Capitalismo, Democracia y Riqueza Mundial

Parte 1

El capitalismo es difícil de categorizar o definir; sin embargo, además de la democracia, quizás ninguna otra construcción social tiene una aceptación y admiración más difundida. Su intrincada trama en la estructura de la sociedad nos obliga a reflexionar acerca de qué es el capitalismo, cómo llegó a ocupar una posición tan dominante y hacia dónde nos conduce.

Como sistema socioeconómico, el capitalismo es hasta cierto punto nuevo en la escena mundial debido a que surgió apenas en los últimos 500 años. No obstante, durante su relativamente corta vida ha crecido hasta ocupar una posición dominante en la economía social de todo el mundo y se ha convertido en el modelo de facto para los negocios, las finanzas y las políticas económicas gubernamentales.

Los mayores pensadores económicos como Adam Smith, Robert Malthus, David Ricardo, Carlos Marx, John Maynard Keynes y Joseph Schumpeter reflexionaron acerca del capitalismo y buscaron explicar sus complejidades y contradicciones. (Consulte «Adam Smith: Capitalism's Founding Father» y «Karl Marx: Failed Solution to Capitalism's Excesses»). En gran medida fue gracias a sus ideas que se reformó el sistema capitalista y luego se refinó en los siglos recientes convirtiéndose en una piedra angular para todo el mundo y sometiendo a sus hermanos más débiles bajo su red de mercados. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial su rendimiento económico ha superado las expectativas en comparación con sus contrapartes históricas, dando paso a un nivel de prosperidad generalizada antes desconocido. Los sistemas económicos con los que compite, incluyendo el comunismo, han sido puestos a prueba y han resultado ser deficientes.

Entonces, ¿qué es el capitalismo? Por un lado, se le podría considerar simplemente como un sistema económico sólido por medio del cual cada uno de nosotros cosechamos el beneficio de nuestro propio trabajo. Bajo un sistema capitalista, una persona que está dispuesto a trabajar duro y a realizar un buen trabajo probablemente prosperará más que quienes holgazanean o toman atajos. Pero por supuesto que eso no es todo. El capitalismo es una manifestación económica del deseo natural de las personas de disfrutar de un bienestar financiero. No obstante, a diferencia de otros sistemas esto es posible a través de la competencia, la cual fomenta la búsqueda de los intereses personales… a menudo a costa de los intereses y el bienestar del prójimo.

NO SIEMPRE FUE ASÍ

Puede ser difícil imaginar una época en la cual el capitalismo no era el motor económico de la riqueza y la prosperidad. Un rápido vistazo a la historia nos ayudará a explicar cómo es que el sistema llegó a ser como es en nuestros días y, quizás, al estudiar su pasado, el futuro del capitalismo se vuelva más claro y predecible. Hasta ahora su atractivo como sistema socioeconómico sólo ha ido en aumento. Incluso China, el último bastión del sistema comunista (excepto por los regímenes totalitarios y aislados de Corea del Norte y Cuba), realmente ha sucumbido ante las tentaciones del capitalismo y ha adoptado una economía de libre mercado. Como ocurrió con el colapso de la antigua Unión Soviética y su capitulación al dominio del capitalismo hace dos décadas, China ha aceptado lo inevitable y se ha unido al sistema dominante en el mundo.

¿Pero cómo era el mundo antes del capitalismo? ¿Cómo funcionaba la sociedad en términos económicos y qué reglas regían la vida en términos monetarios, comerciales y de riqueza?

Aunque la vida económica era muy diferente en casi todos los aspectos, un observador con el beneficio de la retrospectiva puede ver la semilla del capitalismo empezando a germinar alrededor del año 1500. La exploración, el comercio exterior y el nacionalismo favorecieron el surgimiento de un nuevo sistema. Básicamente una invención de Europa occidental, sus señales emergieron a finales de la Edad Media. Pese a lo ordinaria que era la sociedad medieval, creó las bases sobre las que se cimentó el capitalismo: poblaciones, un sistema de producción de la finca al mercado, caminos funcionales, una estructura de mercado con cabida para consumidores y vendedores, y un medio para contabilizar las operaciones de negocios: expresamente, la contabilidad por partida doble.

La tierra, la principal forma de capital durante este periodo, estaba bajo el control de la realeza, la aristocracia o la Iglesia Católica, la cual se dice, por ejemplo, que poseía al menos una carta parte de los territorios ingleses hasta que Enrique VIII confiscó sus monasterios a principios del siglo XVI. No es de sorprender que la riqueza a menudo se definiera en términos del uso de la tierra, en particular para la agricultura. No obstante, como lo señala el economista del siglo XX, Robert L. Heilbroner, en Los Filósofos de la Vida Material, «aunque la tierra era vendible bajo ciertas condiciones (con varios compromisos incluidos), por lo general no estaba a la venta».

Pero si en algunos aspectos la tierra era vendible, la mano de obra no lo era. Los siervos, aprendices y jornaleros sólo tenían derechos limitados y el trabajo era muy estructurado y controlado. Los campesinos no podían adquirir tierras y, por lo tanto, no podían tomar decisiones independientes que produjeran riqueza. Heilbroner añade que la sociedad precapitalista no adoptó el concepto de ganarse la vida. El trabajo no era el medio para un fin, sino un fin por sí mismo. Para las masas trabajadoras la vida económica y social era la misma, y la riqueza continuaba concentrada en las manos de unos cuantos poderosos e influyentes.

MERCANTILISMO Y HEGEMONÍA

Del siglo XVI hasta el XVIII los inevitables cambios económicos comenzaron a tomar forma. La riqueza de una nación se pudo llegar a medir a través de dos elementos: el comercio y el oro. Conforme intentaba fortalecer su posición económica en un mundo en crecimiento, cada nación desarrollaba políticas económicas nacionalistas que al final se unieron en un sistema conocido como mercantilismo. Los mercantilistas medían la riqueza nacional principalmente en términos de dinero y metales preciosos (de los cuales se acuñaba el dinero). A menos que un país pudiera obtener metales preciosos del Nuevo Mundo, el único camino hacia la riqueza nacional era mantener un equilibrio favorable en el comercio, esto es, vender más mercancía de la que se compraba. Era un simple cálculo. Debido a esto las naciones mantuvieron salarios bajos y fomentaron el crecimiento de la población para asegurar la continuidad de su capacidad para producir suficientes exportaciones a precios bajos. Sin embargo, los beneficios y la prosperidad resultantes no fluían hasta el ciudadano promedio, quien siguió siendo pobre y explotado. Maquiavelo describió (e idealizó) dicha condición en El Príncipe (1513), proponiendo que en un gobierno bien organizado el Estado debe ser rico y los ciudadanos, pobres.

La cada vez mayor competencia entre las naciones tendría implicaciones geopolíticas a largo plazo, pero para el siglo XVIII la riqueza aún permanecía bajo el control de unos pocos privilegiados. Sin embargo, algo estaba cambiando claramente: el capital ya no se restringía a ser propietario de tierras. El comercio mercantil asumía un papel más dominante al igual que la importancia del capital financiero. En otras palabras, el concepto de la riqueza y el poder estaba cambiando de la tierra hacia el comercio. El surgimiento de la banca y el ascenso de una clase mercantil entre las clases alta y trabajadora representaron importantes avances para el capitalismo. Michel Beaud, profesor de economía jubilado de la Universidad de París VIII, señala en Historia del Capitalismo: de 1500 a nuestros días: «Se abrió el camino a la idea de que la riqueza del reino dependía de la riqueza de los comerciantes y fabricantes».

Incluso con estos avances la sociedad aún padecía el problema crónico del subempleo del capital. Simplemente había muy pocas vías disponibles para que los capitalistas emergentes obtuvieran suficientes ganancias. Para que la riqueza se distribuyera de una manera más equitativa en la sociedad se tenían que crear más oportunidades para obtener beneficios. El naciente comercio transoceánico a larga distancia, viable gracias a la invención del cronómetro y del cálculo preciso de la longitud, fue una de tales oportunidades.

EL SURGIMIENTO DEL COMERCIANTE

Los comerciantes se vieron atraídos por los posibles rendimientos astronómicos del comercio internacional con África, India y el Nuevo Mundo, pero se mostraban reacios ante los riesgos. Confrontados con este dilema, los siempre hábiles comerciantes y financieros inventaron un ingenioso aparato: la «sociedad por acciones», la predecesora de la sociedad moderna. La Dutch East India Company (1602) fue la primera sociedad por acciones de Europa y se convirtió en la empresa más grande en la República de los Siete Países Bajos Unidos en la década de 1660. De acuerdo con Liah Greenfeld en The Spirit of Capitalism [El Espíritu del Capitalismo], para 1650 el rendimiento del capital para los inversionistas de Dutch East India Company era de 500%.

Esta importante innovación aportó dos elementos esenciales que fomentarían el desarrollo del capitalismo: el riesgo compartido y las limitaciones de la responsabilidad personal. Entonces los comerciantes podían agrupar su dinero y compartir el riesgo por participar en el comercio transoceánico a larga distancia, con lo que limitaban su responsabilidad personal.

Aún mejor, empero, sería el utilizar el dinero de alguien más para financiar estas empresas conjuntas. Para satisfacer esta demanda el sistema bancario comercial y de inversiones se empezó a unir a principios del siglo XVII. De acuerdo con Greenfeld, el Banco de Ámsterdam, fundado en 1609, «brindó a los comerciantes tanto el medio más eficiente para saldar cuentas grandes como la seguridad para lograrlo». El dinero prestado, o el efecto de palanca, se volvió una parte indispensable del capitalismo al permitir a los comerciantes asumir riesgos y participar en tratos comerciales en los cuales no podrían (o preferían no) participar utilizando nada más su propio capital.

Por la misma época los inversionistas también concluyeron que el sólo poder invertir y retirar capital en una sociedad por acciones no era lo suficientemente bueno. ¿Por qué no comercializar o negociar el interés personal en un intercambio abierto? El concepto de la accesión al capital se volvió una realidad al fundar la Bolsa de Valores de Ámsterdam en 1602. Las primeras bolsas de valores colocaron los cimientos del templo moderno del capitalismo: el mercado de valores.

MASA CRÍTICA

Ahora podemos ver la mayoría (si no es que todos) de los componentes del capitalismo reuniéndose en una forma reconocible. Los negocios entre comerciantes, la banca, la estructura de las sociedades por acciones y la bolsa de valores establecieron las bases clave, pero para que el capitalismo surgiera en su forma actual se necesitaban dos sucesos más: una revolución en el pensamiento económico y una revolución en la política. Ambos sucesos se presentaron a finales del siglo XVIII. Adam Smith publicó Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones y las colonias americanas declararon su independencia de la Gran Bretaña, ambos sucesos ocurridos en 1776. El capitalismo ahora tenía el sistema político que necesitaba para florecer y la democracia tenía el vehículo económico que necesitaba para cumplir su promesa de «vida, libertad y la búsqueda de la felicidad».

Smith cambió fundamentalmente la comprensión de cómo la sociedad producía riqueza. Consideraba a la riqueza como la suma de todos los bienes consumidos por todas las personas en la sociedad. Estas observaciones fueron revolucionarias. Antes de eso, la accesión al capital y los beneficios de la economía estaban restringidos a una elite privilegiada. Smith reconoció, por primera vez, la importancia del consumidor (cada individuo en la sociedad) en la formación de la riqueza. Con el diestro trazo de una pluma propinó el golpe de gracia al mercantilismo.

«No de la benevolencia del carnicero, del vinatero o del panadero, sino de sus miras al interés propio es de quien esperamos y debemos esperar nuestro alimento. No imploramos su humanidad, sino acudimos a su amor propio; nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas».

Adam Smith, La Riqueza de las Naciones (1776)

En esencia, el capitalismo es una filosofía democrática de la riqueza. El individuo yace en el corazón del capitalismo. Smith creía que el interés personal del individuo en un ambiente donde coexistieran individuos con motivaciones semejantes resultaría en una competencia. Era esta competencia de mercado la que aportaría los bienes que deseaba la sociedad, en las cantidades requeridas y a los precios que preferían pagar. En La Riqueza de las Naciones señaló: «No de la benevolencia del carnicero, del vinatero o del panadero, sino de sus miras al interés propio es de quien esperamos y debemos esperar nuestro alimento». Smith descubrió en el mecanismo del mercado un sistema de reglamentación propia para el aprovisionamiento disciplinado de la sociedad. Resumió la posición predominante del consumidor en el capitalismo al afirmar que «el consumo es el fin y propósito exclusivos de toda producción». Sin embargo, su conocimiento y experiencia estaban limitados a la Inglaterra del siglo XVIII, así que no previó (ni podía prever) los cambios y dificultades que se presentaron con la revolución industrial del siglo XIX.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Fue en el siglo XIX cuando la economía obtuvo el apodo de «ciencia lúgubre» debido, en parte, a Thomas Robert Malthus. La «catástrofe maltusiana» predecía que la población terminaría por sobrepasar cualquier medio de existencia posible. Malthus señaló que «la hambruna parece ser el último y el más temible recurso de la naturaleza». Su contemporáneo, David Ricardo (quien era un optimista en comparación con Malthus), describió al capitalismo en términos semejantes a una escalera mecánica: algunos ascienden a la cima mientras que otros son empujados hasta el fondo. Aquéllos que dejan atrás la cruenta lucha por un lugar en las escaleras descubren que la vida en la cima tampoco es fácil.

«Si la población y los alimentos hubieran crecido en la misma proporción, es probable que el hombre jamás hubiera abandonado el estado salvaje».

T. Robert Malthus, “Ensayo sobre el principio de la población” (1798)

En defensa de Malthus y Ricardo recordemos que ambos formularon sus ideas en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX, cuando la situación era, en una sola palabra, lúgubre. La Revolución Industrial se encontraba en su apogeo y el jornalero promedio soportaba condiciones espantosas, cuando las jornadas de trabajo de 16 horas y la explotación infantil eran la norma.

La Revolución Industrial produjo el súbito aumento de la urbanización de la sociedad. Como sucede a menudo, los desplazados se convierten en una fuente de mano de obra barata para la industria y ésta, a su vez, brinda los medios para una mayor producción agrícola a través de la mecanización.

Un segundo resultado fue la emigración en masa hacia los Estados Unidos, donde surgiría una forma más efervescente del capitalismo. A diferencia de Europa, América no tenía que abolir una sociedad feudal y la Guerra Civil en 1860 destruyó la base económica de la aristocracia rural del sur favoreciendo la industrialización y estableciendo el escenario para una expansión económica.

Pero la Revolución Industrial en Inglaterra también produciría a un influyente antagonista del capitalismo: Carlos Marx. El padre del comunismo se convirtió en el enemigo declarado del capitalismo al considerarlo el vehículo de la explotación de los obreros («el proletariado») por parte de «la burguesía». Marx creía que el capitalismo contenía las semillas de su propia destrucción y que terminaría por colapsar para que surgiera el estado proletariado sin clases sociales. La realidad demostró lo contrario con la jerarquía del Kremlin asumiendo el poder y el rango de la clase burguesa dominante. Marx también cometió un error fundamental al suponer que el capitalismo sería estático y que no podría o no querría percibir el potencial de sus mutaciones. No obstante, el sistema pronto demostraría su capacidad para transformarse ante las amenazas.

EL CAPITALISMO APRENDE A VIAJAR

Sin darse cuenta, el capitalismo creó un problema para sí mismo en su distribución desigual de la riqueza, y así, durante el siglo XIX, se adaptó una vez más para asegurar su crecimiento continuo. El problema fue que el pobre deseaba consumir, pero no tenía el dinero; el rico tenía el dinero, pero no la capacidad física para consumir su parte proporcional de la producción económica. Por lo tanto, el rico tenía que ahorrar o invertir el exceso de su riqueza, pero no tenía sentido invertir internamente para producir zapatos si ya existían más de los que se podían utilizar

¿Cuál fue la solución? Invertir en el exterior. El imperialismo es, por mucho, un fenómeno capitalista más que nacionalista; a través de él el capitalismo demostró su habilidad para desplazar a los sistemas económicos no capitalistas. La edad imperial de la expansión hacia el exterior era, en realidad, la internacionalización del capitalismo y conduciría a la empresa multinacional con su trasplante de instalaciones de producción al exterior en la búsqueda incansable de mano de obra y materia prima baratas.

El imperialismo de los siglos XIX y XX desencadenó numerosas guerras, lo que alteró dramáticamente el panorama geopolítico y las estructuras del poder de aquellos días. No era de sorprender que la nación más capitalista, los Estados Unidos de América, se revelara como una potencia dominante y se convirtiera en el motor económico del mundo estableciendo las reglas para la participación de las demás naciones. No obstante, esto no ocurriría sin un dolor o sufrimiento significativo en la forma de la Gran Depresión de la década de 1930, seguida de la Segunda Guerra Mundial. Durante ese oscuro periodo, cuando la economía y la libertad pendían de un hilo, nadie hubiera imaginado la prosperidad económica que vendría conforme el capitalismo impulsaba la economía mundial hacia el siglo XXI.

Y es ahí en donde retomaremos el tema en la segunda parte.