Dictadores, democracias y el ejercicio humilde del poder

El mundo ha cambiado de manera perceptible en los últimos años, y no siempre para bien. Uno de los cambios más preocupantes es el creciente número de personas que viven bajo regímenes autocráticos. El Varieties of Democracy Institute de la Universidad de Gotemburgo informa que, tras dos décadas de relativo equilibrio, las autocracias superan ahora en número a las democracias: 92 frente a 87. Más significativo aún, alrededor de 6 mil millones de personas —el 74 % de la población mundial— viven actualmente bajo alguna forma de autocracia, mientras que solo el 7 % vive en democracias liberales. La tendencia es clara: cada vez más gobiernos concentran el poder, limitan la oposición y debilitan protecciones que muchos antes consideraban seguras.

Para quienes viven en esos países, las consecuencias no son abstractas. La libertad de expresión disminuye; los medios independientes sufren presiones de las autoridades; la censura se extiende; y los opositores al Estado pueden ser víctimas de acoso, encarcelamiento o algo peor. El espacio público se estrecha a medida que los gobernantes deciden qué voces pueden hacerse oír y cuáles deben ser silenciadas. La libertad religiosa también es objeto de ataques: el Pew Research Center informa que, en 2023, los gobiernos hostigaron a grupos religiosos en 185 de 198 países, mientras que la injerencia en el culto alcanzó un nuevo máximo. En algunos lugares, las comunidades religiosas son vigiladas, restringidas o sancionadas simplemente por negarse a ajustarse a las creencias aprobadas por el Estado.

«Entre las razones [de los niveles altos o muy altos de hostilidad social] se encuentran el aumento del hostigamiento de las minorías religiosas y las repercusiones en todo el mundo del ataque de Hamás del 7 de octubre contra el sur de Israel y de la respuesta militar de Israel en Gaza».

Samirah Majumdar y Vivian Jacobs, «More Countries Had Elevated Levels of Social Hostilities Involving Religion in 2023» [«Más países registraron niveles elevados de hostilidad social relacionada con la religión en 2023»], Pew Research Center (15 de junio de 2026)

Estas tendencias no son solo políticas; también plantean interrogantes más profundos acerca de la naturaleza y los límites de la autoridad humana. En Visión, a menudo hemos señalado que las profecías bíblicas apuntan a tiempos difíciles —en los ámbitos religioso, político y social—. Las Escrituras no presentan la historia humana como una marcha constante hacia formas de gobierno cada vez mejores. Advierten que el poder, cuando se desvincula de la humildad y de la moderación moral, puede volverse opresivo con facilidad. Jesús dijo a sus seguidores que algunos serían perseguidos por gobernantes y traicionados por familiares y amigos. Sus enemigos, dijo, creerían estar haciendo lo correcto: «… y aun viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que rinde servicio a Dios» (Juan 16:2).

Esta es una advertencia que invita a reflexionar, porque la tiranía suele revestirse de un lenguaje moral. Afirma proteger el orden, la identidad nacional, la religión o el bien común. Sin embargo, cuando los gobernantes se colocan por encima de toda posibilidad de corrección, la disidencia se convierte en deslealtad y la conciencia, en una amenaza.

El modelo bíblico del ejercicio de la autoridad es notablemente distinto. Comienza con humildad, rendición de cuentas y mesura. Al rey de Israel se le ordenó no elevarse por encima de su pueblo ni valerse de su cargo para multiplicar armas, esposas o riquezas. Por el contrario, debía leer diariamente la ley de Dios y mantenerse dentro de los límites que esta establecía (Deuteronomio 17:18–20).

Jesús también advirtió a sus seguidores contra el ejercicio autoritario del poder: «(Ustedes) saben que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. Entre ustedes no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre ustedes será su servidor» (Mateo 20:25–26). Su norma invierte el instinto humano habitual. La grandeza no se mide por la dominación, el temor o el control, sino por el servicio. La autoridad no es licencia para exaltarse a uno mismo; es una responsabilidad que implica proteger, guiar y servir a los demás.

Esta perspectiva cobra especial importancia en una época en la que los hombres fuertes vuelven a ser admirados por muchos y las salvaguardias de la libertad parecen cada vez más frágiles. Las formas humanas de gobierno se sucederán, pero el criterio bíblico en cuanto a la autoridad permanece constante: el poder sin humildad se vuelve peligroso, y el ejercicio del poder sin mesura se convierte en tiranía. La alternativa no consiste simplemente en otro sistema político, sino en una concepción transformada de entender la autoridad: ejercerla como un servicio humilde.