Por qué es tan difícil conectarse

Y por qué, de todos modos, necesitamos hacerlo

No podemos alcanzar nuestro máximo potencial sin conectarnos con los demás a nivel emocional. Con todo, traspasar barreras —aun con nuestros seres queridos— no es fácil.

El ser humano tiene la necesidad innata de comunicarse. Comenzamos a intentarlo desde el momento en que nacemos y seguimos estableciendo relaciones con las personas que nos rodean a lo largo de nuestras vidas. En la infancia, nos valemos del contacto visual, el lenguaje corporal y formas de expresión tan sencillas como el llanto. Cuando estos intentos tienen éxito —cuando las personas responden acercándose a nosotros de buena gana en lugar de con hostilidad o apatía—, aprendemos a confiar en nuestros primeros vínculos emocionales humanos, y esta confianza influye en nuestras expectativas sobre las relaciones futuras a lo largo de nuestras vidas.

A medida que interactuamos con los demás y crecemos, añadimos el lenguaje y otras herramientas más sofisticadas a nuestro repertorio de comunicaciones. Sea a través de un simple «hola», una observación compartida sobre nuestro entorno o una pregunta a alguien acerca de cómo fue su día, nos acercamos a los demás con la esperanza de que ellos también se acerquen a nosotros para completar el circuito. Hay quienes incluso buscan una conexión trascendental a través de medios como la oración y la meditación. La tentativa de acercamiento y la respuesta a ella constituyen la llamada «unidad fundamental de la comunicación emocional». Algunas de ellas tienen éxito, otras no. Pero si la naturaleza y la educación nos proporcionan las condiciones adecuadas para ello, aprendemos de nuestras experiencias pasadas y, a medida que pasa el tiempo, nos volvemos más hábiles para comunicarnos.

No obstante, si usted es como la mayoría de las personas, es muy probable que algunas de sus tentativas de acercamiento se hayan desestimado, ignorado o rechazado por completo. Quizás se acercó a alguien con la esperanza de profundizar una conexión, y acabó dándose cuenta de que lo único que se había profundizado era la distancia entre ambos. Quizás haya estado del otro lado de la ecuación y no haya reconocido las tentativas de otra persona de acercarse a usted. O quizás el intercambio solo los haya dejado a ambos sintiéndose incomprendidos.

¿Por qué a veces es tan difícil conectarse con los demás? ¿Importa esto, realmente?

El sentido común (respaldado por numerosas investigaciones) nos dice que ser comprendidos, relacionarnos con los demás y sintonizar con ellos en la medida de lo posible es verdaderamente importante, no solo en el seno de nuestras amistades y familias, sino también en nuestros lugares de trabajo y en nuestras comunidades. No podemos alcanzar nuestro pleno potencial sin conectarnos con los demás a nivel emocional. Y eso es solo el comienzo. Nuestra capacidad de comprendernos unos a otros y conectar en cuanto a las «grandes cosas» del mundo en general comienza por aprender a conectarnos en cuanto a las «pequeñas cosas» de nuestras vidas personales.

No obstante, relacionarnos con los demás es difícil, y no solo cuando se trata de desconocidos. A veces es igual de difícil conectar a nivel personal con los seres queridos. Pero hay estrategias que podemos utilizar para superar los obstáculos que tan fácilmente se interponen cuando intentamos acercarnos a los demás. Algunos de estos obstáculos son producto de nuestras propias experiencias personales, pero otros nos los impone la cultura en la que vivimos.

Echemos un vistazo a algunas de estas barreras comunes y pensemos en cómo pueden haber afectado nuestra capacidad para establecer las conexiones que, por naturaleza, necesitamos.

Un vocabulario emocional limitado

Resultan particularmente letales para la conexión humana las sutiles presiones culturales que nos desalientan de expresar vulnerabilidad emocional en nuestras relaciones. La sociedad ejerce este tipo de influencias tanto en hombres como en mujeres desde la infancia, limitando sus experiencias emocionales de diferentes maneras. En muchas culturas, esto se manifiesta en las mujeres en forma de presión para «sonreír, ser amables, no quejarse, no ser demasiado francas». A los niños de estas culturas se les suele disuadir de llorar cuando les duele algo; se les dice que «sean hombres», «sean fuertes» o «sean valientes», y estas frases transmiten un mensaje claro: «No muestres tu dolor; mostrar dolor es de débiles, es poco masculino».

Lamentablemente, la idea dañina de que el dolor mental y emocional equivale a debilidad nos perjudica a todos. Reprimir el dolor emocional y sofocarlo con una falsa positividad puede provocar graves problemas de salud física y mental. Cuando menos, crea barreras interpersonales que nos impiden establecer y aceptar vínculos afectivos, o incluso reconocerlos cuando los vemos. Al fin y al cabo, ¿cómo podemos reconocer un sentimiento en otra persona si nunca se nos ha permitido reconocerlo en nosotros mismos?

«Cuando se bloquea nuestro acceso al lenguaje emocional, nuestra capacidad para interpretar la información emocional que recibimos se ve significativamente disminuida.»

Brené Brown, Atlas of the Heart (Atlas del Corazón)

Esta ha sido una trágica realidad para muchos hombres. Enseñarles desde la infancia a ocultar sus sentimientos limita su vocabulario emocional en las relaciones con otros hombres, así como con las mujeres de sus vidas: sus esposas, hermanas, hijas y amigas. Separar a los hombres de toda la gama de emociones humanas en nombre de una falsa definición de fortaleza les impide desarrollar la verdadera fortaleza que proviene de disfrutar de toda la gama de conexiones humanas de apoyo. Como dice la psicóloga Marisa Franco, de la Universidad de Maryland: «Cuando los hombres no enmascaran su vulnerabilidad tras la dominación, adquieren un poder más sutil, uno que les permite amar y establecer vínculos.»

¿Estamos diciendo que está bien dejar que nuestras emociones se desborden? Todo lo contrario. Aprender a comprender y dominar nuestros comportamientos —y a contextualizar los comportamientos de los demás— requiere que seamos capaces de identificar los sentimientos y las emociones que hay detrás de los comportamientos. Como diría el neurobiólogo de la UCLA Daniel Siegel: «Los nombramos para domarlos».

Este es un concepto importante. Si criamos a los niños sin el lenguaje de las emociones, no tendrán acceso al alivio que proporciona compartir su mundo interior, ni a las herramientas para gestionarlo. En el caso de las niñas, la presión de «sonreír y ser amables» puede interiorizarse en forma de ansiedad. En el caso de los niños, los sentimientos sin nombre pueden estallar en forma de ira, una de las pocas emociones que la falsa narrativa permite como parte del repertorio masculino. Retirarse en un silencio sepulcral puede parecer una alternativa mejor, pero en realidad es un comportamiento igualmente destructivo que hace que los seres queridos se sientan abandonados y angustiados.

De nuevo, sin las herramientas para identificar nuestras propias emociones complejas, no aprendemos a captar matices en las emociones de los demás, y no es de extrañar que nuestro aislamiento emocional nos lleve al sufrimiento mental y físico. Estas situaciones se ven agravadas por los estigmas culturales que caracterizan como debilidad el hecho de buscar ayuda profesional para los problemas de salud resultantes.

Para muchos hombres, este callejón sin salida ha llevado a un aumento de lo que los psicólogos llaman «depresión masculina encubierta», que puede manifestarse en forma de insensibilidad o apatía, cinismo e incluso una forma subclínica de alexitimia (la incapacidad de identificar y describir las emociones). Es un estado que se ha vuelto tan común en los hombres que ahora tiene un nombre: «alexitimia masculina normativa». Esto puede hacer que los hombres sean más vulnerables al aislamiento social y al dolor del rechazo, lo que, en el peor de los casos, los expone a la influencia de subculturas tóxicas que pueden aislarlos aún más.

A estas alturas, debería quedar en claro que insistir en que la mayor parte de las emociones son «femeninas» y solo unas pocas son «masculinas» limita gravemente la capacidad tanto de los hombres como de las mujeres para comunicarse entre sí de manera eficaz y respetuosa. Las emociones no son específicas de un género; forman parte del ser humano y nos proporcionan portales a través de los cuales podemos conectar, si somos capaces de reconocerlas. «Puedo tener empatía con su vulnerabilidad porque a veces yo también me he sentido vulnerable».

«La vulnerabilidad es lo primero que buscamos en otras personas y lo último que queremos mostrarles de nosotros mismos».

Brené Brown, Atlas of the Heart (Atlas del Corazón)

No siempre es fácil, pero hablar con alguien sobre nuestros pensamientos, sentimientos y emociones puede ayudarnos a darles sentido, lo que nos lleva a un nivel de conciencia de nosotros mismos que Siegel denomina «mindsight» (visión mental). Es esta profundidad de autocomprensión la que nos ayuda a controlar nuestros comportamientos externos y a comprender el mundo interior de los demás. Los «mapas del yo» que creamos de nuestro mundo interior, nos ayudan a concebir «mapas del tú», de modo que podamos comprender y responder adecuadamente a las tentativas de conexión emocional de los demás. De esta manera, logramos «sentirnos sentidos» unos por otros.

Según el investigador John Gottman, respondemos a las tentativas de conexión en una de tres maneras. Podemos alejarnos de ellas, pasándolas por alto por completo o ignorándolas intencionadamente. Podemos oponernos a ellas rechazándolas directamente de forma argumentativa o conflictiva. Pero nuestra mejor opción es acercarnos a ellas reconociéndolas. Queremos que nuestra respuesta transmita: «Te escucho; entiendo lo que me estás comunicando y quiero ayudarte». La cuestión no es si podemos ayudar o si estamos de acuerdo en todo. Lo importante es que estamos enviando un mensaje: la persona que acaba de procurar nuestra atención —sea un conocido, un amigo, un hijo o nuestra pareja— es importante para nosotros.

Obviamente, no nos sentiremos «sentidos» si nuestras tentativas de conexión son rechazadas, minimizadas o ignoradas.

En un estudio de seis años sobre recién casados, el Gottman Relationship Institute descubrió que las parejas que seguían juntas al final de ese periodo eran especialmente buenas a la hora de percibir y responder cada uno a las tentativas de conexión del otro. De hecho, lo hicieron exitosamente en alrededor del ochenta y seis por ciento de los casos. Los que se divorciaron al cabo de seis años solo habían logrado responder a las tentativas de conexión del otro aproximadamente treinta y tres por ciento de las veces. Esto ayuda a ilustrar lo importante que es percibir y responder cuando nuestros seres queridos se nos acercan.

El rol de los clichés de personalidad

Otra barrera para la conexión es la creencia autolimitante de que simplemente no estamos hechos para ella; y los clichés obsoletos sobre la personalidad pueden alimentar esta idea.

En muchas culturas occidentales, por ejemplo, antes se consideraba que la extroversión y la introversión eran como dos caras de una misma moneda en lo que respecta a la personalidad, una idea que aún persiste en algunos círculos. Es cierto que algunas personas son más extrovertidas que otras en un sentido general; y, de nuevo, nuestras heridas pasadas en materia de conexión interpersonal (entre ellas, las producidas por traumas emocionales) afectan la manera en que nos relacionamos con los demás en el aquí y ahora. Pero la extroversión se mide mejor en un continuo. Nos sentimos más inclinados a establecer vínculos en ciertos momentos que en otros, y cuando lo hacemos, una persona puede situarse más cerca del extremo de la extraversión que otra.

Esto no quiere decir que no existan personas en los extremos. Si bien la mayoría se sitúa en algún punto dentro del amplio rango conocido como ambiversión, las personas que luchan con estrés emocional grave, ansiedad severa, traumas pasados o apego inseguro sin duda se encontrarán reaccionando desde el extremo introvertido del continuo con más frecuencia que otras. La psicóloga Franco escribe: «La conexión afecta lo que somos, y lo que somos afecta cómo nos conectamos».

«Cuando nos hemos sentido conectados, hemos crecido. Nos hemos vuelto más abiertos, más empáticos, más audaces. Cuando nos hemos sentido desconectados, nos hemos marchitado. Nos hemos vuelto cerrados, críticos o distantes en actos de autoprotección.»

Marisa Franco, Platonic: How the Science of Attachment Can Help You Make—and Keep—Friends (Platónico: cómo la ciencia del apego puede ayudarle a hacer amigos y conservarlos)

Nuestro pasado puede habernos dado muy buenas razones para protegernos de esta manera, pero, aun así, no supone una sentencia de por vida. Es posible aprender a abrirnos a las relaciones —a superar gradualmente la necesidad de rechazar antes de ser rechazados—, aunque para ello sea necesaria la ayuda de un profesional. Y vale la pena buscar este tipo de ayuda si la necesitamos, porque la verdad simple es que, para alcanzar un bienestar óptimo, necesitamos relacionarnos con otras personas.

¿Pero cuáles otras personas? ¿Solo las de nuestro círculo más cercano? ¿Solo las que piensan como nosotros? ¿Solo las personas que conocemos?

Algunos clichés con respecto a la personalidad han fomentado la idea de que solo nuestras conexiones más profundas son realmente significativas. Desde esta perspectiva, entablar una charla superficial denota falta de imaginación o incomodidad con el silencio, en vez de un interés genuino en conocer a alguien. Las llamadas «charlas triviales» se descartan por considerárselas intrascendentes. Con todo, no tenemos más remedio que empezar con charlas triviales cuando no conocemos bien a alguien, y estas pueden ser un valioso lubricante social para facilitar que las personas entablen conversaciones más profundas o, como mínimo, para servir de punto de partida para importantes microconversaciones y microconexiones.

Las microconexiones y otros vínculos denominados «débiles» han despertado el interés de los investigadores en los últimos años, lo cual les ha permitido descubrir algunas cosas interesantes. Una de ellas es que nuestras expectativas al respecto no siempre dan en el clavo. Otra es que tener una «cartera social» diversificada —o sea, contar con muchos tipos y niveles de relaciones en nuestras vidas, incluso las aparentemente superficiales— se asocia con un mayor bienestar.

Sabiendo que, por lo general, conectar con otras personas hace que la gente sea más feliz, los científicos del comportamiento Nicholas Epley y Juliana Schroeder quisieron averiguar por qué los desconocidos suelen ignorarse entre sí. Se acercaron a viajeros y personas sentadas en salas de espera para ver qué pasaría si ignoraban a quienes estaban cerca o interactuaban con ellos. Después del experimento, también compararon las expectativas previas de cada persona con su experiencia real. Curiosamente, aun quienes pensaban que serían más felices manteniéndose al margen dijeron haber tenido una experiencia positiva después de interactuar con otros. Al profundizar en el tema, los investigadores descubrieron que el placer parecía contagioso: quienes recibían ese gesto de conexión tenían experiencias tan positivas como quienes lo iniciaban.

«Los seres humanos somos animales sociales. Los que no comprenden las consecuencias de las interacciones sociales pueden, al menos en algunos contextos, no ser lo suficientemente sociables como para lograr su propio bienestar.»

Nicholas Epley and Juliana Schroeder, «Mistakenly Seeking Solitude,» Journal of Experimental Psychology: General [Buscando la soledad por error] Journal of Experimental Psychology: General (2014)

Otro investigador, Patrick Downes, formó parte de un grupo que estudió cómo las charlas informales en la oficina afectan los lugares de trabajo. La conclusión al respecto fue que los aspectos positivos (fomentar la cooperación en la oficina y los sentimientos y comportamientos positivos) superaban a los negativos (interrupción momentánea de las tareas laborales). En una entrevista con la prensa de su propia universidad, Downes admitió que él mismo «no es fan» de las charlas informales. «Sin embargo —dijo—, sigo teniéndolas porque, al fin y al cabo, quiero estar conectado con mis colegas; por eso dejo la puerta de mi oficina abierta. Aunque las conversaciones sean una interrupción, los datos sugieren que las charlas informales son buenas tanto para mí como para la organización».

En resumen: vencer el temor

Por supuesto, como Downes ha realizado la investigación, está convencido de su conclusión al respecto. Pero, ¿qué pasa con el resto de nosotros? Todos hemos aprendido a usar los teléfonos inteligentes y los auriculares para evitar hablar con otros en los espacios públicos, y nos hemos acostumbrado a convenciones tales como fingir que no vemos a las personas hasta que alguien nos las presenta. La psicóloga Gillian Sandstrom y sus colegas denominan estas tácticas «muestras impresionantes de "desatención civilizada"» que, aunque no parecen perjudiciales en sí mismas, pueden convertirse en un patrón destructivo.

En suma, en la mayoría de los casos, lo que nos lleva a evitar el contacto es el miedo. Tememos que nuestras tentativas de establecer una conexión sean rechazadas. Tememos no saber qué decir. Tememos que la conversación no salga bien.

Incluso cuando superamos los miedos iniciales que nos impiden acercarnos a desconocidos, a veces terminamos estas conversaciones al cabo de unos minutos porque tememos que la calidad disminuya con el tiempo. Si la conversación se adentra en aguas más profundas, quizá descubramos que nuestros objetivos conversacionales no coinciden o que no estamos de acuerdo en algún tema, por lo cual la conversación se volverá incómoda.

En la práctica, tales temores resultan ser en gran medida infundados. Las personas suelen subestimar cuánto tiempo pueden sostener una conversación con un desconocido, cuán positivamente reaccionará la otra persona ante ellas, cuán poco riesgo hay en llevar la conversación a aguas más profundas y cuán gratificante puede ser encontrar puntos en común después de explorar áreas de desacuerdo.

Es natural tomárselo como una cuestión personal cuando alguien no está de acuerdo con nosotros, pero no tenemos por qué hacerlo. Sabemos que no vamos a estar de acuerdo en todo con todo el mundo, y que nuestra «receptividad conversacional» —la forma en que mostramos que estamos dispuestos a aceptar puntos de vista opuestos— tiene mucho que ver con cómo ha de transcurrir la conversación. «Profundizar un poco más en la conversación, así como aprender a manejar los desacuerdos, puede crear el tipo de conexiones que hacen que las personas se sientan más felices», afirma Michael Kardas, investigador de la Universidad Estatal de Oklahoma.

Sandstrom considera que cuando las personas tienen experiencias repetidas en la «realidad (sorprendentemente positiva) de hablar con desconocidos», sus miedos se reducen y sus expectativas en cuanto a futuras conversaciones se vuelven más precisas.

De nuevo, algunas personas necesitarán ayuda profesional para navegar en estas aguas; entre ellas, las que sufrieron abusos o negligencia antes de tener edad suficiente para identificar y gestionar las complejas emociones resultantes. Pero la mayoría de nosotros tenemos potencial para todo tipo de conexiones si somos lo suficientemente vulnerables como para tomar la iniciativa.

Ya sea que nos acerquemos a desconocidos en un tren, a gente conocida, a amigos (más o menos cercanos), a familiares lejanos, o incluso a un poder superior a nosotros mismos, cada conexión tiene su propio valor. Y cuanto más diversas sean nuestras conexiones, mejor comenzaremos a comprender cómo se ve el mundo a través de los ojos de otra persona. Hacer el esfuerzo puede cambiar nuestra vida si nos interesa convertirnos en mejores personas. En todo caso, el precio que pagamos por mantener la distancia es mucho más alto que el costo de intentar conectarnos, ya sea que lo hagamos nosotros mismos o que respondamos a la iniciativa de otra persona.