¿Tiene el ser humano un «sentido moral»?
¿Qué nos impulsa a tratar a los demás como queremos que nos traten? ¿Es una habilidad que debemos aprender o nacemos con cierto sentido de moralidad? Si nacemos con él, ¿hasta dónde puede llevarnos?
En una nota dirigida a un grupo de jóvenes, Mark Twain aconsejó una vez: «Hagan siempre lo correcto. Esto complacerá a algunas personas y asombrará al resto».
Por muy atractiva que resulte la idea de asombrar a la gente, definir lo que es correcto no es tan fácil como suena. Existen vastos campos de estudio sobre el tema, que se describen con términos como ética o filosofía moral. Un sinfín de filósofos que han escrito infinidad de libros a lo largo de miles de años no han mejorado el principio central del Sermón del Monte de Jesús: «Traten a los demás como les gustaría que ellos los trataran a ustedes».
El filósofo y teólogo Albert Schweitzer expresó una noción similar: «Un hombre es verdaderamente ético solo cuando obedece a la compulsión de ayudar a todo ser vivo que le sea posible ayudar, y se retrae de dañar a cualquier ser que esté vivo». Hasta cierto punto, entendemos lo que significa ayudar o herir a los demás porque podemos percatarnos de lo que hace que nos sintamos ayudados o heridos.
Pero, ¿basta con saber cómo queremos que nos traten para responder a todas las cuestiones morales que se nos plantean? Obviamente, las preferencias personales y las diferencias culturales pueden influir en cómo queremos que nos traten, pero ¿qué puede impulsarnos a hacer lo que es correcto para con los demás? ¿Es algo que tenemos que aprender o nacemos con un cierto sentido de moralidad? Y de ser así, ¿hasta dónde nos lleva?
Puede parecer que es mejor dejar algunas de estas cuestiones en manos de filósofos y teólogos, pero todos nos enfrentamos a dilemas morales. Seamos devotos o escépticos, lo cierto es que todos queremos tener una buena imagen de nosotros mismos. Nos gustaría pensar que podemos distinguir el bien del mal —que, de hecho, somos morales—, y la mayoría aceptaría que creer en Dios no es un requisito previo. Una rápida ojeada a las noticias del día nos obliga a reconocer la validez de esa opinión. Algunos de los que son religiosos no tienen lo que podría llamarse elevadas normas morales, y los que tienen elevadas normas morales no siempre son religiosos. Esto no quiere decir que los textos religiosos no tengan mucho que ofrecer en términos de códigos morales; lo tienen. El problema es que algunos de los que dicen creer en ellos no viven necesariamente conforme a ellos. Los Diez Mandamientos de la Biblia, por ejemplo, fueron resumidos por Jesús en dos: amar a Dios y amar al prójimo. No obstante, aun entre quienes afirman obedecer el primero, apenas hay indicios de que obedezcan el segundo.
Con todo, a lo largo de la historia los textos religiosos han contribuido a conformar las normas morales de la sociedad. Y si bien sus preceptos nunca han sido universalmente aceptados, han aportado contribuciones considerables al discurso moral.
En las últimas décadas, los psicólogos morales han entrado a formar parte del debate, centrándose sobre todo en cómo las personas deciden lo que está bien y lo que está mal, mientras que los filósofos y teólogos se centran más en qué es el bien y el mal. Hay, por supuesto, intereses comunes entre estos grupos, y uno de ellos es la cuestión de la motivación. ¿Qué nos mantiene en el camino recto y angosto? ¿Qué hace que la gente quiera decidir y hacer lo correcto?
Podría decirse que todo empieza con nuestra necesidad innata de conexión emocional. Los investigadores que estudian la motivación descubren que la emoción trabaja en tándem con nuestros pensamientos a la hora de impulsar la acción moral. Jesús parece haber reconocido esta conexión cuando dijo: «Si me aman, obedezcan mis mandamientos» (Juan 14:15, NTV). Desde esta perspectiva, sentir amor por alguien (lo cual es una emoción multidimensional que incluye sentimientos como la compasión y la lealtad) se manifiesta como una muestra de atención, interés y fidelidad.
Motivación moral
Somos seres sociales y emocionales desde que nacemos, lo cual significa que tenemos un impulso natural de conectar socialmente con los demás a nivel emocional. Nuestra capacidad de empatía nos permite hacerlo, y por eso la neurociencia lleva tiempo estudiando cómo puede estar programada en el cerebro humano. Las «neuronas espejo» causaron un gran revuelo tras su descubrimiento por científicos italianos en la década de 1990, y las investigaciones han arrojado más luz con respecto a su función. Se descubrió que estas neuronas activan determinadas zonas del cerebro, no solo cuando realizamos una acción nosotros mismos, sino también cuando vemos a otros realizar la misma acción. Esta observación ha llevado a muchos científicos a concluir que han encontrado la sede de la capacidad de empatía de nuestro cerebro, es decir, la capacidad de identificarnos con los sentimientos y experiencias de otra persona.
En pocas palabras, las neuronas espejo pueden ofrecernos una ventana al mundo interior de los demás, de modo que podamos conectarnos empáticamente tanto a nivel social como emocional. Y esta ventana parece abrirse pronto, de hecho, desde la infancia.
Paul Bloom es un psicólogo de Yale cuyo interés por el comportamiento moral le llevó a preguntarse hasta qué punto nuestro sentido moral puede ser innato. Ha estudiado a bebés y niños pequeños para ver cómo se desarrolla nuestro sentido del bien y del mal. A lo largo de su carrera, él y sus colegas han reunido un impresionante cúmulo de pruebas que demuestran que los bebés y los niños (a partir de aproximadamente tres meses de edad) sí tienen algo que podríamos llamar sentido moral. Por ejemplo, pueden distinguir si alguien está siendo amable o cruel; no les gusta ver sufrir a la gente e intentarán aliviar su dolor; valoran la equidad, aunque la ven en términos simples (que todos reciban la misma cantidad de uvas pasas); y su sentido de justicia exige recompensar las buenas acciones y castigar las malas.
«Sin embargo, nuestra bondad innata es limitada —escribe Bloom—; a veces, trágicamente limitada… Somos por naturaleza indiferentes y hasta hostiles con los extraños; somos propensos al provincianismo y a la intolerancia. Algunas de nuestras respuestas emocionales instintivas, sobre todo el asco, nos impulsan a hacer cosas terribles, incluso actos de genocidio».
«El sentido moral… no es lo mismo que el impulso a hacer el bien y evitar hacer el mal. Más bien, es la capacidad de hacer ciertos tipos de juicios: discernir entre el bien y el mal, la bondad y la crueldad»
Algunos han intentado contrarrestar estas tendencias pidiendo a la gente que amplíe sus círculos morales, es decir, los grupos que juzga dignos de consideración moral. Como señala Bloom, podemos ser parcos e indiferentes con los extraños, al mismo tiempo que mostramos consideración por nuestros familiares y amigos íntimos. El alcance de nuestros círculos morales varía de una persona a otra debido a una serie de dinámicas complejas. Pero para simplificar la idea, podemos imaginarnos las ondas formadas por una piedrecita en un estanque, con nosotros mismos en el centro. Lo más cercano a nosotros es el círculo familiar, luego se extienden más círculos para representar a los amigos, nuestra comunidad, la nación en la que vivimos, todos los seres humanos; y potencialmente incluso los animales, todos los seres vivos y el universo mismo.
A medida que ampliamos nuestros círculos morales, podemos llegar a comportarnos de forma que beneficiemos a los que aún no han nacido (por ejemplo, haciendo lo que podamos para luchar contra las amenazas existenciales). Pero en algún momento, en la mayoría de las personas, empieza a actuar una fuerza que busca más hacia dentro, y puede que nos sintamos incapaces (o poco dispuestos) a seguir ampliando nuestros círculos morales.
No obstante, hay formas de alimentar nuestra voluntad de ampliarlos. La meditación basada en la compasión es una de ellas. Los escáneres cerebrales muestran que puede producir cambios significativos en las áreas activas de la atención focalizada y la empatía, ayudándonos a imaginar mejor las perspectivas de los demás y a emitir juicios morales apropiados. Podemos practicar la meditación de compasión imaginando la ternura y el interés que sentimos por un ser querido cercano y luego aplicando ese mismo sentimiento a alguien que está más allá en las ondas expansivas de nuestros círculos morales. Ejercitar nuestra mente de este modo, centrándonos en las emociones que apoyan nuestras mejores intenciones, puede ayudarnos a cultivar el amor, el respeto, la compasión, la gratitud y un sentimiento general de pertenencia social, algunas de las muchas emociones positivas que motivan un comportamiento productivo.
Obviamente, motivar el comportamiento moral es mucho más que generar emociones positivas. Al fin y al cabo, los grupos marginales —desde los incels (célibes involuntarios) hasta los terroristas— reclutan y motivan a sus seguidores ofreciéndoles un sentimiento de pertenencia que a menudo les falta en su entorno habitual. Nuestra necesidad de pertenencia es poderosa. Deseamos agradar a quienes respetamos y nos importan, y saber qué opinión tienen de nosotros. Queremos sentir que aprueban nuestro comportamiento, hasta el punto de que a veces lo modificamos para quedar bien con ellos. Este es uno de los mecanismos que subyacen tras la presión de grupo y, de nuevo, puede resultar tanto a nuestro favor como en nuestra contra.
«Violar las reglas sociales y morales es emocionalmente agotador.»
Lo mismo puede decirse de las emociones negativas vinculadas al comportamiento moral. Asco, turbación, culpa, vergüenza, tristeza, remordimiento... cada una de ellas pueden motivar el comportamiento, tanto positiva como negativamente. Y aunque las emociones «trascendentes» como las de asombro y veneración se consideran a menudo en términos religiosos que solo pueden describir motivaciones moralmente sanas, lo cierto es que existen casos en los que este tipo de emociones ha llevado a cometer actos decididamente amorales o inmorales. El culto al héroe y a la justicia propia, por ejemplo, han sido fuerzas motrices de guerras y genocidios a lo largo de los siglos.
Con todo, las investigaciones sobre psicópatas ponen de relieve que incluso las emociones negativas pueden desempeñar un papel clave en la formulación de juicios morales. Dado que rara vez experimentan emociones negativas como el miedo y la tristeza, los psicópatas tienen dificultades para reconocerlas en los demás. Como consecuencia, son incapaces de empatizar con la angustia ajena, lo que explica por qué no sienten verdadera culpa o remordimiento cuando sus comportamientos causan dolor a otros. Sin empatía, el concepto de «mal» significa poco más allá de, quizás, «prohibido por la ley». La motivación interna para elegir hacer lo correcto falta cuando no podemos imaginar y preocuparnos por las consecuencias de nuestras acciones en los estados emocionales de los demás.
La empatía, entonces, nos ayuda a aprovechar nuestras emociones de modo que podamos «tratar a los demás como queremos que nos traten». Pero actuar de acuerdo con esa empatía suele requerir otro rasgo muy estudiado: el autocontrol.
Autocontrol: El factor empatía
Los investigadores han hallado numerosas pruebas de la relación entre la empatía y el autocontrol. Hay regiones del cerebro relacionadas con estos rasgos, y cada una de ellas se ve afectada por las relaciones con nuestros cuidadores en la infancia. En otras palabras, estos rasgos, que parecen tan fundamentales para la moralidad humana, tienen que ver tanto con la naturaleza como con la educación. Al igual que las relaciones de calidad amplían y refuerzan los centros cerebrales responsables de la empatía y el autocontrol, también amplían nuestra identidad moral. Recurrimos a quienes nos quieren y nos cuidan para que establezcan límites de comportamiento adecuados y nos enseñen las sutilezas de un carácter consciente y responsable.
Al hacer esto, podemos cometer el error de pensar que el autocontrol significa suprimir las emociones. A veces puede parecer que las emociones son el enemigo por conquistar, la parte débil de nuestro sistema que nos hace caer en una pendiente resbaladiza de comportamiento irresponsable. Normalmente oímos hablar de la corteza prefrontal como el hogar de la autorregulación, el silbato que detiene en seco la impulsividad. Pero, como hemos visto en los estudios sobre psicópatas, nuestra capacidad emocional es clave para nuestra capacidad de empatía y, por ende, para emitir juicios morales que influyen en nuestro comportamiento.
La conclusión es clara: la corteza prefrontal no es la única estructura que utilizamos para regularnos o para elegir recompensas a largo plazo en lugar de inmediatas.
Un grupo de investigadores concentrado en un área del cerebro conocida por su papel en los procesos sociales y la empatía activa, entre otras funciones, ha descubierto algo muy interesante. Esta zona del cerebro se activa no solo cuando regulamos nuestro comportamiento en consideración a otras personas (como cabría esperar de forma natural), sino también cuando regulamos nuestro comportamiento en consideración a nuestro yo futuro. La empatía, por supuesto, requiere ser capaz de imaginar la perspectiva de otra persona; la gratificación diferida, considerada un aspecto clave del autocontrol, requiere lo mismo, salvo que ese «otro» también puede ser la versión futura de nuestro yo, una persona cuyas necesidades y perspectivas serán distintas de las de nuestro yo actual.
Cuando pensamos en algunos de nuestros fallos morales, que ocurren a pesar de que queremos vernos a nosotros mismos y que los demás nos vean como personas morales, podemos ver por qué es tan importante el vínculo entre empatía y autocontrol. Por supuesto, a pesar de todas las intenciones compasivas que podamos reunir, a veces nos comportamos de formas que no están en sintonía con nuestras creencias. Hacemos daño no solo a quienes no conocemos, sino también a nuestros seres queridos, personas por las cuales tenemos fuertes razones emocionales para proteger y cuidar.
Cuando nuestras creencias y nuestros comportamientos no coinciden, se le llama una disonancia cognitiva. Una disonancia similar se produce cuando nuestras intenciones morales y nuestros comportamientos no coinciden. Un grupo de científicos del comportamiento que estudian la moralidad descubrieron que «las personas a menudo transgreden incluso cuando reconocen que sus acciones son moralmente “incorrectas”». Esto ocurre, por ejemplo, cuando una emoción más fuerte anula la emoción en la que basamos nuestro estándar moral. Por ejemplo, puede que nuestra norma sea que está mal mentir a un amigo, pero el miedo a que la verdad le haga pensar mal de nosotros puede inducirnos a ignorar esa norma en un momento dado. Entonces, mediante estrategias que estos investigadores denominan «desentendimiento moral», calmamos la disonancia que sentimos justificando nuestras acciones, quizá minimizando o tergiversando las consecuencias de nuestro comportamiento. En otros casos, podemos incluso deshumanizar o culpar a los demás para justificar nuestro comportamiento problemático.
La culpa y el factor responsabilidad
Dónde colocamos la culpa marca una gran diferencia a la hora de alinear nuestras creencias morales con nuestros comportamientos y juicios. Las personas que han sufrido abusos suelen interiorizar la culpa cuando esta no es suya en absoluto. La persona que ha abusado de ellos desea eludir la culpa y utiliza las técnicas que acabamos de mencionar para conseguirlo: deshumaniza a su víctima («se lo merecía o se lo estaba buscando»), tergiversa las consecuencias («ya se le pasará; no se ha muerto») o echa la culpa a los demás («no es culpa mía; es la forma en que iba vestida»). Rara vez los perpetradores aceptan la responsabilidad de sus actos observándolos desde la misma óptica que lo harían otras personas. A veces, los observadores cometen un error similar, culpando a las víctimas de su victimización y excusando al agresor. Este tipo de errores no son solo fallos morales de los individuos, sino también de la sociedad que los apoya.
Así que, si hemos de hacer rendir cuentas a la gente por sus faltas morales, ¿cuáles son los componentes básicos de la rendición de cuentas?
Los filósofos de la ética Brendan Dill y Stephen Darwell comienzan por analizar cómo reaccionan los observadores y los perpetradores ante actos moralmente incorrectos. Actitudes tales como el desprecio y el desdén conducen a la vergüenza —señalan—, lo que nos lleva a interiorizar la culpa, pero no de manera constructiva. Interiorizar la culpa como vergüenza no es eficaz para provocar el cambio. El sentimiento de culpa, por otra parte, es un reconocimiento personal de haber obrado mal y es mucho más probable que nos lleve a aceptar que sí tenemos que responder por ello. En ambos casos hay culpa, pero la diferencia radica en cómo se expresa y en la emoción que evoca. Algunas emociones motivan mejor el comportamiento moral que otras.
Cuando sabemos que hemos cometido una falta moral y nos acusamos objetivamente de esa falta, la culpa es la emoción que nos mueve a responsabilizar al causante del mal (en este caso, a nosotros mismos).
«¿Cómo puede un perpetrador responsabilizarse de sus actos? Considerando sus acciones condenables del mismo modo en que lo haría una parte externa, y respondiendo adecuadamente a este hecho.»
Los conceptos de remordimiento y perdón están relacionados con la responsabilidad y la aceptación de la culpa. Estas emociones pueden motivar comportamientos morales que incluyen la reparación y la reconciliación, impulsos que también podríamos considerar innatos. Si bien los bebés no entienden las sutilezas del remordimiento y el perdón, buscan activamente la reparación cuando sienten que se ha roto la conexión con sus cuidadores. Pueden agitarse y ponerse ansiosos cuando un cuidador parece enfadado o no responde, y a menudo intentan activamente restablecer esa conexión.
Como adultos, es evidente que nos enfrentamos a muchos obstáculos en nuestra búsqueda de un juicio moral sólido, pero hay pruebas suficientes para sugerir que los seres humanos nacemos con algo parecido a un sentido moral rudimentario que podría considerarse innato. De ser así, esto parece debilitar los argumentos a favor del relativismo moral y elevar palabras como valores y ética a un estatus bastante superior al de gustos o preferencias. Se trata de una distinción crucial. Entre otras cosas, nos permite ver los ejemplos modernos de la inhumanidad del hombre contra el hombre como los horrores que son —como traiciones a la humanidad—, y no como meras prácticas elegidas por una cultura en particular que puede dejarse evolucionar a su antojo.
Debería volverse claro de nuestra propia experiencia de vida, así como por lo que vemos a nuestro alrededor cada día, que nuestro sentido innato no nos da todas las respuestas morales que necesitamos para desenvolvernos en la vida. Repitiendo a Bloom (citado antes): «Nuestra bondad innata es limitada… a veces, trágicamente limitada». Pero, por imperfecta que sea, al menos debería decirnos que hay formas correctas e incorrectas de tratarnos unos a otros y motivarnos para comprometernos a determinar cuál es cuál.