¿Carne enlatada?

Alan B. Shepard, Jr. vivió el doble de lo que muchos esperaban. El 5 de mayo de 1961, a la edad de 37 años, se encontraba al borde de la atmósfera terrestre y, según los escépticos, de la muerte certera.

Ese día, hace casi 50 años, Shepard se subió a un cohete Redstone a una altitud de 184 km (115 millas) para convertirse en el primer estadounidense en el espacio. Aunque su trayectoria balística lo llevó a apenas 483 km (302 millas) de distancia de Cabo Cañaveral, Florida, el sitio de despegue hacia el Océano Atlántico, el vuelo de 15 minutos de Shepard lanzó a Estados Unidos rumbo a la carrera de vuelos espaciales tripulados contra la Unión Soviética, carrera que, hasta el momento, se había corrido literalmente con un solo hombre.

En comparación con los futuros alunizajes de Estados Unidos con Apollo, el éxito del transbordador espacial y los logros actuales de la Estación Espacial Internacional, el viaje suborbital de Shepard parece palidecer en importancia; sin embargo, no debemos tomarnos tan a la ligera esos primeros pasos de 1961. El vuelo de Shepard fue un hito en la competencia tecnológica, política y psicológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La carrera espacial era la «zona caliente» de la Guerra Fría.

Una carrera hasta las alturas

El disparo de arranque de la carrera por el dominio de los cielos sonó como una serie de pitidos electrónicos del Sputnik ruso en octubre de 1957. Lanzado para coincidir con el Año Geofísico Internacional (un esfuerzo científico a nivel mundial para estudiar la Tierra como un planeta —lea «Antes y Después del Día de la Tierra»), el Sputnik fue considerado de inmediato como una señal del poder del bloque soviético comunista y de la mediocridad científica y democrática de Estados Unidos.

De repente, la «buena vida» del impulso económico de la posguerra en Estados Unidos se encontraba bajo amenaza. El tono preocupado de la nación se reflejó y desarrolló en las palabras del senador Styles Bridges de New Hampshire, citadas en un artículo de 1957 de la revista Time: «Ciertamente, ha llegado el momento de preocuparse menos por la profundidad de las nuevas alfombras o por la altura de la cola del nuevo automóvil, y de estar mejor preparados para derramar sangre, sudor y lágrimas si es que queremos que este país sea libre y que el mundo sobreviva» («Red Moon Over the U.S. [La luna roja sobre EE.UU.]»).

Así, desde sus inicios, la «carrera» estuvo enmarcada en términos de guerra y de dominio del hombre, no sobre territorios desconocidos en pro de la ciencia y la curiosidad humana, sino sobre el hombre.

El lanzamiento de la NASA

El 1º de octubre de 1958 los esfuerzos aislados de Estados Unidos en el campo de la cohetería los llevaba a cabo una autoridad civil: la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés). Su Grupo de Trabajos Espaciales se convertiría en la organización de Vuelos Espaciales Tripulados que orquestaría todo para que la nación finalmente fuera la primera en cruzar la meta del alunizaje.

El reto inicial fue seleccionar a los aspirantes a convertirse en astronautas. El presidente Eisenhower determinó que los candidatos fueran pilotos militares de prueba. Se envió una carta de reclutamiento a 110 de 508 pilotos de prueba estadounidenses que satisfacían una variedad de criterios. Los candidatos primero tenían que cumplir con requisitos de seguridad nacional. También debían contar con una licenciatura, ser menores de 40 años de edad, medir menos de 1.78 metros (5 pies y 11 pulgadas) de altura y pesar menos de 81 kg (180 lb). Después de todo, un hombre de mayor tamaño requeriría un vehículo más grande y las cápsulas espaciales serían justamente eso: compactas, no un Cadillac.

Alan Shepard reunía todos los requisitos, pero no había recibido una carta… se perdió en el correo; y sin embargo, no se desanimó y rastreó la invitación perdida.

¿Quién será el primero?

El 17 de diciembre de 1958 (el Día de los Hermanos Wright), mientras los pilotos se reunían en el Centro de Investigación Langley (Langley Research Center) de Virginia, se dio a conocer el Proyecto Mercury de la NASA. Para marzo, luego de una larga serie de pruebas físicas y mentales (descritas a fondo en el best seller de 1979 de Tom Wolfe, Lo que hay que tener), el grupo de 110 se redujo a 32 en el camino para elegir a seis candidatos. Al final, sólo pudieron reducirlo a siete, ya que los candidatos finales estaban casi idénticamente calificados en todos los aspectos.

El 9 de abril de 1959, el Teniente Coronel John Glenn de los Marines, los capitanes de la Fuera Aérea Deke Slayton, Gordon Cooper y Gus Grissom, así como el Teniente Scott Carpenter y los capitanes Wally Schirra y Alan Shepard de la Marina fueron presentados al mundo como «Los Siete del Mercury» (Mercury Seven. En Moonshot [Lanzamiento a la Luna], un libro escrito en colaboración con Alan Shepard en 1994, Slayton describió el momento, así como la adulación y emoción de la prensa, en que al grupo «se nos aplaudía como si ya hubiéramos logrado algo, como si fuéramos héroes o algo así».

Ciertamente, estos hombres que se habían ganado la vida al realizar, volar y demostrar su audacia al «ampliar los límites del hombre y la máquina… [y] contar con “lo que hay que tener”», según lo describió Wolfe, estaban desconcertados por tal recepción luego de sólo «presentarse». Parece que estos siete no se habían dado cuenta aún de que eran los héroes del día: dispuestos no sólo a enfrentar el reto de vestir la armadura para encarar los secretos del espacio, sino también de los soviéticos.

En la actualidad, cuando ya es rutina enviar personas al espacio, es fácil olvidar que a finales de la década de 1950 existía una tremenda ansiedad acerca de enviar a un ser humano al espacio atado a un cohete. «Sorpresa Enlatada» fue el nombre dado por el legendario piloto Chuck Yeager. La posibilidad de sufrir accidentes mortales tanto en la capacitación como durante la misión era elevada, por lo que la NASA consideró importante que cada astronauta contara con la capacidad psicológica no sólo de compenetrarse con los demás miembros del equipo, sino también de romper lazos, reagruparse y crear nuevos equipos rápidamente.

Anonimato

A la NASA también le preocupaba que si el público estadounidense llegaba a saber con anticipación quién realizaría el histórico vuelo, el astronauta elegido pudiera llegar a personificar el programa. Convertirse en una celebridad no era un problema, ya que todos los nacientes astronautas disfrutaban de tal condición; sin embargo, se creía que la pérdida de un hombre menos conocido en un accidente causaría menos desaliento en el público y tendría menos consecuencias políticas. Por tanto, la agencia decidió mantener en secreto las asignaciones de vuelos.

Así, sin que la prensa ni el público lo supieran, se asignó a Shepard el primer vuelo del Proyecto Mercury mientras John Kennedy asumía el cargo de Presidente en 1961. En Moonshot relata que la noche de la selección, cuando regresó a su hogar de la oficina, le comentó a su esposa Louise: «Mujer, no se lo puedes contar a nadie, ¡pero tienes en tus brazos al primer hombre que irá al espacio!», a lo que ella replicó burlonamente: «¿Quién dejó entrar a un ruso a mi casa?».

Su pregunta resultó profética, pues mientras los estadounidenses probaban, fallaban y volvían a probar sus cohetes y naves espaciales del proyecto Mercury con monos y chimpancés como tripulación, los rusos avanzaban metódicamente hacia el despegue: «¡Zazhiganiye!».

El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se convirtió en el primer cosmonauta del mundo. La nave Vostok orbitó la Tierra una vez y luego reingresó a la atmósfera. A 690,000 km (23,000 pies) de altura, Gagarin eyectó y descendió en paracaídas hasta el suelo. Tuvo una recepción muy solitaria; dos campesinos y una vaca lo encontraron en la llanura siberiana donde aterrizó.

El exitoso vuelo tuvo implicaciones mucho mayores que el derecho de una nación a presumir quién llegó primero al espacio. Todo el mundo estaba impresionado y alarmado; si los rusos contaban ahora con cohetes con la potencia para poner a un hombre en órbita, también podían lanzar un misil nuclear a cualquier parte de la Tierra. Poco ha cambiado en este aspecto con el pasar de los años conforme otros países se han ido sumando al negocio espacial. El conocimiento de la cohetería siempre conlleva la carga de intenciones más oscuras del hombre, el trasfondo de los misiles balísticos y el despliegue de la potencia nuclear.

De Bahía de Cochinos hasta la Luna

El éxito soviético era arrollador; la carrera aparentemente había terminado. El jefe del Comité de Asesoría Científica de Kennedy, Jerome Wiesner del Instituto Tecnológico de Massachusetts, recomendó que Estados Unidos concediera el espacio a los rusos, pues creía que el país nunca podría alcanzarlos y que sería una campaña fútil y cara que causaría incluso más daños políticos. El día en que Yuri Gagarin llegó al espacio, el Presidente Kennedy convocó a una conferencia de prensa para anunciar que Estados Unidos «no intentaría igualar los logros soviéticos en el espacio, sino que elegiría en su lugar “otras áreas donde podamos ser los primeros y que genere más beneficios a largo plazo para la humanidad”».

Cinco días después, el 17 de abril, Kennedy se comprometió en secreto a apoyar una insurrección contra Fidel Castro; sin embargo, cuando comenzó la invasión, el Presidente se rehusó a enviar apoyo aéreo estadounidense. El fiasco en Bahía de Cochinos no pudo llegar en peor momento, ya que dañó todavía más la credibilidad de Estados Unidos. Los sobrevivientes a la breve guerra y gran parte de la prensa internacional calificaron a Kennedy, y por ende a EE.UU., como un cobarde: inseguro e impotente. El comunismo, representado en la tierra y en el espacio, parecía un gigante dispuesto a superar al Occidente.

Este incidente alimentó aún más el deseo de Kennedy de superar a los soviéticos, por lo que encargó al vicepresidente la supervisión del programa espacial con vuelos tripulados. En un memorando fechado el 20 de abril, a Lyndon Johnson se le asignó la tarea de encontrar una manera de hacer algo en el espacio que Estados Unidos pudiera conseguir primero. «¿Tenemos alguna oportunidad de vencer a los soviéticos al llevar un laboratorio al espacio, con un viaje alrededor de la luna, un cohete que llegue a la luna o que un cohete llegue tripulado a la luna y regrese?» preguntó Johnson. «¿Existe algún otro programa espacial que prometa resultados significativos y en el cual tengamos la oportunidad de ganar?».

Llegar a la luna fue el objetivo obvio. Sería una misión lo suficientemente visionaria como para ensalzar el ingenio estadounidense y «lo que hay que tener». La luna se convirtió en un objetivo político para la conquista nacionalista, no la exploración científica. De acuerdo con el libro de 1969 de John Barbour, Footprints on the Moon [Pisadas en la luna], el secretario ejecutivo del Consejo Espacial, el Dr. Edward Welsh, lo dejó claro al declarar: «La importancia de llegar a la luna no radicaba en el propio viaje».

Apuesta por la libertad

La importancia nacional del vuelo de Shepard resulta igualmente obvia. Fue el primer paso de Estados Unidos para «rebasar» a los soviéticos; no se trataba de liderar una mayor búsqueda científica en pos del conocimiento. Y fue así como esa mañana de mayo en que Shepard se reclinó en su cápsula Mercury, Freedom 7 —como él la nombró—, descansando sobre un cohete Redstone de 2 metros (83 pies), buscaba no sólo llevar a Estados Unidos al espacio, sino también al resto del mundo libre; el pequeño cohete era el centro de atención del planeta.

Aunque las recientes pruebas del Atlas y de los propulsores del sistema de escape de emergencia habían fallado, las posibilidades de que el «viejo y confiable» Redstone fallase parecían remotas, «no mayores que nuestras posibilidades de que un avión en un vuelo de aquí a Los Ángeles se desplome a causa del mal tiempo», afirmó Welsh.

No obstante, a diferencia de los rusos, el programa estadounidense no se realizaba en secreto. Los esfuerzos de la NASA se hallaban frente a todo el mundo: éxito o fracaso, todos se enterarían de inmediato. La transparencia conlleva grandes riesgos. La moral del país ya de por sí estaba decaída debido a que parecían ir en segundo lugar. La opinión prevaleciente era que Shepard se encontraba en una misión suicida debido a que «nuestros cohetes siempre estallan».

Luego de cuatro horas y media de espera debido a retrasos por fallas eléctricas y las condiciones meteorológicas, Shepard se comunicó por radio con los controladores de vuelo: «¿Por qué no arreglan ya sus problemitas y encendemos esta vela?». Y así lo hicieron. A las 9:34 horas de la mañana, tiempo de Florida, cuando se encendieron los motores, Shepard se dijo a sí mismo «No lo arruines… estás arrastrando lo que queda del programa espacial de viajes tripulados de tu país».

Del Proyecto Mercury al Apollo

Y al fin llegó el éxito: un vuelo sin fallas. Estados Unidos había llevado a un hombre hasta el espacio. Como se planeó, el vuelo de Shepard encendió el entusiasmo del público estadounidense de seguir de cerca el programa espacial. Tres semanas después del vuelo, Kennedy se presentó ante el Congreso y retó a sus miembros a apoyar «el alunizaje de un hombre y su regreso seguro a la Tierra».

Desafortunadamente para Shepard, tuvo que retirarse pronto de la carrera por culpa de una enfermedad en el oído interno llamada Síndrome de Ménière. El resto de los programas Mercury y Gemini continuarían, culminando al fin con el exitoso logro del reto de Kennedy con el Apolo 11. Alan Shepard se quedó al frente de la Oficina de Astronautas de la NASA.

Después de una delicada operación, Shepard volvió a estar disponible para volar y fungió como Comandante del Apollo 14 en 1971. Fue el único del grupo de los siete que logró caminar sobre la luna y el quinto de sólo 12 astronautas en hacerlo. Su misión se conmemoró sin fastuosidad al estilo despreocupado de Shepard: el improvisado palo de golf que utilizó para golpear una pelota en la luna por «kilómetros, kilómetros y kilómetros», según afirmó Shepard, se encuentra en exhibición en el Museo del Aire y el Espacio del Instituto Smithsonian en Washington D.C.

Falleció en 1998. «Alan Shepard es un verdadero héroe estadounidense, un pionero, un precedente», expresó George W.S. Abbey (1996-2001), Director del Centro Espacial Johnson en Houston, Texas. «Fue parte de un valiente cuerpo de astronautas que nos permitió alcanzar el espacio y aventurarnos hacia lo desconocido. Alan Shepard nos brindó a todos el privilegio de participar en los inicios de la gran aventura de Estados Unidos de la exploración humana del espacio».