El Envenenado Cáliz de Agustín

Agustín nació en un mundo que era ostensiblemente cristiano a finales del siglo IV. Por lo menos, así es como el emperador Constantino lo había llamado a los comienzos del siglo,  y aparte de un corto retroceso al paganismo bajo Juliano el Apostata (360–363), el imperio había continuado como Constantino lo había decretado. 

 Sin embargo, durante el proceso de ejecución de este decreto, el cristianismo había elegido sistema pagano para sus festivales y calendario, sin acuerdo con las Escrituras y en evidente contradicción y ejemplo a las mismas; un numero de templos paganos y lugares fueron reconstruidos como basílicas e iglesias cristianas, y la ortodoxia según la definición en concilios de la iglesia, había reemplazado las enseñanzas y practicas apostólicas. Sin embargo, la aceptación de este cristianismo modificado no era como los historiadores de la iglesia nos quieren hacer creer. A nivel personal, el paganismo y lo que se denominaba cristianismo coexistieron, y solamente un conjunto de lineamientos confusos separaban a los dos.

 Mientras tanto, a finales del siglo, Juan Crisóstomo, obispo de Antioquia arremetía contra los cristianos que aun guardaban días santos judíos, práctica que había sido declarada ilegal por dos concilios de la iglesia en el siglo anterior en un esfuerzo por distanciar a la iglesia de sus raíces hebreas.

Al mismo tiempo, la línea entre fe y filosofía en el mundo de Agustín se estaba tornando confusa. Los propios padres de Agustín fueron un ejemplo de ello, estando los dos en extremos opuestos del espectro. Su madre, Mónica, era una devota católica romana; su padre, Patricio, era un pagano quería que su hijo tuviera una educación clásica en filosofía.

  Mientras que Patricio empujaba a su hijo en esa dirección, Mónica hizo un obvio intento por inculcar el conocimiento de las Escrituras y enseñanzas de la iglesia en su hijo. Sin embargo, en ese momento de la vida del joven, la filosofía ganó el día. El famoso reto del teólogo del siglo III Tertuliano, «¿Qué tiene que ver Jerusalén con Atenas?» (Sugiriendo que la fe y la filosofía no tenían nada en común), recibiría una solida respuesta a mano de Agustín.

Durante el transcurso de la vida de Agustín, las turbias demarcaciones entre el cristianismo y el paganismo, y entre la fe y la filosofía, fueron vueltas a trazar. Paradójicamente, esto creó un mundo en donde el paganismo parecía simplemente desaparecer. 

 LA EVOLUCIÓN DE LAS IDEAS  

Elogiando a Agustín y encomiando sus esfuerzos en una carta apostólica  de agosto de 1986, para conmemorar el 16avo centenario de su conversión y bautismo, el Papa Juan Pablo II cito a varios de sus predecesores. El Papa Pablo VI había escrito, «En verdad, por encima de su brillante ejemplo de las cualidades comunes a todos los Padres, podría decirse que todas las corrientes de pensamientos de la antigüedad confluyen en sus obras y forman una fuente la cual provee la tradición doctrinal completa de los siglos siguientes». 

Al citar esto, Juan Pablo II alentó el estudio de las doctrinas basadas en los escritos de Agustín, así que en los últimos 16 años se ha visto un florecimiento de nuevo material en relación con Agustín, arrojando luz sobre la evolución de sus enseñanzas. 

  

El interés de Agustín en la filosofía lo preparó para su prometedora representación dentro de la iglesia de una manera más efectiva que la paciencia que utilizó su madre con la instrucción religiosa.

Como resultado, el interés de Agustín en la filosofía lo preparó para su prometedora representación dentro de la iglesia, de una manera más efectiva que la paciencia que utilizó su madre con la instrucción religiosa. El joven asistió al equivalente de una universidad en Cartago, en donde estudió el tratado filosófico  «Hortensius» de Cicerón, una obra que se había perdido, y de la que sabemos hoy solamente por algunos escritos de Agustín. En ese entonces, el ensayo de Cicerón se utilizaba principalmente como estudio en retorica y oratoria, pero también le sirvió a Agustín como introducción a la filosofía. El teatro y las brillantes luces de Cartago ya no ocupaban su tiempo, la búsqueda por la verdad y sabiduría  ahora lo consumían. El estudio de Cicerón creó en el joven una sed por el conocimiento que caracterizaría su vida tanto dentro como fuera de la iglesia a partir de ese punto. 

Sin embargo, en la búsqueda de Agustín por la verdad, el cristianismo al que había sido expuesto en su juventud no le proporcionaba satisfacción. Desde su punto  de vista, las Escrituras carecían de elocuencia; eran simplistas e ingenuas, pues al parecer no contestaban a sus preguntas filosóficas que ahora llenaban su mente. El cristianismo, separado de su herencia judía, carecía de respuestas a las preguntas de filosofía, especialmente en relación a la naturaleza y la razón de la existencia del pecado. Los filósofos desdeñaban la creencia cristiana en un Dios benevolente que permitía la existencia del pecado y el sufrimiento. Y ningún padre de la iglesia parecía dispuesto o capaz de contrarrestar a los críticos. 

EN BUSCA DE RESPUESTAS  

Asignar responsabilidad por el mal y erradicarlo de la vida humana paso a formar parte de la misión de Agustín. Miró hacia atrás con disgusto los excesos de su juventud cuando estaba en Cartago. ¿Cómo puede ser controlada la «maldad» del yo? ¿Por qué existió para empezar? 

El maniqueísmo fue la primera enseñanza  que Agustín encontró que afirmaba dar una respuesta al problema del mal. Como religión, negaba cualquier responsabilidad personal por el mal, absolviendo de culpa al individuo. Sin embargo, con el tiempo, Agustín encontró fallas en la enseñanza, no en cuanto al mal, sino en su relación con el mundo físico. 

Seguidamente, Agustín desarrolló un interés por la astrología, la cual contradice los argumentos del maniqueísmo. Eventualmente fue introducido con Fausto, el más talentoso defensor del maniqueísmo dentro del imperio occidental, de quien Agustín esperaba le ayudara a resolver sus numerosas preguntas. Sin embargo, se puso de manifiesto que Fausto estaba más interesado en adquirir seguidores entre el pueblo de Cartago.   

La creciente desilusión  con las enseñanzas de Mani coincidió con su contacto con otra escuela filosófica. En su posterior llegada a Milán, se percató de Ambrosio, obispo de la ciudad, y su interpretación de las escrituras utilizando ideales neoplatónicos. 

Ambrosio era un gigante intelectual de la sociedad milanesa y, como resultado, altamente estimado por todos. Como obispo, siguió los pasos de ambos,  Orígenes y su escuela Alejandrina de interpretación alegórica de las Escrituras, y del filosofo Plotino, quien había, según la opinión de Agustín, hecho posible que Platón volviera a la vida nuevamente. 

Ambrosio le enseño a Agustín como utilizar las Escrituras en contra del maniqueísmo. Debido a que había estado asociado con la secta por tanto tiempo, ahora era necesario para Agustín distanciarse públicamente de la herejía. Sin embargo, el maniqueísmo realmente jamás perdió su agarre sobre él. La acusación que nunca superó por completo incluso en la edad avanzada, fue su pasado maniqueista. 

Un ejemplo de esa influencia es el dualismo en el maniqueísmo, que le proporcionó entrada a Agustín al neoplatonismo y su propia versión de dualismo. El razonamiento platónico buscaba mas allá de lo físico en el mundo real que, de acuerdo a los cristianos como Ambrosio, era el mundo espiritual. 

La adopción de Agustín de la nueva filosofía fue incondicional. El nuevo mundo del dualismo despertó en él  un deseo de alejarse de la sociedad a una vida centrada en la búsqueda de lo espiritual y, con ello, de la verdad que creía que la filosofía podía proporcionar. 

OVASIÓN POSTUMA 

En la actualidad Agustín es considerado como la voz Latina más poderosa entre los padres de la iglesia. Más que eso, se le coloca como segundo al apóstol Pablo dentro del desarrollo del pensamiento y doctrina cristiana, y ya que algunos  prominentes académicos de la biblia han afirmado que Pablo de hecho fundó el cristianismo, incluso algunos podrían argumentar que la contribución de Agustín a la teología de las iglesias católicas y protestantes lo coloca por delante de Jesucristo en términos de importancia dentro de la iglesia. 

Sin embargo, celebrado como lo es hoy en día, la fama de Agustín no concordó durante toda su vida. Atticus, un contemporáneo de Agustín y patriarca de Constantinopla, ni siquiera lo incluía en sus saludos cuando escribía a los obispos en del norte de África. En esos días los teólogos eran numerosos por todo el imperio, y un Latino era insignificante en el oriente donde había tanto teólogo de lengua griega. 

Sin embargo Agustín era un escritor muy prolífico. Como resultado de sus abundantes escritos dejados para futuras generaciones, le vino el prestigio de manera póstuma. Sus palabras, siempre utilizadas con gran ventaja, han hecho eco a través de los siglos. Algunos de sus sermones fueron redescubiertos tan recientemente como en 1980, agregando un ímpetu fresco al estudio de sus ideas. 

 Sus escritos abarcan una amplia gama de temas. En su tratado Libre albedrío, Agustín buscaba hacer frente al maniqueísmo. Siguió Confesiones, en donde estableció el curso de su vida. Muchas de sus obras fueron el resultado de años de esfuerzo. La Ciudad de Dios fue escrita aproximadamente en un periodo de 15 años. Muchos de los sermones de Agustín fueron copiados textualmente para futuros estudios, junto con las defensas de su fe contra los heréticos y cismáticos. 

La Biblia, y el apóstol Pablo en particular, presentaron cierta dificultad para el obispo en sus escritos, en donde las Escrituras hablan en contra de «la sabiduría de este mundo». De alguna manera Agustín tenía que conectar esta brecha. ¿Cómo podría reconciliar el mundo de los filósofos  con el mundo de la Biblia? 

Su primer paso fue romper el punto de vista tradicional de la filosofía. De acuerdo a  Historia de la Teología de Angelo DiBerardino y Basil Studer (Volumen 1), hasta antes de Agustín, la filosofía se entendía ser «la búsqueda por la sabiduría, esto es, el esfuerzo de la mente por alcanzar la verdad y contemplar el absoluto o los principios de ser». Siendo esta percibida como sabiduría mundana, de la cual los apóstoles hablaron claramente en contra, por lo general  la filosofía había sido evitada por la iglesia. Por el contrario, Agustín, tomó la filosofía en el sentido de amor o studium sapientiae (que es, el amor  o búsqueda de sabiduría). De este modo, él equiparó el amor de la sabiduría con el amor de Dios y de Cristo, siendo este último considerado como la sabiduría de Dios. 

Cabe señalar que poco después de la época de Cristo, apologistas y escritores cristianos ya habían comenzado a hablar como filósofos, y defendían su fe en términos filosóficos. Agustín simplemente completó una obra que ya había comenzado. Una vez que Constantino estableció el catolicismo romano como religión del Estado, se sentaron las bases para que alguien de la energía de Agustín aprovechara el enfoque filosófico y lo utilizara para sus propios fines dentro de la iglesia. 

El célebre obispo murió cuando hordas de bárbaros invadieron el Imperio Romano. A raíz de la invasión, el Oscurantismo descendió sobre la sociedad occidental. Sin embargo, Agustín había proporcionado el marco filosófico dentro del cual las creencias de la iglesia habrían de sobrevivir. 

 En el siglo XIII, el punto de vista neoplatónico de Agustín sobre mundo y la Escritura fue actualizado por los esfuerzos de Tomás de Aquino y su estudio de los padres de la iglesia griega, y de Aristóteles en particular. 

Hoy en día, el existencialismo cristiano y aun el cristianismo evangélico se encuentran en deuda con Agustín en su enfoque a la Escritura y doctrina.

El enfoque doctrinal de Agustín sobreviviría a la Reforma, influenciando a ambos lados del argumento. Martin Lutero fue parte de la orden agustiniana de la iglesia católica romana, y durante la reformación continuó las enseñanzas del famoso obispo en cuanto a la fe y el pecado. Incluso Juan Calvino estaba profundamente agradecido a Agustín. Hoy en día, el existencialismo cristiano y aun el cristianismo evangélico se encuentran en deuda con Agustín por su enfoque a la Escritura y doctrina.  

 ¿ATENAS O JERUSALÉN? 

Debido a la amplia influencia del obispo, es de ayuda entender las fuerzas externas que ayudaron a moldear su pensamiento. ¿Perdió por completo alguna vez la influencia maniquea de su juventud? Como se mencionó anteriormente, Agustín tuvo que defenderse de este cargo hasta el final de sus días. Aunque, mientras que el maniqueísmo moldeo sus actitudes hacia varios elementos del mundo físico, el neoplatonismo fue claramente la mayor influencia. 

«Verdaderamente», escribe L.H. Hackstaff en su introducción a San Agustín: On Free Choice of the Will (Libre Albedrío), «no es mucha exageración decir que el neoplatonismo suministró a Agustín y los platonistas cristianos que le siguieron  con la subestructura teórica sobre la cual estaba erigida  su teología. Al parecer Agustín nunca abandonó la estructura platonista  de su teología cristiana». 

El fallecido Enoch Powell, clasicista y parlamentario británico, lleva la conclusión de Hackstaff un paso más adelante. Ve a Agustín arribando, «irónicamente, a una clase de síntesis de todas las mas grandes corrientes filosóficas descendiendo del Sócrates platónico: epicurianismo . . . estoicismo . . . [y] platonismo». 

Esto puede explicar como el pensamiento de Agustín llego a diferir tanto  de las enseñanzas de la Biblia. Su enfoque fue dominado por el dualismo derivado de los filósofos—un dualismo que ponía una parte en contra de la otra, principalmente la espiritual en contra de la física. Una estaba correcta, la otra equivocada. 

 Sin embargo, mientras la Biblia habla de manera dual de lo espiritual y lo físico, lo externo y lo interno, el presente y el futuro, esta no necesariamente nos pide  ignorar una a favor de la otra sino que propone atención a las dos. Lo físico nos ayuda a entender lo espiritual; el presente es tan importante como el futuro. Lo que hacemos externamente es juzgado al igual que lo interno. 

Este enfoque fue reflejado en el pensamiento hebraico, y en particular por el apóstol Pablo, en el que veía a la humanidad como un todo en lugar de algo ensamblado de partes distintas. El pensamiento hebraico estaba más matizado que los rígidos silogismos de los filósofos. Criado en una cultura religiosa que buscaba rechazar sus raíces judías, Agustín fue atrapado por la red de los filósofos. 

El hecho es que la realidad existe aquí y ahora, así como en el futuro. Contrariamente a las creencias de los filósofos, que la realidad no se basa solo en la razón; también requiere de fe. Es un camino más exigente que el que es tomado por cualquiera de los filósofos, por eso que Jesús describió su camino como uno difícil, que muy pocos encuentran (Mateo 7:14). 

Deteniéndonos a reflexionar, la lección de la vida y obra de Agustín puede ser resumida como sigue: no importa cuán arduo trates de reconciliar a los dos, Jerusalén no tiene que ver nada con Atenas. La fe y la filosofía existen en dos planos muy diferentes. Cualquier intento de sincretizar las dos conduce a la negación de una. Los esfuerzos de Agustín por unirlas, cualquiera que haya sido su propósito, simplemente revistió al paganismo con nomenclatura cristiana.