La Revelación de la Pandemia
Cómo la pandemia de COVID-19 puede ayudarnos a reevaluar nuestro enfoque respecto al equilibrio entre el trabajo y la vida personal.
El equilibrio entre la vida laboral y la personal ha sido objeto de debate durante décadas. Pero cuando ir a trabajar significaba un riesgo mortal, ¿en qué momento empezamos a replantearnos cómo se integra este en nuestras vidas?
Durante los momentos más difíciles de la pandemia mundial de COVID-19, el equilibrio entre la vida laboral y la personal adquirió un significado completamente nuevo. De repente, la mayoría de las personas se encontraron trabajando desde sus hogares o en sus lugares de trabajo y con riesgo a la exposición, o sin poder trabajar en absoluto. Al principio, cuando la incertidumbre estaba en su punto mayor, las renuncias pararon casi por completo. Pero luego fuimos testigos de la gran renuncia o quizás, más acertadamente, la gran reorganización: la mayoría de las personas que renunciaron no abandonaron por completo el mercado laboral, sino que lo hicieron para conseguir un puesto mejor.
A Anthony Klotz, profesor asociado de comportamiento organizacional en el University College de Londres, se le atribuye haber predicho y acuñado el término «La gran renuncia». Sugiere que una de las razones por las que las personas dejaron sus trabajos fue debido a una revelación relacionada con la pandemia. En esencia, dice, la alteración de las circunstancias normales nos impulsó a reevaluar cómo se integra el trabajo en nuestras vidas.
Cuando ir al trabajo nos expuso al riesgo de sufrir un problema de salud que nos cambiaría la vida, nuestra perspectiva comenzó a cambiar. La fragilidad de la vida y la fragilidad de nuestro sistema económico nos hicieron cuestionar si nuestras vidas estaban en consonancia con nuestras prioridades. Cuando ocurre algo así, podemos llegar a plantearnos preguntas como: ¿Cuánto vale mi tiempo realmente? ¿Es de veras mi sueldo una compensación justa por el valioso recurso —mi tiempo— que invierto en mi trabajo? ¿Compensa mi sueldo el riesgo, el estrés o las exigencias que mi trabajo conlleva? No es de extrañar que esta nueva situación provocara cambios drásticos en el empleo y una nueva visión del concepto de equilibrio entre la vida laboral y la personal.
Llevamos décadas debatiendo sobre el equilibrio entre la vida laboral y la personal, pero este concepto aún no está bien establecido. En Estados Unidos, una definición común, aunque vaga, es «tener tiempo suficiente para la vida laboral y tiempo suficiente para la vida personal». La frase sugiere que, si logramos un equilibrio perfecto, podemos estar satisfechos tanto en nuestra vida profesional como en la personal. Pero, ¿qué entendemos por «suficiente»? ¿Es suficiente cenar en casa una vez a la semana? ¿O tener los fines de semana libres? ¿Qué constituye la «vida personal»? ¿Incluye las amistades? Si es así, ¿cuántas? ¿Y la familia?
¿Quién tiene el poder?
Gran parte de la literatura sobre el tema sugiere que tanto el empleador como el empleado tienen obligaciones que cumplir para lograr el equilibrio entre el trabajo y la vida personal. Sin embargo, los empleadores tienen una ventaja clara sobre los empleados, ya que son ellos quienes tienen el control definitivo sobre los recursos. En un sistema capitalista estricto, el objetivo del empleador es maximizar la producción y, por lo tanto, maximizar las ganancias. Estos principios entran en conflicto inherente con cualquier idea de equilibrio o de promover el tiempo para cultivar relaciones personales fuera de la oficina.
Es fácil ver cómo los empleadores pueden acabar explotando su mano de obra. La opresión de los trabajadores es un problema ancestral, ya que los empleadores suelen querer exprimir al máximo el tiempo y la energía productiva de sus trabajadores a cambio de salarios mínimos. Según la World History Encyclopedia (Enciclopedia de Historia Mundial), la primera huelga laboral de la que se tiene constancia se remonta al siglo XII a. C., cuando a los artesanos que construían la necrópolis de Ramsés III se les retrasó el pago durante más de dieciocho días, no en dinero en este caso, sino en raciones de comida. Este problema no fue de una sola instancia: «El pago a los trabajadores... volvió a retrasarse y luego volvió a retrasarse hasta que, como escribe [el egiptólogo Toby] Wilkinson, “el sistema de pago a los trabajadores de la necrópolis colapsó por completo”». Mientras tanto, se destinaron importantes recursos a la guerra contra los pueblos del mar y a la celebración del jubileo de los treinta años de reinado de Ramsés III.
La opresión de unos pocos en el poder sobre la mayoría ha azotado a la humanidad desde sus inicios. Un rápido vistazo a la lista de revoluciones y rebeliones que aparece en Wikipedia revela un número asombroso de levantamientos a lo largo del tiempo. Aunque muchos de ellos tienen factores políticos y religiosos complejos, fundamentalmente vemos el tema subyacente de la opresión a los plebeyos, campesinos, esclavos, siervos o gente común en beneficio de los que están en el poder.
Con el fin de abordar estas cuestiones, los códigos laborales modernos de las sociedades occidentales son, en buena medida, fruto de un sinfín de huelgas laborales que tuvieron lugar en los siglos XIX y XX para reclamar salarios justos y una jornada laboral de ocho horas. Fue esto lo que llevó a la Sociedad de Naciones a fundar la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 1919, con el objetivo de promover prácticas laborales justas. La OIT cuenta actualmente con ciento ochenta y siete Estados miembros.
A pesar de los aparentes avances e intentos por proteger a los trabajadores del maltrato por parte de los empleadores, seguimos viendo tendencias preocupantes. En Estados Unidos, por ejemplo, el Economic Policy Institute (Instituto de Política Económica) informó que «en 2022, los directores ejecutivos ganaban trescientas cuarenta y cuatro veces más que un trabajador promedio, en contraste con 1965, cuando ganaban veintiún veces más». Además, un estudio de la US Government Accountability Office (Oficina de Responsabilidad Gubernamental de los Estados Unidos) publicado en 2021 reveló que más de cuarenta grandes empresas que solicitaron protección por bancarrota en los Estados Unidos durante el año fiscal 2020 siguieron otorgando bonificaciones a sus ejecutivos pocos meses (y en algunos casos solo días) después de presentar sus solicitudes. Como era de esperar, este informe gubernamental atrajo mucho la atención de los medios de comunicación.
«Más de cuarenta millones de estadounidenses han perdido sus puestos de trabajo desde el inicio de la pandemia de COVID-19. Mientras tanto, a los directores ejecutivos de las empresas les va muy bien.»
Es evidente que muchas personas en puestos de liderazgo siguen teniendo dificultades para proporcionar un entorno laboral justo a todos los trabajadores. Los trabajadores con salarios más bajos suelen tener condiciones laborales más difíciles, incluso horarios irregulares. En la mayoría de los países, los empleadores no están obligados a ofrecer a los trabajadores por hora o temporales los beneficios sociales que les proporcionarían estabilidad en caso de enfermedad u obligaciones familiares. Si bien, hasta cierto punto (aunque no siempre se garantizan), se han establecido leyes sobre las horas de trabajo y la seguridad en el lugar de trabajo, el acceso a prestaciones complementarias como la baja remunerada por enfermedad, el permiso parental, las vacaciones o las opciones de jubilación sigue siendo limitadas.
Los empleadores tienden a proteger a los que están en la cima a costa de los que están al fondo. Un entorno laboral que fomente el equilibrio para todos los empleados sigue siendo difícil de alcanzar.
¿Y si la vida no fuera más que trabajar?
En caso de disponer del lujo de tener tiempo personal suficiente, puede que aun esto no signifique que sintamos que nuestra vida está en equilibrio.
Cuando analizamos la expresión «equilibrio entre el trabajo y la vida personal», solemos considerar el trabajo como nuestra ocupación y la vida como todo lo demás. Puede resultar tentador pensar que la vida es solo diversión o descanso. Pero la vida requiere muchos otros tipos de trabajo: cuidar a los niños, cuidar a los ancianos, cocinar, limpiar la casa y mantener las relaciones, por mencionar solo algunos. Si nos inclinamos por lo espiritual, también podemos necesitar tiempo para dedicarnos a nuestro trabajo espiritual. Si las presiones de la vida también requieren una parte sustancial del funcionamiento de nuestro cerebro ejecutivo, entonces debemos considerar también la cantidad de tiempo que nos lleva realizar ese trabajo. Según este razonamiento, sería hasta después de todo esto que podríamos disfrutar de un poco de descanso y relajación.
En otras palabras, el término «equilibrio entre el trabajo y la vida personal» presenta el concepto como si uno fuera difícil y el otro fácil. Pero, de nuevo, gran parte de lo que llamamos «vida» es también un tipo de «trabajo». Este tipo de trabajo se suele denominar «trabajo invisible». Es fácil descartar o menospreciar este tipo de trabajo porque normalmente no es remunerado. Sin embargo, una encuesta realizada en mayo de 2021 por salary.com, estima que el salario medio de una ama de casa debería ser superior a ciento ochenta y cuatro mil dólares estadounidenses al año, una suma nada desdeñable. A modo de comparación, el salario medio anual en Estados Unidos es de solo unos sesenta mil dólares.
Esto no quiere decir que la vida consista únicamente de trabajo desagradable, pero un día cualquiera puede requerir una cantidad considerable de organización, tiempo, energía y estrés. Además, es inevitable que todos experimentemos etapas en la vida que, por su propia naturaleza, exigen un mayor grado de tiempo y estrés emocional y físico. Las diversas combinaciones de cargas, tensiones o alivios que experimentemos moldearán en gran medida nuestra visión e interpretación únicas del equilibrio entre el trabajo y la vida personal durante esas etapas.
Factores culturales y ambientales
Si la vida consiste mayormente en trabajar, lo lógico sería intentar limitar el tiempo que dedicamos a nuestra ocupación para poder cumplir con todas nuestras obligaciones personales. Sin embargo, las influencias culturales pueden afectar en gran medida ese enfoque. Dependiendo de dónde vivamos, es probable que tengamos diferentes expectativas sobre lo que podemos y debemos recibir de un empleador: el salario y los beneficios sociales varían según el país. Nuestro país de residencia también influye en nuestras expectativas en cuanto a la relación entre el empleador y el empleado. También repercutirá en el tipo de apoyo social del que dispongamos. La relación entre nuestro trabajo y nuestra identidad es una cuestión cultural. La cultura puede promover una mentalidad de «trabajar para vivir» o «vivir para trabajar».
«La pandemia ha expuesto las disparidades económicas y de salud pública que existen en este país entre los que tienen y los que no tienen».
Los europeos occidentales, por ejemplo, suelen ser elogiados por su excelente equilibrio entre la vida laboral y la personal. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2015 los trabajadores franceses trabajaron unas 1519 horas al año en promedio (frente a las 1831 de los trabajadores estadounidenses). Al año siguiente, Francia aprobó la famosa ley del «derecho a la desconexión», que obliga a las empresas a establecer un horario fuera de la oficina, durante el cual no se espera que los empleados envíen o reciban correos electrónicos. Las cifras más recientes sugieren que no ha habido muchos cambios en cuanto a las horas reales trabajadas, pero confirman que los empleados no deben sentir que están disponibles las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Además, los europeos occidentales tienen un promedio más alto de días de vacaciones y también son más propensos a aprovechar todos los días a los que tienen derecho. Tienden a adherirse más a la mentalidad de «trabajar para vivir», lo cual puede ser un subproducto de los movimientos sociales anteriores que promovían «trabajar menos, trabajar todos».
Sin embargo, en Estados Unidos, país conocido por su «cultura del ajetreo» y la ética laboral protestante, las cuales glorifican las largas jornadas laborales y el trabajo intensivo, observamos lo contrario. Hoy en día se comprende mejor cuán tóxicos pueden ser estos ideales. Según una encuesta realizada en 2021 por la Asociación Americana de Psicología , el 79 % de los trabajadores estadounidenses experimentaban síntomas relacionados con el agotamiento. En algunos casos, los trabajadores se han entregado tan enteramente a sus profesiones que sus límites interpersonales y profesionales se han vuelto difusos. No es difícil ver cómo esto podría fácilmente afectar la capacidad de encontrar un equilibrio entre el trabajo y la vida personal. Si nuestra identidad está ligada a nuestra carrera profesional, cualquier error o fracaso percibido en el ámbito laboral se convierte en una crítica a nuestro valor como personas.
En otras partes del mundo, la relación de las personas con el trabajo es aún más complicada. A nivel mundial, la mayoría de los trabajadores se encuentran en Asia y las islas del Pacífico, donde la cultura laboral se caracteriza por largas jornadas y salarios relativamente bajos; un asombroso 46,7 % de todos los trabajadores —casi la mitad—, trabaja muchas horas (más de 48 horas a la semana). Compárese esto con el 11,6 % en Europa septentrional, meridional y occidental y el 13,8 % en Norteamérica. En Asia oriental, aproximadamente uno de cada cinco trabajadores encuestados respondió que trabajaba más de sesenta horas semanales. Es difícil imaginar que se pueda mantener algún tipo de equilibrio entre la vida laboral y la personal con semejante horario de trabajo.
Es casi seguro que las estadísticas anteriores están infravaloradas, ya que, a nivel mundial, el sesenta por ciento de la fuerza laboral se considera informal. Según la OIT, este tipo de economía «prospera en un contexto de alto desempleo, subempleo, pobreza, desigualdad de género y trabajo precario» y conlleva un riesgo exacerbado de explotación. Dado que el empleo no es oficial —a veces es solo el resultado de un contrato verbal—, es fácil que una de las partes explote a la otra. Esto también significa que no hay garantías ni mecanismos de control para asegurar que se cumplan las leyes laborales pertinentes. Aunque muchos lugares cuentan con códigos laborales que cumplen con las normas de la OIT, la economía informal generalizada hace que su aplicación sea casi imposible.
«En comparación con las proyecciones previas a la pandemia, se estima que en 2020 alrededor de noventa y cinco millones de personas más —muchas de ellas trabajadores informales— cayeron por debajo del umbral de la pobreza extrema.»
En resumen, el lugar donde vivimos puede influir en nuestra visión y nuestra relación con el trabajo. También influye en nuestro acceso al tiempo libre personal, los permisos parentales, las bajas por enfermedad, la discapacidad, la atención médica y otras prestaciones sociales o redes de seguridad social. Todos estos son factores importantes a la hora de estructurar el equilibrio entre el trabajo y la vida personal en nuestras vidas privadas.
La mejor pregunta
Encontrar el equilibrio, al fin y al cabo, es una búsqueda exclusivamente personal. Así que tal vez la pregunta no sea «¿Cómo podemos lograr el equilibrio entre el trabajo y la vida personal?», sino, más bien, «¿Cómo podemos distribuir sabiamente nuestros recursos limitados?». Si buscamos la sabiduría, en vez de una solución única para todo, podremos evaluar y analizar mejor los detalles propios de nuestras circunstancias particulares. El equilibrio entre el trabajo y la vida personal no es igual para todas las personas ni todas las familias. Es probable que ni siquiera sea igual para una misma familia en las diferentes etapas de la vida.
Para ser aún más precisos: ¿Estamos viviendo una vida acorde con nuestros valores? ¿Estamos priorizando nuestro tiempo de manera que nos permita llevar la vida que queremos?
Usar la sabiduría para distribuir nuestro tiempo, energía y enfoque es muy diferente que llegar a una definición arbitraria de equilibrio y aplicarla en nuestro trabajo y nuestra vida. Llevar una vida con perspectiva que tenga en cuenta nuestros intereses tanto a largo como a corto plazo requiere de un buen criterio. Robert Sternberg, profesor de Desarrollo Humano en la Universidad de Cornell, propone que hacer esto requiere un equilibrio entre «los intereses intrapersonales, interpersonales y extra personales a corto y largo plazo».
Al buscar sabiduría en cuanto a cómo abordar nuestro tiempo y cómo tratar a nuestros empleados y empleadores, puede que no pensemos en la Biblia como una fuente relevante. Sin embargo, es una poderosa defensora de los pobres, denuncia la opresión, exige un descanso semanal y destaca específicamente la importancia de pagar un salario digno a los trabajadores; todos ellos, puntos increíblemente importantes para cualquiera de nosotros que desempeñe funciones de empleador o gestor del tiempo de otros.
Muchas de las enseñanzas de la Biblia también pueden ayudarnos a comprendernos a nosotros mismos y nuestras motivaciones. Jesús remarcó los dos mandamientos más importantes como fundamento de la sabiduría en todo lo que hacemos: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente» y «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:36-40, NVI). Aplicado a la cuestión del equilibrio entre el trabajo y la vida personal, la implicación es que es importante preguntarnos cuál es la función —o la motivación— de nuestro trabajo. ¿Trabajamos para acumular riqueza o estatus para nosotros mismos, o nuestra motivación está alineada con los dos mandamientos «más importantes»? Como hemos visto, la primera motivación (y la falta de la segunda) ha dado lugar a problemas sistémicos que crean graves desigualdades y condiciones opresivas para muchos, lo que limita su capacidad para siquiera plantearse la cuestión del equilibrio entre el trabajo y la vida personal.
Utilizar la sabiduría que encontramos en la Biblia con el objeto de guiar nuestras decisiones —incluso aquellas relacionadas con cómo empleamos nuestro tiempo—, sin duda enriquecerá nuestras vidas y probablemente también las de las personas que nos rodean.
En todo el mundo, la pandemia trastocó por completo nuestra idea de normalidad. Para muchos de nosotros, representó la oportunidad de reevaluar nuestras decisiones vitales, asegurarnos de que comprendemos bien cuáles son nuestros valores y prioridades y cómo nuestras decisiones vitales se alinean con esos valores. Como tan vívidamente nos lo recordara la pandemia, todos hemos de vivir un tiempo limitado en la Tierra. En vez de volver al statu quo, tenemos ahora la oportunidad de aprovechar esta revelación provocada por la pandemia para moldear nuestras vidas de la mejor manera posible. Podemos replantearnos nuestra manera de ver nuestro valioso tiempo, su finalidad y cómo damos forma a nuestra vida profesional, relacional y espiritual.