Una Nación en Cautiverio

El primer libro de la Biblia registra las grandes obras de Dios y el amor por la humanidad y su morada. Sin embargo, con muy pocas excepciones en el Génesis, los seres humanos, las figuras máximas de la creación, fallan. Primero son expulsados del Edén, y luego desafían a su Creador, tanto en el mundo antediluviano como en el sistema sociopolítico posdiluviano caracterizado por la ciudad-estado de Babel. Después el Dios amoroso debe abrir nuevas posibilidades si es que la humanidad debe cumplir con su potencial de obtener Su carácter y vivir por siempre. Así entonces se nos presenta al fiel Abraham, su hijo Isaac y a su nieto Jacob (más tarde conocido como Israel). A través de este linaje familiar, el plan de Dios finalmente será cumplido. 

El segundo libro de la Biblia, el Éxodo, retoma en donde el Génesis se queda, con una referencia al rápido crecimiento de la familia de Jacob viviendo en Egipto: «Éstos son los nombres de los hijos de Israel que entraron con Jacob en Egipto. Cada uno de ellos entró con su familia: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad y Aser» (Éxodo 1:1–4). Con otro hijo, José, quien ya estaba en Egipto como segundo del Faraón, el número de descendientes se menciona de 70. Sin embargo, este número incluye principalmente a los varones descendientes directos de Jacob; algunos comentaristas estiman que si hubieran sido contadas sus nueras y nietas, y posiblemente otras hijas sin nombrar (véase Génesis 37:35) así también como los yernos y sus vástagos, el total sería cercano a 300.

Después que los miembros de este grupo primario murieron, el pueblo de Israel «aumentó abundantemente» (Éxodo 1:7; el hebreo, sharats, significa «pulular», «apiñarse»). Dicho crecimiento de población fue tanto el cumplimiento de la promesa hecha a la descendencia de Abraham y la razón inmediata del temor de los egipcios por su seguridad. Dios le había dicho a Abraham, «Yo haré de ti una nación grande» (Génesis 12:2); a Isaac, «Multiplicare tu descendencia como las estrellas del cielo» (Génesis 26:4); y a Jacob, «Reprodúcete y multiplícate» (Génesis 35:11).

«Ningún otro libro bíblico surge con tanta frecuencia en el Nuevo Testamento como lo hace el libro del Éxodo; en el Antiguo Testamento los libros de los Salmos e Isaías se citan más».

John I. Durham, Word Biblical Commentary, Vol. 3: Exodus

Este dramático incremento de la población israelita provocó al nuevo Faraón, quien no había conocido a José, temor: «Como pueden ver, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros» (Éxodo 1:9). Su preocupación especifica fue que «en caso de guerra, . . . se aliasen con nuestros enemigos y pelearan contra nosotros y se vayan del país» (versículo 10). Para contrarrestar la amenaza traída por una creciente población extranjera, Faraón sujetó a los israelitas a duros trabajos mientras construían sus ciudades de almacén, Herópolis y Ramsés. 

Esto pareció solo acelerar el aumento de la población. Intentando seguir poniendo freno a este crecimiento, los egipcios esclavizaron a los israelitas en más proyectos de construcción, en la fabricación de ladrillos, y en la mano de obra agrícola. Faraón incluso dictaminó que el control poblacional se podría lograr al tener parteras que mataran a todos los bebés varones israelitas. Las parteras, probablemente egipcias, sin embargo temerosas de Dios, no podían decidirse a hacerlo. Faraón entonces amplió sus órdenes, diciendo a todo su pueblo que tiraran a los varones hebreos recién nacidos en el río Nilo.

Dentro de este contexto de opresión irracional, Dios introduce ahora a la persona que llegaría a ser su agente de rescate para el pueblo de Israel. Irónicamente, la hija de Faraón pronto tomaría un niño hebreo de entre los juncos del Nilo y sería criado por su propia madre hasta el día en que llegara a ser un príncipe de Egipto. La hija de Faraón lo nombró Moisés, una palabra que suena como el hebreo por «sacar», pues dijo, «Yo lo saqué de las aguas» (Éxodo 2:10). Moisés creció con todos los privilegios de la vida de la corte, educado en la sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus «palabras y obras» (Hechos 7:22).

Los Mediana Edad de Moisés 

A la edad de 40, y bien enterado de sus orígenes israelitas, Moisés se aproximó a un egipcio que golpeaba a un hebreo. Sintiendo compasión por su hermano esclavizado, mató al egipcio y lo enterró, pensando que su hecho pasó sin ser notado. Sin embargo a la mañana siguiente, al tratar de separar a dos hebreos en discordia, se hizo evidente que se sabía del asesinato. Uno de ellos dijo,«¿Quién te ha puesto a ti como nuestro príncipe y juez? ¿Acaso piensas matarme, como mataste al egipcio?» (Éxodo 2:14). Faraón pronto escucho de la muerte del egipcio, obligando a Moisés a huir por su vida. Pasó los próximos 40 años en un medioambiente bastante diferente (Hechos 7:29–30), cuidando los rebaños de Jetro, sacerdote de Madián, en un territorio desértico al este de Egipto que fue nombrado después de un hijo de Abraham y su esposa Cetura (Génesis 25:1–4; Éxodo 3:1). Así fue que Moisés se encontró con un pariente lejano, casándose con una de las hijas del sacerdote, Séfora, y tuvo dos hijos, Gersón y Eliezer (Éxodo 18:2–4).

Durante estas cuatro décadas, el pueblo de Israel continuó bajo el agravamiento de la opresión egipcia. Sus gemidos llegaron a los oídos de Dios, y Él determinó que había llegado el momento de liberar a su pueblo. 

Fuera en el desierto, el ahora Moisés de 80 años de edad, estaba cuidando los rebaños de su suegro. Cercano al Monte Horeb, se encontró con una asombrosa visión: una zarza que ardía sin consumirse. La voz que provenía de la zarza era aún más impresionante: «¡Moisés, Moisés!» Indicándole que no se acercara sino que removiera su calzado por respeto a lo santo del lugar, la voz le dijo, «Yo soy el Dios de tu padre—el Dios de Abraham, el Dios de Jacob» (Éxodo 3:6). Entonces Dios dijo a Moisés que pidiera al líder egipcio liberar a los israelitas de la esclavitud y llevarlos a una tierra propia. Desde el punto de vista de Moisés esta era una tarea imposible: «¿Y quién soy yo para ir ante el faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?» (versículo 11). Sin embargo, Dios le aseguró que tendría éxito y traería a la gente de vuelta a la misma montaña donde estaba ahora él parado. 

Moisés continuaba preocupado. ¿Quién debería decir que lo mandó cuando fuera por los israelitas? La respuesta, «YO SOY EL QUE SOY» o «O SOY EL QUE SIEMPRE ES», revela la continuidad de la existencia de Dios. La raíz de la palabra hebrea es hayah, que significa «ser», «existir». Él había sido el Dios de sus padres y ahora estaba presente por ellos; participando activamente en el presente. «A los hijos de Israel tú les dirás, YO SOY me ha enviado a ustedes”»(versículo 14). No obstante, Moisés también tenía que decir que «el SEÑOR» (YHVH) lo había enviado. Estos dos términos están conectados, originándose los dos del mismo verbo. YHVH es el que existe en sí mismo. Ya no se le conoce como YHVH se pronunciaba, aunque hoy día el nombre Yahvé con frecuencia se utiliza cuando el término se encuentra dentro del texto. Este sería el nombre por el que los hijos de Israel ahora conocerían a Dios: «Este es mi nombre eterno. Con este nombre se me recordará por todos los siglos» (versículo 15, Versión RVC). 

Moisés tenía que ir con los ancianos del pueblo de Israel y explicarles que Dios había escuchado las suplicas de la gente, que les libraría del cautiverio egipcio. Tenían que ir juntos a Faraón y solicitar que se le permitiera al pueblo viajar tres días en el desierto para adorar a Dios. Vaticinándole que Faraón no acordaría fácilmente, Dios le dijo que llevaría a cabo una serie de milagrosas intervenciones para persuadirle a liberar a los israelitas. Conocemos esos milagros como las Diez Plagas. 

A pesar de esta detallada conversación y el compromiso de Dios de traer al pueblo a la Tierra Prometida (versículo 17), Moisés aún estaba preocupado de no tener credibilidad con los israelitas. Entonces Dios demostraría que Él, milagrosamente ayudaría a Moisés a convencer al pueblo mediante tres señales: Él haría que su vara se convirtiera en una serpiente y luego en vara una vez más; Él haría que la carne de su mano se volviera escamosa y luego se curara; y Él haría que parte del agua en el Nilo se transformara a su vez en sangre (Éxodo 4:1–9). Aun así Moisés protestó: «Yo nunca he sido hombre de fácil palabra, . . . por favor envía a quien debes enviar» (versículos 10 y 13, RVC). Para entonces Dios ya estaba enojado con la renuencia de Moisés, diciéndole que Aarón su hermano sería su vocero y hablaría las palabras de Dios al momento de recibirlas Moisés. Además llevaría la vara por la que el respaldo de Dios sería evidente. 

Moisés ahora pidió a su suegro ser eximido, y, reconfortado por Dios que aquellos que buscaban por su vida por haber asesinado al egipcio, habían muerto ya, regresó este a Egipto con esposa e hijos. Ahí Moisés y Aarón se reunieron con los ancianos de Israel y habló al pueblo. Convencido que Dios en verdad había comenzado a intervenir para liberarles, la gente «inclinaron su cabeza y adoraron» (versículo 31).

De Frente a Faraón 

En su primera audiencia con Faraón (Éxodo 5:1-5), Moisés y Aarón le piden que se le permita al pueblo hacer un viaje de tres días para adorar a Dios. Negándose, Faraón ordenó que el trabajo de los israelitas se les hiciera aún más arduo, requiriéndoseles que recogieran ellos mismos la paja para la fabricación de ladrillos, al mismo tiempo manteniendo sus cuotas diarias. Esto produjo angustia y reclamo en el pueblo, cuyos capataces se voltearon ahora en contra de Moisés y Aarón. Moisés, también, comenzó a dudar de los propósitos de Dios: «Desde que yo vine para hablar en tu nombre a Faraón, este ha afligido a tu pueblo, ¡y tú no lo has liberado!» (versículo 23). 

El espíritu quebrantado de la gente y su duro trato les impidieron escuchar las palabras de aliento de Dios a través de Moisés. Dios les recordó sus promesas del pacto a sus antepasados, relativas a la tierra y a una relación con Él, «Yo los voy a librar de los trabajos pesados en Egipto»; «Los tomaré como mi pueblo, y seré su Dios»; «Voy a llevarlos a la tierra por la cual levanté mi mano y juré que se la daría a Abraham, Isaac y Jacob» (6:6–8). 

La respuesta desesperada del pueblo sólo aumentó la presión sobre Moisés. Aun así Dios lo empujó hacia adelante: «Ve y habla con Faraón, el rey de Egipto. Dile que deje ir de su país a los hijos de Israel» (versículo 11). La respuesta de Moisés fue menos que entusiasta, «Como sabes, yo soy torpe de labios, así que ¿cómo va a hacerme caso Faraón?» (versículo 30). 

Recordándole a Moisés que él y Aarón tenían que entregar Su mensaje, dijo Dios que endurecería el corazón de Faraón; que ejecutaría señales (prodigios) y maravillas (milagros); y que al final los egipcios sabrían del poder del Dios de los israelitas para liberar a su pueblo (7:1–5). 

«La “dureza de corazón”. . . expresa un estado de degeneración moral arrogante, que no responde a la razón y es incapaz de compasión». 

Nahum M. Sarna, The JPS Torah Commentary: Exodus

Este «endurecimiento» de corazón ha sugerido la pregunta de si Faraón tenía otra opción. Si Dios endureció su corazón, ¿qué paso con su libre albedrio? ¿Era culpable de alguna manera de lo que pasó? De las diez plagas, el efecto de las primeras cinco es lo que endureció el corazón de Faraón (7:22; 8:15, 19, 32; 9:7). Sin embargo, tras el resto de las plagas, leemos que “el SEÑOR endureció el corazón de Faraón” (9:12; 10:1, 20, 27; 11:10). Su propia decisión de resistir la petición de Moisés y de Aarón de dejar ir al pueblo dio paso a Dios trayendo el proceso a una conclusión a través de él.

Un Despliegue de Poder 

Las primeras tres plagas vinieron por mano de Aarón. Dos de ellas—agua convertida en sangre durante una semana, y una sobreabundancia de ranas—fueron replicadas por los magos de Faraón (7:14–25; 8:1–15). Jnum el dios del Nilo y Heket la diosa partera semejante a una rana, se encuentran en el trasfondo de estas plagas (véase «Los Desventurados Dioses de Egipto»). Faraón había ordenado a las parteras matar recién nacidos hebreos y arrojarlos al Nilo.

Los egipcios mismos pudieron haberse no asombrado por estas plagas; estos creían que sus propios dioses en ocasiones les traían sufrimientos. A este punto el faraón no veía ninguna razón para ver al Dios de los israelitas como superior a los suyos. Fue la tercera plaga, cuando «el polvo de la tierra» se tornó en piojos, o mosquitos (8:17), eso los llevó a algunos a darse cuenta que un poder superior a la magia egipcia estaba obrando. Incapaces de reproducir esta plaga, los hechiceros confesaron, «Dedo de Dios es este» (verse 19). Salvo que, Faraón no tenía en mente admitir la derrota. 

Las tres siguientes plagas fueron efectuadas por Dios. La cuarta, moscas afligieron a los egipcios pero no a los hogares de los israelitas. Finalmente Faraón acordó dejar ir a los israelitas por tres días al desierto a adorar, si Moisés le pedía a Dios desistir con las moscas. Moisés acordó, las moscas cesaron, sin embargo Faraón dio marcha atrás y endureció su corazón una vez más (versículos 20–32). Ni siquiera la muerte del ganado egipcio con la quinta plaga pudo motivar a Faraón a suavizar su modo (9:1–7). 

Con la sexta plaga, humanos y animales fueron afligidos con ulceras. Ni siquiera los hechiceros mismos pudieron estar delante de Moisés. Ahora Dios mismo endureció el corazón de Faraón para que no escuchara la solicitud de Moisés y Aarón (versículos 8–12). 

Con cada una de estas plagas, Moisés y Aarón tuvieron una audiencia con el faraón. No puede haber ninguna duda de su relación con el Dios de los hebreos, cuyo poder estaba siendo demostrado.

La séptima plaga fue el inicio de un conjunto triple a manos de Moisés. Fue una tormenta de granizo sin precedentes, tan feroz que aplastó a los árboles y los cultivos y cualquier animal o ser humano que estaba al aire libre. Al ver la terrible destrucción, el Faraón de nuevo estaba listo para liberar a los israelitas, esta vez con la condición de que parara el granizo. Moisés pidió a Dios terminar con la tormenta, pero nuevamente Faraón se echó para atrás así como Dios lo había previsto (versículos 13–35). 

La octava plaga, langostas, consumió toda planta que quedó de la tormenta de granizo. A pesar de reducir a Egipto a una tierra con poca comida y ganado, así como los ruegos de los siervos de Faraón para que dejara ir a los israelitas, el gobernante implacable continuó su curso obstinado, volviendo de nuevo a su compromiso declarado de no liberar a los esclavos (10:1–20). 

La novena plaga, tres días de tinieblas por toda la tierra de Egipto, dio pie nuevamente a Faraón para decirle a Moisés que dejaría libre al pueblo. Mas con el corazón endurecido, nuevamente retractó su decisión cuando Moisés le dijo que se llevarían consigo todo su ganado. Esta vez Faraón se puso en mente matar a Moisés si lo volvía a ver nuevamente (verses 21–29).

El escenario estaba listo para la plaga final, después de la cual Faraón dejaría ir libre al pueblo de Israel. En esta ocasión el primogénito de Egipto, tanto de humano como de animal, moriría. A diferencia de las otras plagas, esta no tendría precedente, y nuevamente los israelitas no se verían afectados. No habían sufrido con las moscas, la muerte del ganado, las ulceras, el granizo, ni las tinieblas. Esta vez su primogénito se salvaría.

Cuando Moisés anunció esta plaga a Faraón, el gobernante seguía indispuesto a cumplir. La muerte del primogénito de Egipto tendría que proceder (11:1–10). 

Con el fin de protegerse de la plaga final, los hijos de Israel tenían que matar un cordero y untar un poco de su sangre en los postes y dinteles como señal para distinguir sus hogares de de los egipcios (12:7, 12–13). Durante la noche el primogénito de Egipto murió, incluyendo el hijo de Faraón. Por la mañana, estaba listo para dejar a Israel comenzar su peregrinar fuera de la esclavitud. Durante un período de unos seis meses, los dioses de Egipto habían sido derribados. Como Dios dijo, «ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto» (12:12). 

Comenzaremos la próxima vez con la notable historia del éxodo de 2 a 3 millones de personas.