El dinero hace girar el mundo

¿Qué es lo que más valora usted en la vida?

Esperamos que los bienes que compramos tengan un precio, pero ¿qué ocurre con nuestro sentido del valor cuando casi todo está mercantilizado?

El dinero hace girar el mundo. Es un adagio trillado, que se ha vuelto aún más popular por su inclusión en varias letras de canciones. De hecho, la importancia del dinero en nuestras sociedades es difícil de refutar. Friedrich Hayek, economista y arquitecto clave del capitalismo de libre mercado, escribió que «el dinero es uno de los mayores instrumentos de libertad jamás inventados por el hombre. Es el dinero lo que en la sociedad actual ofrece una asombrosa gama de opciones para el hombre pobre».

Es poco probable que este tipo de pensamiento idealista halle eco entre los pobres del mundo, que por lo general no describirían su situación en términos de «una asombrosa gama de opciones». Por mucho que intenten alcanzarlo, este «instrumento de libertad» se les escapa. Pero la observación aparentemente ligera de Hayek oculta muchas cosas menos evidentes.

El dinero influye de forma decisiva en nuestra forma de pensar y de tratar a los demás. A menudo (aunque no siempre) valoramos las cosas según su precio, estableciendo una relación directa entre el precio y el valor percibido. El precio —en dólares, euros o yenes— no es lo mismo que el valor. Pero nuestro sistema económico exige que atribuyamos precios a las cosas; a un número cada vez mayor de cosas, según lo determinado por las fuerzas del mercado. Esta mercantilización transforma los objetos en poco más que algo que comprar y vender.

Poner precio a los productos ordinarios, desde los frijoles en lata hasta el papel higiénico o el azúcar, es una cosa; pero la mercantilización puede aplicarse a casi cualquier cosa, y es aquí donde pueden surgir problemas.

Priorizar el valor

La preocupación por las consecuencias de la mercantilización no es nada nuevo. El académico Nicholas Abercrombie, en su libro Commodification and Its Discontents (La mercantilización y sus inconvenientes), presenta un gran número de críticos, desde Shakespeare a Tomás Moro, pasando por Charles Dickens, Karl Marx y Martin Amis (en su novela Money, de 1984). Los que han estado a favor han sido notablemente menos, aunque entre los que lo estuvieron —de Hayek a Ayn Rand y Milton Friedman— muchos fueron figuras clave en la construcción y popularización de los sistemas capitalistas que hoy funcionan en casi todos los países del mundo.

Hace setenta años, el político británico Aneurin Bevan escribió sobre una sociedad basada en las ventas y los mercados, señalando que «no lograba producir un hogar tolerable y un orden de valores respetable, individualmente, para el hombre y la mujer… Faltaba la prioridad de los valores porque no se pretendía más objetivo que el vulgar del tamaño del saldo bancario». En el fondo, el capitalismo es extraordinariamente sencillo: el precio de una cosa es simplemente lo que alguien está dispuesto a pagar por ella. Pero esta simplicidad tiene consecuencias significativas.

La tensión entre precio y valor percibido produce ansiedad en muchos, sobre todo cuando se trata de intangibles. Bevan prosiguió diciendo del mercado mercantilizado: «La eficiencia era su árbitro final, como si amar, reír, adorar, comer, la profunda serenidad de un hogar feliz, la calidez de los amigos, la sosegada revelación de una nueva belleza y la atracción del terruño de las raíces locales fueran a ceder alguna vez ante semejante prueba».

Los sentimientos de Bevan parecen intemporales, pero, por supuesto, en los años transcurridos hemos visto cómo muchas de las cosas que él mencionaba se han convertido en mercancías. El amor se monetiza en las aplicaciones de citas, la adoración a través de la doctrina de la prosperidad, la amistad a través de las redes sociales. En cuanto a la «nueva belleza», los precios cada vez más inflados a los que se venden las obras de arte en las casas de subastas sugieren que también se ha convertido en poco más que algo que se compra y se vende, y que se valora en función de su precio.

El auge de mercados como eBay, donde técnicamente se puede vender cualquier cosa, ha planteado dificultades. Hay una lista sorprendentemente larga de artículos cuya venta está prohibida en eBay, como ganzúas, uniformes de policía, armas y muchos aparatos médicos. También hay una sección que prohíbe la venta de relaciones, planes para atraer tráfico a sitios web y otros productos y servicios menos tangibles. En teoría, todos los artículos prohibidos se podrían comercializar en el sitio (y de hecho muchos lo han intentado), pero eBay ha decidido, por multitud de razones, excluirlos. Sin embargo, estos artículos pueden encontrarse a la venta en otros sitios web, algunos menos reputados que otros. El deseo de ganar dinero encuentra continuamente un camino.

«La prueba que [las personas] deben superar para ser admitidas en los premios sociales que codician les exige reformularse como mercancías; es decir, como productos capaces de llamar la atención y atraer demanda y clientes».

Zygmunt Bauman, Consuming Life, Vida consumista (2007)

El sociólogo Zygmunt Bauman escribió de forma persuasiva en su libro de 2007 Consuming Life (Vida consumista), cómo cada vez más aspectos de nuestra vida personal se han convertido en objetos de mercantilización. Bauman escribía en la época de Myspace y la tecnología por cable, pero es evidente que las tendencias que él señalaba se han hecho mucho más frecuentes desde entonces. Nuestro valor para las empresas viene determinado por nuestros hábitos de consumo. Google, Amazon y otros lectores de contenido recopilan información sobre nosotros para ganar dinero (o a veces, como en el caso de Cambridge Analytica, con fines políticos). Los emisores de contenido no deseado y los estafadores hacen lo mismo. Y hasta nosotros mismos nos mercantilizamos, elaborando cuidadosamente nuestra personalidad y promocionándola en las plataformas de los medios de comunicación para aumentar nuestra comerciabilidad y empleabilidad.

El dinero husmea constantemente, parafraseando a Oliver Bullough en Moneyland, en busca de nuevas oportunidades, nuevas vías para obtener ganancias.

Resistencia moral

Sin embargo, el panorama no es una avalancha desenfrenada hacia la mercantilización, pues hay resistencia. Abercrombie lo analiza con detalle, basándose en diversos estudios de casos para identificar las tendencias en la vivienda, los cuerpos humanos y la edición de libros desde mediados del siglo XIX hasta finales del XX. La describe como una resistencia moral a la mercantilización, que muchos tienden a encontrar desagradable o repugnante, aunque a menudo no por razones pragmáticas. Como a Bevan, simplemente no nos gusta. En esta ideología, ciertos objetos son «sagrados» o, para usar el eslogan publicitario de MasterCard, «no tienen precio».

Cuando se trata del cuerpo humano, el panorama es especialmente complicado. La venta de cuerpos, y de partes de cuerpos, es una práctica antigua, ya sea para la investigación médica, la antropología o con fines más nefastos. Pero ha suscitado una enorme resistencia social e ideológica. Las ideas religiosas y de otro tipo —Abercrombie señala la «convicción de que el cuerpo es la representación física de la persona, de la humanidad, incluso de la individualidad»— han contribuido a la idea de que el cuerpo físico es sagrado y no puede ser objeto de mercantilización. Es parte de la razón de la reticencia general a donar órganos corporales a la ciencia después de la muerte. Además, los cementerios suelen tener dificultades económicas, en cierta medida por la sensibilidad del público ante la idea de generar ingresos a partir de la muerte de una persona.

Desde el punto de vista jurídico, la situación es aún más confusa, porque en la mayoría de los países el cuerpo humano no puede considerarse como propiedad y, por lo tanto, no está sujeto a las leyes sobre propiedad.

El caso de la donación de sangre es un ejemplo interesante. La mayoría de las donaciones de sangre en el mundo se hacen como un regalo, o sea gratuito, no remunerado, destinado a desconocidos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), noventa por ciento de las donaciones efectuadas en setenta y nueve países se hacen voluntariamente, sin pago. Algunos países —por ejemplo, Australia, Brasil, Reino Unido— han declarado ilegal recibir cualquier tipo de compensación por la venta de sangre o tejido corporal. Por otro lado, varios países (en 2018, la OMS informó de dieciséis) permiten las donaciones de sangre mediante pago.

Este es concretamente el caso de Estados Unidos, donde la venta de sangre es legal. Si bien casi toda la sangre se obtiene por donación, las compañías farmacéuticas estadounidenses atraen donantes adicionales de sangre ofreciéndoles pagarles. Luego separan el plasma y utilizan sus proteínas en la fabricación de diversos productos.

La diferencia entre estos dos métodos de donación es fascinante. Para los voluntarios no remunerados, el motivo es casi siempre moral; es algo que sienten que deben hacer como parte de su obligación para con la sociedad. La motivación de quienes venden su sangre o plasma es, sin duda, diferente; pero lo más interesante es que los resultados también son distintos. La sangre donada suele ser clínicamente mejor. Los estudios demuestran que la sangre extraída de donantes no remunerados tiene menos probabilidades de transmitir infecciones. Abercrombie señala que «es menos probable que se contamine, es más barata, el sistema de suministro es menos burocrático —porque hay que dedicar menos esfuerzos a garantizar la calidad—, y es menos ineficiente».

Según las reglas del capitalismo, esto no debería ser así. La competencia, la libertad de movimiento, la libertad de elección y el comercio sin restricciones deberían, conforme a la teoría, obtener un producto mejor, más barato y más eficiente. Pero lo cierto es que las normas clínicas —las normas que garantizan la calidad de la sangre— suelen disminuir cuando hay dinero de por medio.

Esto no quiere decir que no haya lugar para la donación remunerada. Algunos sostienen que depender del altruismo humano es insuficiente, y que hay que complementar la provisión gratuita con un suministro remunerado (a pesar de su menor calidad), a fin de satisfacer las necesidades. Según este argumento, el problema no es que la sangre se mercantilice, sino que la compensación es injusta. No obstante, cabe señalar que ajustar la compensación es el tipo de intervención ante la que los partidarios del libre mercado palidecerían.

¿Qué es lo más importante?

La preeminencia del dinero, el hecho de que «hace girar el mundo», debería ser motivo de preocupación. El capitalismo sugiere que su mano invisible coopera con la naturaleza humana para hacer mejores productos y, en general, ofrecer 0una vida mejor. El ejemplo de la donación de sangre muestra que hay un problema con esta idea.

El dinero, las reglas del intercambio, la forma de adquirir y vender bienes, son aspectos importantes de la sociedad. Pero cabe preguntarse si deberían ser tan sobrevalorados como lo son. El afán de lucro nos domina. Tan pronto como el dinero entra en la ecuación, invita a todo tipo de problemas potenciales.

«El amor al dinero es la raíz de toda clase de males».

1 Timoteo 6:10 (Nueva versión internacional)

Un mundo en el que el valor se determina según las posibilidades de venta es un mundo en el que los valores se desajustan. Esos valores se rigen para beneficio del mercado y no para el nuestro, a pesar de lo que digan los partidarios del libre mercado. Es un mundo en el que los deportistas pueden cobrar millones mientras que los maestros reciben una relativa miseria. Donde los contratos de cero horas son permisibles, incluso aconsejables; donde los empleadores tienen poca responsabilidad con respecto a algo excepto por el resultado final; y donde una pequeña fracción de la humanidad acumula una proporción abrumadora de la riqueza, dejando a los super ricos hacer viajes ocasionales al espacio exterior mientras otros luchan por encontrar suficiente comida para alimentarse.

Es una sociedad en la que nosotros mismos nos hemos convertido en mercancías, y en la que la verdad, la honradez, la amabilidad y la generosidad ya no son valores apreciados. Mientras pensemos en el valor en términos de precio, el dinero será nuestro objetivo principal en la vida.

Podemos y debemos aspirar a algo mejor. Como individuos y como sociedad, funcionamos mejor cuando damos más importancia a las personas, a las relaciones y a los rasgos de carácter que las sustentan, que a las cosas que el dinero puede comprar.