Reescribiendo la Historia de la Iglesia

Se dice que la historia la escriben los ganadores. En cuanto a la historia del cristianismo se refiere, los “ganadores” no fueron los primeros seguidores de Jesús sino aquellos que crearon el sistema religioso cristiano en los siglos posteriores. En los últimos años, descubrimientos arqueológicos y de texto han cuestionado algunas de las tradiciones eclesiásticas de hace mucho tiempo. Como resultado, los estudiosos de la Biblia están descubriendo los aspectos importantes de la fe original. Lo que necesitamos ahora es reconocer que la historia tradicional de la iglesia merece ser reescrita.

No es ningún secreto que Jesús era judío y que sus primeros seguidores eran del mismo origen. Una superficial lectura de los cuatro Evangelios muestra en el siglo I al Maestro y sus discípulos completamente integrados en la vida judía. Sus viajes les llevaron por la Palestina dominada por los romanos, de las cuales Judea y Galilea fueron las principales regiones. Aquí los judíos se reunían para escuchar a Jesús enseñar, en ocasiones en las sinagogas, a veces por la orilla del lago, varias en el campo, otras en el templo. El ciclo de sábados y fiestas observadas por los judíos, como parte de su forma de vida y la ley mandada por el Dios del antiguo Israel era central.

Este continuó siendo el caso de la iglesia primitiva del Nuevo Testamento, para quienes Pedro y Pablo, Santiago y Juan fueron figuras clave. Qué extraño es, entonces, que el cristianismo tradicional desde hace siglos ha evitado dicho patrimonio. Sin embargo, eso es lo que sucede cuando los ganadores son otras personas que cuentan una historia diferente.

«Son los ganadores los que escriben la historia—a su manera. Con razón entonces, los puntos de vista de la exitosa mayoría ha dominado todos las narrativas tradicionales del origen del cristianismo».

Elaine Pagels, The Gnostic Gospels

DESHACIENDOSE DE LA INFLUENCIA JUDÍA 

Hemos sido educados con la idea de que el cristianismo está sin ley, y que los cristianos ya no están bajo el yugo de la ley judía. Un actor notable en el movimiento para liberar a la religión en desarrollo de su origen judío fue el hereje Marción en el siglo II, quien trató de eliminar todo lo relacionado con el Antiguo Testamento—cualquier percepción judaica—del cristianismo. Diseñó un canon de las Escrituras para sus seguidores que consta solamente con el evangelio de Lucas y las epístolas de Pablo, convirtiéndose en la primera persona registrada en elevar a Pablo a un papel fundador de la religión, y que hoy en día cobra más adeptos que cualquier otro. 

A pesar de Marción, muchos en el siglo II quienes se consideraban cristianos estaban profundamente interesados en la ley y su aplicación. Esto continuó hasta casi un siglo después de que la iglesia se convirtiera en parte del aparato del Estado Romano bajo Constantino. La iglesia ortodoxa ahora dominante y cada vez más poderosa comenzó a perseguir a los judíos, al menos en parte debido a su falta de comprensión de cualquier relación entre el judaísmo y la Iglesia apostólica del Nuevo Testamento. A continuación, se solidificó como una identidad propia que se encontraba en oposición al judaísmo. 

Sin embargo, no todos los que se consideraban a si mismos cristianos se unieron al equipo. La atracción continua de asistentes de la iglesia a la sinagoga durante un tiempo considerable después del siglo I, es ejemplificado por el hecho de que el obispo de Antioquía de finales del siglo IV, Juan Crisóstomo, predicó ocho sermones durante un período de dos años dirigido a los miembros de la iglesia que asistían a la sinagoga los sábados y durante las fiestas judías—específicamente en Rosh Hashanah, Yom Kippur y Succot. Para el lector casual estas fiestas podrían parecer no tener importancia directa, ya que sólo indirectamente se hace referencia en el Nuevo Testamento, mientras que la Pascua, la Fiesta de los Panes sin Levadura y Pentecostés serían más fácil de entender. Sin embargo, estas tienen un gran significado simbólico. Esta anomalía todavía no ha sido discutida por los estudiosos.

DEFINICIÓN DEL JUDAÍSMO DEL SIGLO I 

La cristiandad y la historia de la iglesia también se han construido bajo la noción de que el judaísmo existía como un solo organismo en la tierra de Judea y Galilea. El descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto ayudó a los estudiosos para apreciar en realidad que tan diverso era el judaísmo en los primeros siglos. El historiador George Nickelsburg utiliza el término «judaísmo diversificado» para describirlo. Los rabinos en los últimos tiempos hablaban de por lo menos 80 grupos sectarios en la región en el momento de la caída de Jerusalén, a pesar de que esto se considera una exageración, si indica el alto nivel de la diversidad entre los judíos de ese entonces.

Más recientemente, algunos estudiosos han tratado de crear una sencilla distinción entre los judíos que vivían en la diáspora y los que vivían en Palestina. Esto, también, ha demostrado ser un supuesto falso. Las creencias y acciones judías variaban dependiendo de donde estaban establecidos, no existía una organización centralizada del judaísmo, a pesar de que el templo de Jerusalén y las Escrituras proporcionaban un enfoque común a todos los judíos observantes. 

En sus esfuerzos por entender los escritos del apóstol Pablo, Martin Lutero se basó en un concepto unificado y anquilosado del judaísmo. Impuso este falso concepto en su estudio del Nuevo Testamento, error que de manera efectiva moldeó el punto de vista de los futuros estudiosos de la historia de la iglesia—es decir, hasta los finales del siglo XX se vio el surgimiento de una nueva perspectiva sobre Pablo basada en un mejor entendimiento del ambiente en el que vivió y trabajó. En lugar de ser el fundador del cristianismo como muchos escritores de principios y mediados del siglo veinte aseveraban, Pablo ha sido restaurado como un fiel seguidor de Jesús. Incluso los eruditos judíos han llegado a reconocer a Pablo como un observador judío del siglo I quien se impresionaría en gran manera por las aseveraciones hechas sobre él por escritores del siglo II en adelante. 

La dificultad principal para la historia de la iglesia en el siglo XX surgió del trabajo de Adolf von Harnack, quien escribió lo que es considerado como trabajos seminales sobre el tema a comienzos de los años 1900. Elaborando sobre las ideas de Martin Lutero y aceptando sin cuestionar los escritos de los Padres de la Iglesia, von Harnack veía a la iglesia ortodoxa como si hubiera salido marchando directamente de las páginas del Nuevo Testamento. Concluyó que, la Iglesia Católica Romana era la sucesora natural de la iglesia del Nuevo Testamento, y que cualquier otro elemento o grupo debería considerársele como una herejía.

Sin embargo, los puntos de vista de von Harnack no han resistido al escrutinio. No existía el obvio elemento «ortodoxo» para la iglesia, así como también no existía el judaísmo «ortodoxo» en aquella época. Aquellos que decían ser seguidores de Jesús podían ser identificados simplemente como judíos o cristianos judaicos en un extremo del espectro, hasta llegar a los que ahora son clasificados como gnósticos en el otro extremo. A pesar de que sus diversas creencias estaban en gran manera construidas sobre bases comunes, esas bases estaban sujetas a interpretaciones significativamente diferentes. Algunos ponen gran énfasis sobre las Escrituras mismas; otros depositan mucho énfasis en reinterpretar las Escrituras a la luz de varias escuelas de filosofía griega.

REPASANDO ANTIGUAS CONJETURAS 

Como resultado de esta predisposición en contra del judaísmo del siglo I, varios escritores del Nuevo Testamento han sido malinterpretados y tergiversados. Comencemos con Santiago, el hermano de Jesús, que fue asesinado por el sumo sacerdote en Jerusalén a principios de los años 60 d.C. Al visitar una biblioteca de teología encontrará pocos libros escritos a cerca de Santiago, en comparación con el número de libros escritos sobre Pablo. Casi cada aspecto de la vida de Pablo ha sido analizado por escritores, en tanto que en comparación Santiago parece abandonado y olvidado. No obstante, Santiago fue una figura prominente en Jerusalén desde la muerte de Jesús hasta su propio asesinato. De hecho, de acuerdo a Jerónimo un escritor católico del siglo IV, el historiador judío del siglo I Josefo registró una popular tradición de que el asesinato de Santiago precipitó la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.—presumiblemente como un castigo divino. Santiago fue visto (inclusive por aquellos que no eran seguidores de Cristo) como un hombre justo, asesinado por razones políticas para permitir que una persona de carácter menos noble consolidara su poder como sumo sacerdote.

«Las descripciones del judaísmo antiguo escrito por eruditos cristianos en el siglo IXX y la primera mitad del siglo XX tendían a diferenciar el judaísmo y el cristianismo. Al judaísmo encarnando, en su mayor parte, las características religiosas negativas e inferiores que los primeros cristianos filtraron».

George W.E. Nickelsburg, Ancient Judaism and Christian Origins: Diversity, Continuity and Transformation

Si Santiago poseía tal prominencia en la vida de Jerusalén, dentro del templo en particular, entonces ¿por qué hoy en día no tiene gran relevancia? Lucas, en su relato sobre la iglesia primitiva, muestra que todos los apóstoles, incluyendo a Pedro y Pablo mostraban respeto y deferencia por el papel de Santiago en Jerusalén (Hechos 12:17; 15:13; 21:18). Sin embargo, la mayoría de los escritores hasta hace poco trataron de caracterizarle como el líder de una secta observante de la ley, un grupo aberrante que murió junto con él, mientras que Pablo defendía un cristianismo libre de la ley en oposición a Santiago. De hecho, una investigación actual sobre Santiago y Pablo muestra que los dos hombres estaban dentro de una admirable armonía en sus enseñanzas. 

Arraigadas suposiciones sobre el Evangelio de Juan ahora también tienen que ser rebatidas. Generalmente el Evangelio de Juan ha sido considerado helenístico, sin ninguna relación a Jerusalén o Judea—inclusive antijudío. Los estudiosos comúnmente han aceptado que al principio el escritor fue aceptado por los gnósticos, y como consecuencia de ello fue ignorado por los cristianos ortodoxos del siglo II. Como resultado, historiadores y estudiosos por igual colocaron al Evangelio en un entorno helenista-gnóstico. Sin embargo, estudios textuales y arqueológicos del siglo pasado han virado estas ideas en sus cabezas. Ahora se entiende que fueron los gnósticos los que veían este libro con recelo, entretanto que los seguidores de Jesús lo aceptaron sin restricciones.

De fecha aun más reciente, se ha reconocido que el Evangelio de Juan muestra una apreciación más profunda por las Escrituras de la época. Este ha sido un punto de orientación en los estudios del Nuevo Testamento desde los primeros siglos que los escritores del Nuevo Testamento utilizaron la traducción griega de las Escrituras (conocida como la Septuaginta), a tal punto de excluir el texto hebreo. Si bien esto podría decirse de los Padres de la Iglesia cuyos escritos han sido preservados desde el siglo II en adelante, no sucede lo mismo para con los escritores de los libros del Nuevo Testamento. Ahora se sabe que el Evangelio de Juan dependía mucho de los tárgumes arameos o comentarios escritos por los judíos para su uso en las sinagogas junto con las Escrituras hebreas. Hoy en día como resultado, al Evangelio de Juan se le llama el «más judío» de todos los Evangelios, no escrito por una persona del mundo griego más allá de Judea, sino por un judío bien fundado en las tradiciones de sus padres y quien tenía un conocimiento íntimo de Jerusalén. Cualquier supuesta relación entre el Evangelio y los gnósticos del siglo II seguramente resulta de los deseos gnósticos deseando utilizar a su propia conveniencia temas encontrados en el Evangelio, de una manera totalmente contraria a las expresas intenciones del mismo Juan. De hecho, el historiador David A. Reed comenta en un artículo publicado en el 2003 por la Anglican Theological Review (Reseña Teológica Anglicana), «Dado a que muchos de los textos gnósticos fueron escritos después de la época de Juan, es más fidedigno sugerir que el pensamiento de Juan influenció a los gnósticos y no del otro modo».

MÁS ALLÁ DE LOS APÓSTOLES 

¿Entonces qué, sobre los escritores religiosos del siglo segundo? Nuestro conocimiento sobre ese periodo ha sido limitado a unos cuantos Padres de la Iglesia, cuya mayoría no hablan de una experiencia personal, puesto que sus escritos datan de siglos después. Estos al principio parecen presentar una imagen de apoyo a las ideas de von Harnack, pero inspeccionándolos de cerca se les encuentra carente.

A Ignacio de Antioquia se le enlista como el primero de estos escritores, habiendo muerto en la primera década del siglo segundo, sin embargo sus obras existen en edición corta y larga. La larga contiene todo el material que apoya a las ideas de von Harnack sobre la ortodoxia, sin embargo, hoy se sabe que este material fue agregado al original a finales del siglo III. Un estudio cuidadoso de estas añadiduras las coloca a casi dos siglos después de los escritos de Ignacio, en una época en que se buscaba una estructura ortodoxa para la iglesia.

Una cuidadosa consideración de las obras de Justino Mártir, las cuales datan de mediados del siglo II, también conllevan a una conclusión muy diferente sobre la sabiduría convencional del pasado. Generaciones previas aceptaron sus escritos en su valor nominal como una idea no solo de la iglesia sino también del judaísmo de su época. Sin embargo, un análisis detallado muestra que sus escritos fueron un intento por crear una identidad para un grupo que verdaderamente carecía de sentido alguno de la misma. Su Diálogo con Trifón es considerado en la actualidad por algunos estudiosos haber sido una fábula en lugar del recuento de un hecho verdadero. En Trifón, este creó un antagonista, un judío que sabía poco si a caso, de su religión, o que por lo menos era un inepto interlocutor, con el propósito de establecer una diferencia entre los judíos de la época y los cristianos de la secta a la que Justino Mártir pertenecía. Esta es otra indicación que el judaísmo en sus varias formas tenia gran atracción entre los susodichos cristianos de esa época. Justino Mártir, al igual que los subsecuentes escritores, se sentía obligado a crear un sentido de identidad entre los cristianos que estaban en oposición con el judaísmo.

MOTIVOS DUDOSOS 

Los grupos de personas que hoy conocemos como gnósticos surgieron por si solos en los siglos segundo y tercero. Buscaban crear su propia narrativa histórica basada en ideales gnósticos, que en su mayor parte era un replanteamiento de las ideas de Platón.

Los gnósticos tenían una similitud con el ya conocido herético Marción. Aunque no rechazaron las Escrituras del Antiguo Testamento categóricamente como lo hizo él, estos establecieron una antítesis entre lo que ellos vieron como la naturaleza física (por ende mala) del Antiguo Testamento y la espiritual (por ende buena) del Nuevo. Reformularon estos al Dios del Antiguo Testamento como a un ser malo.

A pesar de que los gnósticos esencialmente para finales del III y IV siglo habían perdido su legitimidad, elementos de sus creencias habían influenciado el levantamiento ortodoxo de esa era y continúa influenciando la doctrina y creencia de la iglesia ortodoxa actual. 

El papel en el desarrollo de la iglesia del emperador romano del siglo cuarto, Constantino, es otro gran factor dentro de la historia de la iglesia. Inocentemente durante mucho tiempo su bautizo fue aceptado como verdadera conversión al cristianismo. Poca consideración fue dada a la forma en que percibió su propio papel en el asunto, y si sus creencias y conducta se unieron con la enseñanza bíblica. La evidencia disponible sugiere ahora que Constantino fue formando a la iglesia para su beneficio personal en lugar de tratar de moldearla siguiendo la instrucción de Jesucristo como fundador de la iglesia. 

Una gran fuente de información sobre Constantino y la iglesia en desarrollo es Eusebio de Cesarea (Eusebius Pamphili), obispo del siglo IV en Palestina, como también se le conocía en ese entonces. A Eusebio se le es reconocido como el primer historiador de la iglesia, a su Historia Eclesiástica se le ha tratado como «evangelio de la verdad» durante siglos. El punto de vista tradicional de Constantino como primer emperador cristiano surge a raíz de las obras de de Eusebio.

Sin embargo, las motivaciones del obispo en escribir su historia raramente fueron consideradas hasta en tiempos recientes. Los estudiosos en la actualidad lo reconocen como un acólito de Constantino, además a su historia como un tendencioso intento para justificar el papel del emperador dentro de la iglesia. Mientras que Eusebio cita a varios escritores de antes, su materia prima es cuidadosamente seleccionada para crear la impresión de que la secta cristiana dominante (de la que era un adherente) desarrolló de forma natural a partir de la época de Jesús Cristo hasta Constantino. Coloca a Constantino perfectamente dentro de una tradición que traza la historia de de la Iglesia Ortodoxa, a través de él, de vuelta a Pedro como el primer obispo de Roma. Por eso los escritos de Eusebio necesitan ser tratados con cierta medida de precaución. Típico de las preguntas que se han planteado es si Eusebio utilizó materiales disponibles para lograr sus propios fines, si es así, ¿de qué hizo caso omiso o ignoró de la historia? A pesar de que sigue siendo considerado un historiador útil de la iglesia, su historia está claramente enmarcada en la política del Imperio Romano. No fue sino hasta el siglo diecinueve que la historia—incluyendo la historia de la iglesia—eventualmente se libró del enmarcado político que controlaba los escritos históricos. En la actualidad la mayoría de los estudiosos de la historia de la iglesia primitiva ya no le ven como algo, como un camino establecido de Jesucristo hasta Constantino.

«Solamente desacreditando los reclamos judíos de entender y seguir la Ley podría la radicalmente contraria postura cristiana ser justificada».

Judith M. Lieu, Image and Reality: The Jews in the World of the Christians in the Second Century

Como ya hemos observado, un factor clave en el creciente escepticismo que rodea la explicación tradicional es una idea que es cada vez más rechazada por los estudiosos de hoy. Muchas generaciones de escritores presumían que el judaísmo y el cristianismo se separaron a partir del día de Pentecostés, un par de semanas después de la muerte de Jesús, y lo consideraron como el comienzo de la historia de la iglesia. Sin embargo, lectores más cuidadosos del Nuevo Testamento, han observado el uso continuo del templo de Jerusalén y las sinagogas por los apóstoles en la predicación del Evangelio. De acuerdo a algunos estudiosos la supuesta ruptura pudo haber ocurrido en el 70 d.C. con la caída de Jerusalén y el fin del papel del obispo en esa ciudad. Más recientemente han movido la fecha de una presunta separación aun más adelante, hacia la revuelta judía Bar Kochba contra Roma en 132–135, la cual resultó en la exclusión de judíos de Jerusalén. Sin embargo, muchos historiadores del periodo consideran esa fecha muy temprana.

Como ya se señaló, vemos vislumbres de la continua relación de algunos feligreses con comunidades judías un siglo o más después del reinado de Constantino. El reinado del Papa Dámaso (366-384) representa el punto de referencia más probable para el dominio final de la Iglesia Católica en una forma que se superpuso posteriormente en la historia temprana de la iglesia. Su papado marcó el comienzo del fin de cualquier enlace restante entre los cristianos y el judaísmo. La ahora dominante iglesia ortodoxa triunfó en establecer una identidad cristiana que había rechazado totalmente su herencia judía, había reinterpretado las Escrituras de maneras que hubieran sido extrañas a los apóstoles, además de haber absorbido innumerables ideas paganas mientras se hacía de la vista gorda a muchas enseñanzas bíblicas. El cristianismo resultante no tenía relación con los principios fundamentales de la iglesia.

UNA IGLESIA DIFERENTE

En previas ediciones de Visión hemos explorado muchos de los temas expuestos en este artículo. Hemos examinado temas del siglo I que rodearon las circunstancias de Jesucristo y la iglesia primitiva. Adentrándose al siglo II, que con frecuencia ha sido descrito como un siglo perdido en términos de documentación sobre la historia de la iglesia, hemos examinado algunas de las fuerzas en acción sobre los seguidores y enseñanzas de Jesucristo. Hemos explorado el desarrollo de mitos que se hicieron centrales en lo que es aceptado como cristianismo, así como el rechazo de cualquier cosa indicando el fundamento judío de la iglesia del Nuevo Testamento. 

También consideramos el desarrollo de variadas narrativas del segundo al cuarto siglo, que sobreedificaron una reinterpretación de las enseñanzas de Jesucristo—elementos en los cuales está establecido el dogma cristiano hasta la fecha—y crearon la ortodoxia cristiana presente.

Todo esto nos lleva a la conclusión de que la iglesia que Jesucristo fundó y los apóstoles del siglo I expusieron es muy diferente de aquella que se desarrolló con el tiempo y afirmó ser la verdadera iglesia. Tanto Jesús como la iglesia primitiva tendrían un tiempo difícil en reconocer la institución que lleva Su nombre hoy en día. Como lo declaró el filosofo danés del siglo diecinueve Søren Kierkegaard, la gente a través de los siglos ha «buscado poco a poco sacar a Dios del cristianismo».