Para obtener la ayuda que tan desesperadamente necesitamos
«La mayoría de los hombres llevan una vida de silenciosa desesperación». Así describía Henry David Thoreau cómo las personas se convertían en esclavas de su trabajo allá por 1854. Pero aun en nuestra época, tan diferente, sus palabras siguen siendo ciertas. Cada vez más personas viven para trabajar en lugar de trabajar para vivir. El caso es que se procura organizar la vida en torno al trabajo en vez de trabajar teniendo en mente una calidad de vida significativa. Se trata de una desesperación silenciosa porque suele pasar desapercibida. Thoreau definía la resignación resultante como «desesperación confirmada». Las personas se sienten atrapadas, sin alternativas.
Suena muy familiar.
Con todo, insinuando una posible salida al dilema del trabajo constante y pesado, Thoreau también dijo: «Es propio de la sabiduría no hacer cosas desesperadas». Para él, sabiduría era el resultado de su manera de vivir consciente, de observar el mundo, de basarse en sus propias experiencias y de reflexionar sobre sí mismo. La sabiduría de Thoreau dependía únicamente de la racionalidad humana.
Aunque evitar las acciones desesperadas es, sin duda, algo bueno, ¿podemos confiar siempre en la racionalidad para que nos salve? Si no, ¿hay otras fuentes de sabiduría más fiables en las que apoyarnos en nuestra desesperación?
Un amigo agnóstico, que es científico, me contó cómo su racionalidad no le sirvió de nada un día en que —mientras hacía senderismo solo por la ladera de una montaña—, de repente, se encontró en peligro. Hallándose deshidratado, desorientado y con náuseas, en ese momento de miedo hizo lo que, en su estado de lucidez, nunca habría hecho en otras circunstancias menos amenazantes: empezó a orar sin poder evitarlo. Afortunadamente, logró bajar de la montaña sano y salvo. Pero en retrospectiva, explicó que su oración seguramente había sido una forma inconsciente de reducir el estrés que sentía. O sea que, según él, la oración no le proporcionó ayuda espiritual alguna ni fue cuestión de que su propia sabiduría prevaleciera; simplemente había tenido la suerte de sobrevivir a aquella terrible experiencia.
«Porque yo sé los planes que tengo acerca de ustedes, dice el SEÑOR, planes de bienestar y no de mal, para darles porvenir y esperanza.»
En verdad, otra fuente de sabiduría —antigua y bíblica— nos enseña que los momentos de desesperación pueden, de hecho, ser la puerta de entrada a una ayuda que trasciende lo físico. Nuestra desesperación no tiene por qué ser silenciosa ni conducir a actos dañinos. Por el contrario, puede llevarnos al alivio del desespero mediante la confianza.
Hace dos mil años, en Judea, la mayoría de la gente sufría la opresión tanto del ejército romano como de las autoridades religiosas judías. Cuando Jesús se dirigió a sus oyentes, dijo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y cargados, y yo los haré descansar» (Mateo 11:28, RVA-2015). Era la suya una invitación a cuantos se sintieran agotados, agobiados y oprimidos por las cargas de la vida, cuyas mentes empezaban a abrirse a Dios. Era también una promesa de alivio y de descanso.
¿Cómo se lograría eso?
Descubrimos que no era cuestión de eliminar todas las cargas, sino de aligerar su peso; se trataba de una nueva manera de pensar, de aprender de Jesús mansedumbre y humildad de corazón: «Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma.» (Mateo 11:28-29, RVA-2015).
«Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón; él salvará a los contritos de espíritu.»
Ese descanso también se encuentra en otras expresiones que, de manera similar, responden a las súplicas de los desesperados: «Por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias». Así es como la iglesia primitiva del Nuevo Testamento encontraba alivio ante los retos, las injusticias, las desigualdades y la opresión de la vida. Las respuestas no serían el resultado de la racionalidad humana, sino porque «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6–7). Se trata de una fuente de sabiduría sobrehumana, pero al alcance de todos cuando nos sentimos desesperados.