El poder de las burbujas culturales

La cultura nos une, pero también nos separa de maneras que quizá ni percibimos de inmediato. ¿Qué papel desempeña nuestra cultura en lo que creemos y hacemos?

Durante más de dos décadas, desde 1983 hasta 2009, la hermosa nación insular de Sri Lanka se vio devastada por una guerra civil. Fue un conflicto brutal y sangriento que cobró más de cien mil vidas. El equilibrio de poder entre los cingaleses y los tamiles —divididos desde hacía mucho tiempo por motivos demográficos y religiosos— se vio agravado por el dominio imperial británico, que favorecía a la minoría tamil. Tras la independencia de la nación, el equilibrio se rompió y estalló la guerra civil entre ambos pueblos. Por un lado, estaba el gobierno cingalés en el poder y, por otro, la guerrilla separatista conocida como Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE, por sus siglas en inglés).

Esta exitosa organización terrorista, una de las más notorias del mundo, utilizaba el terrorismo suicida como táctica clave y reclutaba nuevos miembros de entre la población tamil local (incluso mujeres, que constituían alrededor de un tercio de sus efectivos). Al parecer, sus miembros se unían a la organización sin coacción.

¿Cómo convenció la LTTE a tantas personas para que sacrificaran sus vidas voluntariamente?

La clave estribó en la cultura. Los reclutadores crearon un marco cultural impermeable que hacía que lo que de otro modo habría sido una perspectiva poco atractiva pareciera vital. El escritor científico Michael Bond informó sobre el trabajo de una psicóloga de Sri Lanka conocida como Amali (no es su nombre real), quien entrevistó a muchos miembros de la LTTE. Ella relató que la organización creó «una cultura del martirio... Los reclutas eran celebrados públicamente y sus familias recibían un estatus especial cuando ellos morían». Promovían una tradición arraigada que presentaba la guerra como un honor supremo y necesario, y la muerte como un martirio heroico. Todo ello, en el contexto de la guerra, hacía que ese violento sacrificio personal pareciera imperativo.

Sin embargo, quizá lo más fascinante de todo esto es lo que ocurrió después. Amali informó que, en cuanto los reclutas se alejaban de la cultura que había creado la LTTE, la compulsión por el sacrificio ya no parecía importante: «Una vez que salen de su burbuja, se dan cuenta rápidamente de que las cosas son muy diferentes de lo que les habían hecho creer. Su singular visión del mundo puede refutarse fácilmente». Al descubrir que su cultura les había cegado ante otras opciones, renunciaron rápidamente a lo que antes les pareciera la única opción posible.

Unidad femenina de los Tigres Tamiles (LTTE) en un desfile en Sri Lanka, 2002.

Marietta Amarcord desde Italia, CC BY 2.0, vía Wikimedia Common

El poder de la cultura

Por interesante que sea, puede que la historia de Sri Lanka y los LTTE solo resulte relevante para lo circunscrito a aquel momento y lugar. Pero lo que los LTTE comprendieron y aprovecharon fue algo de carácter universal: el poder abrumador de la cultura, un fenómeno que nos afecta a todos. Todos los días escuchamos y absorbemos ideas de otras personas. Nuestros pensamientos, palabras y acciones están moldeados e influenciados por un entramado de conceptos, asociaciones y preocupaciones externas. Nuestras conversaciones giran en torno a los temas de actualidad. Vestimos ropa que consideramos apropiada según las normas culturales. Nuestras opiniones sobre política, religión, identidad, e incluso cosas tan triviales como agregar piña a la pizza, se ven condicionadas por nuestro entorno cultural.

Cultura es un término muy utilizado, pero también uno de los más difíciles de definir. El académico Raymond Williams lo calificó como «una de las dos o tres palabras más complicadas del idioma inglés». Múltiples culturas pueden coexistir, y nosotros podríamos encontrarnos con ellas y formar nuestra identidad a partir de cualquiera de ellas en cualquier momento, sea que derive de nuestra familia, nuestro lugar de trabajo y nuestros entornos en línea, o según criterios nacionales, políticos, religiosos, de género o sociales.

«La cultura... es ese complejo todo que comprende el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, las leyes, las costumbres y demás capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad.»

Sir Edward Burnett Tylor ((antropólogo del siglo XIX),  Primitive Culture: Researches Into the Development of Mythology, Philosophy, Religion, Language, Art, and Custom (1903)

La lista de burbujas culturales es aparentemente interminable y abarca desde lo trivial hasta lo profundamente trascendental. En el oeste de Canadá y de Estados Unidos, el uso de caballos en los rodeos se ve como una forma natural de entretenimiento, pero puede resultar extraño para quienes viven en Corea del Norte o en Egipto. Muchos en Europa Central creen que es malo beber agua después de comer cerezas, cosa que en otros lugares a nadie se le ocurriría. En el Reino Unido, el curry se ha convertido en el plato favorito de la nación; en Francia, en cambio, es muy difícil de encontrar. A las sociedades seculares modernas les resulta difícil comprender la mentalidad de quienes persiguen a los que consideran brujos en la India y Papúa Nueva Guinea. Y aunque las diferencias culturales han sido durante mucho tiempo factores determinantes en las elecciones políticas, en los últimos años han tenido efectos especialmente preocupantes en todo el mundo. A veces parece que las personas de ambos bandos bien podrían pertenecer a especies diferentes.

Sin embargo, en parte debido a su naturaleza amorfa, es casi imposible medir exactamente cuánto nos afecta la cultura, especialmente cuando tantos otros factores (como la educación, las asociaciones sociales, los problemas de salud mental, etc.) también entran en juego.

Con todo, lo que parece irrefutable es su omnipresencia ineludible. Sea que estemos conscientes de ello o no, la cultura existe en todas partes. Nos gusta pensar que somos seres independientes, amos de nuestras propias decisiones y comportamientos, pero esto es en buena medida una ilusión. No podemos escapar de la prevalencia de la cultura en las noticias del día, en los contenidos que se vuelven virales en las redes sociales o —de forma menos visible— en las opiniones predominantes sobre la vida y cómo vivirla (que se confirman y refuerzan a través de conversaciones con amigos, familiares y compañeros de trabajo).

Esta inmersión hace que las perspectivas extraídas de otras culturas —que pueden ser de un valor igual o aun mayor— nos resulten extrañas. Por supuesto, tenemos libertad para elegir nuestra perspectiva, pero ¿de qué sirve esa libertad si ciertas opciones ni siquiera se nos ocurren o las rechazamos por completo?

Para los terroristas suicidas del LTTE, sacrificar sus vidas en pro de la causa de su gente no solo parecía ser el mayor honor, sino la única opción. Pero tan pronto como se alejaron de esa cultura, otras ideas les parecieron más naturales, ideas que antes no les habían resultado atractivas.

Podríamos preguntarnos si lo mismo se aplica a nosotros. ¿Será que las burbujas culturales en las que vivimos nos impiden ver mejores soluciones, formas mejores de pensar? ¿Nos tomaríamos tiempo para considerar una idea buena pero desconocida, o la descartaríamos por absurda?

«Toda cultura es siempre una amenaza potencial para otra, porque constituye un ejemplo vivo de que la vida puede continuar heroicamente dentro de un marco de valores totalmente ajeno al propio.»

Ernest Becker, The Birth and Death of Meaning

La cultura es una poderosa fuerza de exclusión. Aceptar una idea a menudo conduce a una cascada de ideas y conclusiones relacionadas y nos coloca en un entorno con personas afines a nosotros. Esa es nuestra burbuja. Quienes están fuera de esa burbuja a menudo no pueden entender nuestra forma de pensar.

Por supuesto, hay flexibilidad y libertad en esto; no estamos completamente indefensos ante los factores externos. La cultura es demasiado mutable para que eso sea así. Sin embargo, vale la pena examinar nuestra propia situación. ¿Por qué pensamos como pensamos? Y quizás lo más pertinente de todo, ¿de qué nos estamos perdiendo?

Cuidado con el pensamiento grupal

La adhesión a lo que piensan quienes nos rodean responde a nuestra naturaleza sociable. Cuando coincidimos con los demás, sentimos comodidad, claridad y validación. El economista conductual estadounidense Cass R. Sunstein señala que «si alguien nos cuenta algo que ya sabemos, lo más probable es que esa persona nos caiga un poco mejor … [y] es probable que, como resultado, ¡nosotros mismos nos caigamos un poco mejor!». Esto también tiene un efecto acumulativo: la investigación de Sheldon Solomon, Jeff Greenberg y Tom Pyszczynski ha demostrado que «cuantas más personas comparten nuestras creencias, más seguros estamos de que [esas creencias] son correctas».

Las medidas que tomamos para alcanzar esta comodidad son realmente extraordinarias, y las consecuencias, inquietantes. Un estudio clásico del psicólogo Solomon Asch demostró que, por lo general, preferimos estar de acuerdo con la mayoría, aun cuando la posición mayoritaria sea obviamente errónea. Más tarde, el psicólogo Read D. Tuddenham descubrió que las personas respondían con sensatez cuando estaban solas, pero aceptaban propuestas descabelladas y extravagantes cuando estaban en grupo.

Por ejemplo, cuando otros miembros del grupo afirmaron creer que los bebés varones tienen una esperanza de vida de 25 años, que la mayoría de las personas estarían mejor en la vida si nunca hubieran ido a la escuela y que la mayoría de los estadounidenses comen seis veces al día y duermen entre cuatro y cinco horas por noche, las personas que podrían haber dudado de esas afirmaciones las aceptaban para no ser las raras del grupo. Lo que es aún más sorprendente es que después afirmaban que habían hablado según su propio criterio y que no habían sido influenciados por los demás. Esta tendencia a preferir la conformidad entre nuestros pares por encima de la verdad —y nuestra ceguera ante el hecho de que esto ocurre— debería hacernos reflexionar sobre nuestro propio comportamiento.

Quizás contrariamente a lo que cabría esperar, nuestro deseo de ponernos de acuerdo no conduce al compromiso y a un término medio moderado. Numerosos estudios han demostrado que, en realidad, el fuerte deseo de ponerse de acuerdo dentro de grupos de personas con ideas afines conduce a exagerar sus opiniones y lleva a los individuos del grupo a adoptar posiciones más extremas. Sunstein descubrió, por ejemplo, que «las personas blancas que tienden a mostrar un prejuicio racial significativo mostrarán más prejuicio racial después de hablar entre ellas», y que los grupos de estadounidenses que se identifican como demócratas o republicanos, después de debatir con sus pares ideológicos, votarán con más del doble de intensidad en línea con su partido. (Curiosamente, la presencia de una sola voz disidente —una perspectiva ajena a la burbuja— contrarresta esto de manera muy eficaz).

La investigación de Sunstein se centró en cuestiones contemporáneas de Estados Unidos, pero los problemas que describió son universales a lo largo de todas las sociedades humanas del mundo y, en casos extremos, pueden conducir a la guerra civil; se observaron tendencias similares en los conflictos de la Angola de los años 70, la Inglaterra del siglo XVII y (como ya se ha mencionado) Sri Lanka a finales del siglo pasado. La influencia aislante de la cultura es notable y plantea interrogantes sobre el valor de los grupos de redes sociales impulsados por la identidad creados para atraer a personas que comparten una visión particular del mundo.

Este proceso repetido de acuerdo y refuerzo sin perspectivas externas produce una cultura más arraigada, intensificada y aislada. Y se defenderá enérgicamente contra otras influencias culturales, que a menudo considera una amenaza. La cultura divide y aliena a los demás para defenderse. Esta dinámica en nuestras interacciones diarias podría, si no tenemos cuidado, equipararse a la de los grupos extremistas; como dice Sunstein, «una buena forma de crear un grupo extremista, o una secta de cualquier tipo, es separar a sus miembros del resto de la sociedad». Es una tendencia que puede replicarse en nuestras familias, lugares de trabajo o grupos de amigos, sin que siquiera nos demos cuenta. Eso debería hacernos reflexionar, porque damos lo mejor de nosotros mismos cuando miramos más allá de nuestros estrechos límites y expresamos amor y preocupación por nuestros semejantes.

Mundos en línea separados

El mundo se ha polarizado más en los últimos años. La innovación tecnológica ha contribuido a exacerbar el efecto excluyente de la cultura. Con el fin de rentabilizar el mundo de Internet, con datos demográficos de mercado claros, las empresas han trabajado para crear espacios e identidades digitales definibles. El término «burbuja de filtro» de Eli Pariser, que demuestra que lo que yo veo en Internet no es lo que otro ve, resultó impactante cuando lo acuñó alrededor de 2010, pero ahora es un hecho indiscutible. A medida que los algoritmos se vuelven más inteligentes, las burbujas de filtro se alinean más estrechamente con sus homólogos culturales, lo que agrava el efecto. ¿Hasta qué punto estamos aislados en nuestros mundos en Internet? Pariser considera que el aspecto compartido de las sociedades democráticas es un valor que ahora se ve amenazado: «La democracia requiere que los ciudadanos vean las cosas desde el punto de vista de los demás, en cambio, estamos cada vez más encerrados en nuestras propias burbujas. La democracia requiere confiar en hechos compartidos; en cambio, se nos ofrecen universos paralelos, pero separados».

Esto debería preocuparnos, sobre todo porque puede afectar nuestro juicio moral. La historia ha demostrado cómo el arraigo cultural puede llevar a seres humanos razonables a adoptar comportamientos perturbadores. Adolf Eichmann fue uno de los principales artífices de la «solución final» de la Alemania nazi para el exterminio del pueblo judío. Pero cuando fue juzgado después de la guerra, distaba mucho de ser el psicópata trastornado que la gente esperaba ver. Tal como señalara la famosa teórica política Hannah Arendt, Eichmann no era diabólico ni demoníaco, ni tampoco estúpido. Simplemente hacía lo que se esperaba de él. Aunque esto pueda resultar difícil de imaginar para la mayoría de la gente, dentro de la cultura del liderazgo nazi, sus acciones parecían sensatas.

«El problema con Eichmann era precisamente que había muchos como él, y que esos muchos no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que eran, y siguen siendo, terrible y aterradoramente normales.»

Hannah Arendt, Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil

La guerra es una situación extrema, pero su impacto en el comportamiento de Eichmann y de los reclutas del LTTE demuestra ampliamente cómo la cultura puede distorsionar nuestro juicio. La antigua sabiduría de «no seguir a la multitud para hacer el mal» es cierta, porque dentro de una burbuja particular, es más difícil decir que no; la respuesta convencional es la que más consistentemente viene a la mente. Y está claro que la respuesta convencional —la que todos dentro de la burbuja considerarían normal— puede en algunos casos ser totalmente repulsiva. Paul Rusesabagina, ruandés gerente de un hotel, quien según se informa dio refugio a más de mil hutus y tutsis durante el genocidio de 1994, comprendió lo difícil que es oponerse a una norma cultural retorcida. En su libro An Ordinary Man (Un hombre ordinario), señaló que «si nadie puede encontrar en su interior la fuerza necesaria para salir del grupo y decir no, la mayoría de las personas cometerán fácilmente atrocidades con tal de mantener las apariencias».

Más recientemente, la respuesta inmediata de muchas personas del común ante ciertos acontecimientos, ha demostrado con claridad el poder excluyente de la cultura. Cuando un hombre sirio de 31 años atacó a varias personas en una ciudad francesa en 2023, muchos (aun algunos que ni vivían en Francia) pidieron inmediatamente que se cerraran las fronteras a los inmigrantes. Pronto —excluyendo la consideración de otras posibles causas o aspectos del ataque—, el debate en Internet se redujo a una sola cuestión. La nacionalidad del atacante y su identidad como solicitante de asilo bastaron para convertir el asunto en una cuestión de políticas de inmigración, a pesar de que el hombre se encontraba en Francia de manera legal. Del mismo modo, cuando el hijo del jugador de baloncesto LeBron James, Bronny, sufrió un paro cardíaco en julio de 2023, la suposición de muchos en Internet —con un conocimiento mínimo de las circunstancias— fue que había sido causado por la vacuna contra el COVID-19. Más tarde se supo que el joven sufría de una cardiopatía congénita. Sin embargo, en ambas situaciones, la influencia cultural fue tan fuerte que excluyó el espacio para la empatía, la curiosidad, la preocupación, la paciencia, el rigor factual y las explicaciones alternativas. La conversación se convirtió en un combate verbal, ignorando en gran medida la posibilidad de que la causa real fuera algo imprevisto. La violencia se manifiesta de muchas maneras.

Cambios culturales

Rara vez la cultura se queda estancada, de modo que nos exige adaptarnos continuamente a ella. Puede avanzar en muchas direcciones, a veces arrojando una luz esperanzadora sobre una situación. Por ejemplo, el movimiento #MeToo, que surgió de forma inesperada en 2017, llamó la atención sobre un problema que existe desde hace mucho tiempo: la prevalencia de la violencia masculina contra las mujeres, especialmente la de índole sexual.

Manifestantes en Corea del Sur llevan pancartas en apoyo al movimiento #MeToo (2018).

El problema existía desde mucho antes de la creación de la etiqueta (hashtag) y ha continuado después de ella, pero el cambio cultural modificó el tono. Antes, los hombres a menudo se sentían capaces e incluso con derecho a actuar como quisieran; a muchos de ellos ni se les ocurría pensar que estaban perjudicando a otros. Se podría decir que no podían —y tal vez no querían— ver más allá de su burbuja. El #MeToo cambió eso. Por supuesto, puede que sea solo un cambio temporal y de alcance limitado; algunas culturas no pudieron ver los beneficios del movimiento desde el principio. En Francia, por ejemplo, muchas voces destacadas, tanto femeninas como masculinas, rechazaron el concepto.

Uno de los cambios culturales más drásticos tuvo lugar en el siglo XIX. El descubrimiento de los dinosaurios y otros mundos prehistóricos contribuyó a precipitar el desarraigo de la religión como concepción fundamental en muchas sociedades. Fue una muestra notable de lo que el historiador de la ciencia Thomas Kuhn denominó «cambio de paradigma». Una nueva teoría aporta un nuevo conjunto de explicaciones y soluciones, pero su adopción puede hacer que las preocupaciones anteriores parezcan insignificantes, escribió Kuhn; «pueden quedar relegadas a otra ciencia o declararse totalmente "anticientíficas"... una mera especulación metafísica, un juego de palabras o un juego matemático». La obra de Darwin, Huxley, Marx, Nietzsche, Freud y otros representó un cambio de paradigma monumental en relación con la religión, tanto científica como culturalmente.

La religión se planteó como enemiga de la ciencia (lo que no tiene por qué ser así). El cambio relegó los debates sobre el propósito individual, las perspectivas no materialistas y las relaciones interpersonales al ámbito de la autoayuda especulativa. Sus efectos están ahora profundamente arraigados y moldean nuestro pensamiento de maneras que quizá no siempre apreciamos a plenitud. El debate público cambió para siempre, excluyendo áreas enteras de discusión, a veces en nuestro perjuicio. Muchas de nuestras dificultades contemporáneas, tanto en Internet como en la vida real, son posiblemente consecuencia de este cambio.

«Lo que el hombre ve depende tanto de lo que mira como de lo que su experiencia visual-conceptual previa le ha enseñado a ver.»

Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions

La Biblia, por ejemplo, ofrece una gran ayuda en áreas como la soledad, la aflicción y el comportamiento abusivo; pero es un recurso que hoy en día no forma parte de la mayoría de las burbujas culturales. Tras siglos de malinterpretaciones y de explotación por parte de individuos y organizaciones, su prestigio cultural se ha hundido. Se ha oscurecido tanto que pocos pueden verla como lo que era y sigue siendo: un recurso para ayudar a las personas a lidiar con los problemas de la vida real. Aun así, hoy en día muchos ni se molestan en leerla o evaluarla seriamente. Para ellos es una reliquia, una broma o un arma impotente en una batalla infructuosa con la ciencia. Su sabiduría está en gran parte sin explotar y sin probar. ¿Podríamos estar perdiéndonos de algo como resultado?

En un artículo para el New York Times, el columnista David Brooks se inspiró en la sabiduría contenida en los textos bíblicos, incorporando «el acto de liderar con amor en tiempos difíciles». Sus palabras se hacen eco de los principios bíblicos que resuenan a lo largo de los siglos. Brooks escribe: «Lo más práctico que se puede hacer, aun en tiempos difíciles, es liderar con curiosidad, liderar con respeto y esforzarse por comprender a las personas a las que se nos ha enseñado a detestar».

Esto es una muestra de cómo la cultura puede cegarnos por completo ante otras formas de pensar. Lo que creemos está fuertemente influenciado por las burbujas en las que vivimos. Nuestra forma de pensar puede cambiar drásticamente con solo mudarnos a otro lugar, cambiar de trabajo o unirnos a una nueva red social.

Ser tan susceptibles a factores tan fortuitos como el tiempo y el lugar debería hacernos sentir incómodos. No tuvimos ningún control sobre dónde y cuándo nacimos. ¿Qué tipo de personas seríamos si hubiéramos nacido en Chile en 1973, en Zimbabue en 2008 o en China en 1949? ¿Estamos convencidos de que nuestra forma de pensar es la correcta simplemente porque parece adaptarse a nuestra época, al lugar donde vivimos o a las opiniones de nuestros familiares y amigos? Si nos importa cómo actuamos, cómo influimos en los demás o cómo vemos el mundo, estas son preguntas que tendríamos que plantearnos con detenimiento.