Para superar la culpa y el miedo

¿Qué dice la Biblia sobre los llamados siete pecados capitales? ¿Y cómo esto nos afecta hoy en día?

¿Le preocupa lo que ocurrirá después de su muerte? ¿Teme que a los pecadores e incrédulos les espere un lugar de castigo? Puede que le sorprenda saber que no hay ninguna base bíblica para un castigo aterrador inmediatamente después de la muerte. Sin embargo, como existe una lista bien conocida de los llamados siete pecados capitales, muchas personas viven con culpa y miedo a que precisamente ese sea su ominoso desenlace.

Los siete fatales pecados capitales —también conocidos como pecados cardinales— tuvieron su origen en el catolicismo romano. Establecidos como tales por el Papa Gregorio I, se refieren al orgullo, la codicia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza (a cada uno de los cuales se le asignó la virtud opuesta correspondiente). Más como estados mentales que como acciones en sí, se considera que estas actitudes erróneas son meramente puertas de entrada o fuentes de comportamientos pecaminosos concretos.

Como los siete se consideraban mortales para el desarrollo espiritual, en el siglo XIII se los relacionó con el dolor y el sufrimiento en la otra vida. Con todo, aunque las actitudes pecaminosas de esa lista guardan relación con referencias bíblicas, en ninguna parte de la Biblia se enumeran siete pecados literales, ni se describen nueve círculos del infierno, ni un lugar de contención llamado purgatorio, donde exista la posibilidad de escalar y conquistar su montaña de siete terrazas pecaminosas a fin de alcanzar el paraíso. Esta ficción debe su origen a la obra de Dante del siglo XIV titulada La Divina comedia. Pero ha persistido a lo largo de los siglos en la literatura y el arte, sobre todo como inquietante desinformación.

«El Nuevo Testamento no describe el tormento de la Gehena ni presenta a Satanás como el señor de la Gehena. Estos son accesorios literarios posteriores».

Anchor Bible Dictionary, s.v. «Hades, Gehenna»

Entonces, ¿qué ofrece la Biblia en forma de listas de pecados y sus opuestos? ¿Y por qué son importantes? ¿Tienen por objeto acaso hacernos cargar con la culpa y temer el castigo eterno?

Es un tema muy amplio. Aunque hay varias listas de este tipo, en aras de la brevedad vamos a referirnos a solo una serie de comportamientos que a Dios le desagradan específicamente. Esta proviene del libro de Proverbios, un extracto de la sabiduría humana y divina acumulada. «Hay seis cosas que el Señor aborrece, y siete que le son detestables: Los ojos que se enaltecen, la lengua que miente, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que hace planes perversos, los pies que corren a hacer lo malo, el falso testigo que esparce mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos» (Proverbios 6:16-19, Nueva Versión Internacional). Estas son acciones que causan la desintegración de la sociedad. Provocan la corrupción y el fracaso de la civilidad humana. Cuando una sociedad se llena de personas que hacen tales cosas de forma rutinaria, la vida cotidiana normal se vuelve insostenible. Y si vivimos así, la vida se convierte en su propio infierno o purgatorio.

El erudito del Antiguo Testamento William McKane describe las consecuencias de estos pecados de la siguiente manera: «Los tipos de comportamiento en cuestión tienen esto en común: que todos son perturbadores en su tendencia, que se caracterizan por la combatividad o la malicia o la violencia, y que rompen el vínculo de confianza y lealtad entre hombre y hombre» (Proverbs: A New Approach, 1970).

¿Por qué importa esto? Porque a Dios le importa la sociedad humana y no quiere que se vuelva autodestructiva. Él quiere nuestro éxito, nuestra felicidad. Aquí, implícitamente, prescribe los comportamientos opuestos. Es como si dijera: no seas arrogante, ni mentiroso. No asesines al inocente con intención ni por acción, ni maquines el mal. No te apresures a hacer el mal; no seas testigo falso, ni crees división.

¿No es esta exactamente la sabiduría que necesitamos para hoy?

Aunque no hay por qué temer un infierno ficticio o un purgatorio como el de las fantasías de Dante, ninguno de nosotros debe esperar al final de la vida para abordar estas cuestiones. No habrá nada que temer en el futuro en relación con el incumplimiento de las obligaciones sociales («amarás a tu prójimo como a ti mismo») si empezamos hoy mismo a ocuparnos de estos comportamientos tan comunes.