Reglas de la IA
A medida que los avances en la tecnología de la IA ganan terreno, salta a la vista que pueden utilizarse tanto positiva como negativamente. ¿Existe un código moral en el que podamos confiar para guiar nuestro uso personal de estas tecnologías?
Nvidia, la multinacional tecnológica estadounidense con sede en California, fabricante de chips de tecnología avanzada, experimentó un crecimiento exponencial en 2023. En su último trimestre fiscal de 2023 facturó 22 mil millones de dólares, un 265% más que en el cuarto trimestre de 2022. La empresa suministra el setenta por ciento de los chips utilizados en la industria de la inteligencia artificial (IA). Otras empresas que compiten cada vez más en el mismo espacio son Amazon, Google, Meta y Microsoft. Según Joseph Fuller, profesor de Práctica de Gestión en Harvard Business School, «Prácticamente todas las grandes empresas ahora tienen múltiples sistemas de IA y cuentan el despliegue de la IA como parte integral de su estrategia». Estos factores, junto con el crecimiento de los centros de datos de IA junto a empresas manufactureras y de servicios, son un claro indicio del impulso que está cobrando el uso de la IA en muchos sectores.
El uso pionero que hace Nvidia de las unidades de procesamiento gráfico (GPU) de supercomputación en los campos del aprendizaje automático, la automoción, la medicina, el cuidado de salud, la industria farmacéutica, la industria aeroespacial, la educación, la fabricación, la banca, el comercio minorista y muchos otros campos está revolucionando la vida en todo el planeta. Basta citar algunos ejemplos del campo de la medicina para ilustrar el enorme potencial para el bien. En 2023, el New York Times informó que médicos húngaros utilizaron una herramienta de IA para detectar un cáncer de mama cuatro años antes de que se desarrollara lo suficiente como para ser detectado por un radiólogo. La IA también está participando en el descubrimiento de nuevos medicamentos a un costo mucho menor que el de la investigación tradicional. Según el blog de Derecho de Harvard, Bill of Health, la IA no solo promete acelerar el descubrimiento de fármacos de principio a fin, sino también encontrar tratamientos para enfermedades previamente incurables.
Cada nuevo avance tecnológico positivo conlleva su parte negativa.
En el siglo XV, por ejemplo, la imprenta de Gutenberg facilitó una mayor disponibilidad del conocimiento bíblico, pero también supuso una amenaza para las instituciones religiosas que filtraban ese conocimiento. Las Biblias impresas en las lenguas locales liberaban a la persona común de las restricciones impuestas por la Iglesia católica. Desde la perspectiva de la Iglesia, esta libertad desafiaba su autoridad. Pero la imprenta también facilitaba a la Iglesia el uso de la palabra impresa para defender su posición.
A principios del siglo XX, la división del átomo trajo consigo la posibilidad de producir energía limpia junto con la amenaza de las armas nucleares y la aniquilación humana. Esta tecnología de doble uso, a la vez beneficiosa y amenazadora, es una característica de este tipo de innovaciones, precisamente porque la motivación y la acción humanas no pueden aislarse por completo de las malas intenciones.
En décadas más recientes, hemos visto que el Internet de las cosas (IoT) —el creciente número de objetos físicos que pueden supervisarse o controlarse digitalmente— ha hecho que la vida de la sociedad humana sea maravillosa y perjudicial a la vez. Nos alegramos por el acceso ilimitado e instantáneo a la información, pero sufrimos por la vulnerabilidad ante posibles agentes malintencionados y el daño a las mentes de nuestros hijos. Ahora vemos un potencial similar con la IA. A pesar de su enorme impacto positivo, existen temores reales de que se haga un mal uso de ella. Pensemos en la creación de imágenes y archivos de voz engañosos en mensajes políticos y demandas de rescate en secuestros virtuales.
Algunos observadores han señalado que el riesgo de la IA es existencial, que anticipar y controlar su mal uso generalizado es extraordinariamente difícil. El neurocientífico Anders Sandberg declaró a Visión: «Normalmente la gente dice que si una máquina se comporta mal podemos simplemente desenchufarla. Pero, ¿ha tratado de desenchufar el Internet? ¿Ha procurado desconectar el mercado de valores? Hay muchas máquinas que ya tenemos a las que es inviable desconectar, porque están demasiado distribuidas o son demasiado esenciales».
Por ahora, el temor a que las máquinas aprendan a tomar el relevo de sus creadores humanos y causen estragos parece improbable. En cuanto al futuro más lejano en el que la «inteligencia general artificial» pudiera ser posible, Seán Ó hÉigeartaigh, director ejecutivo del Centro para el Estudio del Riesgo Existencial (CSER), señaló en una entrevista a Visión: «Si vamos a traer a este mundo inteligencia que nos permita cambiar el mundo aún más—ya sea como nuestras herramientas o como entidades independientes—, necesitamos pensar muy detenidamente en el tipo de objetivos que les damos y en el nivel de autonomía que podrían tener estos futuros sistemas, porque puede que nos resulte muy difícil dar marcha atrás».
«Cabe imaginar que esta tecnología sea más astuta que los mercados financieros, invente más que los investigadores humanos, manipule más que los líderes humanos y desarrolle armas que ni siquiera podemos comprender. Mientras que el impacto a corto plazo de la IA depende de quién la controle, el impacto a largo plazo depende de si es que siquiera puede controlarse».
Más preocupante en estos momentos es la creciente amenaza de intrusión gubernamental y empresarial potenciada mediante la IA en la vida privada, como ya está haciendo China. Con setecientos millones de cámaras instaladas para el reconocimiento facial y de la forma de andar, prácticamente todos en China pueden ser rastreados. Si a esto añadimos que las vidas de los residentes chinos están a merced de las puntuaciones sociales individuales, basadas en el cumplimiento rastreable de las normas gubernamentales, queda en claro la naturaleza insidiosa de una sociedad de vigilancia autoritaria, neoliberal e impulsada por los datos. El castigo por desobediencia puede adoptar la forma de créditos hipotecarios y tarifas de transporte público más elevadas, junto con velocidades de Internet más lentas, entre otras penalizaciones «sociales». De este modo, el control social e ideológico se hace posible a través de la autorregulación diseñada por el gobierno.
Lo que está ocurriendo en la China unipartidista amenaza ahora a las democracias de mercado del mundo, donde, según la psicóloga social Shoshana Zuboff, ya se ha dado un paso gigantesco al cruzar el umbral. Zuboff ha escrito que el nuevo orden económico —que nos resulta familiar por los algoritmos que rastrean cada una de nuestras búsquedas, preferencias y compras en Internet— es en realidad obra del capitalismo de la vigilancia, que amenaza con dominar el orden social y dar forma al futuro digital si no se le opone resistencia.
A causa de las groserías que han fomentado las plataformas de medios sociales, el inventor de la World Wide Web, Sir Tim Berners-Lee, ha hecho un llamamiento para poner de cabeza al divisivo mundo digital que hemos permitido que se desarrolle. Según él, cada uno debe conservar los derechos sobre su propia información. Pero a medida que la Web evoluciona, prevé que en el futuro muchos de nosotros tendremos asistentes de inteligencia artificial. Trabajarán para nosotros, proveyéndonos de tiempo libre para que volvamos a tener auténticas relaciones cara a cara. Esto resolvería un problema que Sherry Turkle, científica social y colega de Berners-Lee en el MIT, ha identificado. Turkle ha pedido que se rechace la idea de que nuestros dispositivos digitales pueden proporcionar relaciones auténticas. Como hemos llegado a «esperar más de la tecnología y menos unos de otros», ella cree que nos estamos privando a nosotros mismos y a nuestros hijos de esa interacción, realidad y emoción.
Los innovadores suelen dejar los retos morales y éticos del desarrollo de la IA en manos de científicos sociales, filósofos y especialistas en ética. Como ocurre con otras nuevas tecnologías, el poder para prevenir sus inconvenientes es limitado. Por mucho que la IA contribuya a la mejora humana, la falta de una regulación a prueba de fallos supone una grave amenaza. Sir Martin Rees, director del CSER de la Universidad de Cambridge, declaró a Visión: «Creo que vamos a intentar regular todas estas tecnologías por motivos de prudencia y ética, pero seremos ineficaces a la hora de regularlas, porque todo lo que se pueda hacer lo hará alguien en alguna parte». Cuando intervienen intereses comerciales, ideológicos o incluso malintencionados, las preocupaciones éticas pueden pasar rápidamente a un segundo plano.
«¿Los fines a los que pretende servir la IA son fines dignos, o es la IA solo un medio súper mejorado para fines no mejorados?».
Empresas como Google y Microsoft han publicado directrices éticas para su uso de la IA, y el Parlamento Europeo ha aprobado la Ley de Inteligencia Artificial de 2024, «la primera ley vinculante del mundo sobre inteligencia artificial, para reducir riesgos, crear oportunidades, combatir la discriminación y aportar transparencia». Aunque la ONU —con el consenso de los 193 Estados miembros— ha adoptado una resolución sobre IA en la que pide que se desarrollen «sistemas de inteligencia artificial seguros y fiables», esta no es vinculante y no tiene mecanismos de aplicación, por lo que persisten las preocupaciones. Rees también declaró a Visión: «La empresa es global, con fuertes presiones comerciales; y controlar realmente el uso de estas nuevas tecnologías es, en mi opinión, tan desesperanzado como el control global de las leyes sobre drogas o las leyes fiscales. Así que soy muy pesimista al respecto». Desde luego, se refiere al nivel nacional e internacional. ¿Podemos hacer algo moral o éticamente a nivel individual para controlar nuestro uso personal de las nuevas tecnologías?
Quizá resulte irónico que las respuestas a nivel personal no se encuentren en fuentes modernas, sino en la sabiduría antigua. La moral se ha entrecruzado durante mucho tiempo con la literatura sapiencial, una categoría que puede parecer irrelevante en la era de la IA. Sin embargo, cabe notar lo que, con respecto a la IA y la fe cristiana, los autores John Wyatt y Stephen N. Williams señalan: «La palabra “creado” indica nuestro compromiso con la creencia en un Dios Creador que ha colocado a los seres humanos dentro de un orden. Es un orden estropeado y desordenado por las malas acciones humanas, pero que conduce al bienestar y la prosperidad humanas, si somos capaces de encontrar y seguir el camino de la sabiduría». Consideremos, pues, el libro bíblico de los Proverbios, que afirma ofrecer sabiduría humana y divina, principios morales y consejos prácticos para la vida cotidiana. Menciona el dinero, el liderazgo, las relaciones y la buena toma de decisiones, entre otras cosas. Comienza con una declaración de propósito «para conocer sabiduría y disciplina; para comprender los dichos de inteligencia; para adquirir disciplina y enseñanza, justicia, derecho y equidad; para dar sagacidad a los ingenuos y a los jóvenes conocimiento y prudencia. El sabio oirá y aumentará su saber, y el entendido adquirirá habilidades.» (Proverbios 1:2-5, RVA-2015). He aquí un consejo moral y ético digno de confianza a nivel personal, procedente de una fuente superior: «El temor del Señor es el principio del conocimiento».
Comprender desde una perspectiva bíblica qué somos los seres humanos y para qué hemos sido creados da sentido a la existencia en un mundo que ha sido engañado en lo que respecta a ese conocimiento. Puede leer más sobre este recurso en nuestra serie La Ley, los Profetas, los Escritos.