Gratitud en un mundo codicioso
¿Quién hubiera pensado que el antídoto para la codicia podría ser algo tan simple (aunque quizás no tan fácil) como cultivar esta emoción humana?
Los años 80 fueron bautizados por la prensa popular como la «década de la codicia». Pero la corrupción y la avaricia corporativa están tan vivas y presentes en el mundo de hoy como cuando Gordon Gekko diera su discurso titulado «La codicia es buena», en la película estadounidense de 1987 Wall Street. Un legado de codicia —una brecha cada vez mayor entre los ricos y los pobres— es un problema mundial que nadie parece estar cerca de resolver.
A simple vista, se podría suponer que es imposible resolver un problema tan dificultoso como la inseguridad financiera mundial. Por otra parte, proponer que lo abordemos cultivando una única emoción humana positiva y aparentemente frívola parecería irrisorio. Pero los estudios sobre los efectos de largo alcance de la gratitud en el bienestar personal y comunitario sugieren que podría desempeñar un papel importante en el cambio de perspectiva de la sociedad y sentar las bases para resolver algunos de los problemas más apremiantes, incluida la codicia.
Aunque muchas situaciones y circunstancias pueden evocar gratitud de forma pasajera, ser agradecido también puede convertirse en un rasgo de la personalidad, una especie de «actitud de gratitud».». De hecho, ahí es donde reside la mayor parte de su poder. Cicerón la calificó de virtud, escribiendo que no solo era la mayor, sino también la madre de todas las demás. De hecho, cuando analizamos detenidamente cómo afecta la gratitud tanto al benefactor como al beneficiario, podemos entender su punto de vista. Pero trataremos eso en breve; primero, exploremos algunos de los antecedentes a modo de contexto.
Los psicólogos clasifican no solo la gratitud, sino también el orgullo como emociones relacionadas con el beneficio: la manera como nos sentimos cuando se nos ha suplido una necesidad o un deseo (o sea, cuando hemos recibido un beneficio). Tenemos una sensación de orgullo cuando creemos que hemos sido nuestros propios benefactores. Se trata de una respuesta orientada hacia nuestro propio ser. Por otro lado, sentimos gratitud cuando creemos que son influencias externas las que han provisto el beneficio. Se trata de una respuesta orientada hacia el exterior, ya sea hacia otra persona, hacia Dios, hacia algo nebuloso que a menudo se etiqueta como «destino» o incluso hacia el azar.
El orgullo, podríamos decir, es una mezcla de sentimientos. Cuando se percibe como una sensación de logro, puede reforzar nuestra creencia de que tenemos la capacidad de dominar una tarea o situación, lo que puede ayudarnos a concentrarnos y perseverar. Pero si no se equilibra con un sentimiento de gratitud, o incluso con el simple reconocimiento de que la salud y las habilidades propias son un regalo, la confianza en uno mismo puede convertirse rápidamente en exceso de confianza, arrogancia e incluso narcisismo.
Desgraciadamente, a menos que cultivemos de forma voluntaria una actitud de agradecimiento, puede resultar difícil deshacerse del lado oscuro del orgullo. El orgullo narcisista puede convertirse en un obstáculo para la gratitud, al igual que el cinismo, el materialismo, la envidia y el hecho de sentirse en deuda.
A estas alturas, puede que alguien piense: «¡Un momento! ¿Sentirse en deuda? ¿Acaso no es de eso de lo que trata la gratitud?». No, no realmente. Hay una sutil diferencia, por la cual el sentirse en deuda conlleva la sensación de que ahora al benefactor se le debe algo a cambio. Es posible que, en realidad, el benefactor no espere que se le devuelva el favor, pero hay personas a las que les resulta más difícil que a otras aceptar la generosidad, motivo por el cual el sentimiento de gratitud tiende a eludirlos. Como resultado, lo más probable es que quienes suelen pensar en términos de intercambio, al igual que quienes están más centrados en sí mismos o son más conscientes de sí, sean más propensos a sentirse en deuda. Y de este modo pierden los muchos beneficios de la gratitud.
¿Y cuáles son esos beneficios?
Dones de la gratitud
Según investigaciones al respecto, cuando nos sentimos cómodos al expresar gratitud, experimentamos menos síntomas de enfermedades físicas; hacemos más ejercicio físico; dormimos más y mejor; y presentamos índices más elevados de emociones positivas, mayor optimismo y un mayor sentido de conexión con los demás. Esto parece ser verdad a todo lo largo de las líneas generacionales, desde los niños y adolescentes hasta los ancianos.
Cuando los investigadores hacen mediciones utilizando los Cinco Grandes rasgos de la personalidad (extroversión, neuroticismo, amabilidad, conciencia y apertura a nuevas experiencias), encuentran que las personas con disposición a la gratitud presentan menos inestabilidad emocional y más amabilidad y extroversión (por lo general, con puntajes dentro del rango saludable de «ambivertido» en lugar de estar en cualquiera de los extremos del espectro introvertido-extrovertido). Al considerar la relación entre una disposición a la gratitud y los citados rasgos de la personalidad, es fácil ver por qué las personas agradecidas tienen menos ira y soledad, más aceptación y compasión y, como resultado, redes de socialización más fuertes y todos los beneficios que todo esto conlleva.
«La investigación ha confirmado que las personas agradecidas pueden, realmente, tener las llaves para una vida feliz».
También se encontró que las personas con disposición a la gratitud eran menos envidiosas de otros, presentaban menos síntomas de depresión y sentían mayor satisfacción y felicidad en la vida. Esto cobra sentido cuando consideramos cómo las reevaluaciones de eventos y situaciones pueden ayudar a fomentar la resiliencia. El hecho de «encontrar beneficio» cuando se reevalúa un acontecimiento traumático se ha relacionado con el crecimiento postraumático y con menos síntomas de trastorno de estrés postraumático.
Como dato al margen, la empatía—otro importante substrato de las comunidades saludables— tiene una relación interesante con la gratitud. Cuando se pidió a los participantes en el estudio que hicieran una lista de las cosas por las cuales se sentían agradecidos, solo los que obtuvieron un puntaje alto en empatía hallaron que el ejercicio les había levantado el ánimo. ¿Nos facilita la empatía entender cuánto les cuesta a nuestros benefactores proveer el servicio o beneficio que recibimos de ellos? Reconocer su verdadero valor debería, en verdad, ejercer un efecto en la profundidad de nuestra apreciación.
Además, una mentalidad de agradecimiento mejora la calidad del sueño; y cuando uno duerme mejor, aumenta aún más su capacidad de agradecer. Cuando nuestra capacidad aumenta, empezamos a enfocarnos más en nuestras experiencias positivas que en nuestras molestias y quejas. También tendemos más a ayudar a otros con sus problemas personales y a ofrecer apoyo emocional, evocando así sentimientos de gratitud en aquellos cuyas vidas tocamos.
Algunos investigadores ponen la gratitud en la misma categoría que la simpatía, la empatía, la culpa y la vergüenza, dado que sirve a manera de barómetro moral, motivador moral y reforzador moral. Como barómetro, hace que tomemos consciencia de que alguien, libremente, ha hecho algo beneficioso por nosotros; como motivador, puede inducirnos a comportarnos de manera prosocial; y como reforzador, la gratitud hacia un benefactor hace que esa persona tienda a repetir su comportamiento en el futuro.
Pago por adelantado
La gratitud se propaga, al igual que la generosidad que promueve. Las personas con niveles más altos de gratitud experimentan un mayor sentido de propósito y pertenencia y un deseo más fuerte de ser bondadosas o generosas para con los demás o incluso de retribuir a sus comunidades de maneras más significativas, lo que hace que los demás se sientan agradecidos y continúen el ciclo. Algunos estudios sugieren que quienes reciben beneficios en estas situaciones de «pago por adelantado» (y, como resultado, probablemente se sienten agradecidos) dan a otros más generosamente que si pueden solo dar lo que quieren dar.
Por otro lado, por supuesto, la codicia también paga por adelantado. Desafortunadamente, según muestran las investigaciones al respecto, el efecto de pago por adelantado de la codicia es incluso más fuerte que el efecto de la gratitud y la dadivosidad. Sin embargo, no es tan fuerte que no se pueda superar. Si nos hallamos atrapados en un círculo negativo de pago por adelantado, detenernos para contar nuestras bendiciones —por así decirlo—, es un buen ejercicio para desperezar la gratitud y revertir el ciclo negativo.
Tal vez una de las cosas más interesantes de la gratitud disposicional es su efecto en uno de los primos hermanos de la codicia: el materialismo. En 1985, antes de que el discurso de Gekko sobre la codicia reverberara en los cines de todo el mundo, un investigador llamado Russell Belk concluía que el materialismo —el afán de acumular bienes materiales— suele ser amigo íntimo de al menos tres subtipos: la envidia, la posesividad y la falta de generosidad, las cuales tienden a socavar la felicidad.
«Así terminan todos los que codician el dinero; esa codicia les roba la vida».
Un par de décadas más tarde, al empezar a surgir un interés académico en la gratitud, otros investigadores se preguntaban si una disposición a la gratitud podría ser una alternativa poderosa o un antídoto al materialismo. Hay cada vez más evidencias que apoyan esta suposición; los investigadores piensan que una de las razones es que para sentir gratitud, tenemos que notar y valorar la benevolencia de otros para con nosotros. Eso nos hace tomar consciencia de que estamos rodeados de gente dispuesta a ayudar, lo cual nos permite sentir que nuestras vidas están más seguras, a salvo y satisfechas. Esto es importante, porque según se cree, el materialismo es una de las maneras en que la gente lidia con sus sentimientos de inseguridad existencial: un abrumador sentido de inestabilidad y vulnerabilidad. Desafortunadamente, la inseguridad existencial está aumentando a escala mundial, lo que no augura nada bueno para que la humanidad en general salga pronto del atolladero materialista en el que se encuentra.
Si tan solo el materialismo, la competencia y la codicia pudieran ofrecer los mismos beneficios para la salud mental y física que ofrece la gratitud. Algo que se propaga tan lejos y tan rápidamente como lo hace la codicia debería siquiera tener algo de valor para ofrecer. Por supuesto, quienes piensan principalmente en términos económicos a menudo sugieren que lo hace.
«La Codicia es buena»
«El punto es, damas y caballeros, que la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena. La codicia es justa, la codicia funciona. La codicia esclarece, atraviesa y capta la esencia del espíritu evolutivo. La codicia, en todas sus formas —codicia de la vida, del dinero, del amor, del conocimiento— ha marcado el progreso de la humanidad. Y la codicia —recuerden mis palabras— no solo salvará a Teldar Paper, sino a esa otra corporación disfuncional llamada los EE. UU. Muchas gracias»
El punto de vista de Gordon Gekko coincide con el de economistas y antropólogos que asumen que la gente toma decisiones de manera mucho más «rentable» de lo que realmente lo hacen. Teorías económicas enteras se basan en la creencia de que la gente elige sus comportamientos a través de una especie de análisis situacional de costos y beneficios.
Desafortunadamente, estas teorías tuvieron gran éxito en 2002. Ese fue el año en que el psicólogo Daniel Kahneman ganó el Premio Nobel en Economía por su investigación sobre el juicio y la toma de decisiones. Él encontró que nosotros, los seres humanos (lo cual nos incluye, a ustedes y mí) no somos los agentes economistas racionales y teorizadores de la decisión que tradicionalmente se ha asumido que somos. Somos gobernados por la emoción al menos tan a menudo como por la economía lógica. La mayoría de las veces decidimos valiéndonos de una mezcla de emoción y lógica.
Esto abre la puerta a la idea de que a veces tomamos decisiones no sobre la base de la rentabilidad (costo-beneficio) sino sobre la del altruismo, la empatía, la gratitud y la generosidad. Cosechamos considerables beneficios en salud mental, física y relacional cuando decidimos dar en lugar de tomar, o ser agradecidos en vez de temerosos, aunque estos beneficios no siempre resaltan en el papel. Su valor es difícil de cuantificar, pero a menos que la sociedad en su conjunto comience a valorarlos más que al dinero y las posesiones, nos espera un camino difícil.
Con esto en mente, quizás podamos divertirnos un poco con el discurso de Gekko en Wall Street; con solo algunas modificaciones, comenzando por sustituir el término codicia con el término gratitud. Como credo de vida, esta versión promete una recompensa mucho mayor:
«El punto es, damas y caballeros, que la gratitud, a falta de una palabra mejor, es buena. La gratitud es justa, la gratitud funciona. La gratitud esclarece, atraviesa y capta la esencia de un espíritu trascendente. La gratitud, en todas sus formas —gratitud por la vida, por los recursos financieros, por el amor, por el conocimiento— marcará, en definitiva, el progreso de la humanidad. Y la gratitud —recuerden mis palabras— no solo contribuirá a la salud de cada uno de nosotros individualmente, sino a la de nuestras instituciones y sociedad, en general disfuncionales. Muchas gracias».