La muerte de la empatía

Considerada por algunos como una herramienta del mismísimo diablo, no es de extrañar que la empatía sea cada vez más escasa, languideciendo en un mundo que nunca antes la había necesitado tanto.

¿Ha muerto la empatía? Si es así, ¿de qué ha muerto? Estas preguntas, formuladas recientemente en las redes sociales, suscitaron respuestas descorazonadoras. «No muerta, pero sí con respiración asistida», dijo uno. «Pende de un hilo», dijo otro. Unos más respondieron: «Muerta por negligencia»; «Asfixiada por el desmedido interés propio»; «Muerta por apatía».

Hay una sensación clara y palpable de que nuestro mundo sufre una crisis de empatía.

Cuando el mundo atraviesa una crisis económica, todos nos ponemos alerta. Es que las dificultades pecuniarias son dolorosas, tanto física como emocionalmente. Cuando nos encontramos en bancarrota financiera y no podemos cubrir nuestras necesidades físicas, nuestra salud emocional también se ve afectada. Así que acudimos a fuentes de noticias como el Financial Times o el Wall Street Journal, porque queremos saber qué tan vulnerables estamos al colapso económico en un momento dado.

¿Estamos igualmente preocupados por nuestra vulnerabilidad a la quiebra emocional y las posibles consecuencias de una crisis mundial de empatía? ¿Cómo sería esa crisis? ¿Estamos ante una?

Empatía: Qué es y qué no es

El Diccionario Oxford define la empatía como «la capacidad de comprender y compartir los sentimientos de otro»; pero en esta descripción sencilla parece faltar una dimensión importante. Quizá una definición mejor sería la de la escritora científica Maia Szalavitz y el psiquiatra infantil Bruce Perry en su libro de 2010, Born for Love. «La esencia de la empatía —escriben— es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, sentir qué y cómo es estar allí e interesarse en mejorar la situación si duele».

Szalavitz y Perry sumaron sus voces a las de muchos otros que empezaron a notar que la empatía se desvanecía a medida que el tono de la cultura moderna se volvía cada vez más acerbo. Para ellos, incluso hace una década, los indicios de este cambio iban «desde los llamamientos a la legalización de la tortura hasta las prácticas reales descubiertas en Abu Ghraib y Guantánamo y las películas “porno de tortura” como las de la serie Saw». También citaron los reality shows que presentan el dolor y la miseria de otros para nuestro macabro entretenimiento.

«La empatía sigue siendo tan extremadamente importante como incomprendida. Su influencia en la forma en que nos conectamos unos con otros puede verse en todas partes, desde la guardería infantil hasta la Reserva Federal».

Maia Szalavitz y Bruce D. Perry, Born for Love: Why Empathy Is Essential—and Endangered

Una década después, la situación no se ha revertido; de hecho, algunos escritores han comenzado a apelar a su fe religiosa como justificación para clavar una estaca final en el corazón de la empatía y su prima cercana, la compasión. En mayo de 2019, uno de estos escritores de fe se refirió a la empatía como un pecado, definiéndola erróneamente como una forma de «meterse de cabeza» en los sentimientos de otra persona hasta un punto que requiere abandonar «las propias creencias, valores, juicios y razón». Al más puro estilo del hombre de paja, el autor creó su propia definición de empatía (sin ofrecer pruebas que justificaran su redefinición), y luego demonizó literalmente su valor, calificándola de herramienta del diablo.

Por tanto, antes de proseguir con nuestro debate, es importante establecer que abandonar las creencias, los valores, los juicios o la razón no es, en absoluto, una función de la empatía, ni de la compasión. Es imposible mantener un debate fructífero si no definimos nuestros términos de manera precisa, que es lo que deben hacer los investigadores cuando estudian cómo nos afectan la empatía y la compasión en situaciones de la vida real tales como la asistencia paliativa, por ejemplo.

Como un grupo de investigadores canadienses planteó el problema en 2016, «uno de los retos conceptuales en la literatura sanitaria es que la compasión se confunde a menudo con la simpatía y la empatía». Ahora, sin embargo, algunos parecen confundir la empatía con el abandono de «los valores, los juicios y la razón».

Así pues, para continuar con el presente debate, sincronicemos nuestros términos. Afortunadamente, no tenemos que empezar de cero para definir la empatía y sus parientes cercanos (simpatía y compasión), puesto que los investigadores ya lo han hecho por nosotros utilizando métodos cuidadosamente fundamentados con la intención de aclarar los términos para futuros estudios y establecer normas para la práctica clínica.

En su meticuloso examen de cómo las personas experimentan personalmente los efectos de la simpatía, la empatía y la compasión, los investigadores de la Universidad de Manitoba determinaron que la simpatía puede describirse como una respuesta emocional basada en la lástima (aunque generalmente bienintencionada) ante el sufrimiento de alguien, pero sin la ventaja de comprender lo que experimenta el enfermo. La empatía, en cambio, reconoce el sufrimiento del individuo y utiliza la «resonancia emocional» para intentar comprenderlo. Y la compasión va un paso más allá: motivada por el amor y el altruismo, la compasión añade algún tipo de acción útil, lo cual puede abarcar actos de bondad que van más allá del deber. Podemos pensar en la conocida historia bíblica del Buen Samaritano como ejemplo de compasión.

En ninguna parte de estas definiciones se hace un llamamiento a abandonar los valores, los juicios o la razón.

Amor y límites

Es fácil ver por qué los valores, el juicio y la razón son esenciales para establecer límites, lo cual es vital a la hora de expresar amor en todas nuestras relaciones. Los límites nos permiten sentir con alguien sin perder nuestro sentido del yo, que incluye nuestros valores, juicios y razón. Los límites y la empatía no se excluyen mutuamente: pueden y deben coexistir. El amor sin límites se denomina «enmarañamiento», pero esto no es en absoluto una forma de empatía.

Nuestros valores, nuestro juicio y nuestra razón pueden servir de apoyo a la empatía o pueden utilizarse como armas en ausencia de empatía y compasión. Puede parecer engañosamente justo negarse a extender empatía y compasión a quienes consideramos que no las merecen, especialmente cuando cubrimos nuestra respuesta (o la falta de ella) con un barniz de preocupación y lo llamamos «amor severo».

El término «tough love» (amor severo o amor duro) fue acuñado por Bill Milliken en un libro de 1968 titulado así. Su intención era ayudar a los padres a establecer límites adecuados en un contexto de amor incondicional

Desde entonces, sin embargo, el término parece haber cobrado vida propia: se utiliza, por ejemplo, para describir los enfoques de los campamentos de internamiento para adolescentes conflictivos que ignoran por completo la parte amorosa de la ecuación, lo que da lugar a abusos que a veces conducen a la muerte de los adolescentes internos. Trágicamente, parece que algunos en nuestra sociedad creen que la dureza puede lograr más cuando no se ve limitada por emociones «blandas» como el amor, la empatía y la compasión.

Esto dista mucho de ser cierto. La empatía alimenta las relaciones, y el cerebro humano se desarrolla en el contexto de la resonancia emocional. Esta sensación de «sentirse sentido» por otra persona es una consecuencia de lo que Dan Siegel, psiquiatra de la UCLA, denomina «visión mental». Cuando comprendemos nuestros propios mapas mentales emocionales —autoconciencia, lo llaman algunos— nos resulta más fácil imaginar el punto de vista de otra persona. Esta es la base de la empatía. Palabras como resonancia y sintonía se utilizan a menudo para describir esta sensación de que otra persona ha visto y comprendido nuestro mundo interior.

«Nuestra percepción del estado de ánimo de otra persona depende de lo bien que conozcamos el nuestro... Cuando podemos percibir nuestro propio estado interno, se abre también la vía fundamental para entrar en sintonía con los demás.»

Daniel J. Siegel, Mindsight: The New Science of Personal Transformation (2011)

Estas son las condiciones que nos ayudan a aprender y a crecer. Cuando estamos bien conectados en relaciones afectivas y nos sentimos seguros en ellas, nos identificamos con nuestros maestros y mentores y queremos complacerles cumpliendo sus expectativas con respecto a nuestro comportamiento. Cuando estamos estresados y asustados, el aprendizaje se bloquea. Nos retraemos, nos resistimos. Pensar que el miedo, la competencia, la ira o la venganza pueden motivar de manera fiable a los demás hacia formas de pensar nuevas y positivas es un grave error de cálculo.

También sería un grave error de cálculo suponer que politizar la empatía podría tener un resultado positivo para alguien. Y, sin embargo, la empatía se politiza regularmente en relación con todo tipo de cuestiones: desigualdad racial, indigencia, embarazos no deseados, pobreza, justicia penal, brutalidad policial, inmigración, conflictos internacionales. Mostrar empatía en cualquiera de estas áreas nos deja vulnerables a ser etiquetados como demasiado «woke» («despiertos»).

Para algunos, comprender el punto de vista de otra persona se ha convertido en todo un problema. Si la empatía aún no ha muerto, lo cierto es que parece haber sufrido un duro golpe.

Empatía en un mundo de «nosotros contra ellos»

Stephen M. Walt, profesor de Relaciones internacionales de la Universidad de Harvard, señala que, desgraciadamente, la falta de empatía puede tener un impacto global perjudicial. Nuestra capacidad (o incapacidad) para empatizar con otras perspectivas afecta la configuración del orden mundial. Cuando los Estados están en desacuerdo —cosa que, por supuesto, ocurre con regularidad— pueden malinterpretar el origen del desacuerdo, lo cual agrava el problema y aumenta la animosidad.

«Por esta razón —dice Walt—, una de las lecciones que más me esfuerzo en impartir en mis cursos es la importancia de la empatía: la capacidad de ver los problemas desde la perspectiva de la otra persona (o de otro país). Hacer esto no requiere estar de acuerdo con su punto de vista; solo se trata de comprender cómo ven los demás una situación y entender por qué actúan como lo hacen. La razón para hacerlo es eminentemente práctica: es más difícil persuadir a un rival a que modifique su comportamiento si no se comprenden sus orígenes» (la cursiva es nuestra).

«Hay redes específicas en el cerebro dedicadas a determinar si un individuo es uno de “nosotros” o uno de “ellos” - y si alguien es categorizado como “ellos”, la facilidad para la empatía puede reducirse profundamente, y aun apagarse por completo.»

Maia Szalavitz y Bruce D. Perry, Born for Love: Why Empathy Is Essential—and Endangered

Pero, tratar de comprender los orígenes del comportamiento de otra persona es algo más fácil de decir que de hacer. Es mucho más fácil suponer que conocemos los orígenes de su comportamiento sin ponernos en su lugar y juzgar en consecuencia. Además, podemos atribuir los peores orígenes al comportamiento de otras personas.

Para ilustrarlo, Walt señala el trabajo del ya fallecido psicólogo social Lee Ross, cuyas investigaciones sobre el sesgo cognitivo conocido como «error fundamental de atribución» arrojan luz sobre por qué puede ser tan difícil empatizar con otras personas. El error fundamental de atribución es la tendencia natural que tenemos a atribuir demasiado las acciones de los demás a aspectos fijos de su personalidad, mientras que atribuimos nuestras propias acciones a las situaciones temporales en las que nos encontramos.

Por ejemplo, dice Walt, «si alguien nos miente., [...] tendemos a suponer que es porque su carácter es defectuoso y carece de integridad. Ha mentido porque, bueno, así es como es. Y a veces, esto es cierto. Pero cuando nosotros mentimos, tendemos a verlo no como una prueba de nuestros propios defectos de carácter, sino como algo que teníamos que hacer dada la situación en la que nos encontrábamos. Si alguien pierde la calma y arremete contra nosotros, deducimos que se trata de una persona impulsiva por naturaleza o que tiene problemas para controlar la ira, en vez de pensar si acaso estará sobrecargada de trabajo, teniendo que lidiar con tres niños pequeños en confinamiento o privada de sueño».

Es bastante comprensible que tengamos esta tendencia. Conocemos a fondo nuestras propias luchas y contemplamos con simpatía nuestras motivaciones y deseos. Pero, tenemos muy poco conocimiento de la realidad de los demás. Puede que veamos instantáneas aisladas de la situación de una persona, pero ni por asomo tenemos la misma visión panorámica que tenemos de la nuestra. Reconocer el desequilibrio de nuestra percepción requiere humildad y honestidad. Y este es solo uno de los muchos sesgos cognitivos naturales que se interponen en el camino de la empatía.

«Empatizar requiere esfuerzo», reconoce el educador y empresario Seth Godin. «Cuando extendemos nuestro corazón, nuestra alma y nuestros sentimientos a otro, cuando imaginamos cómo debe ser ser él, nos exponemos al riesgo. El riesgo de sentirnos magullados, o de perder nuestra capacidad de ver el mundo desde un único punto de vista nítido y certero. Es más fácil pasar de largo, compartimentar y aislarnos. Más fácil, pero no vale la pena». En otras palabras, empatizar requiere sentirse cómodo al experimentar cierto grado de vulnerabilidad.

También requiere —y cuando se extiende, refuerza— una base de confianza. La sospecha y la desconfianza son archienemigos de la empatía, razón por la cual es mucho más fácil sentir empatía por los miembros de nuestro grupo que por los extraños. Pero es la capacidad de extender la empatía más allá de nuestras barreras naturales lo que probablemente marcará la diferencia a la hora de generar confianza y resolver algunos de nuestros retos globales más complejos. Por supuesto, la empatía por sí sola no basta para resolver todos nuestros problemas, pero, como señalan Szalavitz y Perry, «pocos de ellos pueden resolverse sin ella».

Tomando como ejemplo uno de nuestros retos globales más acuciantes, incluso nuestro medio ambiente sufre una escasez de empatía. Si nos suena raro pensar en términos de empatía en relación con el planeta en el que vivimos, tengamos en cuenta que el mismo lenguaje que utilizamos para describir las relaciones interpersonales e internacionales se traslada fácilmente a nuestra relación con la Tierra. Hablamos de «luchar» contra la maleza y los incendios, de «conquistar» la naturaleza, las montañas e incluso el espacio. Quizá eso nos ayude a pensar en cómo el planeta en su conjunto sufre en nuestras manos. Puede que de repente veamos la empatía y la compasión resultante como enfoques válidos al abordar nuestra relación con la naturaleza. ¿Somos dignos de confianza como cuidadores del planeta en el que vivimos?

«Abusamos de la tierra porque la consideramos una mercancía que nos pertenece. Es posible que, cuando veamos la tierra como una comunidad a la que pertenecemos, empecemos a hacer uso de ella con amor y respeto».

Aldo Leopold, A Sand County Almanac (1949)

Marc Ian Barasch, autor de The Compassionate Life: Walking the Path of Kindness, es fundador de la Green World Campaign, una organización benéfica que trabaja para «reforestar nuestro planeta, elevar el nivel de vida de los pobres de las zonas rurales y combatir el cambio climático». Barasch también fue redactor de Psychology Today. «La compasión no consiste simplemente en abrir una espita y recubrirlo todo de una sustancia viscosa y empalagosa —afirma—. Requiere intuir que todo lo que hago a los demás, me lo hago a mí mismo. Exige apreciar no solo lo que nos reconforta, sino lo que nos traspasa».

Aunque Barasch aplica esta filosofía principalmente a las relaciones humanas, también la aplica a la ética medioambiental. Ciertamente, lo que le hacemos a la tierra, nos lo hacemos a nosotros mismos. Lo que traspasa la tierra nos traspasa a nosotros. Y si la tierra sufre, nosotros sufrimos. Lo mismo ocurre con nuestros semejantes. Cuando alguien sufre, todos sufrimos, sea que reconozcamos esa verdad o no.

¿Ha muerto la empatía? «Yo no diría que la empatía está muerta —respondió alguien a nuestra pregunta en las redes sociales—. Creo que ahora se muestra más reservada, porque la gente no sabe en quién o en qué confiar». Lamentablemente, tendemos a refrenar la empatía ante quienes no nos inspiran confianza.

De hecho, como hemos señalado, la confianza y la empatía están indisolublemente unidas, y constituyen el fundamento de todo, desde las relaciones y las familias exitosas hasta los gobiernos y las economías estables.

Lejos de ser un pecado, la empatía está firmemente ligada al amor y a esa regla de oro universal que es el requisito previo para un mundo sostenible: Ama a tu prójimo como a ti mismo.