Viviendo en un mundo materialista

¿Todo es solo átomos?

Encontrar significado y propósito en la vida es un desafío constante. Pero con la ciencia moderna diciéndonos que no somos sino polvo en un vasto universo físico que en sí mismo es solo uno de una multitud de universos, ese desafío puede percibirse como insuperable. Considerar la posibilidad de otra dimensión de la realidad, una dimensión espiritual, podría ser la clave.

En verdad no es divertido cuando el profesor de química pregunta: «¿Qué es la materia?» y luego declara: «¡Todo lo es!» Pero los estudiantes le siguen la corriente y, con una mirada exasperada, ríen entre dientes ante el chiste trillado.

La idea de la materia como base de todo puede parecer indiscutible hoy en día. Sin embargo, sigue dando una sensación de insatisfacción. Como semillas germinando, pensamientos más profundos—más íntimos y personales—emergen a la superficie. Si las plántulas realmente prosperan, pueden crecer hasta convertirse en una evaluación intensa de las condiciones y esperanzas, del significado y propósito. Podríamos incluso cuestionar nuestras creencias sobre la estructura de la realidad misma.

Y luego, cuando miramos el mundo que nos rodea, surgen más preguntas: «¿Algo de esto importa? ¿Qué significa todo esto?»

«Que tantos filósofos y místicos pertenecientes a tantas culturas diferentes hayan estado convencidos… de que el mundo posee significado y valor, es un hecho suficientemente llamativo como para que por lo menos valga la pena investigar la creencia en cuestión.»

Aldous Huxley, Los fines y los medios

Una búsqueda común

Para la periodista Barbara Ehrenreich, esas preguntas surgieron, como suele ocurrir, durante sus primeros años de adolescencia. A lo largo de esos años formativos, compiló un diario sobre su búsqueda, una especie de registro y narrativa de su experiencia y descubrimientos. Décadas después, examinó su yo anterior y posterior en Living With a Wild God: A Nonbeliever’s Search for the Truth About Everything [Viviendo con un Dios salvaje: La búsqueda de una no creyente de la verdad acerca de todo]. Es una historia fascinante, común a todos: una crónica de su búsqueda de significado o —como ella escribiera entonces— una búsqueda de «lo “espiritual” … una “palabra incómoda, pero ya saben a qué me refiero”».

Como sugiere el subtítulo del libro, Ehrenreich era escéptica. En su hogar ateo, había un interés especialmente agudo por la ciencia y lo empírico. Una noche le preguntó a su madre: «¿Podría algo ser cierto, pero no explicable? Por supuesto que no —le contestó ella—. Si no puedes explicar algo, no es cierto y no tiene ninguna base en la realidad». Aunque Ehrenreich eventualmente obtendría un doctorado en inmunología celular, en ese momento en que la ciencia le estaba predicando su evangelio, no le estaba transmitiendo ninguna buena nueva.

Entonces, antes de cumplir 13 años, escribió: «Me propuse mi meta de vida, que era averiguar por qué. ¿Cuál es el sentido de nuestra breve existencia?»

Desde la perspectiva de las ciencias de la vida, el significado era muy superficial. «Me reclutaron para la gran marcha de la muerte de la biología: nacer, reproducirse, morir». Como tal, el propósito de la vida no era complicado: «Simplemente, continuar con esas células germinales y poblar la tierra; esa parecía ser la agenda completa».

Las ciencias físicas fueron aún menos útiles: «En cuanto a la física de la escuela secundaria, todo lo que ofrecía era una visión desde la cual, hasta donde pude determinar, “la propiedad principal de la materia es la inercia”, lo que significa que el mundo físico estaba muerto, un cadáver enorme arrojado, por razones desconocidas, en medio del espacio-tiempo».

Ehrenreich se mantuvo decidida. «¿Qué estamos haciendo aquí y con qué fin?», reflexionó como la mayoría de nosotros lo hacemos en algún momento. Y «¿se encontraría [la respuesta] en un libro o en un lugar? ¿Codificada o a simple vista?».

Todas estas son preguntas viscerales, no preguntas cerebrales, dice el historiador religioso Alec Ryrie. Somos criaturas de corazón y cabeza: sentimiento y lógica, metafísica y física. No es tan simple como, digamos, construir nuestra imagen del mundo (lo que creemos como verdadero) analizando los ángulos de cada grupo de datos y luego apilándolos todos en un montón ordenado. Hay emociones y experiencias, un pasado, presente y futuro a considerar. Los seres humanos son irracionales, dice Ryrie, en el sentido de que «no somos máquinas de calcular, y que nuestras “elecciones” sobre lo que creemos o no creemos se hacen intuitivamente, con todo nuestro ser, no con una lógica impersonal».

Ehrenreich también describe esta necesidad de ir más allá de la lógica. «Uno puede y debe usar la lógica y la razón todo lo que quiera. Pero sería un gran error ignorar los datos perdidos que no encajan en las propias teorías preconcebidas, que incluso pueden confundir todo lo que uno pensaba que era seguro».

No es de extrañar, entonces, que nuestra respuesta a la pregunta del profesor de química pueda ahondar aún más. «Te diré cuál es el problema —susurra, o incluso grita nuestra voz interior—; siento que soy más que materia, más que un montón de átomos fluctuantes». En otras palabras, si el mundo está hecho de bloques cuadrados, ¿por qué hay tantos agujeros redondos?

Siento, luego, soy más

Más allá de la idea de que hay más en la vida que la simple materia, nos preguntamos: «¿Por qué estoy siquiera rumiando sobre esto?». ¿Qué es lo que nos hace perceptivos, conscientes, conocedores, considerados con los demás, de un modo o de otro? «Pienso, luego existo», dijo Descartes, pero las cosas no han avanzado mucho. Aún debemos resolver estos problemas individualmente.

«De alguna manera, a pesar de todas las peculiaridades de mi género, edad, clase y antecedentes familiares —reflexiona Ehrenreich— había accedido a la corriente principal de siglos de investigación filosófica occidental, de hombres mayores preguntando una y otra vez, de una forma u otra, ¿qué está pasando aquí realmente?».

Nuestras observaciones científicas del mundo en constante expansión no han entumecido estas preguntas. Pero como descubrió Ehrenreich, la ciencia no está equipada para ver más allá del mundo material.

En Taking Pascal’s Wager (Tomando la apuesta de Pascal), el profesor de filosofía Michael Rota observa: «El objetivo principal de las ciencias naturales es la comprensión de la realidad física. ¿Qué tan lejos llegarían los científicos en ese objetivo si apelaran a Dios cada vez que se encontraran con un fenómeno desconcertante?». No mucho. Rota cita la opinión del físico Leonard Susskind de Stanford como «bastante típica»: «Permítanme ser franco y expresar mis propios prejuicios aquí mismo —escribe Susskind—. Creo firmemente que la ciencia real requiere explicaciones que no involucren agentes sobrenaturales… entre ellos, los asombrosos accidentes afortunados que conspiraron para hacer posible nuestra propia existencia» (The Cosmic Landscape [El paisaje cósmico], 2006).

Sin embargo, son esos «accidentes afortunados» los que continúan mortificándonos. Las innumerables cualidades físicas que hacen que la vida y su bioquímica sean posibles en la tierra, están ligadas a las leyes y constantes de la física que sostienen todo el universo. Si se hiciera solo un pequeño ajuste o dos (en, digamos, las propiedades de un cuark o las fuerzas dentro de una estrella), nada existiría; el universo habría aparecido y desaparecido en un instante.

Este fino ajuste del universo parece demasiado bueno para ser solo un accidente; da evidencia intuitiva de que nuestra existencia es un evento creado, no solo una evolución casual de la materia. El fallecido físico Freeman Dyson comentó: «Cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, más evidencia encuentro de que el universo en cierto sentido debe haber sabido que veníamos» (Disturbing the Universe [Perturbando el universo], 1979).

El astrónomo Carl Sagan —quien alguna vez fuera llamado «el guardián de la credibilidad científica»— usó el término «espiritualidad» como una descripción de nuestro sentido natural de asombro ante la creación: «La ciencia no solo es compatible con la espiritualidad; es una fuente profunda de espiritualidad. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las edades, cuando captamos la complejidad, la belleza y la sutileza de la vida, entonces ese sentimiento elevado, esa sensación de júbilo y humildad combinados es, sin duda, espiritual». Desde la perspectiva de Sagan, la ciencia ayuda a transmitir una sensación de asombro (incluso si, en su opinión, ese asombro debe estar firmemente arraigado en lo material).

Sin embargo, en su mayor parte, lo que oímos de las ciencias es una perspectiva mucho más fría, basada en datos. El paleontólogo George Gaylord Simpson —figura clave en la síntesis moderna de la evolución darwiniana con la genética— resumió este punto de vista de manera bastante directa: «El hombre es el resultado de un proceso natural y sin propósito, que no lo había tomado en cuenta. No fue planeado. Es un estado de la materia».

¿Qué hay en cuanto a su significado? La ciencia todavía parece ser el lugar equivocado para buscar. «No encontramos nada que dé a nuestras vidas un significado objetivo», declara Steven Weinberg, físico ganador del Premio Nobel. «No hay nada en las leyes de la naturaleza que sugiera que tenemos un lugar particular en el universo. Sin embargo —agrega—, eso no significa que encuentre que mi vida es inútil. Podemos amarnos unos a otros y tratar de comprender el mundo. Pero nosotros mismos tenemos que dar a nuestras vidas ese sentido»; debemos encontrarlo desde dentro.

El físico Sean Carroll está de acuerdo: «Somos colecciones de átomos… y también somos personas que piensan y sienten, que damos sentido a la existencia por la forma en que vivimos nuestras vidas».

«Mientras nos precipitamos hacia un cosmos frío y estéril, debemos aceptar que no existe un gran diseño. Las partículas no están dotadas de propósito… Y así, en nuestra búsqueda por comprender la condición humana, la única dirección a mirar es hacia adentro».

Brian Greene, Until the End of Time, (Hasta el fin de los tiempos)

Saliendo de los límites

Todos podemos estar de acuerdo en que la forma en que vivimos nuestras vidas es ciertamente importante, pero afirmar que el significado humano no es esencial lleva a la ciencia demasiado lejos.

El filósofo y teólogo estadounidense David Bentley Hart explica que este tipo de declaraciones son en realidad ciencia que se sale de los límites. Lo que es «una disciplina admirablemente severa de restricción interpretativa y teórica» puede descarrilarse y convertirse en «su opuesto perfecto e inconteniblemente fuera de control: lo que comenzó como un rechazo de principios de la especulación metafísica en aras de investigaciones empíricas específicas —advierte Hart—, ahora se ha confundido con un conocimiento integral de la forma metafísica de la realidad; el arte de cuestionar humildemente [la ciencia], ha sido confundido con la posesión segura de la conclusión final».

Hart, junto con el historiador Ryrie, sostiene que nuestro sentido del mundo no siempre está ligado a pruebas públicas sólidas. «La mayoría de las cosas que sabemos que son ciertas, a menudo de manera bastante indudable, no caen dentro del ámbito de lo que se puede probar mediante métodos empíricos; son de naturaleza episódica, experiencial, local, personal, intuitiva o puramente lógica». Los métodos de la ciencia, concluye Hart, «no proporcionan pruebas de dónde comienza o termina la realidad, o de cuáles son las dimensiones de la verdad».

La verdad de la ciencia misma —que podemos explorar el mundo y comprenderlo— resuena con otra proposición que se cita a menudo: que la mente humana refleja la mente de Dios; que ser «creado a su imagen» le da a la mente humana acceso al resto de la creación.

«Es un hecho tan notable que podemos entender el mundo de una manera profunda —dijo el físico y teólogo John Polkinghorne a Visión— y que cuando lo hacemos, obtenemos esta experiencia de maravilla». En esto se parece mucho a Sagan. Pero con respecto a las causas de tal reacción, sus puntos de vista divergen: «Yo diría que necesitamos más explicaciones y respondería felizmente que la mente de Dios está tras el orden profundo del mundo; el orden expresa la naturaleza de Dios».

Esto sugiere que somos conscientes porque hemos sido creados por un Ser consciente. El filósofo cristiano Alvin Plantinga señala: «La ciencia moderna es un intento enormemente impresionante de llegar a conocer algo sobre nosotros y nuestro mundo … [Es] una demostración insuperable de poder intelectual cooperativo y profundo … en la que la humanidad refleja de manera comunitaria la naturaleza divina, un desarrollo sorprendente de la imagen de Dios en la humanidad».

En el primer siglo, el apóstol Pablo entendió que esta conexión provenía de algo a lo que se refirió como «el espíritu del hombre que está en él» o «su propio espíritu que está en él» (1 Corintios 2:11, Versión Reina Valera, Revisión de 1960 y Nueva Versión Internacional)

Es un pensamiento intrigante. Si la conciencia y el intelecto humanos emergen de una combinación de un cerebro físico y un espíritu de algún tipo, entonces el materialismo por sí solo no es suficiente; una dimensión espiritual también sería un aspecto de la realidad.

«Estamos luchando en el lenguaje de nuestros días, como lo hizo Pablo en los suyos, para expresar la riqueza de la naturaleza humana. No podemos negar que somos seres encarnados materialmente, pero no somos meramente materiales».

Sir John Polkinghorne, «Holes in the Net» («Agujeros en la red») [Entrevista de Visión, Invierno de 2010]

Otro lado de la realidad

El enigma de la conciencia humana, aunque aún se investiga como fenómeno físico, comienza a llamar la atención de algunos científicos que sospechan de la existencia de ese componente espiritual. Uno de ellos es el neurocientífico Mario Beauregard. Él insiste en que nuestro sentido de una realidad espiritual fuera de la física y el mundo material es real. Nuestras intuiciones no son meras cascadas mentales de neuronas que fallan, alucinaciones que nos engañan haciéndonos querer creer. «No somos animales que compiten entre sí por la supervivencia —escribe en The Spiritual Brain [El cerebro espiritual] — sino seres espirituales conectados a la fuente de nuestra naturaleza espiritual».

El salto mental que nos lleva de una visión de las cosas a otra es similar a lo que experimentamos con la ilusión del cubo (abajo). El desafío es simplemente determinar la orientación de la caja. ¿La cara gris está al frente o atrás? Primero la vemos de una forma, luego de la otra, pero parece que nunca podemos aferrarnos a ambas al mismo tiempo. Entonces, ¿cuál es la realidad del cubo? ¿Puede ser que ambas orientaciones sean correctas?

La verdadera sorpresa es que, así como nuestras conclusiones sobre la caja saltan de un lado a otro, nuestra perspectiva sobre otros temas también puede cambiar espontáneamente. La ciencia y el espíritu son dos caras de la misma caja, pero la que domina en un momento dado cambia con nuestra experiencia.

Para Ehrenreich, llegó el momento de la comprensión. «Mi búsqueda estaba a punto de llegar a un clímax demoledor: que me pasaría el resto de mi vida —o en todo caso una gran parte de ella— esforzándome por comprender», escribió. En su diario lo llamó «percepción total». Fue el momento en que vio la otra cara de la caja, y sacudió su sentido del mundo. «La torpe y vieja máquina de la realidad nunca volvería a funcionar de la misma manera. Sabía que los cielos se habían abierto y se habían derramado en mí, y yo en ellos, pero no había forma de describirlo, ni siquiera para mí misma».

Esta sensación indescriptible de que existe más que lo físico puede llegar de muchas formas. Ehrenreich finalmente la llamó una «visión». Las experiencias cercanas a la muerte han convencido a otros de que la dimensión espiritual es real. La neurocientífica y sobreviviente de un derrame cerebral Jill Bolte Taylor explicó cómo el mundo se ve diferente cuando ciertos prejuicios mentales se «desconectan» y uno es capaz de comprender una realidad oculta.

«La ciencia, por supuesto, puede seguir descartando las experiencias “místicas” anómalas como síntomas de una enfermedad mental —concluye Ehrenreich—, pero la más mínima posibilidad de que representen algún tipo de contacto o encuentro justifica la investigación».

¿Ciencia posmaterialista?

La ciencia —ecuaciones de equilibrio, enlaces, iones, leyes de la termodinámica e impulso— es fundamental, pero no incluye todo lo que es importante. Beauregard, junto con otros científicos de la Academia para el Avance de las Ciencias Postmaterialistas, está tratando de abrirse camino a través de la maraña materialista: «Nuestro objetivo es crear un refugio seguro para científicos experimentados, científicos jóvenes, y estudiantes, para que individual y colectivamente exploren conceptos y hallazgos que puedan quedar fuera de la corriente principal del pensamiento materialista aceptado».

Las implicaciones de este cambio de paradigma son «numerosas y cruciales», dijo Beauregard a Visión. «Este nuevo marco teórico cambia fundamentalmente la visión que tenemos de nosotros mismos y nos devuelve la dignidad y el poder como seres humanos al invitarnos a desarrollar los diversos aspectos de nuestro potencial».

«La ciencia no es sinónimo de materialismo … Además, las teorías materialistas han fracasado por completo en explicar cómo el cerebro puede generar la mente y la conciencia».

Mario Beauregard, «The Emerging Post-Materialist Paradigm: Toward the Next Great Scientific Revolution», («El paradigma posmaterialista emergente: Hacia la próxima gran revolución científica»)

Cuando se nos da la oportunidad, la mayoría de nosotros parece que nos sentimos atraídos hacia una búsqueda personal de significado y explicación que se encuentra más allá de lo físico. Como reconoció Huxley, la idea de que el materialismo por sí solo no aclara nuestras preguntas más profundas es una intuición ancestral y casi universal. Un sentido interno de trascendencia —que nuestras vidas realmente significan algo más allá de lo que la ciencia nos dice o lo que podemos inventar— parece parte de la condición humana.

En el antiguo libro de sabiduría hebrea, el Eclesiastés, el rey Salomón lo expresó de esta manera: Dios «ha puesto la eternidad en los corazones [humanos]». Esto sugiere, una vez más, que tenemos un sentido innato de que hay más en la vida de lo que se puede detectar a través de nuestros sentidos físicos, y que tenemos un deseo profundo, incluso una compulsión, de comprender el significado y propósito de la vida y de discernir nuestro destino. Aunque hay quienes abrazan la cosmovisión existencialista de que no hay nada más allá del ahora, tal visión no está sincronizada con gran parte de la experiencia humana.

En términos de necesidades humanas, Huxley habló sobre nuestro anhelo no solo de explicaciones sino también de rectitud, significado y valor. «El anhelo de justicia parece ser una característica humana tan fundamental como el anhelo de explicación», escribió. «Las teorías [materialistas] diseñadas para satisfacer el ansia de explicación han demostrado ser notablemente precisas en su explicación de la naturaleza del mundo; no tenemos derecho a rechazar como meras ilusiones subjetivas la tesis análoga [posmaterialista, espiritual] ideada para satisfacer las ansias de justicia, de significado y de valor».

Esa búsqueda tanto del conocimiento material como del significado espiritual continúa. Avanza y nunca se sabe de dónde vendrá la revelación o cuándo se invertirá la caja. ¿Tienen nuestras vidas un propósito más allá de los datos empíricos? La evidencia de la experiencia y nuestra intuición dicen que sí, y puede que la ciencia pronto esté de acuerdo. Como dijo el apóstol Pablo - quien escribió sobre el «espíritu que está dentro de nosotros - a una audiencia de filósofos atenienses y otros, la realidad espiritual puede estar más cerca de lo que la gente cree» (Hechos 17).

Buscar la plenitud de la vida y sus misterios más profundos es parte de ser humano. Las semillas de la intuición se siembran continuamente, pero ¿encontrarán buen terreno? Cada uno de nosotros debe considerar lo que importa y lo que no, y cómo esas semillas serán nutridas o descuidadas.