Pol Pot: La Maldicion de Camboya

Cuando Mao recibió en Beijing a su protegido, el líder camboyano de los Jemeres Rojos, Pol Pot, en junio de 1975, fue para felicitarle por instaurar de una sola vez el comunismo radical. «Usted ha obtenido una espléndida victoria. De un solo golpe se deshizo de todas las clases», declaró con entusiasmo el Presidente. Aunque Mao se dio cuenta de que el experimento camboyano podría resultar ingenuo, no hizo nada por detener la brutalidad que descendió rápidamente hacia los «liberados» y lo hizo todo por brindar ayuda militar y de otro tipo al nuevo régimen comunista en el bloque.

A diferencia de la revolución de Pol Pot, la de China había fracasado al no convertir a todos en esclavos de la noche a la mañana, pero las felicitaciones de Mao demostrarían ser prematuras. Pronto emergerían las nuevas clases y los catastróficos efectos de las políticas de los Jemeres Rojos respecto al Estado y la gente aún estaban por golpear con toda su fuerza.

Pol Pot y sus colegas habían vaciado varias poblaciones capturadas durante su ascenso al poder a partir de 1967, llevando a la gente al campo. Con ello siguieron la línea maoísta de que los campesinos habrían de remplazar al proletariado urbano de la visión de Marx si la revolución comunista había de tener éxito en la ampliamente rural Camboya. Cuando se trató de vaciar la capital, Phnom Penh, la diferencia fue el tamaño de la evacuación. Nadie estaba exento de la orden: incluso aquéllos en los hospitales estaban obligados a marcharse. En los días siguientes a la captura de la ciudad, más de 2.5 millones de hombres, mujeres y niños fueron forzados a caminar kilómetros hasta el campo. En los tres días que les tomó viajar los primeros 13 km, 20,000 de ellos murieron. A los pobres e incultos se les permitió construir chozas de bambú y comenzar a sembrar. Otros que sobrevivieron al viaje fueron obligados a trabajar en las granjas colectivas o en proyectos de mano de obra forzada.

La gente se dividió en tres clases: aquéllos que disfrutaban de todos sus derechos (en su mayoría, los campesinos pobres), los candidatos al estatus para disfrutar de todos sus derechos y los «depositarios», en su mayoría los recién llegados de las urbes a las comunidades agrarias, quienes carecían de derechos políticos y con frecuencia eran elegidos para morir. Los funcionarios del gobierno, los intelectuales, los maestros, incluso aquellas personas que simplemente utilizaban lentes, eran purgadas, torturadas, forzadas a cavar su propia tumba y asesinadas. Las meticulosas narraciones de su encarcelamiento y muerte eran registradas y fotografiadas. Los oficiales de los Jemeres Rojos dieron a conocer que sólo se necesitaban uno o dos millones de personas para que la revolución fuera un éxito; el resto de la población era prescindible. En cuatro años alrededor de 1.7 millones de personas murieron de inanición, enfermedad, exceso de trabajo o al ser ejecutadas con la porra (no se debían desperdiciar balas). El régimen anticultural de Pol Pot utilizó sus «campos de exterminio» para deshacerse de más de sus ciudadanos que ningún otro en la historia humana: un total de 25% de la población.

Pol Pot y su círculo más cercano parecen haber tomado la decisión de convertir a Camboya en un Estado totalmente comunista y sin compromisos en una reunión de casi 20 líderes de los Jemeres Rojos celebrada en mayo de 1975, unas semanas después de la caída de Phnom Penh. No sólo serían evacuadas las ciudades y se redistribuiría la tierra, sino que el dinero, el símbolo del capitalismo, sería abolido. Al final, después de que las personas hubieran sido «purificadas», emergería una moderna sociedad tecnológica.

Los líderes se reunieron durante algunas semanas en el interior del Palacio Real de la capital, en su templo budista más reverenciado, la Pagoda de Plata, pero Pol Pot ya no estaba satisfecho con ser su igual e hizo notar su nuevo estatus de una manera inusual. Mientras todos los demás dormían en catres bajo el cielo raso, los asesores de Pol colocaron su cama sobre una plataforma elevada al centro del santuario, donde generalmente se encontraban las estatuas de Buda.

Su aceptación de esta elevación literal y figurada era difícilmente la acción de un hombre sin alguna forma de pretensión divina. De hecho, el rumbo que creó para el pueblo camboyano llevaba una asombrosa semejanza al camino hacia la iluminación que se le enseñó a reverenciar en sus años de formación. En su niñez, Saloth Sâr, como se le conocía entonces, pasó un tiempo en un estricto monasterio budista donde las palizas hacían obedecer las rígidas reglas de desprendimiento y renuncia a la individualidad y el materialismo. Estos atajos hacia la iluminación anunciaban de manera extraña e inquietante el atajo que tomaría el Pol adulto hacia el comunismo radical.

En 1977 le dio vueltas a la idea de expandir su influencia por medio del establecimiento de un culto a la personalidad. Aunque esta idea jamás rindió fruto, Pol llegó tan lejos como para ordenar que se pintara su retrato y que se esculpiera una variedad de bustos. También se diseñó un monumento de 7.5 m (25 ft) mostrándole como líder de un grupo de campesinos, pero jamás se terminó.

Pol Pot fue retirado del poder por los vietnamitas invasores en 1979. Durante los siguientes años vivió en un lugar apartado de la frontera entre Tailandia y Camboya, donde falleció en 1998 debido a un ataque al corazón o un suicido, justo después de escuchar en las noticias de la Voz de América que sus antiguos colegas habían decidido entregarle a un tribunal internacional que investigaba crímenes de guerra.