En Búsqueda de la Paz Mental

¿Cómo podemos hacer frente a la ansiedad de la vida cotidiana para lograr la tranquilidad duradera y la paz mental?

Después del siglo más progresivo y destructivo de la historia, se ha convertido en un cliché decir que vivimos en tiempos extraordinarios. A pesar de los milagros modernos que la tecnología ha proporcionado, estamos viviendo tiempos de gran estrés, a nivel personal, nacional e incluso global.

¿Cómo podemos hacer frente con nuestra ansiedad con las condiciones que nos rodean, nuestros problemas personales, con la sociedad que heredarán nuestros hijos? La mayoría de nosotros nos preocupamos pero no sabemos qué hacer. ¿Cómo mantenemos un sentido de la perspectiva?

Hay una forma de manejar la turbulencia que nos enfrenta. Hay respuestas que son efectivas y alentadoras, particularmente cuando enfrentamos circunstancias que tienen el potencial de paralizarnos emocionalmente: la pérdida inesperada de un trabajo, la muerte de un ser querido, un matrimonio fracasado o fallido, sentimientos de traición, problemas de salud. Problemas como estos pueden producir un malestar prolongado. Para el individuo atrapado en tal angustia, el afrontamiento es arduo y doloroso.

Sin simplificar demasiado o minimizar dichos traumas, podemos estar seguros de que hay una manera de encontrar la paz mental—un estado mental tranquilo, calmado que no esté sujeto a una constante ansiedad cuando las presiones se acumulen. Muchos buscan ayudarse a sí mismos para proporcionar soluciones. Aunque las técnicas y dispositivos promovidos en libros y cintas populares sobre el tema de manejar el estrés y encontrar la paz pueden proporcionar una medida de alivio, ninguno aborda la deficiencia fundamental del espíritu humano. Para resolver nuestros más profundos problemas, debemos que hacer mucho má que reprogramar nuestro subconsciente o aprender las últimas técnicas de relajación.

perciviendo lo INVISIBLE

Las respuestas que aportan soluciones duraderas son de naturaleza espiritual y se derivan de los principios implicados en el ejercicio de la fe piadosa. Pero antes de que podamos ejercer fe en Dios, necesitamos saber que él existe y está personalmente interesado en nosotros. Como individuos, debemos pensar en él como nuestro Padre. Entonces, el primer paso para tener la paz mental que anhelamos, es establecer que Dios se preocupa por nosotros en todas las circunstancias y que tiene un plan para nuestras vidas, tanto ahora como en el futuro.

¿Sin embargo, como podemos saber siquiera que Dios existe?

Si el apóstol Pablo aun viviera en la actualidad, bien podría responder la pregunta al igual que lo hizo en una de sus cartas hace más de 1900 años: «Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa» (Romanos 1:20, Nueva Versión Internacional). De acuerdo a Pablo, no tenemos excusa si no reconocemos la naturaleza divina de Dios y su eterno poder en el mundo natural.

Desde rugosos panoramas hasta selvas tropicales, la tierra nos llena de asombro. Es fascinante contemplar su variedad aparentemente infinita, y aún más difícil de explicar en lo que sea pero especulaciones de teoría  e imaginación. Las ballenas se comunican por sonidos bajo el agua, pero ¿cómo aprendieron? Las aves migratorias vuelan miles de millas e infaliblemente llegan a la misma ubicación año tras año. ¿Cómo desarrollaron tales sistemas de guía precisos?

La sencilla creencia de que la existencia de Dios es evidente por lo que vemos en la naturaleza casi ha desaparecido en un mundo que proclama tan audazmente los logros de la humanidad.

El apóstol pablo dijo que «el Dios viviente. . . hizo los cielos, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos». La sencilla creencia de que la existencia de Dios es evidente por lo que vemos en la naturaleza casi ha desaparecido en un mundo que proclama tan audazmente los logros de la humanidad. Aun así esa confianza como de niño es el punto de partida  para una relación correcta con nuestro Padre.

Incluso si sabemos que Él existe, ¿cómo podemos estar seguros de que él se preocupa?

Si la creación puede enseñarnos algo de su existencia, también quizás entonces nos enseñe algo sobre su preocupación por nosotros.

PROBADO POR FUEGO

A la sombra de las secuoyas gigantes de California, hay un tipo de especial belleza. Estos magníficos árboles tienen una tranquilidad y una majestuosidad que se encuentra solo en la naturaleza. Estos capturan nuestra atención no solo por su tamaño, sino también por su longevidad. Algunos han resistido y atestiguado el paso de los siglos, el desorden de los últimos  dos mil años, o más.

Como ejemplo, el árbol nombrado Gral. Grant tiene 81 metros (267 pies) de altura y el tronco tiene de base 33 metros (267 pies) de diámetro. Hace muchos años el Gral. Grant, fue marcado por un incendio dejándole una hendidura en forma de A en el tronco, a pesar de eso el árbol sobrevivió y continúa creciendo.

Cerca de ahí se encuentra un ejemplo aún más sorprendente de crecimiento a pesar de la adversidad del incendio. La mitad inferior interna de ese árbol se ha quemado casi por completo, pero la parte superior sigue creciendo.

Diseñados con cariño, estos monumentos al poder de Dios dan testimonio del hecho de que cuando el «fuego» nos golpea, podemos más que sobrevivir: podemos seguir creciendo.

Ese entendimiento comienza con la sencilla creencia que nuestro Padre nos ha hecho con el mismo cuidado y atención que le dio al resto de su creación. Es más, cuida de nosotros por sobre todo lo que ha creado. Jesús explicó esta fundamental verdad, como está escrito en Mateo 6: «Por tanto os digo: No os angustiéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? . . .  Y por el vestido, ¿por qué os angustiáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan. . . Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?» (versículos 25–30).

Pablo también habló sobre la preocupación que nuestro Padre tiene por nosotros. Dijo que Dios «En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar por sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones» (Hechos 14:16–17). En otras palabras, él suple nuestras necesidades.

Estos pasajes hablan de una relación entre el Creador y su creación que es a la vez simple y profunda. Se basa en una calidad de confianza de la que no escuchamos mucho en nuestro sofisticado mundo de alta tecnología. Sin embargo, esa simple confianza es la base de una fe que nos asegura que Dios usará su poder para intervenir por nuestro bienestar.

«Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas».

MATEO 6:34 (NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL)

La intervención de Dios requiere que tengamos nuestras prioridades en el orden correcto. «No te preocupes», advirtió Jesús diciendo: «“¿Qué comeremos?» o «¿Qué beberemos?» o «¿Con qué nos vestiremos?» Los paganos (los no cristianos) andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas» (Mateo 6:31–34, NVI).

Puesto que hay suficiente de qué preocuparse a diario, nuestro Padre no quiere que estemos demasiado ansiosos sobre nuestras necesidades futuras. Lo que necesitamos hoy, lo proporcionará en respuesta a la oración, basado en la creencia. Sin embargo, él espera que planeemos para el futuro, establezcamos objetivos y luego le encomendemos esas cosas en oración.

sin duda

La oración es un componente importante de la fe piadosa—un paso fundamental en la búsqueda de la paz mental. Sin embargo, cuando oramos, podemos esperar una respuesta solo cuando oramos con fe.

El apóstol Santiago dijo: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor, ya que es persona de doble ánimo e inconstante en todos sus caminos» (Santiago 1:5–8).

El libro a los Hebreos completa el pensamiento cuando dice que sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan (Hebreos 11:6). La tranquilidad a través de la oración contestada depende de la creencia sincera en la capacidad de Dios y su disposición para responder.

Otra clave para obtener paz mental es aprender que es lo que Dios requiere de nosotros, y después accionar de acuerdo a ese conocimiento. Esto significa conocer el estilo de vida revelado por Dios—descubrir como lo haría él si fuera un ser humano. La vida de Jesucristo en esta tierra es a la vez la representación y la revelación de cómo nuestro Padre viviría como humano y cómo quiere que vivamos. La fuente de esa revelación, la Biblia, nos enseña que es lo que tenemos que saber para entrar en sincronía con el plan que Dios tiene para nosotros.

En las Escrituras hebreas, el profeta Miqueas proporciona la respuesta a la pregunta inmediata de lo que Dios requiere. Escribió, «Hombre, él te ha declarado lo que es bueno, lo que pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8). Estas son instrucciones directas para aquellos que genuinamente buscan una relación con Dios.

¿Te puedo ayudar?

Como lo indicó Miqueas, las bendiciones y protección de Dios están disponibles para aquellos que demuestran justicia, generosidad y humildad hacia su prójimo. A pesar de que vemos muy pocos ejemplos de ese tipo de conducta moral elevada, de vez en cuando hay quienes actúan desinteresadamente para corregir un error o extender una bondad para levantar a otros.

A finales de febrero y comienzos de marzo de este año, fuertes lluvias inundaron partes de Zimbabue, la republica de Sudáfrica y Mozambique. Tan solo en el empobrecido país de Mozambique, se estima que un millón de personas se vieron desplazadas cuando el río Limpopo inundó sus riveras.

Los equipos de rescate sudafricanos trabajaron incansablemente, a menudo en peligro de sus propias vidas, para salvar a los que podrían rescatados. Uno de los esfuerzos reportados más dramáticos, fue el rescate de Sofía y Rositha Pedro—una madre y su hija recién nacida. La joven era parte de una docena de personas que habían buscado refugio en un árbol tres días antes, cuando las crecientes aguas de la inundación los obligaron a abandonar sus hogares. El rescate se produjo aproximadamente una hora después de que Rositha naciera en ese árbol, pero primero un paramédico de la Fuerza de Defensa de Sudáfrica tuvo que ser traído del campamento base y ser atado al árbol en helicóptero para cortar el cordón umbilical.

Otras naciones también brindaron apoyo en los esfuerzos de rescate, y muchos, incluidos Gran Bretaña, Alemania, los Países Bajos, Noruega, España y los Estados Unidos, están brindando apoyo para los esfuerzos de socorro en curso.

Hay una serie de aspectos notables en esta historia a la luz de las palabras instructivas de Miqueas. Primero, la humildad que permite que las personas olviden las fronteras nacionales, las diferencias raciales y quizás los prejuicios personales o nacionales para ayudar a otros en su momento de necesidad. En segundo lugar está la benevolencia que permite a las personas darse a sí mismas por aquellos que no tienen la capacidad previsible de devolver la bondad. El tercero es el respeto por el valor de la vida de otra persona, incluso a riesgo de perder la propia. Tal enfoque es el comienzo de la comprensión de dónde encajamos en el plan de Dios para Su creación.

Para poder actuar con justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante nuestro Creador, tenemos que estar dispuestos a dar de nosotros mismos hacia los demás. Con ese talante— uno en el que vemos a los demás como iguales en importancia o de mayor importancia que nosotros mismos— somos liberados de la ira, la malicia y el deseo de venganza, y tenemos el comienzo de una perspectiva adecuada de nosotros mismos.

«No busquéis vuestro propio provecho, sino el de los demás».

FILIPENSES 2:4

Imagínese qué mundo tan diferente sería si los principios abordados por Pablo en los primeros versículos de Filipenses 2 sea aplicaran constantemente y, en particular, dentro de cualquier área que involucrara la violencia e intolerancia. Pablo escribió: «Nada hagáis por rivalidad o por vanidad; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo. No busquéis vuestro propio provecho, sino el de los demás» (verses 3–4).

Aplicar estos principios no es fácil. Sin embargo, Dios nos ayudará aquí también si lo queremos y lo solicitamos. Es posible expresar el amor de Dios hacia nuestros semejantes. Es posible actuar justamente el uno hacia el otro, y también es posible caminar humildemente con nuestro Dios, no solo con respecto a nuestros semejantes, sino también con respecto a él.

CONOCIENDO NUESTRO LUGAR

Hace tres mil años, el rey David de Israel se dirigió a nuestra posición con respecto a la de nuestro Creador. Dijo: «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?» (Salmos 8:3–4).

Mirando el cielo nocturno sin ayuda de los poderosos telescopios que usamos hoy, David se sintió conmovido por la magnificencia de lo que vio. Nuestra amplia capacidad de ver debería producir una mayor humildad y ayudarnos a fijar apropiadamente nuestra posición dentro de la creación de Dios. Si lo hacemos, no nos lo tomaremos demasiado en serio, como ha testificado Job.

En medio de una titánica lucha personal con la pérdida y la desesperación, Job habló sobre Dios sin una comprensión real. La respuesta de Dios fue cuestionar a Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¡Házmelo saber, si tienes inteligencia! ¿Quién dispuso sus medidas, si es que lo sabes? ¿O quién tendió sobre ella la cuerda de medir? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan juntas todas las estrellas del alba y se regocijaban todos los hijos de Dios?» (Job 38:4–7).

Careciendo de respuestas, Job admitió su insignificancia ante Dios. «Yo reconozco que todo lo puedes», dijo, «y que no hay pensamiento que te sea oculto. . . . Así hablaba yo, y nada entendía; eran cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. . . . De oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven. Por eso me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:2–6).

A pesar del hecho de que la humildad es el camino a seguir, y a pesar de sus beneficios terapéuticos para todos nosotros, la humildad verdadera no es algo que los humanos experimentamos muy a menudo.

Job había situado su lugar en el orden de las cosas. El sentido de su propia insignificancia ante Dios le dio un marco para su vida— al igual que el reconocimiento de nuestra propia insignificancia ante Dios puede hacer por nosotros. A pesar del hecho de que la humildad es el camino a seguir, y a pesar de sus beneficios terapéuticos para todos nosotros, la humildad verdadera no es algo que los humanos experimentamos muy a menudo.

Sin embargo, cuando lo hacemos, podemos llegar al tipo de paz mental que tenía el apóstol Pablo cuando escribió: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:11–13). La humildad de Pablo le permitió expresar una confianza genuina en el control de Dios sobre la creación, incluida la vida humana, sin importar las circunstancias.

un cambio de corazÓn

Si sabemos que Dios existe y que se preocupa por nosotros, y sabemos lo que él requiere de nosotros, pero no lo hacemos, la paz mental nos eludirá. Sin una relación adecuada con él, el vacío en el espíritu humano, el cual es responsable de tanta ansiedad y angustia, se queda sin llenar. Una relación adecuada con Dios requiere que nuestra forma de vida se ajuste a la suya. Cuando no es así, la Biblia dice que estamos en un estado de pecado. Y nuestros pecados actúan como una barrera entre Dios y nosotros.

Isaías 59:1–2 nos dice “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha endurecido su oído para oír; pero vuestras iniquidades (tu anarquía) han hecho división entre vosotros y vuestro Dios y vuestros pecados han hecho que oculte de vosotros su rostro para no oíros” (RV 1995). Nuestros pecados—es decir, vivir de una manera contraria a las enseñanzas de Dios—provocan que nos dé la espalda.

Así que, ¿Cuál es la respuesta a este dilema? ¿Existe alguna manera de volver al agrado de Dios? Este mismo libro de Isaías da la respuesta en el capítulo 1, donde dice: «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (versículo 18).

Dios nos pide que analicemos nuestras vidas a la luz de su ley. Ese tipo de razonamiento debería producir una tristeza profunda en nosotros, porque llegamos a vernos a nosotros mismos y a nuestras acciones desde su perspectiva. Más que el mero remordimiento, el pesar genuino de Dios debería producir un cambio completo de nuestra parte para que comencemos a vivir en armonía con sus enseñanzas e instrucciones.

Cuando decidimos cambiar, Dios puede darse así por nosotros y actuar en nuestro nombre. La Biblia llama a este proceso arrepentimiento, y es necesario si vamos a hacer uso del perdón disponible a través de Jesucristo. El arrepentimiento y el perdón se encuentran al comienzo del camino a la paz mental. El profeta Isaías escribió que Dios «guardará en completa paz, a aquel cuyo pensamiento en ti [Dios] persevera, porque en ti ha confiado» (Isaías 26:3).

la paz que trasciende

Aprender a confiar en Dios implícitamente para todo es una de las grandes lecciones de la vida, y puede llevar toda una vida en lograrlo. Los linemientos que seguimos están incorporados en los Diez Mandamientos amplificados por las enseñanzas de Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Mateo 5, 6 y 7). Este es un bosquejo, no de religión sino de una forma de vida. Más que un chupete filosófico una vez a la semana, nos muestra cómo debemos hacer negocios, cómo tratar a nuestros cónyuges y criar a nuestros hijos, y cómo tratar a los compañeros de trabajo, empleadores y vecinos. Nos muestra cómo lidiar con todo lo que la vida nos arroja, incluidos los traumas inevitables.

Si creemos que Dios se preocupa profundamente por nosotros, y que está dispuesto a usar su gran poder para intervenir en nuestro beneficio cuando ve en nosotros una voluntad de conformar nuestras vidas a la suya sobre la base de esa creencia, podemos tener la paz mental que desafía la explicación humana ordinaria y trasciende todo entendimiento humano, porque proviene de Dios.

El apóstol Pablo escribió lo siguiente: «Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6–7, RV 1995).

Este es su camino a un espíritu tranquilo, a una mente libre de preocupaciones problemáticas.