«Sé Fuerte y Valiente»

El libro de Josué ha sido objeto de un intenso escrutinio en años recientes como parte de un debate maximalista-minimalista en la arqueología bíblica. Mientras que uno podría suponer que los maximalistas argumentarían contra los minimalistas respecto a la validez del registro bíblico en donde la corroboración externa se puede encontrar con respecto a muchos aspectos de la historia del antiguo Israel, ninguna de las partes en realidad apoyan el registro bíblico como un hecho. Esto es particularmente cierto en el relato de la conquista de Canaán por las tribus de Israel bajo el liderazgo de Josué. Solamente lo que nos dice la Biblia acerca de ese período, ¿puede confiarse en ello?

Al comienzo del libro de Josué, el gran líder de Israel, Moisés acababa de morir y en su lugar Dios escogió a su asistente Josué. Lo que sigue cubre los 26 años restantes de la vida de Josué. De los 24 capítulos, los primeros 12 describen la captura del territorio. La segunda parte principalmente trata con la repartición de la tierra a cada una de las tribus de Israel. Los tres capítulos finales registran una amenaza temprana de conflictos entre ellos y las últimas palabras de Josué.

Es apropiado que la segunda sección principal de la Biblia hebrea, «los Profetas», deba comenzar con Josué, porque el libro extiende la historia de Israel dentro de la era de los hombres que Dios envió a que profetizasen a su pueblo y a las naciones vecinas. Esta segunda división de las Escrituras Hebreas comprende los profetas anteriores y posteriores. El extenso bloque de contenido abarca varios siglos desde la llegada de Israel y la posesión gradual de la tierra prometida a su extracción en cautiverio por el pecado y el eventual regreso de algunas de las tribus durante el tiempo de los profetas post-exilio.

HACIA LA TIERRA PROMETIDA 

Reconociendo el nuevo papel de Josué, Dios le dijo que tomara posesión de la tierra que les había prometido a los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob. Josué tenía que «ser fuerte y valiente» dirigiendo al pueblo a cruzar el Rio Jordán para tomar posesión del territorio de siete pueblos cananeos independientes (Josué 1:2–4, 6–7, 10; 24:11). Confirmando su apoyo, Dios también dijo, «Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé» (Josué 1:5). Moisés era reconocido como profeta (Deuteronomio 18:18), y a Josué, no se le nombra como tal, claramente cumplió el papel de uno que entregó la Palabra de Dios al pueblo (véase Josué 3:9). 

En primer lugar, Josué envió a dos espías al otro lado del río para hacer un reconocimiento de la antigua ciudad de Jericó. Allí se encontraron con una ramera, Rahab, que los albergó una vez que supo quiénes eran. La gente del pueblo había escuchado de la venida de los israelitas, de cómo Dios había abierto el mar durante su éxodo de Egipto, y como habían vencido y tomado su tierra a dos reyes dándoselas a la tribu de Rubén y Gad, y la mitad a la tribu de Manases. Estas noticias les atemorizaron. Tomando ventaja de su encuentro con los espías, Rahab les pidió que ella y su familia fueran protegidas de cualquier ataque sobre Jericó. Estuvieron de acuerdo, les aconsejó que para evitar ser capturados, deberían descender por los muros de la ciudad en la noche utilizando una cuerda roja, y ocultarse en las montañas cercanas durante tres días antes de regresar al campamento. Esto les permitió a los espías llegar a salvo por el lado este del Jordán y dar su reporte a Josué de que la tierra podía tomarse porque los pobladores de Jericó estaban atemorizados (capitulo 2).

Cuando llego la hora de cruzar el Jordán, los sacerdotes debían de cargar con el arca «del Señor de toda la tierra»/«del pacto»/«del Testimonio» a corta distancia delante del pueblo. Esto significaba la separación apropiada entre ellos y la santidad de Dios así como también sería parte central en su futuro. Al tocar los sacerdotes con sus pies las hinchadas aguas primaverales del Jordán, las aguas se detenían a kilómetros rio arriba, pudiendo así cruzarlo el pueblo, los sacerdotes parados en tierra seca en medio del rio hasta que cada uno llegara al otro lado de la rivera (capitulo 3). 

Dos monumentos, cada uno hecho con 12 piedras del Jordán, fueron erigidos para recordarle a Israel que Dios los había liberado una vez más con gran intervención. Uno de los monumentos estaba en Gilgal en la ribera occidental del Jordán (llegando a ser el cuartel temporal de Israel), el otro se encontraba del lado de la rivera donde los sacerdotes se encontraban parados (4:1–9, 19–20).

«Israel pasó sobre tierra firme otro lado del Jordán. Era otro milagro del Éxodo... No importa donde Israel se encontrara, podría depender de su Dios para liberarlo. Controló los poderes naturales del universo, podía entonces controlar cualquier enemigo de Israel». 

Trent C. Butler, Word Biblical Commentary, Vol. 7, “Joshua”

Cuarenta mil gentes del pueblo estaban disponibles para luchar contra la población cananea (verses 12–13). Sin embargo Dios mandó que los hombres fueran circuncidados como sus padres lo fueron en Egipto. Aquellos habían muerto en el en su caminar por el desierto durante 40 años, y los nuevos varones nacidos desde entonces no habían sido circuncidado, así que era la hora de corregir la situación (5:2–9). Habiendo cumplido con esto, los israelitas celebraron la Pascua en las llanuras de Jericó, comieron el grano de la nueva tierra, así como panes sin levadura. A partir de este momento el milagroso mana que Dios les había suplido en lugar de pan, cesó (versículo 12). Como estímulo para proceder a Jericó, una Ángel—identificado como el comandante de los ejércitos de Dios—vino a Josué para asegurarle la victoria (versículos 13–15). 

Los guerreros podrían ahora concentrarse en la captura de la ciudad que para este tiempo ya había cerrado sus puertas por sus temerosos habitantes. Esto se logró marchando alrededor de la ciudad cada día durante seis días y en el séptimo haciendo un circuito de siete veces. En cada circuito los hombres de guerra marcharon delante de los sacerdotes, que soplaban cuernos de carnero, siguieron en procesión por el arca y el pueblo. Cada día regresaron a su campamento y descansaron. En el séptimo circuito al séptimo día, los cuernos de carnero sonaban y Josué ordenó a la gente a gritar en voz alta. Los muros cayeron milagrosamente, abriendo el paso a los israelitas para zaquear la ciudad y matar a sus ciudadanos (6:1–16, 20–21).

Como se había acordado, Rahab y su familia ataron el cordón rojo que los espías en la ventana para asegurar protección cuando la ciudad fuera atacada (2:18; 6:22–23).

Josué le había advertido a la gente en contra de tomar botín de guerra, bajo pena de maldición. Sin embargo un hombre lo hizo y puso a Israel en gran peligro: Acán robó un hermoso manto, un lingote de oro y monedas de plata (7:20–21). Este acto de desobediencia resultó en derrota por la gente del pueblo adjunto, Hai. Solo después de que el pecado de Acán fue descubierto, Hai fue capturada (8:1–29). 

Moisés había dado orden que cuando los israelitas entraran a la tierra, se reunieran ante dos montes al centro del país para recibir la bendición de Dios. Josué siguió estas instrucciones y pidió por dicha bendición en el Monte Gerizim y el Monte Ebal, edificaron un altar y copiaron la ley sobre piedras. También le recordó al pueblo sobre las bendiciones y maldiciones por obedecer y desobedecer la ley de Dios (versículos 30–35).

LA PAZ Y LA GUERRA 

Las consecuencias del éxito de Josué en Jericó y en Hai trajo a seis de los siete pueblos oriundos del lugar contra Israel, con excepción de los habitantes de una ciudad; el pueblo de Gabaón tomó un enfoque diferente a la noticia de las dramáticas victorias de Israel. Decidieron intentar engañar a los israelitas haciendo un tratado de paz con ellos, evitando así cualquier potencial derrota en la batalla. Pretendiendo ser embajadores de un lejano país, vistieron con ropa vieja raída y cargaban sacos viejos, pan mohoso y odres viejos y rasgados sobre sus asnos. Desviando la duda de Josué de si eran gente del lugar, respondieron que eran siervos de Israel de muy lejos y que los ancianos y sus compatriotas habían escuchado de la fama del Dios de Israel derrotando a los reyes al este del Jordán y las ciudades de Jericó y alrededores (9:1–13). Imprudentemente y sin buscar el consejo de Dios, Josué y los israelitas no hicieron más preguntas e hicieron tratado de paz con ellos.

Tres días más tarde, cuando la verdad salió a relucir, el pueblo de Israel se quejó contra sus dirigentes. Sin embargo, los dirigentes de Israel tuvieron que honrar su compromiso con los gabaonitas. Como resultado, Josué «los libro de la mano de los hijos de Israel, para que no los mataran. Y desde ese día Josué los hizo leñadores y aguadores para la congregación y para el altar del Señor, en el lugar que el escogiera, aun hasta el día de hoy» (versículos 26–27). 

Las noticias de la sumisión de Gabaón al pueblo de Israel pusieron tal temor en el rey de Jerusalén, Adonisedec, que formó una alianza con los reyes vecinos para atacar a Gabaón. Con el tratado en marcha, los gabaonitas llamaron a su nuevo aliado, Israel, para que viniera y los protegiera. De esa manera Josué puedo derrotar la coalición de los pueblo locales, ayudado por una repentina tormenta de granizo que mató a más de los que la batalla hizo (10:1–11).

Otro evento increíble sucedió en ese día. Josué le pidió a Dios que prolongara la luz del día para que los israelitas pudieran continuar la ruta. De acuerdo con Josué, el antiguo pero extinto libro de Jaser también habla de este evento, observando que «Y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero». Continúa el libro de Josué, «Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre; porque Jehová peleaba por Israel» (versículos 13–14).

«El hecho es que los eruditos bíblicos se han permitido ser arrastrados por el elemento retórico optimista presente en Josué, una característica persistente de la mayoría de los informes de guerra en fuentes antiguas del Cercano Oriente que no están acostumbrados a entender y manejar apropiadamente». 

Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament 

Cinco de los reyes atacantes encontraron refugio en una cueva, para solo ser aprisionados por los israelitas. Al final del largo día, Josué hizo ejecutar a los reyes. Para los israelitas esto fue ventajoso, y sin perder tiempo avanzaron hacia los territorios de estos reyes del sur: «Entonces Josué conquistó toda la tierra: zona montañosa y el sur, así como el bajío y las laderas desérticas, al igual que todos sus reyes; no dejó a ninguno, destruyo totalmente todo lo con vida, así como el Señor Dios se lo había mandado» (versículos 40–43).

La guerra se extendió hacia el norte donde Josué tuvo similar éxito. Todo esto se llevó mucho tiempo. El lenguaje aquí habla de una destrucción total de todos los pueblos cananeos del sur. Continuamos leyendo, «Tomó, pues, Josué toda la tierra, conforme a todo lo que Jehová había dicho a Moisés; y la entregó Josué a los israelitas por herencia conforme a su distribución según sus tribus; y la tierra descansó de la guerra» (11:23).

Aun así, en ciertos lugares donde se dijo que Josué había conquistado y removido completamente los pueblos (véase 10:38–40), permanecieron varios pueblos. Leemos que los israelitas continuaron sacando a las tribus locales (véase 15:63; 16:10; 17:12–13; 19:47). A pesar de la victoria de Josué sobre «toda la tierra», incluyendo a los gigantes de la tribu de los anaceos que los israelitas habían temido tanto y a quienes Josué «destruyó totalmente» (11:21–22), estos aún era una fuerza que tenían que ser sacados más tarde por su colega espía del desierto, Caleb (14:12).

Vemos esto de nuevo en los primeros versículos del libro de los Jueces: «Después los hijos de Judá bajaron a pelear contra los cananeos que moraban en las montañas, en el sur, y en el bajío. Entonces Judá fue contra los cananeos que vivían en Hebrón. (El antiguo nombre de Hebrón era Quiriat-arba.) Mataron a Sesai, Ahimán, y Talmai [todos hijos de Anac; véase Números 13:22]. De ahí, fueron contra los habitantes de Debir. (El nombre de Debir antiguamente era Quiriat-sefer)» (Jueces 1:9–11).

«Esta no es la conquista radical de ocupación inmediata de la que algunos estudiosos apresurados podrían imponer sobre el texto de Josué, sin ninguna justificación objetiva». 

Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament 

Esta aparente contradicción entre lo que se dice de los grandes logros de Josué y de lo que quedaba por hacer, sugiere que el lenguaje del libro de Josué fue idealizado para reflejar el amplio éxito de Israel en derrotar los reinos cananeos en lugar de la completa exterminación de esos reinos.

DIVIDIENDO LA TIERRA 

Casi toda la segunda parte del libro de Josué está dedicada a la descripción de los límites de la tierra distribuida entre las nueve tribus y media de Israel en el lado occidental del río Jordán. Las tribus de Rubén y Gad así como la media tribu de Manases ya habían recibido su parte en el lado oriental cuando Moisés aún estaba vivo (véase 13:15–32).

Ahora las tribus restantes recibirían sus porciones, con la excepción de los levitas quienes estarían viviendo entre todas las tribus en 48 ciudades específicas, pero sin tierra heredada (14:3–4; 21:1–42). Judá recibió una gran porción de tierra en el sur; a Benjamín le tocó Jerusalén y las ciudades circunvecinas, pero no podía aferrarse a la ciudad de los jebuseos ni de sus habitantes. A los dos hijos de José, Efraín y Manasés (la otra mitad de la tribu), les fueron dados territorios en el centronorte y el oeste. Para el resto, Josué echó suertes según una encuesta elaborada por funcionarios designados que dividieron la tierra en siete partes (18:2–6). Este proceso tuvo lugar en Silo, en el centro de Israel, donde Josué había fijado de forma permanente el tabernáculo o lugar principal de culto. El orden de las suertes en que fueron tomadas fue Benjamín, Simeón, Zabulón, Isacar, Aser, Neftalí y Dan (18:11–19:48). 

Al propio Josué se le concedió una parte especial de la tierra en Efraín, su afiliación tribal. Los líderes israelitas también organizaron la creación de ciudades de refugio para proteger contra la venganza a cualquiera que accidentalmente hubiera causado la muerte de un compatriota (capitulo 20). 

En uno de los capítulos finales de Josué, leemos sobre un altar que fue construido por las tribus israelitas transjordanas en la frontera. Amenazados con la guerra por las otras tribus sobre lo que percibían como idolatría, las tribus llegaron a un entendimiento; se unirían en no desagradar a Dios ni siquiera aparentando adorar a otros dioses (capítulos 22).

DESCURSO DE DESPEDIADA DE JOSUÉ 

Josué era ya muy viejo, y reconociendo su deber de dar las últimas palabras al pueblo, les aseguró que Dios proveería la ayuda necesaria para completar la eliminación de los cananeos: «Y el Señor vuestro Dios las echará de delante de vosotros, y las arrojará de vuestra presencia; y vosotros poseeréis sus tierras, como el Señor vuestro Dios os ha dicho. Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra» (23:5–6).

Si no se pusieran al alba de mantenerse separados de los pueblos circunvecinos, y adoran solo a Yahweh, sino que en su lugar se mezclan casándose y tomando practicas paganas, entonces sufrirían las consecuencias: «sabed que el Señor Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado» (versículo 13). 

«La bendición puede durar solo mientras la fidelidad total a Yahvé dura. Cuando Israel comienza a experimentar con otros dioses, tratando de ser como las otras naciones y adora a cada dios posible, la condenación es inminente». 

Trent C. Butler, Word Biblical Commentary, Vol. 7, “Joshua”

Llamando al pueblo y los ancianos reunidos en Siquem, Josué dio su último discurso, citando a Dios como recordándoles a sus antepasado del viaje de Taré fuera de Mesopotamia, donde había servido dioses paganos. Llamó su atención al llamado de Abraham, al nacimiento de Isaac, Esaú y Jacob, a la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto y a los años en el desierto, y ahora a su posesión de la Tierra Prometida (24:1–13). «Ahora, pues, temed al Señor, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid al Eterno» (versículo 14). Si hicieran esto su éxito estaría garantizado. El pueblo acordó hacerlo varias veces (versículos 16, 21, 24). Josué también hizo un pacto con el pueblo, haciéndolo estatuto en Siquem y escribiéndolo en un libro de ley que puso bajo un roble por el santuario en Silo.

Josué murió a los 110 años de edad; fue enterrado en el Monte Efraín y fue respetado en gran manera por el pueblo, quien permaneció fiel durante la época de vida de los ancianos que lo conocían (versículos 25–27; 29–31). 

Una posdata nos dice que los huesos de José hijo de Jacob, que había sido llevado de Egipto, fue enterrado en Siquem, en la tierra comprada por Jacob como tumba para su esposa (madre de José) Raquel. En la misma región en el territorio de José, el hijo de Aarón fue enterrado en el monte de Efraín. 

En el próximo libro dentro de los Profetas Antiguos, Jueces, continúa la historia de of Israel después de la muerte de Josué que será cubierta en la próxima entrega de La Ley, los Profetas y las Escrituras.