El Hombre que engañaría a la Muerte y gobernaría el Universo

La mayoría de las personas jamás hubiera escuchado del primer emperador de China si no fuera por el descubrimiento casual en 1974 de un vasto ejército de figuras de terracota que había estado bajo tierra durante más de dos milenios. Ahora el silencioso ejército del emperador es famoso, aclamado como uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes e inmensos del siglo XX. Pero ¿cuál era el propósito de las impresionantes, aunque inquietantes tropas de miles de legendarios guerreros de tamaño real?

La respuesta yace en nada menos que una lucha por el dominio, no sólo de la muerte, sino también del mundo y, de hecho, del universo entero; para el Primer Emperador significaba convertirse en un dios y actuó en consecuencia. El primer gobernante supremo de China buscó tanto la inmortalidad como la deidad personal con una pasión decidida y sin igual, y sus Guerreros de Terracota habla de ese orgullo desmedido.

Los Guerreros de Terracota, encontrados casualmente por unos agricultores que excavaban un pozo, yacen enterrados en un vasto foso a casi un kilómetro (menos de una milla) de un grandioso túmulo funerario al Oriente de China central. Hasta el momento se han desenterrado mil guerreros de arcilla, y se calcula que aún no se han desenterrado de cinco a siete mil más en algunas secciones del foso que aún se encuentran sin excavar.

En un área que cubre en total más de 55 kilómetros cuadrados (o 21 millas cuadradas), los arqueólogos desenterraron tres fosos más y diversos artefactos, incluyendo carros de guerra y los restos de caballos reales, conductores de carros y mozos de tamaño real, numerosas aves de bronce e imágenes realistas de oficiales de la corte, músicos, un malabarista y un luchador. El área continúa en excavación, pero el gigantesco túmulo promete las revelaciones más interesantes.

El primer descubrimiento, cerca de lo que hoy es Xi’an, desató una tarea arqueológica enorme y provocó que el sitio se convirtiera en una de las principales atracciones turísticas y en el tema de diversas exhibiciones internacionales. La fascinación por el Primer Emperador también se refleja en la cultura popular de China. Es el personaje central en espectáculos como la cinta Héroe (Hero) de Zhang Yimou (2002) y la ópera El primer emperador (The First Emperor) de Tan Dun (2006).

DE REY A EMPERADOR

¿Quién fue el hombre que vislumbró el inmenso e impresionante mausoleo y los Guerreros de Terracota, y cuáles fueron sus motivos?

Los chinos hace tiempo que están familiarizados con el Primer Emperador a través de los anales de su antiguo y venerado historiador Sima Qian. Ying Zheng nació en el año 259 a.C. y tenía apenas 13 años de edad cuando sucedió a su padre como rey de Qin, uno de los seis estados que conformaban la antigua China. Pronto el nuevo rey emprendió, sistemáticamente y sin piedad, la conquista de los otros cinco estados, unificando así a China en el año 221 a.C. Se cambió el nombre a Qin Shi Huang Di (Shi Huang Di significa «Primer Emperador») y más tarde lo acortó a Qin Shi Huang.

El Primer Emperador se enorgullecía de la unidad y el orden que llevó a lo que antes habían sido seis regiones feudales. Estableció un riguroso sistema administrativo de 36 provincias y numerosos distritos, que a pesar de las incontables modificaciones sufridas a través de los siglos aún se pueden reconocer en el sistema administrativo actual de China.

Shi Huang unió varias obras de defensa para formar lo que precedió a la Gran Muralla China (aunque más al Norte). Construyó caminos rectos y estandarizó la escritura, pesos y medidas, e incluso el ancho de los ejes de los carros (para viajar más fácilmente por los caminos trazados).

Rodeado de aduladores eunucos, cortesanos y administradores, el emperador fue elogiado hasta el cielo. Mientras realizaba visitas a través de su nuevo reino unificado, los devotos expresaban en piedra y bronce su aprecio por su magnificencia y sabiduría. No toleraban ninguna crítica, ni siquiera la que estaba implícita en los anales de la historia. Muchos libros fueron destruidos —una gran pérdida para nuestro entendimiento de la historia temprana de China—. Al parecer el Primer Emperador aumentó esta paranoia al perseguir y ejecutar a confucianos y otros estudiosos cuyas perspectivas estaban, por supuesto, influenciadas por el conocimiento del pasado. Se dice que en una ocasión ordenó la ejecución de 460 confucianos por violar sus prohibiciones, posiblemente quemándolos vivos, aunque algunos especialistas creen que los relatos de tales actos extremos son adiciones tendenciosas a la historia de Sima Qian.

BÚSQUEDA IMPOSSIBLE

No contento con sus conquistas y éxitos terrenales, el Primer Emperador estaba decidido a alcanzar la inmortalidad a cualquier precio. Sima Qian documentó varios intentos elaborados y costosos (pero finalmente vanos) del gobernante por descubrir y tener acceso a legendarias fuentes de vida eterna. Por ejemplo, «un nativo de Qi llamado Xu Fu y otras personas presentaron un monumento que decía que en medio del mar había tres montañas divinas llamadas Penglai, Fangzhang y Yingzhou, en las que vivían los inmortales. Solicitaron que se les permitiera ayunar y purificarse, y partir con un grupo de niños y niñas a buscarlas. El emperador ordenó de inmediato a Xu Fu que reuniera un grupo de varios miles de niños y niñas y que salieran al mar en busca de los inmortales».

El historiador escribió más tarde que, en otra ocasión, el emperador envió a oficiales de alto rango a buscar a los inmortales y sus «hierbas para la vida eterna». Xu Fu y los demás volvieron varios años más tarde sin éxito, pero ya habían gastado grandes sumas de dinero. La historia de Sima Qian registró cómo el emperador fue persuadido para pasar sus últimos años en secreto y aislamiento total, excepto por sus consejeros más cercanos, con la vana esperanza de obtener las inalcanzables hierbas mágicas. Aspiraba al estatus de «Hombre Real», uno de los pocos seres humanos que alcanzaron la inmortalidad en la mitología china. «El emperador expresó: “ansío convertirme en un Hombre Real. De ahora en adelante me referiré a mí mismo como Hombre Real y no como zhen”».

Irónicamente, la determinación del Primer Emperador de desafiar a la muerte pudo haber apresurado su fallecimiento cuando tenía aproximadamente 50 años de edad. Consideraba el mercurio como una sustancia especial con elementos que prolongaban la vida y al parecer algunas personas se lo recetaron como un ingrediente de sus medicinas o pociones. Enfermó y murió súbitamente durante una de sus numerosas giras por el imperio. Su hijo y los eunucos temían que la noticia repentina de su muerte pudiera provocar tensiones políticas, por lo que fue llevado de regreso a su palacio sólo con algunos consejeros de confianza que estaban enterados del suceso. Para disfrazar el olor de la carne en descomposición, se colocaron carros llenos de pescado seco al frente y detrás de su carro.

Fue una muerte innoble para alguien que había logrado tanto y que casi había inspirado su adoración.

PREPARACIÓN PARA LA INMORTALIDAD

Qin Shi Huang fue enterrado en el mausoleo que, de acuerdo con Sima Qian, había comenzado a construir cuando ascendió al trono de Qin. De manera un tanto sorprendente, el historiador escribe acerca del espléndido mausoleo del emperador sin mencionar las impresionantes filas de guardias descubiertas afuera. A pesar de que su relato acerca de 700,000 obreros forzados y convictos trabajando en el sitio algunas veces ha sido considerado como una exageración, estos reclutas en la construcción del mausoleo sin duda participaron en la reproducción en terracota y bronce del ejército, los sirvientes y las mascotas favoritas del emperador.

El mausoleo fue adornado con una extravagancia exquisita y sin precedentes. Sima Qian escribió: «Para llenar la tumba se trajeron réplicas de palacios, torres pintorescas y cientos de guerreros, así como extraños utensilios y maravillosos objetos… Se utilizó mercurio para crear imitaciones de los cien ríos, el Río Amarillo y el Yangtzé, y los mares, construidos de tal manera que parecían fluir. Encima había representaciones de todos los cuerpos celestiales, debajo, las características de la tierra».

Sin embargo, esta clase de fastuosidad no se reservó únicamente para su último lugar de descanso. Para relacionar aún más su vida y obras con una posición central en el cosmos, el emperador había trazado sus palacios conforme a las estrellas, la morada de una deidad suprema. Sima Qian documentó detalles de los palacios más fabulosos. El palacio Epang (Ebang) es al que los especialistas consideran como uno de los más grandes y grandiosos jamás construidos, con un inmenso salón del trono que debió medir cerca de 675 metros (más de un tercio de milla) de largo. Las aspiraciones místicas del emperador se reflejaron en el diseño del palacio: «Un camino elevado que se extendía de Epang hacia el norte a través del río Wei para unir el palacio con Xianyang, imitando la forma en el cielo de un corredor que va de la estrella más alta pasando por la Vía Láctea hasta la estrella de la Habitación Real».

Por medio de sacrificios en montañas y otros lugares solemnes, el emperador creía haber unificado así el universo de los espíritus así como los estados terrenales. Se veía a sí mismo como el primero de una línea de gobernantes cuya sucesión duraría 10,000 generaciones y no tendría fin; sin embargo, pese a todos sus planes, la dinastía de Qin Shi Huang terminó con el suicidio deshonroso y prematuro de su hijo, el Segundo Emperador, durante un levantamiento. Como este hijo ya había tomado la precaución de eliminar a todos sus hermanos, la dinastía Qin terminó sólo cuatro años después de la muerte del Primer Emperador.

MÁS ALLÁ DE LA TUMBA

Si el Primer Emperador falló en su misión de alcanzar la inmortalidad en esta vida, había diseñado complicados planes para tomar la próxima por sorpresa. Esta motivación explica tanto el mausoleo como los Guerreros de Terracota.

Incapaz de superar su miedo a la muerte o de instaurar su gobierno universal y eterno en esta vida, el «Primer Dios Augusto» (o dios-gobernante) decidió establecer su autoridad y poder supremos después de su muerte. El orgullo desmedido que caracterizó su vida lo acompañó más allá de la muerte.

De acuerdo con los antiguos conceptos chinos, la muerte, los espíritus y la vida después de la muerte no estaban tan claramente divididos del mundo de los vivos como es el caso en las culturas occidentales modernas, y la vida después de la muerte podía ser un reto mucho más aterrador y peligroso que la existencia terrenal. ¿Sus enemigos buscarían venganza? Como creía que las personas seguían desempeñando las mismas funciones después de la muerte, tenía una razón particular para temer a los ejércitos de los seis estados que no sólo había derrotado, sino masacrado, por lo que ordenó que un ejército lo acompañara después de morir. Probablemente ésa es también la razón por la que los Guerreros de Terracota miran hacia el Este, hacia un pasaje por el cual un ejército enemigo podría acercarse más fácilmente al mausoleo subterráneo: el último palacio del Primer Emperador.

No obstante, los Guerreros de Terracota nunca pelearon una batalla y su emperador no conquistó la muerte ni la vida después de ésta. Tampoco logró gobernar el universo ni nada más. Enterrado y olvidado por más de dos milenios, su ejército hueco e inmóvil y sus sirvientes son, de hecho, un testimonio silencioso de los límites del poder y la influencia humanos.

UN PARALELISMO SORPRENDENTE

Quizá sólo otro líder en la historia registrada se acerca al Primer Emperador en términos de riqueza y ambiciosos proyectos. El antiguo soberano de Israel, el Rey Salomón, gobernó muchos siglos antes que Shi Huang.

«Engrandecí mis obras», escribió Salomón. «Edifiqué para mí casas, planté para mí viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén, me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres».

«Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena» (Eclesiastés 2:4–10).

Aun así, Salomón pudo haberle dicho al Primer Emperador que su mausoleo tan magníficamente equipado y su ejército de arcilla le serían inútiles: «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte; y no valen armas en tal guerra, ni la impiedad librará al que la posee» (Eclesiastés 8:8).

Salomón hablaba del «espíritu» de una persona. Lo que él entendió tiene un marcado contraste con el punto de vista del Primer Emperador acerca de la vida y la vida después de la muerte: «Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?» (Ecclesiastes 3:19–21). Y luego añade: «Volverá entonces el polvo a la tierra, como antes fue, y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio» (Eclesiastés 12:7, NVI).

«Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada… Sus amores, odios y pasiones llegan a su fin».

Eclesiastés 9:5, 6, Nueva Versión Internacional

Salomón tenía un punto de vista muy distinto, casi opuesto, al de Shi Huang. Comprendió que ningún mortal puede vencer la naturaleza definitiva de la muerte. Mientras que el Primer Emperador creía que la vida después de la muerte es una continuación de la vida análoga a la misma vida, Salomón creía que la muerte no tenía influencia ni en esta vida ni después de la muerte: «Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol… Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Eclesiastés 9:5–6, 10).

Es interesante observar el entendimiento de Salomón respecto al espíritu humano cuando reflexionamos respecto a si existe un futuro para quienes han muerto, incluyendo al Primer Emperador de China. En el libro de Eclesiastés el antiguo rey de Israel nos ofrece una parte importante de la respuesta a la pregunta «¿Qué sucede después de la muerte?». Encontramos comentarios tentadores como que «el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio», a pesar de que el muerto no tiene conocimiento o consciencia «debajo del sol» o «en el Seol» o sepulcro; sin embargo, el libro de Salomón se enfoca en esta vida, en lo que él vio como su inutilidad y su inevitable final. Por ello, para entender más acerca de si los humanos vencerán a la muerte, necesitamos extender el entendimiento del Rey Salomón a otros lugares.

Otro antiguo individuo de gran riqueza, sabiduría y conocimiento era Job. Vivió mucho antes que Salomón, aunque tenía un entendimiento similar acerca del espíritu humano: «Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8). Éste parece ser el misterioso elemento espiritual que no sólo impulsa el razonamiento humano y la inteligencia moral, sino también, como reflexionó Salomón, lo que se preserva después de la muerte.

¿Entonces qué hace Dios con él? Job pareció entender algo muy profundo, como muestra su reflexión: «¡Oh, quién me diera que me escondieses en el Seol, que me encubrieses hasta apaciguarse tu ira, que me pusieses plazo, y de mí te acordaras! Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación. Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura de tus manos» (Job 14:13–15, énfasis añadido).

Job sabía que Dios no devolvería su carne y huesos en descomposición, pero estaba consciente de que el espíritu humano es la esencia individual de cada persona, un entendimiento que aparentemente Salomón compartía con él. Es esto lo que Dios conserva, como observó Salomón. La «liberación» que buscaba Job, y que le hubiera dado al Primer Emperador una esperanza diferente, es la misma que se predica en las páginas del Nuevo Testamento. Es una resurrección de una condición de muerte desconocida e inconsciente.

«Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte [de Cristo], así también lo seremos en la de su resurrección» (Romanos 6:5). El apóstol Pablo creía y enseñaba que la muerte no es el final de la esperanza humana. Habló constantemente acerca de la resurrección final de todos los seres humanos.

Los Guerreros de Terracota son testigos silenciosos de uno de los intentos colosales (aunque vanos) de un hombre por vencer a la muerte. El Primer Emperador de China falló, al igual que todos los que lo han intentado. No se convirtió en un dios ni conquistó la muerte, la vida después de la muerte ni el universo.

No obstante, de acuerdo con las palabras de Salomón, Job, Pablo y otros escritores bíblicos, existe una esperanza para el antiguo emperador y para todos los que han muerto, incluso para aquéllos que nunca conocieron el evangelio o «las buenas nuevas» que Pablo predicaba. Esa esperanza reaviva el espíritu de cada uno de los seres humanos a través de una futura resurrección de la muerte.