Se Busca: Una Nueva Manera de Pensar

Se necesita de una verdadera sacudida al sistema para que retrocedamos y nos pongamos a ponderar sobre el estado de las cosas. A menudo no la pasamos ignorando las dificultades potenciales, aun cuando las sospechamos y hasta sabemos que existen. Hasta que suceden. Algo del orden de Fukushima. Durante semanas, y más allá de las costas del Japón, nos encontramos paralizados por temor a desprendimientos radioactivos. Luego, a medida que pasa el tiempo y la amenaza ya no es noticia de primera plana, el mundo vuelve a su rutina diaria. Sin embargo, siempre existen unos cuantos que rehúsan a esconderse de las nuevas realidades.

Uno de esos hombres era Albert Einstein.

La anterior devastación atómica en Japón le llevo a meditar sobre el malévolo fruto de la investigación nuclear. El bombardeo en agosto de 1945 de Hiroshima y Nagasaki produjo su famosa declaración, «Es más fácil desnaturalizar plutonio que desnaturalizar el malvado espíritu humano», parte de un artículo del New York Times en junio de 1946 basado en una entrevista con Einstein, las palabras resumieron lo que él percibió como la brecha moral entre el descubrimiento científico y su apropiación indebida. Anterior a la incursión en Hiroshima, los científicos le habían suplicado al Departamento de Guerra de los Estados Unidos no arrojar la bomba sobre mujeres y niños. Einstein creía que si se hubiera llevado a cabo la prueba de la explosión en Alamogordo, Nuevo México para demostrar el terrible poder destructivo del nuevo poder disponible, la guerra podría haber sido evitada.

Después del hecho, su solución fue buscar una salida a la agresión entre las naciones, porque dijo, «Para que la humanidad sobreviva, se requiere un nuevo modo de pensar y pase aniveles más elevados». Y añadió, «Debemos abandonar la competencia y asegurar la cooperación». Sabía que no hay defensa perfecta contra la ojiva nuclear. Simplemente un misil armado penetrando a través de cualquier escudo de defensivo seria lo suficiente para poner al borde del abismo a la civilización. «Nuestra defensa no se encuentra en los armamentos, ni en la ciencia, ni en los refugios el subterráneos; nuestra defensa se encuentra en la ley y el orden». Con estas palabras señaló una vez más que se necesita un cambio fundamental en el pensamiento humano y por lo tanto en las relaciones internacionales. «La ciencia ha traído este peligro, sin embargo, el verdadero problema está en la mente y los corazones del hombre. No vamos a cambiar los corazones de otros hombres por medio de mecanismos, sino cambiando nuestros corazones y hablando con valentía».

«No creo que podemos alistarnos para la guerra y a la misma vez prepararnos para una comunidad mundial».

Albert Einstein, “The Real Problem Is in the Hearts of Men,” New York Times (junio 23, 1946)

Estas conclusiones fueron escritas hace más de seis décadas. Desde entonces hemos visto la proliferación nuclear y la doctrina militar preventiva de destrucción mutua asegurada, seguida de una reducción de cooperación de los arsenales nucleares, pero el corazón del hombre no ha cambiado. El mundo parpadeó y se fue por su camino. Y a la conclusión de Einstein, «debemos darnos cuenta de que no se puede al mismo tiempo planificar para la guerra y la paz», se le ha hecho caso omiso.

Muchas de las necesidades de la humanidad expresadas por esta brillante mente en vista de dicho peligro encuentran resolución en las palabras del Creador. Se avecina el tiempo cuando la cooperación llegara a ser «algo natural». La ley y el orden prevalecerán, y como resultado la seguridad. Sin embargo este nivel de cambio no vendrá porque lo hayamos iniciado nosotros. En toda la historia de la humanidad, no nos hemos demostrado a sí mismos ser capaces de dicha reforma radical. Antes bien el Señor declara, «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo» (Jeremías 31:33). Con semejante mejora en movimiento, «Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra» (Isaías 2:4).