La prueba de que las personas se necesitan entre sí

Cómo la comunidad italiana de Roseto, PA, sorteó las dificultades médicas (durante un tiempo)

Lo más probable es que ya sepa que el amor es mejor para su salud que el odio o la indiferencia, y que la calidad de sus relaciones puede determinar si le cuesta salir adelante o si prospera. La historia de un pequeño pueblo de Pensilvania ilustra esto muy bien.

Fue en algún momento de la década de 1950 cuando un médico llamado Benjamín Falcone —que llevaba 17 años atendiendo pacientes en los pequeños pueblos de Bangor y Nazareth, en Pensilvania— notó por primera vez que casi nunca tenía que atender por problemas cardíacos a los residentes mayores del vecino pueblo de Roseto, a pesar de que la tasa de infartos en los otros dos pueblos, y en Estados Unidos en general, iba en aumento.

Roseto era una comunidad muy unida, establecida por unos 1,200 campesinos que habían emigrado casi en masa a finales del siglo XIX desde una aldea italiana llamada Roseto Valfortore. Tras llegar a Estados Unidos, los inmigrantes levantaron esta comunidad relativamente aislada en la ladera de una colina, apartada de los enclaves ingleses, galeses y alemanes vecinos, cuyos habitantes en buena medida los rechazaban. En 1912 la población de Roseto superaba los 2,000 habitantes, y se constituyó formalmente para convertirse en el primer municipio del país gobernado únicamente por italianos. Para cuando Falcone empezó a notar la extraordinaria salud cardíaca de sus residentes, Roseto era un pueblo próspero, atendido por los mismos médicos y hospitales que atendían a la población de Bangor, y aceptado —incluso admirado— por las comunidades vecinas.

Un día de verano, a principios de la década de 1960, Falcone asistió a una charla de la sociedad médica local impartida por Stewart Wolf, un médico de la Universidad de Oklahoma que estaba de visita en su granja de Pensilvania. Falcone invitó a Wolf a un bar de la zona a tomar una cerveza y, en el transcurso de la conversación, le mencionó el extraño fenómeno que había observado en los habitantes de Roseto.

Wolf quedó tan intrigado con ello que pidió a algunos de sus colegas universitarios que examinaran más a fondo lo que ha llegado a conocerse como «el efecto Roseto». Junto con el sociólogo John G. Bruhn, el equipo de investigación comenzó a comparar historiales médicos, exámenes físicos y análisis de laboratorio en una amplia muestra de habitantes de Roseto, Bangor y Nazareth, con la esperanza de hallar la clave de la aparente salud y felicidad de esta comunidad tan singular.

Lo que descubrieron los dejó perplejos. En efecto, las pruebas confirmaron que la tasa de mortalidad por infarto era menos de la mitad que la de Bangor, Nazareth y otros pueblos cercanos. Y, algo importante, las enfermedades mentales (incluida la demencia senil) también eran mucho menos frecuentes. Pero nadie lograba entender por qué.

«Los hallazgos resultaron sorprendentes por la mayor prevalencia de obesidad entre los habitantes de Roseto», escribieron Wolf y Bruhn en su informe, publicado en 1979 bajo el título The Roseto Story: An Anatomy of Health (La historia de Roseto: anatomía de la salud). «Un estudio meticuloso de los hábitos alimentarios estableció que los rosetanos consumían al menos tanta grasa animal como los habitantes de Bangor y Nazareth».

El alto índice de obesidad en Roseto, así como las tasas de hipertensión, diabetes y de niveles de colesterol sérico del pueblo, coincidían estrechamente con los de las demás comunidades. Los hábitos de tabaquismo y ejercicio también eran similares, y los investigadores pudieron descartar los factores étnicos y genéticos. Después de todo, los habitantes que dejaban Roseto para vivir en otras comunidades pronto quedaban expuestos a las mismas tasas de mortalidad más altas que aquejaban al resto del país.

¿Qué podía explicar, entonces, el extraño efecto de Roseto? Habiendo descartado ya la dieta, el ejercicio, la genética y otros factores que la comunidad médica creía desde hacía mucho que eran de riesgo para las enfermedades del corazón, los investigadores se dedicaron a estudiar el estilo de vida de los rosetanos.

Descubrieron que el rechazo inicial de las comunidades vecinas los había obligado a apoyarse unos en otros y a ayudarse mutuamente. En última instancia, los investigadores hallaron que las únicas diferencias reales entre Roseto y las comunidades vecinas eran de carácter social. Los ciudadanos de Roseto asumían con entusiasmo la responsabilidad de ser los guardianes de su prójimo.

«La piedra angular de la vida rosetana es la familia... Las tradiciones familiares sirven de amortiguador en tiempos de crisis y de fuente de estabilidad para la comunidad».

John G. Bruhn y Stewart Wolf, The Roseto Story

Los investigadores describieron el carácter de los habitantes como animado, alegre, emprendedor, optimista, cohesionado y solidario. «Nuestro primer estudio sociológico de Roseto reveló que las crisis y los problemas se afrontaban de manera conjunta entre los miembros de la familia, con el apoyo de parientes y amigos», escribieron Bruhn y Wolf. «Tras un fallecimiento en la familia, las diferencias entre familias quedaban olvidadas, y los deudos recibían comida y dinero de parientes y amigos, quienes a veces asumían temporalmente el cuidado de los hijos de los dolientes. Cuando surgían problemas económicos, parientes y amigos acudían en ayuda de la familia y, en casos de pérdidas económicas repentinas y graves, la propia comunidad asumía la responsabilidad de ayudarla».

Además, las familias no se guardaban secretos. Compartían sus problemas y los resolvían con la ayuda del sacerdote local o de los pilares de cada familia, que a menudo eran mujeres mayores solteras de la comunidad que habían asumido el cuidado de sus padres ancianos y que gozaban de gran respeto y aprecio por su papel en el mantenimiento de los lazos familiares y comunitarios.

En Roseto, casi todos tenían un papel esencial que cumplir, sin importar su edad o su sexo. Al terminar el día, se reunían en las casas de unos y otros, en los clubes sociales o en el restaurante del pueblo. Pero la piedra angular de la vida en Roseto era la familia. «Las tradiciones familiares sirven de amortiguador en tiempos de crisis y de fuente de estabilidad para la comunidad», escribieron los investigadores en su informe de 1979.

«Yo no soy como los rosetanos»

Por supuesto, ni siquiera en Roseto la vida era siempre color de rosa, y un buen estudio no estaría completo sin examinar los casos atípicos: aquellos cuyas circunstancias diferían notablemente de la muestra principal. Algunos estaban marginados en Roseto, ya sea porque carecían de lazos étnicos o sociales dentro de la comunidad o porque, por la razón que fuera, habían sido excluidos —o se habían excluido a sí mismos— de la cultura social del pueblo. Al igual que sus vecinos de Bangor y Nazareth, estos rosetanos marginados presentaban una mayor incidencia de enfermedad e infarto que la población general. De hecho, en uno de los historiales, un tal «señor B.», en apariencia sano, comentó a los investigadores (cinco años antes de morir de un infarto): «No encajo en el pueblo; no vivo como ellos; no soy como los rosetanos».

No fue el único habitante marginado que se perdió los beneficios para la salud de vivir en Roseto. «El trabajo duro y los problemas familiares y personales eran comunes para la mayoría» de estas personas desvinculadas, escribieron Bruhn y Wolf. «Además, hacían hincapié en la autosuficiencia y en la responsabilidad por sus propios actos, por lo que disfrutaban de poco o ningún apoyo familiar o comunitario en tiempos de crisis».

Con estas observaciones en mano, tras dos años de estudio, no les resultó difícil a los investigadores predecir, en 1963, que «si la estructura social de Roseto, tradicionalmente unida y solidaria, comenzaba a desmoronarse..., la relativa inmunidad del pueblo frente a la muerte por [infarto] llegaría poco a poco a su fin».

De hecho, eso fue exactamente lo que ocurrió. A medida que Roseto se fue americanizando y adoptó lo que los investigadores llamaron «valores materialistas e individualistas», la mortalidad por infarto se disparó, hasta alcanzar en 1975 la tasa que predominaba en Bangor.

«En varias de las personas que murieron a los cincuenta y cinco años o menos, las declaraciones registradas entre cinco y diez años antes, como parte de nuestras encuestas sociológicas, revelaban indicios de ruptura o alejamiento respecto del estilo de vida tradicional de Roseto». 

John G. Bruhn y Stewart Wolf, The Roseto Story

Hoy contamos con décadas de investigación a nivel mundial que refuerzan los resultados del estudio de Roseto. Aun así, las actitudes de autosuficiencia siguen tercamente arraigadas en la sociedad occidental: no nos gusta aceptar ayuda, ni tampoco ofrecerla a los demás si juzgamos que ellos mismos se buscaron sus problemas. Encerrados en nuestros silos emocionales, vemos noticias angustiosas que se suman a las ya pesadas preocupaciones de cada día; y todo ello nos deja vulnerables ante los anuncios que las acompañan, los cuales ofrecen pastillas «mágicas» o regímenes alimenticios para contrarrestar el daño que esas tensiones causan a nuestra salud.

Reparar las relaciones rotas puede implicar algo más que solo tomar una pastilla o aferrarse a una dieta de moda, pero nuestro bienestar individual y colectivo exige que lo hagamos. Las comunidades estables están formadas por personas que dan un paso al frente para ayudarse unas a otras en tiempos de crisis. Es imposible fabricar la alegría, la fortaleza, el optimismo y el bienestar general que surgen de manera natural cuando nos rodeamos de amor y apoyo en lugar de críticas y desconfianza. Y no solo se beneficia quien recibe ese amor y ese apoyo; las investigaciones nos dicen que la salud de quien los da también sale ganando.

Oscuridad y luz

Una conocida cita de Martin Luther King Jr. señala que «el odio no vence al odio». Pero hay mucho más en el contexto de esa afirmación, y resulta tan vigente hoy como cuando se escribió, si no más: «Devolver odio por odio multiplica el odio, añadiendo más oscuridad a una noche ya carente de estrellas. La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo. El odio multiplica el odio, la violencia multiplica la violencia y la dureza multiplica la dureza, en una espiral descendente de destrucción. Así que, cuando Jesús dice "Amen a sus enemigos", está formulando una advertencia profunda y, en definitiva, ineludible. ¿No hemos llegado, en el mundo moderno, a una encrucijada tal que debemos amar a nuestros enemigos... o atenernos a las consecuencias? La reacción en cadena del mal —el odio que engendra odio, las guerras que producen más guerras— debe romperse, o nos precipitaremos al oscuro abismo de la aniquilación» (Strength to Love [La fuerza de amar]).

Cada día hay algo en las noticias que nos pide responder con odio, desconfianza y sospecha, y que nos invita a sumarnos a la cadena de hostilidad y violencia que surge con demasiada naturalidad en las relaciones humanas. Pero no podemos romper esa cadena controlando a nuestros adversarios; solo podemos hacerlo controlándonos a nosotros mismos.

El fantasma de Jacob Marley, en Un cuento de Navidad de Charles Dickens, declaró con pesar: «Llevo la cadena que forjé en vida». Sus palabras de remordimiento sugieren que cada uno de nosotros tiene una decisión que tomar. Podemos cargar con una cadena de odio y de respuestas impulsivas, o podemos forjar cadenas de amor y apoyo social, como hicieron los rosetanos al asumir la responsabilidad de ser los guardianes de su prójimo.

La decisión que tomemos podría completamente marcar la diferencia para nuestra salud... y para la salud de nuestros seres queridos.