Elegir la paz
La clave para evitar otra Hiroshima
Han pasado años desde la detonación de la primera bomba atómica. ¿Estamos más cerca de la paz mundial?
A las 8:15 a.m. de la mañana casi sin nubes del 6 de agosto de 1945, los residentes de Hiroshima se estaban preparando para sus rutinas diarias. Pero en ese momento, a una altura de casi seis millas, un avión estadounidense de combate estaba lanzando una bomba atómica sobre la ciudad japonesa. En cuarenta y tres segundos, el mundo cambiaría para siempre.
Se estima que ochenta mil personas sucumbieron inmediatamente cuando la bomba explotó en lo alto; miles más morirían más tarde como resultado del envenenamiento por radiación. Cuatro millas cuadradas de la ciudad sufrieron una destrucción total. Tres días después, una segunda bomba cayó sobre Nagasaki. Alrededor de cuarenta mil personas murieron en un instante, y miles más las siguieron.
Paul Tibbets fue el comandante del Enola Gay, el avión que lanzó la primera bomba. En una entrevista en 1982 describió el humo y los escombros que había visto abajo: «Después de que la bomba explotó, no se podía ver para nada que hubiera allí abajo una ciudad; estaba cubierta con un… la única forma en que puedo describirlo es que… parecía una masa negra e hirviente de alquitrán».
Durante milenios la humanidad ha buscado nuevas tecnologías para obtener ventajas sobre oponentes militares. Lanzas, arcos largos, fuego griego, pólvora, cañones, armas estriadas, balas minié, ametralladoras, lanzacohetes: los tambores golpeaban con una cadencia cada vez más ominosa a medida que las armas contaban con un poder asesino y destructivo cada vez mayor.
El ritmo de los tambores continuó con la creación de Little Boy y Fat Man, los nombres dados a esas primeras armas atómicas. Su génesis fue una carta firmada por Albert Einstein, redactada en agosto de 1939 en colaboración con el físico Leo Szilard y entregada al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt. La carta advertía sobre el potencial de Alemania para desarrollar un arma atómica e instaba a «una acción rápida por parte de la Administración» para contrarrestar la amenaza. Como resultado, los Estados Unidos comenzaron su propio programa atómico, llamado en código: el Proyecto Manhattan.
La lente del tiempo ofrece una gran ventaja a la hora de evaluar decisiones históricas. En aquella mañana de agosto de 1945, el mundo se sumió en una carrera armamentista nuclear de proporciones existenciales. Desde entonces, toda la tierra ha temblado de incertidumbre ante la presencia de estas armas en los arsenales de las naciones.
¿Una guerra justa?
Es notable, en retrospectiva, que los promotores de armas nucleares pensaran tan poco en la moralidad de la tecnología. El avance científico a menudo está divorciado de las responsabilidades morales o éticas, dejando en cambio los debates de este tipo a la filosofía, la ética o la religión. Por lo tanto, el proyecto siguió adelante sin una estrella del norte moral o ética o un principio rector, y sin considerar los riesgos futuros para la humanidad. El temor a una bomba alemana fue suficiente para impulsar a los investigadores.
«No podemos contemplar los llamados aspectos más sombríos sobre esto, porque no hay moralidad en la guerra. Así que no me detengo en el tema moral».
Las naciones occidentales han recurrido durante mucho tiempo a la «teoría de la guerra justa» para defender la acción militar, encontrando en ella un blanqueo del comportamiento en tiempos de guerra. Los líderes basan su derecho a ir a la guerra en un conjunto de principios conocidos como jus ad bellum. Una «causa justa» comúnmente invocada es la autodefensa contra la agresión, aunque esto se ha aplicado en general para intervenir en alguna amenaza o injusticia pública en otra nación. La teoría también especifica que la guerra debe ser un último recurso, ser declarada por una autoridad adecuada, provenir de intenciones correctas y tener una posibilidad razonable de éxito, y que los fines deben ser proporcionales a los medios. Este último punto se superpone con un segundo conjunto de principios, jus in bello, que especifica la conducta correcta en la guerra, la cual incluye la prohibición de matar civiles. (Como era de esperar, por supuesto, no hay un acuerdo generalizado sobre cómo interpretar o aplicar exactamente estos principios, especialmente si una parte ve a la otra como subhumana).
La gente ha reflexionado sobre el concepto de guerra justa durante milenios, con debate cristiano primitivo atribuido a Ambrosio (ca. 339-397 EC) y Agustín (354-430 EC). Tomás de Aquino desarrolló aún más la teoría, aproximadamente novecientos años después, proporcionando fundamentos teológicos y sistemáticos basados en la conciencia para la prosecución de la guerra. En una nota a pie de página de la historia, el capellán de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, George Zabelka, bendijo a la tripulación de Enola Gay antes de su fatídica misión, subrayando la creencia de que la bomba era una medida justa en una guerra justa.
Robert Oppenheimer, ampliamente reconocido por guiar el Proyecto Manhattan hasta su finalización exitosa, no tuvo reparos en lanzar la bomba; estaba seguro de que eso había sido necesario para derrotar al fascismo y así salvar la democracia. Abrumadoramente, los físicos involucrados en el proyecto se sintieron justificados, teniendo en consideración las agresiones de Hitler y el temor adicional de que sus científicos pudieran fabricar primero una bomba atómica.
Una foto de octubre de 1945 muestra los restos óseos del Salón de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima. Cuando la bomba atómica explotó sobre la ciudad, a unos 160 metros (525 pies) al sureste de este edificio, todos los que estaban dentro murieron. La estructura, ahora conocida como Genbaku Dome o A-Bomb Dome (Cúpula de la Bomba A), se ha conservado y en 1996 se convirtió en Patrimonio de la Humanidad como recordatorio perpetuo para el mundo y como símbolo de la paz global.
Pero había otra verdad, menos conveniente. Oppenheimer comentó en 1954: «Cuando uno ve algo que es técnicamente genial, sigue adelante y lo hace, y solo discute sobre qué hacer al respecto después de haber culmiado su éxito técnico». El famoso físico australiano Sir Mark Oliphant es citado diciendo: «Aprendí durante la guerra que si le pagas bien a la gente y el trabajo es emocionante, trabajarán en cualquier cosa. No hay dificultad en cuanto a conseguir médicos para que trabajen en guerras biológicas, químicos para que trabajen en guerras químicas, ni físicos para que trabajen en guerras nucleares».
El panorama moral cambió un poco cuando Alemania se rindió el 7 de mayo de 1945. Cambió aún más a medida que el verdadero poder de las nuevas armas se hizo más obvio. Después de observar la explosión de la prueba nuclear de julio de 1945 en Alamogordo, Nuevo México, Oppenheimer recordó una cita del Bhagavad Gita hindú: «Ahora me he convertido en la Muerte, la destructora de mundos». Vio más claramente la enormidad del poder y de la destrucción que estaba a punto de desatarse sobre los japoneses, tanto militares como civiles.
Algunos científicos y físicos del Proyecto Manhattan se volvieron cada vez más reacios con respecto al uso de la bomba contra Japón, no tanto en cuanto a si alguna vez debería usarse —lo que por entonces parecía una conclusión inevitable—, sino a cómo usarla y en qué condiciones. La emergente comprensión del potencial de devastación inimaginable les hizo dudar. Pero su creación estaba ahora en manos de líderes políticos y militares.
Preocupados por sus responsabilidades morales, ellos hicieron circular una petición dirigida al presidente Truman: «... El desarrollo de la energía atómica proporcionará a las naciones nuevos medios de destrucción. Las bombas atómicas a nuestra disposición representan solo el primer paso en esta dirección, y casi no hay límite para el poder destructivo que estará disponible en el transcurso de su desarrollo futuro. Por lo tanto, una nación que sienta el precedente de utilizar estas fuerzas de la naturaleza recién liberadas con fines de destrucción puede tener que asumir la responsabilidad de abrir la puerta a una era de devastación a una escala inimaginable. […] En vista de lo anterior, nosotros, los abajo firmantes, solicitamos respetuosamente […] que ejerza su poder como Comandante en Jefe, para dictaminar que los Estados Unidos no recurrirán al uso de bombas atómicas en esta guerra a menos que los términos que se impondrán a Japón se hayan hecho públicos en detalle y Japón, conociendo estos términos, se haya negado a rendirse…»
«Si después de la guerra se permite que progrese una situación en el mundo que permita a las potencias rivales estar en posesión incontrolada de estos nuevos medios de destrucción, las ciudades de los Estados Unidos, así como las ciudades de otras naciones, estarán en continuo peligro de aniquilación repentina».
Aunque 70 científicos firmaron la petición, es probable que Truman nunca la viera antes de que se lanzara la bomba. Sin aparente consideración por lo que el lanzamiento pudiera presagiar, el presidente asumió que se perderían menos vidas estadounidenses y japonesas al llevar la guerra a su finalización por este medio, que si se usaran armas convencionales; los defensores contemplaron la bomba como una medida para salvar vidas.
En noviembre de 1945, Oppenheimer trató de poner el proyecto en perspectiva: «En definitiva, la razón por la que hicimos este trabajo es porque era una necesidad orgánica. Cuando se es científico no se puede detener algo así. El científico cree que es bueno averiguar cómo funciona el mundo; que es bueno averiguar cuáles son las realidades; que es bueno entregar a la humanidad en general el mayor poder posible para controlar el mundo y tratar con él de acuerdo con sus luces y sus valores». Sin embargo, ese poder ahora incluía la capacidad de poner fin a la vida en el planeta.
De la Guerra Mundial a la Guerra Fría
La guerra parecía exigir la creación de estas «armas definitivas». Al final de la guerra, tanto Alemania como Japón yacían derrotados y destrozados. En esos momentos, una respiración larga y profunda habría dado tiempo para considerar la necesidad de una coexistencia pacífica con la comunidad mundial en lugar de mejorar las capacidades de las armas nucleares. ¿Por qué no sucedió esto?
La respuesta se encuentra en un documento que, con precisión milimétrica, puso de manifiesto la mentalidad agresiva de Joseph Stalin sobre política exterior y relaciones internacionales. George Kennan, el encargado de negocios estadounidense en Moscú, escribió un «largo telegrama» describiendo la creencia de la URSS de que no podría haber «una coexistencia pacífica permanente» con el occidente capitalista. Describió los planes de Rusia para una campaña agresiva con el fin de posicionar su interés nacional en directa oposición —económica, política y militar— a occidente.
Estados Unidos y sus aliados respondieron con una política de «contención» destinada a limitar el avance de la influencia soviética en el mundo. Como resultado, las dos potencias se embarcaron en un tipo diferente de conflicto, una guerra «fría» que requería una vasta expansión de las capacidades nucleares.
En la década de 1950, las armas atómicas habían dado paso a armas de hidrógeno que eran potencialmente dos mil quinientas veces más potentes que el dispositivo utilizado en Hiroshima, y los principales pensadores se preocuparon cada vez más. En julio de 1955, Bertrand Russell y Einstein emitieron un manifiesto advirtiendo contra el uso futuro de armas nucleares.
Hablando «como seres humanos —miembros de la especie humana cuya existencia continua está en duda—, preguntaron: "¿Pondremos fin a la raza humana?; ¿o la humanidad renunciará a la guerra?"». El documento terminaba con una resolución: «En vista del hecho de que en cualquier futura guerra mundial seguramente se emplearán armas nucleares, y que tales armas amenazan la existencia continua de la humanidad, instamos a los gobiernos del mundo a darse cuenta, y a reconocer públicamente, que sus propósitos no pueden ser impulsados por una guerra mundial, y los instamos, en consecuencia, a encontrar medios pacíficos para la solución de todas las controversias entre ellos».
«Todavía no hemos encontrado que las opiniones de los expertos sobre esta cuestión dependan en grado alguno de sus políticas o prejuicios. Dependen únicamente —hasta donde nuestras investigaciones han revelado— del alcance del conocimiento del experto en particular. Hemos descubierto que los hombres que más saben son los más pesimistas».
Siempre que el potencial de conflicto entre las naciones-estado- ha existido, se han hecho esfuerzos para impedir dicho conflicto; por ejemplo, desarrollando suficiente capacidad militar para intimidar o derrotar al enemigo, o haciendo que el precio de la victoria de un enemigo sea demasiado alto.
Pero el auge de las armas nucleares alteró este enfoque. Con la capacidad de infligir el máximo daño a soldados, civiles e infraestructura desde las etapas iniciales de un conflicto, la «destrucción mutua asegurada» (MAD, por sus siglas en inglés) se convirtió en la defensa estándar de las superpotencias.
Riesgos crecientes
En los años transcurridos, muchos han analizado la utilidad de un arsenal nuclear y los riesgos existenciales que plantea. Actualmente se sabe que ocho naciones tienen armas nucleares: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán y Corea del Norte. También se supone que Israel las tiene, y muchos creen que incluso Irán y Siria han trabajado cada uno con miras a crear una bomba propia.
El registro histórico apunta a que las armas nucleares son en gran medida ineficaces como elemento disuasorio de la guerra. La acción militar todavía ocurre con una frecuencia preocupante. Esto sugiere una necesidad urgente de resolver cuestiones tales como la proliferación de armas nucleares, el aumento de la membresía en la comunidad de armas nucleares, la evaluación inexacta de las amenazas, las interrupciones de comando y control, y los lanzamientos accidentales.
Pero hay razones más preocupantes para reconsiderar el camino nuclear. Varios actores clave en las políticas pasadas de Estados Unidos sobre relaciones internacionales (entre ellos el ex senador estadounidense Sam Nunn, el ex secretario de Defensa William Perry y los ex secretarios de Estado George Schultz y Henry Kissinger) han señalado el creciente riesgo de inestabilidad nuclear entre Estados Unidos y Rusia. En un artículo de opinión publicado en el Wall Street Journal en 2011, preguntaban: «¿Podemos idear e implementar con éxito con otras naciones —incluidas otras potencias nucleares—, conceptos cuidadosos y cooperativos para desmontar de manera segura al tigre nuclear... ?». Décadas después del evento que lo inició todo, la pregunta no es menos importante.
En los últimos años hemos visto una creciente tensión entre Rusia y los Estados Unidos derivada de la participación política en los Balcanes, Kosovo, Siria, etc.; la ampliación de la OTAN; la guerra de Irak; las invasiones rusas de Georgia y Ucrania y su anexión de Crimea; y la presunta interferencia rusa en las elecciones de otras naciones.
Esta tensión, combinada con la reducción de la comunicación entre las dos naciones y el ocaso de muchos acuerdos de control de armas, indujo a Nunn a dirigirse a una mesa redonda en 2019 en la Institución Hoover (un grupo de expertos en políticas públicas de la Universidad de Stanford). Sus comentarios se basaron en un artículo de opinión del WSJ (Wall Street Journal) de 2007 que también había escrito en colaboración con Schultz, Perry y Kissinger. «A menos que se tomen nuevas medidas urgentes —habían dicho— Estados Unidos pronto se verá obligado a entrar en una nueva era nuclear que será más precaria, psicológicamente desorientadora y económicamente aún más costosa que la disuasión de la Guerra Fría».
Cerca del centro del Parque Memorial de la Paz en Hiroshima, este arco se encuentra sobre un cenotafio con los nombres de todos los que murieron a causa de la bomba. El arco enmarca la cercana Cúpula de la Bomba A.
Cara de Jano
¿Por qué la humanidad se coloca continuamente al borde del precipicio? Si, al ofrecer una bendición a la tripulación de Enola Gay, se le hubiera pedido al capellán Zabelka de la Fuerza Aérea que identificara la fuente de la guerra, bien podría haberse referido al libro bíblico de Santiago: «¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra» (Santiago 4:1–2, NVI). La audiencia del apóstol en el primer siglo no era el mundo en general, pero su argumento es, con todo, instructivo.
Steven Pinker, psicólogo y científico cognitivo de la Universidad de Harvard, reconoce que el cerebro humano está predispuesto a la violencia, influenciado por el tribalismo, la sed de venganza y la búsqueda de dominio. Pero cree que la humanidad puede superar estas tendencias bélicas, al observar que el cerebro humano también es capaz de practicar la empatía —«la capacidad de meterse en las cabezas de otras personas, sentir su dolor y tal vez pensar dos veces antes de hacerles daño»—, y añade, “todos estos, procesos cognitivos que pueden participar en un análisis objetivo e imparcial, y ver la violencia misma como un problema a resolver en lugar de como un concurso que ganar».
Escribiendo en Psychology Today, el psicólogo y biólogo evolucionista David P. Barash se hace eco de Pinker. Él describe a la humanidad como «desagradable y agradable, belicista y en busca de paz, engendro del diablo y sensible a los mejores ángeles de nuestra naturaleza».
«Cuando se trata de asuntos de guerra y paz, nuestro legado evolutivo [...] tiene cara de Jano: mira en dos direcciones muy diferentes; en este caso, tanto hacia la guerra como hacia la paz».
Lamentablemente, los líderes nacionales «solo ocasionalmente representan lo mejor de lo que la humanidad tiene para ofrecer», escribe el médico Alex Lickerman. «Sufren de los mismos tres venenos que las poblaciones a las que lideran: codicia, ira y estupidez. La verdadera causa de la guerra radica en el desenfreno sin control de estos tres venenos a través de los corazones de las personas a nivel personal». En este análisis, escuchamos ecos de las palabras del apóstol Santiago.
¿Por qué no podemos aprovechar «los mejores ángeles de nuestra naturaleza» en una búsqueda de paz?, pregunta Lickerman. «Si en las sociedades civilizadas esperamos que las personas resuelvan sus diferencias amistosamente [...], ¿por qué esas mismas expectativas no se aplican a las diferencias entre los países civilizados?». Iniciativas audaces —la Liga de las Naciones, el Pacto Kellogg-Brand de 1928, las Naciones Unidas— han apuntado precisamente a eso: resolver disputas internacionales sin recurrir a la guerra. Pero los sables continúan desenfundándose, y todavía enfrentamos el potencial de un evento nuclear que termine con la vida en el planeta.
En sus comentarios de 2019 en la mesa redonda de Hoover, Nunn señaló que el mundo ha entrado en «una nueva era nuclear» y que las potencias nucleares deberían reconocer los «intereses existenciales en común» como fundamentales para el futuro. Presentó varias ideas para reducir el riesgo, incluso el reconocimiento del peligro inherente en cualquier persona que «tenga un dedo en el gatillo».
Si la comunidad nuclear acordara un retroceso general para reducir la amenaza de aniquilación, el mundo podría regocijarse con razón. Pero, ¿sería suficiente? Como indicara Oppenheimer, la ciencia y la tecnología avanzan, a pesar de las consideraciones éticas. Alguien inventará otras armas capaces de acabar con la existencia humana.
Uno se ve obligado a preguntarse ¿por qué? ¿Por qué la comunidad mundial, en su propio interés común, no insiste en la paz? Lickerman da con la respuesta, observando que «el verdadero camino hacia la paz mundial no se puede encontrar en la aprobación de más leyes, en la diplomacia o incluso en la guerra misma. Solo se puede encontrar en las acciones que los seres humanos individuales tomen para reformar los principios que tienen en sus corazones. [...] La paz mundial existe literalmente en las acciones que cada uno [de nosotros] toma en su propia vida. […] Cuando la gente llegue a creer profundamente en nociones que promuevan la paz, la paz se hará presente, como la sombra sigue al cuerpo».
Evaluar nuestro propio enfoque de la paz y cómo interactuamos entre nosotros individualmente es el lugar para comenzar. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», dijo Jesús, un hombre universalmente reconocido como la encarnación de la paz. Pero él también dijo: «Ama a tus enemigos». Este resulta un dicho difícil hasta que llegamos a ver que la bondad vence al odio, y que el odio solo engendra más odio.
Desde los primeros años de vida, todos alimentamos una preocupación sobredimensionada por el propio yo en perjuicio de los demás. Vemos esto en los parques infantiles, los patios de recreo, los recintos escolares. Pinker describía los motivos como venganza, tribalismo, una búsqueda de dominio. Nos volvemos expertos en resolver problemas a través del conflicto en vez de a través del establecimiento de la paz. No es de extrañar que aquellos que pasan a ser líderes en la sociedad o en el ejército tiendan a ser más expertos en posturas agresivas que en esfuerzos de paz.
Cambiar las actitudes colectivas es difícil, si no imposible, a menos que cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestra ciudadanía, experimente milagrosamente un cambio simultáneo de corazón, porque el camino hacia la paz se manifiesta en las acciones que tomamos individualmente. ¿Podemos deshacernos de los motivos más oscuros de nuestra naturaleza y practicar la paz para que Hiroshima o Nagasaki nunca vuelvan a suceder? En ausencia de la determinación de elegir conscientemente la paz como nuestro camino de vida, solo podemos esperar que la historia se repita.