Acosadores, Aliados y Víctimas

Las ideas y opiniones sobre lo que constituye el acoso y la mejor forma de abordarlas siguen siendo amplias y cargadas de emociones. Sin embargo, la investigación muestra que los efectos a largo plazo de la intimidación van mucho más allá de egos magullados o reforzados. ¿Qué pueden hacer los padres para ayudar a frenar o, mejor aún, impedir el ciclo de la intimidación?

Cada año cuando se asoma por el horizonte de octubre el Día Mundial para la Prevención del Acoso, la investigación del año sobre el acoso obtiene una exhaustiva revisión por los administradores de escuelas, padres de familia y políticos. No es que a nadie le importe el resto del año; al contrario, teniendo un «día de reconocimiento» nos da a cada uno oportunidad de hacer evaluación. ¿Qué tan lejos hemos llegado? ¿Qué hemos aprendido? ¿Estamos todos en la misma página? 

La última pregunta es la más fácil de contestar. En principio, sí, por lo menos observa la investigación; existe un acuerdo bastante sólido de lo que se sabe ahora y de lo que tenemos que aprender sobre el acoso. Sin embargo, cuando se llega a una opinión visceral, existen en su lugar algunos puntos de vista desalentadores. 

Un sorprendente punto de vista popular es que nos fijamos de más en el acoso (bullying). Es un instinto normal del humano, el razonamiento lógico es; dejar que los niños luchen por resolverlo. Este «supervivencia del más apto» modo de pensar es el natural, que ni qué. No importa si entendemos lo que significa ser «apto» o hasta qué punto nuestra definición del concepto podría llevarnos en el cumplimiento de nuestro potencial más alto. 

Sin embargo, para algunos el potencial humano no entra en la ecuación. Por qué no aceptar simplemente que no estamos tratando ¿Por qué no simplemente aceptar lo que somos sin tratar de ser algo que no somos? «En vez de predicar la bondad», escribe Liel Leibovitz, un escritor principal para la revista Tablet, «deberíamos darnos cuenta, como la Biblia lo hizo desde hace mucho, que todos somos unos acosadores». El mejor consejo, dice, es «ceder a esa realidad». Como muchos que sostienen que nuestros bajos instintos sacan lo mejor de nosotros, señala a su experiencia personal para apoyar esta posición—un recurso que nunca deja de resonar. Si se trata de «nuestra» experiencia y sobrevivimos, eso debe ser universal, bueno y correcto. De alguna manera debe tener un objetivo. 

Leibovitz aprendió sobre el acoso cuando tenía seis años de edad y un niño mayor que él le exigió que le diera su juguete, o tendría problemas al día siguiente. Esa tarde, su padre le dio lo que él recuerda como «palabras buenas para vivir».

«Sin rastro de emoción en su voz», Leibovitz recuerda, «mi padre me dijo que fuera a la escuela al día siguiente, encarara al agresor, y diera rienda suelta sobre él con cada chispa de violencia terrible e ira de la que fuera capaz». Liel lo hizo; le sangró la nariz al brabucón y debido a eso fue expulsado, aunque esa fue una pequeña consecuencia. Dice que cuando regreso a la escuela, reinó «triunfante» y aseguró su lugar para siempre entre aquellos que jamás volverían a ser acosados.

Lo que Leibovitz se llevó como lección fue que «tratar» de hacer que los niños sean extremadamente amables unos con otros es muy parecido a tratar de convencer cachorros de masticar con la hocico cerrado —puede que tengamos éxito, pero arruinaremos lo que les hace ser unas «bestias adorables». Bajo su punto de vista, las conductas de intimidación son normales, naturales; las intentamos para ver hasta dónde podemos llegar, y si la victima las detiene, se mantiene el balance. Si no, bueno, la victima (él o ella) presuntamente obtiene lo que merece. La supervivencia del más apto es la máxima justicia en algunos cuadrantes, al parecer. «En lugar de prohibir la malicia», concluye, «mejor enseñemos a nuestros niños a devolver el golpe. Serían más felices si a la justicia bíblica se le deja prevalecer, sin impedimentos en el patio de recreo escolar. Después de todo, así nacieron». 

Desafortunadamente, la investigación actual contradice la suposición de que la felicidad de los niños se garantizaría si los padres los dejaran «pelear». Aunque, ya sea que uno acuerde que la humanidad «nació así» o no, o que el acoso no tiene nada en común con la justicia bíblica o que eso es lo que hace a los niños unas «bestias adorables», los investigadores estarán de acuerdo con una de las implicaciones en la evaluación de Leibovitz: la intimidación tiene que ver con el establecimiento de poder y control. De hecho, la definición aceptada más común sobre el acoso por los investigadores se cifra en el comportamiento agresivo persistente que con frecuencia involucra un poder desbalanceado y la intención de dañar

Puede que esto parezca lo suficientemente simple en la superficie, pero cada componente de esta definición tiene muchas facetas. 

AGRESIÓN PERSISTENTE 

Es importante tener en cuenta la naturaleza recurrente del comportamiento agresivo. Sin tener en cuenta un patrón persistente de comportamiento, habría que concluir con Leibovitz que «todos somos acosadores». Todos nos hemos causado daño interpersonal con alguien en algún momento de nuestras vidas. Además, el comportamiento agresivo no tiene que ser de naturaleza física para cumplir con la definición de acoso.

Uno de los estereotipos más comunes del acoso representado en los medios de comunicación es el de un estudiante fortachón amenazando físicamente a un niño más pequeño—quizás robándole el dinero para el almuerzo o acosándolo en el patio de recreo. Aunque esta es sólo una manera de expresar agresión, al comportamiento de agresión pasivo se le considera palpable y por lo tanto debe ser menos dañino. Continúa siendo una actividad por tomar el control, meramente tiende a ser utilizada por aquellos que se perciben a sí mismos relativamente sin poder en comparación a los demás, o quienes tienen temor de ejercitarlo abiertamente pudiendo amenazar su estatus o imagen. En el estereotipo clásico de acoso por lo general asignado a las jóvenes, las grupitos «selectos», aíslan a los no muy «populares», infligen una forma exquisita de dolor emocional.

«No existe gesto más devastador que dar la espalda a alguien y alejarse», comenta Rachel Simmons, educadora y fundadora del Girls Leadership Institute (Instituto de Liderazgo para Jóvenes). Investigadores de la UCLA reportaron sobre este fenómeno en 2003, encontrando que el rechazo social registró casi por igual que el físico en el cerebro en una IRMF (Imagen por Resonancia Magnética Funcional). Más de uno de los recientes estudios lo corroboran. En 2011, investigadores de La Universidad de Michigan rastrearon el dolor de la traición y del dolor físico en las mismas regiones sensoriales del cerebro, y en febrero 2014 investigadores de Trieste, Italia, que no solamente el dolor social y físico afectan el mismo circuito en el cerebro, sino que esto también es verdad ya sea que el dolor es experimentado de manera personal o indirectamente (por empatía hacia otra víctima).

No obstante, escribe Eric Jaffe para la Association for Psychological Science, «no es del todo exacto decir que el dolor físico y social son exactamente lo mismo. Como otras investigaciones sugieren, dolor social puede ser en realidad mucho peor a largo plazo. Una patada en la ingle podría sentirse tan mal como una ruptura en el momento, pero mientras que el dolor físico desaparece, el recuerdo de un amor perdido puede persistir por siempre». 

EQUILIBRIO DE PODER 

No siempre el que tiene el seso más grande o la mayor fuerza es el que prevalece posado sobre la percha en cuanto a la dinámica del acoso. El desequilibrio de poder puede ser real o percibido, y cuando existen entre los niños pueden no ser reconocidos fácilmente por los adultos. En un estudio publicado en 2004 en la revista Children & Schools, la investigadora Faye Mishna encontró que incluso cuando los niños y los adultos acordaron en una definición, no categorizaron necesariamente los mismos incidentes como acoso. Una de las razones fue que los padres con frecuencia no percibieron un desequilibrio de poderes en donde los niños sí lo notaron, particularmente en situaciones en donde el acoso ocurrió entre niños considerado por adultos ser amigos e iguales. 

Algunos desequilibrios pueden incluso ser un subproducto del favoritismo del inconsciente paternal. Por ejemplo, en sus esfuerzos por prevenir un posible desbalance de poder, de hecho los padres pueden crear uno al favorecer constantemente al miembro más joven de la familia. Ahora bien, podemos ajustarnos a ello y por tanto darle poder a ese niño que es más como nosotros—o por lo menos como nosotros, si es que eso facilita llevarse bien con él/ella.

Los desequilibrios de poder pueden surgir de las desigualdades arraigadas dentro de una cultura. De hecho, de acuerdo a una interesante pieza de investigación, existe una correlación entre el problema de acoso de una nación y la brecha entre el rico y el pobre en ese país.

¿DAÑO NO INTENCIONADO? 

Quizá la zona más gris de todo al definir a la intimidación es la frase intención de causar daño. Las intenciones no siempre son fáciles de determinar, y el daño puede ser físico o emocional. Aún más, la intención de favorecer puede ser casi igual de dañina que la intención de dañar; por ejemplo, una nueva investigación nos dice que el racismo es instigado por el favoritismo hacia grupos exclusivos en lugar de la hostilidad hacia los extraños, aunque causa efectos similares para aquellos del acoso en sus víctimas. Si la exclusión puede usarse como forma de agresión, ciertamente el favoritismo comienza a levantar sospechas, pues no es nada si no excluye. Semejante a la colegiala que da la espalda a un marginado para reírse tontamente con sus «amiguitos», o un padre teniendo favoritos entre sus hijos. De forma efectiva acosamos al oprimido cuando mostramos parcialidad a un grupo favorito, a aquellos que nos ayudan a establecer o mantener el poder, estatus o control.

Ya sea que la intimidación se produzca a través de la parcialidad del grupo de aceptación o malicia hacia el grupo de rechazo, sus efectos pueden ser devastadores y duraderos para todos los involucrados. Como era de esperar, el daño compartido de los leones visita ahora a las víctimas y aquellos que han estado en ambos lados de la ecuación—como acosador y víctima, o acosador-victima. En términos de salud física éxito laboral, dice Dieter Wolk investigador de la Universidad de Warwick, «los acosadores natos que no son victimizados a sí mismos, tienden a irles bastante bien».

«Es bastante claro que el comportamiento parental está relacionado con la probabilidad de que usted se convierte en una víctima, sobre todo si usted tuvo una crianza ruda».

Dieter Wolke, Visión Entrevista

No obstante, en un estudio reciente, Wolke encontró que aquellos que son acosadores natos desde la infancia enfrentan un mayor riesgo de experiencias psicóticas como adultos. Incluso si no sufreran problemas mentales o de salud física, los acosadores puede que nunca sepan de lo que se perdieron en términos de relaciones sanas. Quienes intimidan, en ciertos casos, tienden a tener problemas en sus otras relaciones. Pueden acosar por Internet y pudieron haber mostrado comportamientos similares agresivos en edad preescolar entre hermanos o compañeros de juego. Después de la preparatoria, pueden pasar a intimidar compañeros de trabajo, en las relaciones íntimas o niños. 

Para las víctimas y los acosadores victimados los efectos son de amplio rango: no solamente sufren de altos índices de encarcelamiento, problemas de salud, pobreza y relaciones sociales, aunque como un estudio reciente encontró, «siendo intimidado durante la infancia aumenta directamente el riesgo de daño propio en la adolescencia tardía». Los efectos de la intimidación social en particular, pueden permanecer hasta bien entrada la edad adulta en forma de problemas de salud mental tales como pensamientos suicidas, ansiedad y depresión. Las víctimas que más tarde llegarán a convertirse a sí mismos en acosadores tienden a terminar con los más altos niveles de pensamientos suicidas, trastornos depresivos, de ansiedad generalizada y el trastorno de pánico. 

DOS ERRORES NO PRODUCEN UN RITO DE INICIACIÓN 

Cuando se considera en conjunto, la evidencia contradice la idea de que los niños podrían ser más felices si los padres les dejaran luchar por resolverlo en el patio del colegio. También contradice la idea de que el acoso es un rito de iniciación, una parte inofensiva y necesaria del crecimiento que ayuda a los niños a aprender cómo tratar con la vida en el mundo real. 

Todo lo que se conoce sobre las capacidades que preparan a los niños para el éxito, la salud física y mental—para enfrentarse con la vida en el «mundo real»—apunta a la importancia de enseñarles comportamiento prosocial. En tanto que es cierto que algún día en nuestras vidas nos vamos a encontrar acosadores, circunstancialmente—no solo adultos sino también iguales—deberíamos siempre intervenir con el acoso. Los investigadores encuentran que haciéndolo hace la diferencia. Se puede y se debe enseñar a los niños una manera constructiva de resolver los problemas, ya sea cuando van en el urbano, en la zona de juegos, en la escuela o en internet, sin agresión, el comportamiento dominante no debe ignorarse. La intimidación está lejos de ser inofensiva y puede impedir el proceso de crecimiento en lugar de fomentarlo. 

Sin embargo, es muy importante notar la diferencia entre el acoso y el conflicto, señala Wolke. «El acoso se hace con la intención de hacer daño; es repetitivo, y por lo general es dirigido hacia alguien más o que piensa que son más débiles». Por otro lado, dice que, el conflicto es una diferencia de opinión que puede surgir entre niños, entre amigos, incluso entre padres, experiencias que los padres deberían utilizar para enseñar a los hijos en como reconocer los limites. 

La verdad ineludible es que si a los niños no se les enseñan habilidades positivas para la resolución de conflictos, dejar que los resuelvan no les dotará mágicamente con el tan esperado momento del «¡Ajá!». Los comportamientos no deseados que no se tratan pueden llegar a ser habituales. Así es cuando empiezan a migrar del conflicto a la intimidación. 

Con estos conceptos en mente, ¿por dónde comenzamos una estrategia para la prevención del acoso? Parece que sentar las bases para la prevención en los lugares de trabajo, escuelas y otras instituciones exige el llamado a una cultura que se niegue a tolerar el comportamiento agresivo. Un movimiento creciente, por ejemplo, apela a los estudiantes a convertirse en «aliados» (del blanco del acosador) en lugar de «espectadores» (aquellos que observan pero no hacen nada). Pues como la mayoría de los acosadores actúan frente a audiencias, este es el lugar lógico para comenzar. 

Como no es fácil para los niños—ni para los adultos—cambiar de espectadores a aliados de la noche a la mañana, la buena noticia es que los esfuerzos de prevención como estos realmente pueden ayudar. Institucionalmente, trabajan mejor cuando existen lineamientos claros sobre qué hacer y que figuras de autoridad consultar cuando el acoso ocurre. Para que sea efectivo, los esfuerzos contra el acoso deben apuntarse a la cultura en general: programas que enfoquen en acosadores particulares no funciona tan bien. Igualmente, los administradores escolares y líderes comunitarios necesitan ser consistentes al promocionar comportamientos sociales positivos al mismo tiempo de no tolerar el acoso. Mas como nos comienzan a decir las crecientes investigaciones, las prevenciones exitosas contra el acoso no son solamente un tema de las escuelas y comunidades. Los padres también tienen un papel que desempeñar en el establecimiento de las bases para la prevención de la intimidación—mucho antes de que sus hijos entren al patio de recreo.

«Ser intimidado no es un rito de iniciación inofensivo aunque arroja una larga sombra sobre la vida de las personas afectadas».

Dieter Wolke et al., «Impact of Bullying in Childhood on Adult Health, Wealth, Crime, and Social Outcomes»

Por ejemplo, un estudio hecho en 2013 encontró que cuando los padres dan a sus hijos oportunidades para aprender cómo resolver problemas de manera constructiva, en una atmosfera cálida comprensiva con lineamientos definidos (conocido como parental propagativo), la probabilidad de convertirse en una víctima o perpetrador de la intimidación se reduce. En contraste, el parental autoritario (caracterizado por la espereza, practicas parentales negativas, incluyendo negligencia) fue asociado con aumentos de experiencias de acoso. 

Los efectos de los padres ásperos fueron asociados no solo con las victimas sino también con los perpetradores del acoso. No obstante, los niños expuestos a la crianza negativa—incluyeron abuso negligencia y sobreprotección—están más expuestos a convertirse en víctimas.

El papel de la sobreprotección no es tan claro como parece en la superficie. Ciertamente podría ser que los niños que son sobreprotegidos fracasen en desarrollar autonomía y confianza. Aunque también podría ser que los padres se vuelvan sobreprotectores en respuesta a los niños que son menos asertivos. De cualquier forma, a los niños puede enseñárseles habilidades sociales constructivas en casa que les apoyen organizadamente a prevenir el acoso en la comunidad. 

¿Cómo pueden los padres conseguir esto? Además de asegurarse de que inspiren empatía y la cooperación en sus propias relaciones, hay muchas maneras de alentar activamente a los niños a desarrollar habilidades prosociales. Existen tres prerrequisitos básicos: 

Los niños necesitan bastante contacto regular entre sí. Si no tienen compañeros de juego con quien practicar, los principios que los padres enseñan son simplemente un ejercicio teórico. Los compañeros pueden ser hermanos, o pueden ser los amigos que comparten sus intereses y niveles de habilidad. 

Los niños necesitan tiempo para el juego recreativo. El tiempo de juego es un campo de entrenamiento de primera para aprender a interactuar en formas de apoyo. Divirtiéndose juntos consolida las relaciones y ofrece excelentes oportunidades para desarrollar las habilidades sociales y la regulación del comportamiento y emocional.

Los niños necesitan supervisión adecuada a su edad y nivel de habilidades interpersonales. Cuando surgen conflictos, los adultos pueden usarlos como una herramienta de enseñanza para demostrar los principios detrás de las estrategias de resolución, así como su forma de aplicación. Aquellos que proporcionan supervisión también deben establecer consecuencias claras para el comportamiento que demuestre la falta de respeto hacia los demás. No hace falta decir que el trato violento, abusivo o humillante nunca debe ser tolerado entre los niños, ni debe ser demostrado por los padres.

«No robes al pobre, porque es pobre, ni quebrantes en la puerta al afligido».

Proverbios 22:22, Reina-Valera 1960 

Los niños aprenden mucho sobre la resolución de conflictos, ya que interactúan con sus compañeros, pues estas habilidades no son instintivas. Los adultos deben establecer expectativas claras e intervenir adecuadamente para evitar que los conflictos «ordinarios» se conviertan en agresiones crónicas.

Los mismos principios se aplican a los niños en sus relaciones entre hermanos. Los hermanos ofrecen a los niños sus experiencias más tempranas entre compañeros y pueden ser la fuente de los patrones que son la base del comportamiento de intimidación. Si estas relaciones están plagadas de disputas, sarcasmo, rivalidad y competencia, puede que los padres se planteen algunas preguntas indagatorias: ¿Estoy modelando el comportamiento que quiero ver en mis hijos? ¿Estoy animando a la competencia al tratar inconscientemente de manera preferencial comparando un hijo con otro? ¿Les ayudo a mis hijos a identificar y apreciar sus aptitudes únicas? ¿Me doy cuenta y reconozco su esfuerzo cuando tratan de hacerlo bien, incluso si no tienen éxito a la perfección? ¿Utilizo el refuerzo positivo con más frecuencia que el castigo en la crianza de mis hijos? En ocasiones la disciplina es necesaria, pero si esa es la única herramienta en nuestro arsenal en la crianza, nos estamos perdiendo de mejores oportunidades para enseñarles comportamiento prosocial. 

Aprendemos mejor de aquellos a los que amamos, y buscamos la retroalimentación que nos dice que estamos teniendo éxito dentro sus expectativas hacia nosotros. Como padres aprendemos a apreciar a cada niño de forma única y responder a sus necesidades sin parcialidad, es posible que encuentren la perspectiva de ese niño reflejado en sus relaciones con sus hermanos, amigos y compañeros de clase. Pueda que no podamos hacer de nuestros hijos permeables al acoso, pero podemos levantar una generación que valore la empatía y compasión y rechace aceptar al acoso como una parte necesaria del crecimiento.