El Viaje Continúa

Si aproximadamente 60% de la humanidad posee un teléfono celular, es difícil imaginar que por lo menos una vez al día alguien no termine una llamada diciendo: «Teletranspórtame, Scotty». Aunque todos aquellos escépticos del fenómeno Viaje a las Estrellas se mofen de esta niñería, el impacto cultural provocado por el Capitán Kirk, el Señor Spock y sus diversos compañeros de tripulación es evidente por sí mismo. 

Desde el diseño de los celulares desplegables (aunque los opositores digan lo contrario, la última generación de la explosión demográfica y las siguientes en realidad consideran el celular como un Comunicador© de Viaje a las Estrellas) hasta el nombre del primer transbordador espacial (Enterprise), estamos rodeados de un pequeño legado de Viaje a las Estrellas. Después de más 40 años de influencia, las nomenclaturas ficticias de diversas series de televisión y películas se ha vuelto parte de nuestro hablar y pensar, pero, más allá de las frases características, como «directiva primaria», «velocidad de impulso», «motor de curvatura», «escudos encendidos» y «torpedo de fotones», es la superestructura del potencial de relaciones humanas pacíficas lo que ha mantenido al público totalmente cautivo. 

¿Relaciones pacíficas? Aunque muchos de estos términos están relacionados con situaciones conflictivas, la idea de las pistolas que dispararan rayos aturdidores no ha sido la que ha prevalecido, sino la infusión de optimismo, la motivación a «tener una vida larga y próspera», inspirada originalmente por Gene Roddenberry, el creador de la serie.

En Living with Star Trek: American Culture and the Star Trek Universe [La Vida con Viaje a las Estrellas: La cultura estadounidense y el universo de Viaje a las Estrellas], Lincoln Geraghty describe los paralelos de la aventura y la humanidad que volvieron único al programa en aquellos días, e imperecedero al paso de las décadas. «La televisora deseaba enfatizar el fuerte individualismo del capitán…, un modelo a seguir para la Nueva Frontera de Estados Unidos», señala Geraghty. Ciertamente, los ejecutivos pretendían aprovecharse del interés del público en la continua carrera especial. Viaje a las Estrellas se estrenó en 1966; su último capítulo se transmitió justo un mes antes del alunizaje en julio de 1969. 

No obstante, un ejemplo más importante era que —de acuerdo con Geraghty— «Roddenberry deseaba enfatizar la diversidad dentro de una comunidad… Se trataría de una serie que promoviera el éxito y el desarrollo individual a través de los viajes espaciales, así como promovía la diversidad y la igualdad en un futuro utópico». Incluso a lo largo de la década entre la cancelación de la serie en 1969 y el primer filme en 1979, prosigue el autor, «Viaje a las Estrellas continuaba representando esas actitudes aparentemente incompatibles y, como resultado, sus seguidores comprendieron que la serie se trataba de la búsqueda individual y comunal de la utopía». Éste era su verdadero destino, ir con audacia hasta «donde nadie ha llegado jamás». 

Al escribir un artículo para el South Atlantic Bulletin antes de la salida del primer filme, Helen Hauser de la Universidad de Miami alentó a los maestros a utilizar la atracción de Viaje a las Estrellas como una vía para que los estudiantes comprendieran la literatura y sus importantes temas humanos. Al llamar al programa de televisión una «obra curiosamente literaria», Hauser se enfocó en la naturaleza inusual de la serie de tres temporadas. «Una filosofía que se explica mediante la ficción es un rasgo típico de la literatura, más que de la televisión», observó. 

Sin embargo, es aquí donde se puede descubrir el ingrediente que enlazó a los primeros espectadores con el entretenimiento por televisor de una manera sin precedentes. «La serie, como un todo, forma una obra unificada», concluye Hauser; «presenta una filosofía optimista al exaltar las posibilidades de la humanidad. Mientras la Guerra Fría continuaba, cuando los derechos para los negros eran todavía un concepto naciente, y la liberación de las mujeres apenas fructificaba, Viaje a las Estrellas predicaba con insistencia la tolerancia universal: “diversidad infinita en combinaciones infinitas”». 

(Un reciente artículo de portada de Newsweek sugiere que la elección de Barak Obama es fruto de esta cultura de aceptación de Viaje a las Estrellas). 

De acuerdo con Hauser, algunos han sugerido que Roddenberry encontró esta sensación heroica de individualismo en la obra de la novelista Ayn Rand. «Curiosamente, muchas “novelas e ideas” logran crear personajes memorables, tal como lo hace Viaje a las Estrellas», escribió. «Howard Roark de El Manantial [The Fountainhead], por ejemplo, es inolvidable». Hauser compara al Roark de Rand con Kirk y Spock. Por último, añade: «Aunque la mayoría de las situaciones de siempre en los guiones… surgen de la ciencia ficción..., la eficacia emocional de Viaje a las Estrellas se deriva de un tipo totalmente distinto de literatura, la ficción heroica». Tal ficción, creían Hauser y Rand, ayuda a que el televidente encuentre su lugar en el mundo. (Consulte en Visión la biografía «Ayn Rand: La Tierra de la Fantasía»).

¿Podrá esta nueva versión superar las altas expectativas dejadas por sus predecesoras y las expectativas del público? Los críticos que ya han visto la producción de J. J. Abrams la evalúan positivamente, pero será el espectador quien decida si los personajes trascienden de ser meras figuras mejoradas por gráficos de computadora a modelos de inspiración para la próxima generación. 

La prueba será si la nueva producción cumple o no con la directiva primaria de Roddenberry. En una entrevista con Dan Marsden de Mania, Roddenberry expresó: «Pienso que quizás el mejor consejo que me dio mi abuela fue que creyera en mí mismo, que creyera en la humanidad y que fuera paciente y brindara a todos la oportunidad de percatarse de quiénes son». 

Esto es, ciertamente, sabiduría para todos los tiempos.