Plásticos: la otra pandemia

Los plásticos son uno de nuestros inventos químicos más ingeniosos, útiles y eficientes. Lo lamentable es que duran prácticamente por siempre, desgastándose lentamente en fragmentos cada vez más pequeños. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de esta neblina plástica casi invisible?

As the COVID-19 pandemic has shown us, it doesn’t take something large to create global havoc. Even the very small can bring disruption, ruin and death. And a virus is very small indeed. Coming in at only 100 nanometers (nm) or 0.0001 millimeters (mm)—it would take 500 virus particles to span the width of a single human hair. It’s amazing that such a tiny thing could render civilization almost powerless.

Como nos ha demostrado la pandemia de COVID-19, no se necesita algo grande para crear estragos globales. Incluso cosas pequeñas pueden traer perturbaciones, ruina y muerte. Y un virus es, en verdad, muy pequeño. Con solo 100 nanómetros (nm) o 0,0001 milímetros (mm), se necesitarían quinientas partículas de virus para abarcar el ancho de un solo cabello humano. Es sorprendente que una cosa tan pequeña pueda hacer que la civilización sea casi impotente.

Sin duda, la naturaleza tiene aún muchas sorpresas potenciales esperándonos. El mundo natural es un caldero burbujeante de bioquímicos, y nosotros no hemos hecho sino agregar a la mezcla. Debido a que las interacciones de las especies con los virus y que la coevolución de nuevas cepas ocurre constantemente, las nuevas cepas y las posibles pandemias seguirán siendo una amenaza para la población humana. Además, la población en crecimiento y la capacidad de desplazamiento humano hacen que la propagación global y la infección sean aún más probables en el futuro.

En tiempos como la gente suele decir: «la retrospectiva es 20/20, o sea, perfecta». No podemos ignorar la realidad, pero con el beneficio de la retrospectiva podemos aprender lecciones y planificar con anticipación.

Y así —mientras atravesamos un día de ajuste de cuentas con el virus y vemos la destrucción que una partícula tan pequeña de materia puede causar—, este es un buen momento para examinar otra amenaza casi invisible pero siempre presente. Los detritos fragmentados de nuestro mundo plastificado pueden mayormente no ser vistos, pero nuestros ojos se están abriendo a su efecto potencial en nuestra salud y en la salud de la biosfera. Estas partículas (microplásticos, entre 100 nm y 5 mm, y nanoplásticos, más pequeños que un virus a <100 nm) nos rodean e impregnan nuestro propio ser.

¿Cómo llegaron allí y qué están haciendo?

La estética sintética

Miremos a nuestro alrededor. Hace apenas unas décadas, la mayor parte de lo que vemos no existía porque los materiales de los que se componen aún no se habían inventado. Dondequiera que estemos en el mundo, estamos rodeados de sustancias sintéticas; los plásticos dominan.

He aquí un pequeño e interesante ejercicio: Donde sea que estén en este momento, miren a su alrededor. Cuando vean algo de plástico, digan «plástico» en voz alta. Rápidamente quedará claro que estamos inundados de un mar de eso. Consideren solo una breve lista de plásticos duros: las teclas del teclado de una computadora, un botón de camisa, una tubería de PVC, una hoja de plexiglás transparente, un utensilio de cocina. Piensen en como crujen las omnipresentes botellas desechables de agua al ser aplastadas, cuando se rompe un tenedor de un solo uso, la suavidad de un animal de peluche, el sonido característico de una tapa de Tupperware, la inmensa versatilidad del poliéster. Todo eso es plástico.

Debido a su construcción simple, los plásticos son realmente plásticos. Creados mediante la unión química de pequeñas unidades moleculares conocidas como monómeros, las cadenas resultantes, o polímeros, pueden sufrir permutaciones interminables. Estas cadenas, reticuladas y combinadas con otros productos químicos, producen una sustancia que se puede fundir y manipular en casi cualquier forma, color o textura.

La complejidad derivada de semejante simplicidad es maravillosa e ingeniosa. Los polímeros naturales como las proteínas y el ADN también muestran variabilidad, pero nada se compara con lo que hemos creado artificialmente. Ya sean telas, materiales de construcción, muebles, contenedores, envoltorios, aparatos domésticos o juguetes, estamos inmersos en el mundo de los materiales artificiales. Vivimos en la era de los plásticos. Pero no siempre fue así.

«La presencia ubicua de los plásticos en nuestras vidas los hace esencialmente inadvertidos, no reconocidos y olvidados. Y esta es exactamente la razón por la que todos debemos comenzar a pensar en ellos con atención más deliberada».

Amy V. Kontrick, «Microplastics and Human Health: Our Great Future to Think About Now,» Journal of Medical Toxicology (Junio de 2018)

Fue en los años cuarenta, en la postguerra, cuando los plásticos comenzaron a pasar de la industria al hogar y a la cultura en general. Earl Tupper podría ser considerado un agente clave en esa transición. Había trabajado por poco tiempo en una fábrica de plásticos DuPont antes de la guerra y luego comenzó su propia empresa. Cuando DuPont le pidió que encontrara un uso para la escoria sobrante de la refinación de petróleo, él inventó una de las primeras fórmulas químicas para el plástico flexible. Su producto fue ampliamente utilizado en máscaras de gas y otros materiales de guerra, pero después de la guerra, Tupper esperaba encontrar una aplicación rentable para tiempos de paz. Llenó su sistema de moldeo por inyección con su «Poly-T: Material of the Future» (Poly-T: Material del futuro), y así nació Tupperware.

El objetivo de Tupper no era simplemente reempaquetar y comercializar más desechos de petróleo, sino crear un producto que mejorara la vida de las personas. Hasta ese momento, los productos de plástico habían sido baratijas desechables: peines, juguetes y cosas sin valor duradero. Pero Tupperware era diferente. «Para los defensores del diseño moderno, personificaba la estética escultórica de las maquinas, que definía el plástico como un material legítimo por derecho propio», escribe la historiadora del diseño Alison J. Clarke. «Tupperware utilizó el plástico como una opción estética intencional y de buen gusto en vez de un truco burdo y frívolo».

Cocina llena de productos Tupperware, 1958

El catálogo de Tupperware de 1958 promocionó su línea de productos como «¡Lo más lindo que le podría pasar a tu cocina!».

La adopción del plástico

Se puede argumentar que Tupperware fue el factor que impulsó la aceptación generalizada del plástico como icono de la modernidad. Su inclusión en la exposición Buen diseño del Museo de Arte Moderno de 1944 a 1956 selló el destino comercial de Tupperware, y desde entonces, el flujo de plástico a través de esa vía, no ha cesado.

Monsanto, otro fabricante de plásticos en tiempos de guerra, también procuró crear nuevos mercados de consumo. El profesor de arquitectura Stephen Phillips describe el panorama que estaban esperando: «Con los plásticos, un nuevo mundo podría moldearse en la forma de nuestro deseo. Cuando terminó la guerra, la industria rápidamente cambió su atención para dar lugar a este nuevo mundo sintético».

Monsanto estaba pensando en grande: ¿Por qué no inventar un tipo de edificio completamente nuevo y hacer, ¡¡sí!, una casa entera de plástico! «El anuncio de Monsanto “De las yemas de los dedos a las puntas de las alas” —señala Phillips— sostenía que así como el hombre había usado plásticos durante la Segunda Guerra Mundial en la “conquista del aire”, la mujer podía ahora usar plásticos en casa ¡en la “conquista del hombre!”».

«Las tareas domésticas se volverían tan fáciles que ahora habría más tiempo valioso para comprar trajes y cosméticos sintéticos y glamorosos».

Stephen Phillips, «Plastics», in Cold War Hothouses: Inventing Postwar Culture From Cockpit to Playboy (2004)

Los plásticos estaban a punto de convertirse en un negocio enormemente lucrativo. Phillips continúa: «Si Monsanto pudiera cultivar el deseo de esta nueva “estética plástica” junto con las especificaciones técnicas para demostrar que era alcanzable, podría ser capaz de garantizar el éxito de mercado de su producto a largo plazo». Para ello, los ingenieros de Monsanto trabajaron con el MIT para diseñar la casa de plástico.

Fue una hazaña extraordinariamente creativa. Phillips describe el ambiente: «Los avances en tiempos de guerra en cuanto a plásticos fáciles de instalar, producibles en masa, irrompibles, livianos, impermeables y moldeados continuamente, se transmutaron tanto conceptual como estéticamente en una nueva tectónica espacial doméstica modular». Finalmente construida como un prototipo en Tomorrowland(La tierra del mañana) de Disneylandia en 1957, La casa del futuro de cuatro cuerpos recibió a más de veinte millones de visitantes durante la década siguiente.

Sus líneas limpias y el brillo del acrílico pueden haber sido impresionantes, pero en última instancia no resultaron convincentes. Los funcionarios del parque optaron por retirar la casa durante una actualización de Tomorrowland en 1967, pero cuando las bolas de demolición y otros métodos convencionales no lograron derribarla, los trabajadores tuvieron que usar todo tipo de técnicas novedosas hasta finalmente aplastar y atar sus módulos en paquetes cableados, para transportarlos presumiblemente a un vertedero del sur de California. Fue un presagio de la persistencia del plástico.

La futurista casa de plástico de Monsanto en La tierra del mañana de Disneylandia, en los años 60

El prototipo de Monsanto «La casa del futuro» fue una popular atracción de «La tierra del mañana» de Disneylandia desde 1957 hasta 1967.

Sin sitio adónde ir

La dificultad de demoler la llamada casa del futuro, ilustra el poder de permanencia de los plásticos. Los polímeros sintéticos están diseñados para durar, por diseño por naturaleza. En términos de esto último, la naturaleza no tiene apetito por lo sintético. El plástico puede romperse, procesarse y fragmentarse, pero las piezas más pequeñas siguen siendo el mismo plástico. No hay criatura u hongo (con excepciones limitadas) que los consuma. Aunque las formulaciones más nuevas pueden exhibir cierta biodegradabilidad, la vasta suma — ¡y vaya que es vasta! — es prácticamente indestructible hasta la última nanopartícula. Así que, aun cuando pudiéramos imaginar que ha desaparecido, como un virus disuelto en una toallita desinfectante, el plástico permanece invisible pero presente.

Desafortunadamente, son estas características tentadoras, la permanencia y la incorruptibilidad, las que coronan al plástico como una maldición ecológica soberana, «difícil o imposible de asimilar por la naturaleza», señalan los investigadores Roland Geyer, Jenna Jambeck y Kara Law.

Sin sitio adónde ir, los fragmentos se acumulan en todas partes, por toda la tierra y desde la superficie hasta el fondo del mar. Enormes promontorios de basura plástica circulan en todos los océanos de la tierra. El inversionista y explorador Víctor Vescovo incluso halló una bolsa de plástico a la deriva en el fondo de la Fosa de las Marianas, la depresión oceánica más profunda del planeta. Otros han encontrado cantidades mucho más grandes.

«La Fosa de las Marianas tiene niveles más altos de contaminación general en ciertas regiones que algunos de los ríos más contaminados de China, según un estudio realizado en febrero de 2017».

Sarah Gibbens, «Plastic Proliferates at the Bottom of World’s Deepest Ocean Trench», National Geographic (13 de mayo de 2019)

Aunque los científicos aún no son categóricos en cuanto a los resultados finales en el mundo real, la investigación está revelando tendencias claras. Los plásticos no están simplemente a la deriva por todo el medio ambiente; también se están incorporando al mundo vivo. En el informe de 2019 de investigadores del Centro Nacional de Monitoreo del Medio Ambiente Marino de China se lee lo siguiente: «Se han detectado microplásticos en tractos digestivos o tejidos de un número considerable de animales marinos recolectados en su hábitat; incluso crustáceos, peces, bivalvos, tortugas, mamíferos, aves marinas, etc.». Según dichos investigadores, puede que, para 2050, haya en el mar un mayor peso de plástico que de peces.

Pero mientras leemos y oímos mucho sobre nuestros mares plastificados, la tierra tampoco es inmune. Al igual que una fina aspersión de azúcar en polvo, el polvo plástico se asienta incluso en las áreas más remotas. «Estimamos que, cada año, más de mil toneladas de plástico de la atmósfera llegan a las áreas protegidas occidentales de los Estados Unidos; entre ellas, los parques nacionales y las áreas silvestres —dicen los autores de un informe de investigación de 2020 publicado en Science—. Esto equivale a un total de entre ciento veinte y trescientos millones de botellas plásticas para agua». Uno se pregunta acerca de la concentración dentro de nuestros propios hogares. ¿Cuánto del polvo debajo de nuestras camas es en realidad plástico superfino?

También advierten del efecto sobre la vida silvestre. «A medida que los plásticos se acumulan en la naturaleza prístina, podemos anticipar cambios en la composición de la comunidad, lo que posiblemente conduzca a una disminución de la biodiversidad, basándonos en las diferentes tolerancias a las consecuencias físicas y toxicológicas del consumo de microplásticos».

Estos autores sugieren que «las fuentes de emisión plástica se han extendido mucho más allá de nuestros centros de población y, debido a la longevidad de los plásticos, han invadido a gran escala el sistema de la Tierra».

Pero pensé que estábamos reciclando

Si bien muchos de nosotros reciclamos, no es comercialmente rentable. Los químicos han descubierto cómo cortar ciertos polímeros y reconfigurarlos una vez o como máximo dos veces, pero ninguno de los métodos actuales ha logrado más que eso. Para evitar que los desechos plásticos escapen al medio ambiente, alguien debe estar motivado no solo a recolectarlos, sino también a procesarlos.

Con todo, aun cuando una botella termine en el contenedor de reciclaje, es ingenuo pensar que realmente se reciclará. Para la fabricación industrial, es más barato sencillamente hacer plástico nuevo. Los incentivos para desechar los plásticos usados —oferta y demanda, leyes ambientales internacionales laxas, apatía de los consumidores del primer mundo bajo la influencia de la mitología del reciclaje, fácil acceso a vertederos en el tercer mundo— han permitido e incluso alentado a los fabricantes a dirigir nuevos extractos de petróleo para la construcción de más productos vírgenes en lugar de reciclar los viejos.

La caída de la demanda de petróleo, gracias en parte a las restricciones de viaje de COVID-19 y a los crecientes llamamientos a reducir las emisiones de CO2, también ha alentado un mayor enfoque en usos alternativos pero igualmente rentables para el petróleo. Después de todo, los empresarios de los plásticos suele ser también los mismos de las empresas generadoras de petróleo, con Exxon Mobil y Chevron a la cabeza de la lista en Estados Unidos. Para seguir siendo rentables, estas empresas no van a tratar activamente de reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles; más bien, necesitan promover formas de mantener el flujo de plásticos y encontrar nuevos mercados para sus productos. En este aspecto no hay motivación alguna por el arrepentimiento; sino solo para pasar de la gasolina al plástico.

«La industria petrolera gana más de cuatrocientos mil millones de dólares al año fabricando plástico, y a medida que disminuye la demanda de petróleo para automóviles y camiones, la industria les está diciendo a los accionistas que las ganancias futuras provendrán cada vez más del plástico».

Laura Sullivan, «How Big Oil Misled the Public Into Believing Plastic Would Be Recycled», NPR (11 de septiembre de 2020)

Y así, la gran masa de plástico viejo simplemente se desecha. La mayoría en forma de artículos de un solo uso como envases, envolturas de plástico y botellas de agua. Para 2021 se espera la venta de la estremecedora suma de 580 mil millones de botellas desechables; más de dieciocho mil por segundo. Según un informe de octubre de 2020 de Kara Lavender Law y sus colegas de Science Advances, Estados Unidos genera la mayor cantidad de plástico de desecho cada año, alcanzando la fenomenal cantidad de 130 kg (287 lbs.) por persona. En contraste, China, con una población aproximadamente cuatro veces mayor, no solo produce menos desechos en general, sino que se encuentra por debajo de los 16 kg per cápita. El Reino Unido ocupa el segundo lugar detrás de los Estados Unidos, con 88 kg per cápita, mientras que la cifra combinada para la Unión Europea y el Reino Unido es de aproximadamente 55 kg per cápita.

Law informa que en los Estados Unidos, a pesar de una sólida infraestructura de gestión de residuos plásticos y la participación pública, solo se recolecta alrededor del nueve por ciento del plástico usado. Entre uno y más de dos millones de toneladas métricas de desechos plásticos estadounidenses invaden el medio ambiente como basura o vertido ilegal, o se manejan inadecuadamente (a menudo solo se filtran en el medio ambiente) por los países que reciben basura como exportación de las naciones desarrolladas.

En su informe «Production, Use, and Fate of All Plastics Ever Made» (Producción, uso y destino de todos los plásticos jamás fabricados), Geyer y sus colegas señalan que mientras que las tasas de reciclaje son de dos a tres veces mayores tanto en China como en Europa que en los Estados Unidos, las tasas de incineración también son mayores. Estados Unidos quema dieciséis por ciento de sus desechos plásticos recolectados (de veintiuno por ciento incinerados en 1995); China, treinta por ciento; y Europa, cuarenta por ciento. Claramente, solo un pequeño porcentaje de los desechos plásticos reciben una nueva vida.

Recuerden que los plásticos se inventaron para convertir los residuos de destilación en un producto comercial. Earl Tupper puede haber tenido objetivos más altos, pero en un sentido capitalista e industrial, esta ha sido una racha de setenta años de auge. Tiene sentido, aunque solo sea en términos de rentabilidad de la fabricación, que sea más probable que los materiales usados se quemen se tiren a la basura en vez de reciclarlos. Mientras que los investigadores predicen que en los próximos treinta años se desecharán menos residuos porque el reciclaje aumentará, se espera que el ritmo de incineración aumente aún más rápido.

Geyer estima que, en general, se han producido más de ocho mil trescientos millones de toneladas métricas (Mt) de plástico virgen desde 1950, más o menos la época del inicio de la industria del plástico. Si hacemos los cálculos a razón de 2.200 libras por tonelada métrica, eso es 18.260.000.000.000 (dieciocho billones doscientos sesenta mil millones) de libras.

La preocupación no es simplemente sobre grandes números. Los humanos, a modo de comparación, producen más de mil millones de libras de bebés cada año. Pero eventualmente —por diseño natural—, los bebés crecen y en algún momento en el futuro regresan a la tierra; y los ingredientes comienzan un nuevo proceso, a diferencia del plástico, nuestro bebé artificial. El plástico no solo no se descompone y desaparece, sino que siempre hay mucho más en los oleoductos.

¿Cuál es el costo no contabilizado de esta tremenda masa de material sintético que se vierte en el mundo —y en la atmósfera— en general? ¿Cuál es su destino y cómo está vinculado al nuestro?

El boomerang de la red alimentaria

Mientras que algunos plásticos comienzan pequeños, como las partículas que se encuentran en ciertos exfoliantes y limpiadores líquidos, la mayoría nacen de tamaño macro, de más de 5 mm. Sin embargo, sea que comience pequeño o grande, todo el plástico está destinado a una eventual miniaturización. Pero el simple hecho de dividirlo en trozos cada vez más pequeños no lo hace desaparecer. «El ciclo de vida de los micro(nano)plásticos es largo, independientemente de su fuente», señalan Miguel Oliveira y sus colegas en un artículo de investigación de 2019 acertadamente titulado: «A Micro(nano)plastic Boomerang Tale: A Never Ending Story?»  (La historia del boomerang de los micro(nano)plásticos: Una historia sin fin).

«Es posible verificar que la mayoría de los productos sintéticos que están presentes en nuestra vida cotidiana, en definitiva, encontrarán su camino hacia las reservas naturales de suelos y agua —escribe Oliveira—; pero, a diferencia de las sustancias degradables que sufrirán descomposición y volverán a entrar en la cadena base como nutrientes, los microplásticos no se degradan, solo se descomponen en partículas cada vez más pequeñas, hasta que es casi imposible verificar su existencia».

«Sin una estrategia de gestión bien diseñada y hecha a la medida para los plásticos al final de su vida útil, los humanos están llevando a cabo un experimento singular e incontrolado a escala global».

Roland Geyer, Jenna R. Jambeck, Kara Lavender Law, «Production, Use, and Fate of All Plastics Ever Made», Science Advances (julio de 2017).

Determinar cuánto plástico consumen los humanos es un desafío complicado y continuo. Algunos investigadores han sugerido que cada uno de nosotros podría estar ingiriendo cinco gramos por semana, lo que equivale a una tarjeta de crédito.

Otros discrepan de una cantidad tan específica. Los autores de un estudio de 2019 publicado en la revista Environmental Science and Technology de la American Chemical Society también han calculado la cantidad de plástico que ingerimos, pero enfatizan que el verdadero valor cuantitativo aún se desconoce. Kieran Cox, investigador en jefe y biólogo de la Universidad de Victoria en British Columbia, dijo a Visión que sus hallazgos son «ciertamente una subestimación conservadora. La cantidad real tiene una masa real y se conocerá en un futuro próximo. Pero todavía no. Estos estudios realmente están aumentando, pero equipararlo con una tarjeta de crédito no es realmente preciso en este momento».

Un número exacto y científicamente validado será útil. Pero, sea que se confirme que equivale a una tarjeta de crédito, un grano de arroz o una rebanada de pastel, no es solo el plástico en sí lo que importa. Como recientemente señalaron unos investigadores de la Universidad de Toronto, «los plásticos son un contaminante complejo» que puede tener una amplia serie de efectos negativos. «Este “cóctel químico” consiste en los monómeros residuales que componen el polímero plástico, los aditivos que se agregan durante la fabricación y los contaminantes que se absorben del medio ambiente circundante». Observan que muchos de estos productos químicos están catalogados como «contaminantes prioritarios» por la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos «porque son persistentes, biológicamente acumulables y/o tóxicos».

Entonces, si bien el megatonaje de detritos plásticos que circula por todo el mundo es de por sí un problema persistente, aún más preocupante es el peligro que representa el contenido químico que transporta. Están las toxinas que conocemos, y las que no; residuos individuales que reconocemos, y sinergias que son un misterio. Y apenas estamos empezando a darnos cuenta de que hemos creado un sistema de entrega inmenso y prácticamente invisible que impulsa estas toxinas directamente a todo el mundo vivo, incluyéndonos a nosotros.

Así como un nuevo virus generado a partir de fuentes anteriores se denomina enfermedad emergente, el híbrido microplástico-toxina es una especie de nuevo «contaminante emergente» del cual estamos rodeados.

Investigadores de los Países Bajos han descrito lo inmersos que estamos en esta sopa de contaminación: «Los humanos estamos expuestos a micro y nanoplásticos a través del consumo de animales (marinos) contaminados y otros alimentos y productos de consumo como pasta de dientes, cerveza, miel, sal y azúcar. La exposición oral humana adicional resulta del agua potable y del agua mineral embotellada en plásticos y cartones. La exposición adicional a la inhalación resulta de micro y nanoplásticos liberados de textiles, neumáticos de caucho sintético y cubiertas de plástico».

Quizás más preocupante aún es un estudio recién publicado en Italia, según el cual ya se ha confirmado la presencia de microplásticos en las placentas humanas. Los autores concluyen que «debido al papel crucial de la placenta en el apoyo al desarrollo del feto y al actuar como una interfaz entre él [el bebé no nacido] y el entorno externo, la presencia de partículas (de plástico) exógenas y potencialmente dañinas es un asunto de gran preocupación». El hecho de que estos materiales se encontraron en la placenta, tanto en el lado de la madre como en el del bebé, es evidencia de que ahora incluso los bebés no nacidos están expuestos al plástico circulante y a su carga química.

El camino estrecho

Tal como lo advirtió la ambientalista Rachel Carson hace décadas —cuando los productos sintéticos comenzaban a liberarse ampliamente en el medio ambiente (su preocupación particular en ese momento era el pesticida DDT)—, no hay forma de saber cuáles serán las consecuencias cuando agregamos nuestras propias creaciones al mundo natural. ¿Hemos plantado un campo minado y entrado en él?

Nuestro dilema de los plásticos hace que una pandemia viral parezca casi controlada. Al menos, con una partícula viral podemos apuntar hacia una eventual inmunidad. Pero así como estamos aprendiendo de la capacidad de COVID-19 de infligir daño neurológico (junto con su ataque más inmediato a las funciones respiratorias y circulatorias) con efectos potencialmente de largo alcance, también nos estamos dando cuenta de las implicaciones más profundas de nuestro miasma plástico. El problema es mucho más profundo que la fealdad de la basura o la vida marina empalada en pajillas de plástico.

Estas no son cosas que esperábamos. Earl Tupper no lo habría predicho.

En su anotación en su diario a finales de los años treinta, bajo el título «Mi propósito en la vida», Tupper escribió una visión que muchos de nosotros probablemente compartiríamos. No estaba interesado meramente en obtener ganancias. Quería hacer algo que mejorara la condición humana, no que la degradara. El sueño de Tupper era «tratar de entender el verdadero propósito e intención de todo lo que tiene interés o utilidad para la humanidad y la posteridad». Tupperware fue su apuesta para mejorar la vida.

Si se cuidan adecuadamente, los plásticos son de gran valor para la humanidad. Los envases estériles y ligeros, por ejemplo, son altamente beneficiosos. Cuando se usan con propósito e intención razonables —incluyendo un plan para tratar con los materiales utilizados una vez concluida su función principal— los plásticos pueden, literalmente, ser salvavidas. Pero, tal como se presenta, nuestra falta de gestión del mundo de plástico que colectivamente hemos creado nos perseguirá durante mucho tiempo. Volviendo a las palabras de Tupper, no pensamos mucho más allá de la «utilidad». Perdimos todo sentido de la posteridad y de lo que sucede después.

No tenía por qué ser así. Un conjunto diferente de principios podría habernos guiado por un camino más benigno que nos beneficiara a todos en las generaciones venideras, en lugar de uno que meramente beneficia a las corporaciones en este momento. En cierto sentido, elegimos el camino ancho en lugar del estrecho. Esta segunda forma, más reflexiva y tal vez desinteresada, parece más acorde con el objetivo de Tupper: ver más allá del yo y del presente, y pensar hacia adelante y hacia lo exterior, siempre considerando el futuro y los mejores intereses de los que vendrán.