge Commentary, Apocalipsis).

CIUDAD DE SERPIENTES

A finales del siglo primero se advirtió a los cristianos de Pérgamo sobre los peligros que representaba su entorno politeísta. En una serie de cartas enviadas a siete iglesias en Asia Menor el apóstol Juan se vio forzado a escribir a la comunidad de Pérgamo «Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe» (Apocalipsis 2:13). ¿Es esta referencia al Gran Altar y a la adoración del culto de Asclepio, representado por una serpiente, el símbolo de Satán? Cualquiera que sea la relación, al escritor del Nuevo Testamento también se le había informado que la iglesia de Pérgamo estaba comprometida por una religión falsa: «que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco» (versículos 14–15).

¿Participaban en algunos de los ritos sexuales practicados en los misterios antiguos? Parece bastante posible. El peligro de la falsa religión siempre está presente para los cristianos. El mundo occidental reclama su herencia judeocristiana, aunque es una herencia diferente a la babilónica que aún nos influye en la vida económica, política, religiosa y cultural de nuestros tiempos.

Dos símbolos importantes de ese mundo oriental antiguo yacen en el corazón de una ciudad occidental moderna y nos invitan a reconocer que aún existe otra Babilonia por venir, una Babilonia que nos tocará a todos. Sin estar ya restringida al mundo antiguo, la futura Babilonia de la globalización traerá consigo la etapa final de la humanidad.