Dejar Atrás al Big Bang, Parte 1: La Importancia del Origen

«Como punto de partida di por sentado, simplemente, que el comienzo no tenía nada detrás o delante, que era un comienzo de hecho...»

«(…) ¿No estamos más que justificados cuando alimentamos la creencia (…) de que los procesos que nos hemos atrevido a contemplar se renovarán una y otra vez eternamente? ¿Que un nuevo universo irrumpe a la existencia y luego se hunde en la nada, a cada latido del Corazón Divino?»

Edgar Allan Poe, Eureka: un poema en prosa, 1848

No hay pregunta más grande que «¿De dónde surgió el universo?». Desde 1929, cuando los cálculos de Edwin Hubble mostraron que las galaxias más allá de nuestra Vía Láctea se están alejando de nosotros a velocidades proporcionales a su distancia, la teoría del origen denominada «big bang» se ha convertido en la respuesta predominante a esa pregunta fundamental. Desde los más altos niveles de la ciencia astronómica hasta los más profundos análisis en torno al libro del Génesis, la teoría aparece en casi cualquier mención de nuestro origen; pero el dar nombre al suceso simplemente formula otra pregunta: ¿Qué ocurrió antes del big bang?

¿Acaso es posible obtener una respuesta a esa pregunta? Quizá las ideas de los antiguos sobre el origen —que la diosa Eurínome creó el orden a partir del Caos, que un huevo dorado se dividió para formar el cielo y la tierra, o simplemente que la civilización habita sobre la espalda de una tortuga gigante— tendrán que ser suficientes. Tal vez la regresión infinita de «hay tortugas infinitas, una debajo de otra» (parafraseando al astrónomo Stephen Hawking) es lo mejor que podemos hacer. Después de todo, aunque los cosmólogos continúan proponiendo respuestas, sus soluciones tienden no sólo a ser sorprendentes, sino también contradictorias y pueden parecer casi tan absurdas como los antiguos mitos. Sus hipótesis son variadas, desde fluctuaciones y vibraciones cuánticas, pasando por cuerdas multidimensionales hasta universos múltiples que se forman espontáneamente incluso en este momento. De acuerdo con las matemáticas de esta última teoría, sin duda existe en este momento alguien idéntico a usted leyendo este mismo párrafo en otro universo, pero nunca podremos detectarlo.

Si eso no es lo suficientemente complejo, existen teorías que rechazan por completo un origen y cambian nuestra visión actual de un universo finito en expansión por uno infinito en constante renovación.

Una cosa es cierta en toda esta incertidumbre: no se puede averiguar la respuesta sin primero dejar atrás al big bang. En este artículo de dos partes Visión explora la búsqueda del ser humano por comprender nuestro origen.

Primera parte: La importancia del origen

La majestuosidad del cielo nocturno nos ha atraído durante miles de años con la esperanza final de que se nos revele una razón para nuestra existencia en este lugar. En nuestra búsqueda hemos reunido incontables mitos y explicaciones, y en nuestras historias en común, relatadas en antiguas religiones, ritos paganos e incluso las extraordinarias cavilaciones de Edgar Allan Poe, hemos intentado reunir significado y conveniencia a partir de un mundo en apariencia arbitrario, peligroso y sin propósito.

Desafortunadamente, las historias que en algún momento fueron persuasivas terminaron siendo insatisfactorias. Conforme pasó el tiempo las nuevas herramientas de observación presentaron nuevas configuraciones, nuevas explicaciones que dieron lugar a nuevas reflexiones. Y en tanto las nuevas teorías fueron reemplazando a las viejas, el basurero llamado «supersticiones» se atascó un poco más, con un mito desmentido compactado sobre otro.

Sin embargo, el poema en prosa de Poe, «Eureka», resulta curiosamente profético; escrito un siglo antes de la era moderna de la cosmología, la obra presenta una visión de la historia cósmica que sorprende por su actualidad. Es intrigante el hecho de que en los tiempos de Poe no se conociera alguna evidencia para apoyar la visión moderna de nuestro origen o expansión. ¿De dónde obtuvo los conceptos de una «Partícula primordial», de una «Simplicidad» final a la estructura de la materia y de una «sucesión de Universos», tan similares a las teorías actuales del big bang, de la física de las partículas y de los universos múltiples?

Es posible que la yuxtaposición de los fundamentos espirituales que Poe arraigó en la estructura del universo no sea apreciada por todos. No obstante, su descripción de un universo que se expande desde un solo principio a partir de una misteriosa nada, ex nihilo, muestra una notable similitud en esencia con el escenario del big bang, una teoría que resultó de una propuesta científica de la década de 1920. En esos días, y a lo largo de los siguientes 40 años, la evidencia, primero recopilada por Edwin Hubble y luego por otros astrónomos, si bien no ha respaldado el «latir de un Corazón Divino», por lo menos ha apoyado el concepto de una secuencia cósmica de sucesos que dieron origen al universo.

No queda más que preguntarnos acerca de la fuente de nuestras reflexiones: ¿Es la ciencia en verdad objetiva? ¿El arte es mera fantasía?

En la revelación de la fotografía del Campo ultra profundo del Hubble en 2004, el director del Instituto de Ciencias del Telescopio Espacial (Space Telescope Science Institute), Steven Beckwith, ofreció una perspectiva moderna a la tarea de fomentar las reflexiones: «Todas las grandes culturas cuentan con historias acerca de la creación. Tenemos una profunda necesidad de comprender nuestro pasado: de dónde provenimos y hacia dónde vamos. Tenemos la gran fortuna de vivir en una época en la cual nos podemos ocupar de las preguntas más profundas de la ciencia acerca de la vida. Esperamos que cuando la comunidad astronómica estudie por completo esta imagen se nos revelen los secretos del origen de las estrellas y las galaxias y, en última instancia, de nosotros mismos».

LA PALABRA

En el transcurso del último siglo se han descartado rápidamente las teorías relacionadas con el universo. Los astrónomos y cosmólogos modernos, al igual que sus predecesores (Copérnico, Kepler y Galileo), han desarrollado una nueva mitología. Debido a que la luz no se transmite al instante a través de las profundidades del espacio, cada nueva generación de telescopios no sólo se interna más adentro en el espacio, sino también en el tiempo. La luz que ahora recibimos ha pasado por vastas cantidades de tiempo para llegar hasta nuestros instrumentos. Cimentamos nuestra visión moderna de la historia del universo a partir de un análisis de esa luz, pero, como cuando deseamos trazar nuestro árbol genealógico, siempre hay algo más, otro paso hacia atrás qué seguir.

No es de sorprender que nuestras perspectivas sean enfocadas e iluminadas por el proceso científico y la física que utilizamos para descifrar los datos. Nuestras teorías, así como las leyes físicas y las matemáticas que las describen, a menudo delimitan el rango de nuestras creencias. Sin embargo, no se puede negar una influencia espiritual en estas reflexiones

Aquéllos que guían nuestro camino de descubrimiento e iluminación son los nuevos sumos sacerdotes, capaces (en un sentido figurado) de entrar al templo sagrado del observatorio y traer consigo «la Palabra»: una cosmología de tiempo, espacio, materia y evolución. Seguramente en este caso es fácil aplicar un tinte ecuménico a la ciencia y la religión y así entrelazarlas, ya que nuestra percepción del ser está estrechamente ligada al origen. Nuestra visión moderna del Génesis se conoce como big bang: un momento ocurrido hace miles de millones de años cuando se cree que se formó la sustancia del universo.

El físico George Smoot reconoce esta interacción entre el conocimiento físico y el significado metafísico: «La humanidad tiene ansias por la ciencia y la mitología», afirma en su libro escrito en 1993, Arrugas en el tiempo, «y la teoría del big bang es en donde se fusionan ambas de manera más íntima». Después añade: «En la cosmología existe una confluencia de física, metafísica y filosofía; cuando la cuestión se aproxima a las máximas preguntas de nuestra existencia, las líneas entre ellas se tornan inevitablemente borrosas». Smoot y su colega, John Mather, recibieron el Premio Nóbel 2006 por su trabajo relacionado con la radiación del fondo cósmico, un fenómeno asociado con el origen del universo.

El astrofísico Neil DeGrasse Tyson, conocido divulgador de la astronomía, señala con precipitado entusiasmo el significado de un lugar que hemos creado a través de nuestros métodos de investigación: «La comprensión del comportamiento del espacio, el tiempo, la materia y la energía desde el big bang hasta nuestros días es uno de los más grandes logros del pensamiento humano» (Origins: Fourteen Billion Years of Cosmic Evolution [Orígenes: Catorce mil millones de años de evolución cósmica], 2004).

No obstante, dicho entusiasmo podría ser exagerado. Como lo advierte el físico teórico, Lee Smolin, en The Trouble with Physics, las teorías obtenidas y formuladas a partir de datos —que alguien llamaría logros del pensamiento humano— son siempre cautelosas. O, por lo menos, deberían serlo. «La ciencia avanza cuando estamos obligados a aceptar algo inesperado», afirma. «Si creemos que sabemos la respuesta intentaremos que todos los resultados se ajusten a esa idea preconcebida».

CURIOSIDAD CONSCIENTE

Es prudente recordar que siempre estamos a merced de nuestra actual ignorancia: no sabemos lo que no sabemos que no sabemos. «Siempre debemos recordar que la teoría no nos dice lo que es la realidad», comentó el profesor emérito en astronomía, William Tifft, en uno de los seminarios acerca del desplazamiento al rojo cosmológico celebrados en el año 2000, «[sino que] da forma a la manera en que se comportan las cosas, describe relaciones… no es una explicación».

Sí sabemos, empero, lo que deseamos saber. Ese auto-conocimiento es un impulso poderoso e increíblemente interesante por sí mismo, un deseo de explorar y crear lo que parece ser un rasgo intrínseco de la humanidad. ¿Por qué estamos conscientes de este deseo? Nuestras exploraciones buscan más que sólo la historia del cosmos, buscan una «primera causa» para las preguntas que formulamos. Después de todo, lo que realmente deseamos conocer es el significado de todo.

Las advertencias de Smolin y Tifft son de especial importancia al considerar las teorías del origen. De la manera como pensamos acerca de el tiene un efecto que abarca el pasado y el futuro; el pasado, porque deseamos conocer lo que nos ha guiado hasta nuestra posición actual, y futuro, porque buscamos un propósito para motivar nuestras decisiones. El antiguo rey hebreo, Salomón, parecía percibir el dilema que enfrentamos cuando escribió que Dios «todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin» (Eclesiastés 3:11).

EL PODER DEL ORIGEN

Un sentido equivocado del origen forma un fundamento inestable sobre el cual una persona cimienta una vida o, de manera colectiva, sobre el cual una cultura construye una civilización. Ya sea que nos identifiquemos como humanistas o teístas, pasamos la vida basándonos en nuestra comprensión del pasado. A partir de la perspectiva humanista pregonamos a los cuatro vientos nuestro recién descubierto control consciente de nuestra evolución; a partir de la perspectiva teísta contemplamos una interrelación con nuestro Creador para buscar algo más allá de nuestra propia imaginación y de los límites físicos del universo que percibimos.

En última instancia, una exploración del universo es un viaje de descubrimiento hacia el microcosmos de nuestro ser: quiénes somos, por qué existimos y la fuente de tales preguntas. El sentido consciente de nuestra curiosidad nos impulsa a ir más allá con nuestras exploraciones. Hemos llevado aún más adelante nuestra capacidad técnica y el rango de la observación científica con la esperanza de poder, al final, dar un contexto a nuestra consciencia. Así, hemos acumulado el más fantástico grupo de datos jamás recopilados en la historia de la humanidad. Pero toda esta información no sólo se debe reunir y clasificar; nos debe ayudar a comprender lo que, en palabras de Tifft, «es la realidad». Deseamos saber lo que «hay allá afuera» para así comprender lo que hay «aquí adentro».

Resulta claro que nuestro significado del origen alberga un gran poder. Debido a que somos seres físicos que habitan un universo físico, la ciencia tiene un lugar legítimo en la búsqueda de una explicación, una primera causa para la existencia del mundo material. Durante varias décadas muchos naturalistas y estudiantes de lo sobrenatural han encontrado una referencia en común en el big bang, una explicación material para un suceso más allá de la comprensión humana. Muchos han quedado satisfechos con la idea de un Creador que, de alguna manera, «encendió la mecha» del big bang.

Pero ¿y si el big bang nunca ocurrió? ¿Qué tal si ni siquiera hubo un principio o un suceso creador? ¿En dónde estaría, entonces, la necesidad de una primera causa, de una mecha qué encender o de un Ser que la encendiera? Si el universo es simplemente un conjunto infinito de fichas de dominó que con su caída crean una serie de causas y efectos imposibles de rastrear, ¿en dónde quedamos nosotros? Cada vez más físicos reconocidos nos advierten que nuestra más conocida teoría científica del origen del universo es un ídolo, una superstición a punto de ser desmentida y, como aquéllas consideradas deficientes, a punto de ser descartada.

La ciencia nos ha guiado de varias maneras a lo largo del éxodo fuera de un «Egipto» de ignorancia y mitos. ¿Acaso la teoría del big bang —uno de los mayores triunfos de la ciencia, como lo señala Tyson— es simplemente el becerro de oro, un mal sustituto que oscurece más que iluminar? Si el big bang demuestra ser una ficción, ¿cómo afectaría ello a nuestra gran búsqueda de las respuestas a nuestras preguntas sobre el origen?

En la segunda parte analizaremos lo que Edwin Hubble denominó los principios «sin reconocimiento» que están llevando a un séquito de físicos a silenciar el big bang.