Equilibrar el «auto» en «autoestima»

La autoestima sana es más que sentirse bien con uno mismo. Construimos nuestro mejor sentido del valor interior cuando aprovechamos el fracaso como herramienta para crecer.

Liz Beattie llevaba 37 años enseñando en la escuela primaria cuando propuso una moción bastante controvertida a su sindicato de docentes. La veterana educadora propuso que la palabra «fracaso» se prohibiera en las aulas británicas y se sustituyera por la expresión más suave «éxito diferido». Reconociendo con razón que todos debemos lidiar con el fracaso a lo largo de la vida y perseverar en el esfuerzo por crecer, instó: «Tenemos que dejar de tratar el fracaso como una mala palabra». Aunque su propuesta de 2005 no se adoptó, no le faltaron partidarios y puso de relieve una preocupación creciente en la educación occidental: ¿cómo equilibrar la crítica constructiva con el bienestar emocional?

Ese mismo año surgió la inquietud por otra posible amenaza a la autoestima de los niños, que también provocó controversia. Esta vez se trataba de si los maestros debían usar tinta roja al corregir los trabajos. Según un informe de 2005 de la Associated Press, los padres se opusieron al uso de ese color «estresante», y algunas escuelas optaron por el morado, con la esperanza de que la combinación de la autoridad del rojo con la serenidad del azul resultara más alentadora como forma de corrección.

Historias como estas no son nuevas, ni se trata de fenómenos meramente británicos o estadounidenses. Las culturas occidentales han mantenido durante mucho tiempo una relación compleja con la autoestima: una relación que ha adoptado muchas formas a lo largo del último siglo y ha inspirado abundante investigación. Tras todo ese debate y experimentación, ¿qué podemos decir que hemos aprendido sobre cómo fomentar, identificar o incluso definir la autoestima genuina?

Más allá de simplemente «sentirse bien»

En 1965, el psicólogo social Morris Rosenberg elaboró la Escala de Autoestima de Rosenberg (RSES, por sus siglas en inglés), que se sigue utilizando hoy en día. Pero el concepto de autoestima existía desde mucho antes. De hecho, el filósofo y psicólogo de Harvard William James (hermano del novelista Henry James) ya en 1890 había ideado una fórmula al respecto, al sugerir que «el sentimiento que tenemos de nosotros mismos en este mundo depende por entero de lo que aspiramos a ser y a hacer. Está determinado por la proporción entre nuestras realidades y nuestras supuestas potencialidades». Representó esa proporción como una fracción literal: la autoestima equivale al éxito dividido entre lo que James llamaba nuestras «pretensiones»; es decir, nuestros logros divididos entre lo que creemos que podemos hacer.

Casi un siglo después, en 1967, el psicólogo del desarrollo Stanley Coopersmith propuso que cultivar una autoestima genuina en los niños era esencial, aunque también puntualizó con cautela que los niños con alta autoestima solían tener padres que establecían límites claros y definían elevados estándares de conducta, que ellos mismos modelaban con su propio ejemplo. Esto implica que los propios padres deberían tener una visión sana de sí mismos. Qué significa esto, y cómo cultivarla, ha sido tema de debate desde entonces.

En 2016, Glenn Schiraldi, fundador de Resilience Training International, elaboró un libro de ejercicios para personas de todas las edades en el que describió la autoestima sana como «una opinión realista y de aprecio hacia uno mismo. "Realista" significa exacta y honesta. "De aprecio" implica sentimientos positivos y agrado por uno mismo. Algunos hablan de autoestima alta y baja, pero esto hace que la autoestima parezca un juego de cifras, competitivo y comparativo».

«La autoestima se sitúa justo entre la "vergüenza autodestructiva" y el "orgullo autodestructivo"». 

Glenn R. Schiraldi, The Self-Esteem Workbook

Schiraldi señala que quienes son arrogantes y narcisistas tienen una visión poco realista de lo que significa ser humano, mientras que quienes están en el otro extremo malsano del espectro de la autoestima se ven a sí mismos como menos que humanos.

La autoestima genuina no puede confundirse con el egoísmo. Coexiste con una humildad sana y reconoce el valor semejante de los demás. Cuando la autoestima encarna el orgullo, no se trata de una vanidad presuntuosa basada en la necesidad de ser admirado, sino de gratitud y satisfacción por los propios logros, talentos y la capacidad de servir a los demás para contribuir a la sociedad. La autoestima auténtica se refuerza no solo con nuestros logros personales, sino también al reconocer que contribuir al bienestar de la comunidad es una parte fundamental de esos logros.

Esta observación se ha confirmado no solo en el estudio de la autoestima, sino también en otros ámbitos de la investigación sobre la salud mental y el bienestar. Lo que impulsa nuestra resiliencia y la valoración que tenemos de nosotros mismos como seres humanos incluye no solo nuestra capacidad de crecimiento y dominio personal, sino también, en un grado importante, nuestro potencial para influir positivamente en el bienestar de los demás.

Teniendo esto en cuenta, podemos reconocer que el objetivo de construir una autoestima sana no es, como algunos temen, una vía directa hacia el narcisismo ni hacia una inferioridad debilitante. Pero sí importa cómo desarrollamos la autoestima y, de hecho, cómo definimos lo que es sano. Muchos factores determinan si fomentamos una visión sana de nosotros mismos o una que conduce a extremos como la estima arrogante de uno mismo, o el autodesprecio y la depresión. Uno de los factores más importantes es si alentamos a las personas a aceptar el fracaso o a temerle.

Dos mentalidades

Dar ánimo es esencial para inculcar la perseverancia, y el tipo adecuado de elogio puede ser una herramienta maravillosa para reforzar el comportamiento positivo. De hecho, las investigaciones demuestran de forma constante que el refuerzo positivo motiva los cambios de conducta mucho más rápido, y los afianza más profundamente, que el castigo. Pero los niños distinguen cuando el elogio es vacío, por bienintencionado que sea. Cuando sentimos que no lo hemos merecido, aprendemos a desconfiar del elogio incluso cuando es bien merecido. El elogio es más eficaz cuando refleja la realidad y destaca el esfuerzo, la perseverancia y el crecimiento, en lugar de características personales innatas —como la inteligencia o la belleza— que escapan a nuestro control.

En el otro extremo del espectro está la crítica. Al igual que el elogio, puede ser merecida o inmerecida, y la manera de plantearla puede determinar si produce desesperanza u optimismo. También como el elogio, la crítica es más eficaz cuando nos anima a intentarlo de nuevo (y quizá incluso nos orienta sobre cómo hacerlo) en lugar de dirigirse a rasgos fijos. La crítica basada en rasgos —«es que no eres nada coordinado» o «no afinas ni una sola nota»— puede destruir la motivación para volver a intentarlo.

El fracaso conduce a la desesperanza si pensamos que refleja quiénes somos o lo que seremos capaces. En otras palabras, sentirse mal por el fracaso no es el problema. Es la manera de enmarcar el fracaso lo que obstaculiza la autoestima. Tanto el fracaso como la decepción que de este se deriva son pasos necesarios en el proceso de aprendizaje. «Para que su hijo experimente lo que es dominar algo —insiste el psicólogo y educador Martin Seligman—, es necesario que fracase, que se sienta mal y que lo intente una y otra vez hasta lograr el éxito. Ninguno de estos pasos puede eludirse. El fracaso y el malestar son cimientos necesarios para el éxito a largo plazo y para sentirse bien».

Para que esto sea cierto (para los niños o para cualquier otra persona), el fracaso debe plantearse como una oportunidad de crecimiento. Si se reprende a las personas cuando fracasan, aprenden a temer el fracaso, y este no cumplirá la función que describe Seligman. No está diciendo que sea tarea de los padres hacer que sus hijos se sientan mal cuando fallan. Es importante entender que, cuando se inculca a las personas un afán intrínseco de hacerlo bien porque anticipan resultados positivos de sus esfuerzos, la parte del «sentirse mal» ocurrirá por sí sola, pero no será ni intensa ni incapacitante.

Beattie tenía razón en su idea de fondo: no es útil ver el fracaso como una mala palabra. Y tampoco es útil ver el fracaso como la propia identidad ni como una condición permanente.

La investigación de la psicóloga Carol Dweck sobre la mentalidad refuerza esta idea. Dweck analiza la diferencia entre una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. Con una mentalidad fija, uno ve el fracaso como prueba de que sencillamente no se es lo bastante inteligente o talentoso para triunfar, una visión que puede conducir a lo que Seligman llama indefensión aprendida. Con una mentalidad de crecimiento, el fracaso solo significa que aún no se está alcanzando todo el potencial.

El término de Beattie, «éxito diferido», se parece mucho a la insistencia de Dweck en que hay una diferencia entre «no puedo hacer esto» y «no puedo hacer esto... todavía». Esta última perspectiva deja mucho espacio para el optimismo. «La pasión por exigirse a uno mismo y perseverar, incluso (o especialmente) cuando las cosas no van bien, es el sello distintivo de la mentalidad de crecimiento —explica Dweck—. Es la mentalidad que permite a las personas prosperar en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas».

«"Llegar a ser es mejor que ser". La mentalidad fija no concede a las personas el lujo de llegar a ser. Tienen que serlo ya».

Carol Dweck, Mindset: The New Psychology of Success

A medida que los niños desarrollan esta perspectiva orientada al crecimiento, llegan a ver los desafíos no como amenazas a su valía personal, sino como oportunidades para mejorar. La investigación de Seligman concuerda con la de Dweck. «No existe ninguna técnica eficaz para enseñar a sentirse bien que no enseñe antes a hacer bien las cosas—escribe—. Los sentimientos de autoestima en particular, y la felicidad en general, se desarrollan como efectos secundarios: de dominar desafíos, trabajar con éxito, superar la frustración y el aburrimiento, y triunfar. El sentimiento de autoestima es un subproducto de hacer bien las cosas». Valorar el crecimiento y el aprendizaje nos ayuda a dominar habilidades, superar desafíos y hacer contribuciones significativas en nuestras comunidades y más allá.

Pero ¿es posible tener demasiada autoestima? Si tenemos una autoestima alta, ¿no corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad llena de narcisistas?

Narcisismo versus autoestima sana

Como señala Schiraldi, la autoestima no debería considerarse como si se midiera en cantidad: no tenemos «mucha» o «poca». Más bien, tenemos visiones sanas o malsanas de nosotros mismos. Aun así, las preocupaciones por un enfoque excesivo en uno mismo son legítimas. El narcisismo clínico —caracterizado por patrones de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía— es un verdadero trastorno psicológico. Con todo, existe una distinción importante entre el trastorno narcisista de la personalidad (TNP) diagnosticado y formas más comunes de egocentrismo.

Lilian G. Katz, especialista en educación de la primera infancia, advierte que algunos enfoques para fomentar la autoestima podrían «cultivar el narcisismo de manera inadvertida» si hacen hincapié en actividades centradas en uno mismo sin valorar la empatía y la responsabilidad hacia los demás. Escribe que las personas con tendencias narcisistas «a menudo se quejan de que sus vidas están vacías o carecen de sentido, y con frecuencia muestran insensibilidad ante las necesidades de los demás». De hecho, estas dos quejas están relacionadas: atender las necesidades de los demás es una clave importante para encontrar sentido a la vida. Como escribe el psicólogo del desarrollo William Damon, «uno no puede "encontrar" la autoestima al margen de sus relaciones con los demás, porque no existe separada de esas relaciones». Esto no significa que la visión que tenemos de nosotros mismos dependa de cómo nos ven los demás. Más bien, nuestra valía personal está directamente ligada al valor que damos a los demás.

«Uno no puede decir: "Me respeto a mí mismo simplemente porque soy una persona, pero no siento ningún respeto por las demás personas"».

William Damon, Greater Expectations

Lamentablemente, no todos tienen el mismo acceso a este fundamento sano, y existen otras influencias sobre la visión que tenemos de nosotros mismos. Seligman señala varias de ellas, que van desde la genética hasta la crítica pesimista de personas influyentes en nuestra vida, así como el trauma, el abuso, el duelo, la pérdida y otras experiencias de una indefensión extraordinaria.

Estos elementos pueden conducir a mentalidades fijas y a visiones pesimistas del mundo, razón por la cual las intervenciones comunitarias son tan importantes. Construir una sociedad en la que todos puedan llegar a ser miembros que aportan exige sistemas de apoyo comunitario que beneficien a todos, no solo a quienes se benefician directamente de ellos.

El papel de la comunidad

Un error común es pensar que los programas sociales desalientan a las personas a mejorar su situación, que fomentan la dependencia y reducen la autosuficiencia. De hecho, bien diseñados, los programas sociales pueden generar una espiral ascendente de autoestima, mentalidad de crecimiento y automotivación. Tanto los programas formales como los simples actos interpersonales de bondad pueden ayudar a ponerla en marcha.

El apoyo bien dirigido puede dar a las personas una mayor confianza en sus capacidades y en su valor. Por ejemplo, la ayuda económica puede liberar a las personas de la necesidad de centrarse en las preocupaciones inmediatas por la supervivencia, de modo que dispongan de tiempo y recursos para dedicar más esfuerzo a desarrollar habilidades que les permitan crecer. Los programas comunitarios pueden entonces crear oportunidades para relacionarse con otros, aprender nuevas habilidades y aportar esas habilidades a la comunidad. Cada interacción social positiva y cada logro pueden reforzar aún más la confianza y la valía personal, animando a las personas a afrontar desafíos cada vez mayores.

La importancia del apoyo comunitario resuena en diversas tradiciones religiosas, que tienen mucho que decir sobre los fundamentos del valor humano y la relación entre la auténtica estima de uno mismo y el cuidado de los demás. Las enseñanzas de Jesús, por ejemplo, subrayan tanto la dignidad humana inherente como la importancia de atender a las necesidades de los demás, lo que sugiere que la estima adecuada de uno mismo y el cuidado compasivo de los demás son complementarios, no contradictorios.

Estas perspectivas contradicen los enfoques individualistas de la autoestima que pregonan que cada uno debe salir adelante por sus propios medios, y encuentran respaldo en los llamados a sobrellevar los unos las cargas de los otros y a socorrer a las viudas, los huérfanos y los pobres, prestando ayuda generosamente cuando y donde se necesite. Al fin y al cabo, eso es lo que cada uno de nosotros espera cuando somos nosotros quienes pasamos apuros.

Todo se reduce a tratar a los demás como queremos que nos traten, y para ello debemos reconocer que todos tenemos el mismo valor intrínseco. Pero no todos partimos con el mismo acceso a los recursos que nos permiten invertir en ese valor y demostrarlo. La obligación de las comunidades es, pues, que quienes necesitan ayuda vean satisfechas sus necesidades: que sean acogidos en la comunidad y que se les ofrezcan funciones significativas, un camino verdadero hacia el dominio y el reconocimiento de su valor humano fundamental.

Por supuesto, recibir ayuda no siempre es fácil: puede ser una fuente de refuerzo positivo y de aliento, o una fuente de estigma, según el enfoque y la cultura del entorno.

La psicóloga educativa Kristin Neff explora algunos de estos conceptos en su investigación sobre la autocompasión, distinguiendo entre la autoestima basada en la comparación con los demás (una visión competitiva) y la autocompasión basada en la humanidad compartida (una visión cooperativa). Podemos reforzar la resiliencia ejerciendo la humildad necesaria para reconocer nuestras luchas comunes, lo que puede ayudarnos a tratarnos con la misma amabilidad que mostraríamos a los demás. «Si en los momentos en que caemos somos capaces de recordarnos con compasión que el fracaso forma parte de la experiencia humana compartida —escribe—, ese momento se convierte en uno de unión en lugar de aislamiento».

Sea cual sea el papel que desempeñemos —padres, maestros, amigos, empleadores—, tenemos la oportunidad de fomentar una autoestima sana. Hacerlo requiere un delicado equilibrio entre honestidad y amabilidad, humildad y consideración mutua, desafío y apoyo, crecimiento personal y responsabilidad colectiva. Alcanzar este equilibrio implica reconocer que dos cosas en apariencia opuestas pueden ser ciertas al mismo tiempo: como individuos, somos responsables de nuestro propio crecimiento; como seres sociales, nuestra vida cobra sentido mediante la conexión, la contribución y el servicio a los demás.

Como han concluido Seligman, Dweck y muchos otros investigadores, la idea no es simplemente hacer que las personas se sientan bien consigo mismas. Se trata de crear condiciones en las que todos podamos desenvolvernos bien de verdad, animándonos unos a otros a afrontar los desafíos con resiliencia y a aprender del fracaso sin angustiarnos por él ni dejar que nos defina. En última instancia, el objetivo es vernos a nosotros mismos como personas motivadas a hacer las cosas bien y a contribuir de forma significativa a algo más grande que nosotros mismos.

Aplicaciones prácticas para fomentar una autoestima sana

  1. Reconocer la valía inherente del ser humano y, a la vez, fomentar el crecimiento: Reconocer el valor fundamental de cada persona y el potencial que todos tenemos para mejorar nuestro carácter y nuestra conducta.
  2. Centrarse en el esfuerzo y el proceso: Elogiar los esfuerzos y las estrategias concretos en lugar de los rasgos fijos, y fomentar una mentalidad de crecimiento que considera los desafíos como oportunidades de desarrollo.
  3. Equilibrar el desafío con el apoyo: Ofrecer un reto suficiente para desarrollar la competencia y la resiliencia, pero no tanto como para abrumar. Con desafíos y sistemas de apoyo fiables, podemos aprender que los obstáculos son superables y afrontar los retos futuros con mayor confianza.
  4. Cultivar la empatía junto con la estima de uno mismo: Desarrollar la capacidad de entender las perspectivas de los demás y responder con compasión, reconociendo nuestra humanidad compartida.
  5. Fomentar la contribución significativa: Crear oportunidades para influir positivamente en la vida de los demás, reforzando la conexión entre la realización personal y el servicio a la comunidad.
  6. Enseñar una autoevaluación realista: Aprender a evaluar con honestidad las fortalezas y las debilidades, sin minimizar los logros ni ignorar las áreas de mejora.
  7. Dar ejemplo de una sana aceptación de uno mismo: Aceptar que la imperfección es parte de la condición humana y que aprender de los errores es una parte natural de la vida. Cuando somos capaces de aceptar nuestras imperfecciones con humildad y mantenernos abiertos a la retroalimentación sin juzgarnos, desarrollamos una base más sólida para un crecimiento sano.