Los cinco libros de Salmos

El libro Salmos, con sus diversos temas que se adaptan a una gran variedad de situaciones humanas, tiene por objeto servir de acompañamiento a la vida cotidiana, con sus altibajos, sus pruebas y dificultades.

Muchos recurren al libro Salmos en momentos de desesperación, en busca de consuelo y orientación. Algunos de los salmos son mucho más conocidos que otros, tal vez porque —a lo largo de los años— han sido identificados como los que dan especial aliento y esperanza en los momentos más oscuros. Por eso, dentro de cada uno de los cinco libros distintos que componen la colección completa, han surgido algunos favoritos. Es en algunos de estos en los que nos centraremos en esta oportunidad.

Por lo general, fuera de los dos salmos introductorios acerca del carácter de la persona piadosa y del gobierno venidero de Dios en la tierra, el primer libro y gran parte del segundo se atribuyen a David, rey de Israel. De esta manera, la colección entera comienza con un punto en el tiempo en el que el monarca temeroso de Dios más importante de la historia de Israel expresa su personalidad, su carácter y su amor a Dios. 

«Los salmos ofrecen expresiones de alabanza y oración que, a lo largo de las generaciones, se han revelado recurrentemente conmovedoras y pertinentes para el flujo y reflujo de la vida humana».

Walter Brueggemann, From Whom No Secrets Are Hid: Introducing the Psalms

El primer libro

El primer libro (comprendido entre los salmos 1 al 41) contiene varios salmos que han sido objeto de atención especial. Entre ellos, el salmo 8, un himno a la creación, con su descripción del lugar privilegiado de la humanidad en el universo. En él se pregunta: «¿Qué es el hombre, para que en él pienses?» (versículo 4). Hay otros tres salmos sobre la creación (el 19 y el 65 en el primer libro y el 104 en el cuarto libro). Los tres se introducen como recordatorios del poder de Dios y su soberanía absoluta.

El salmo 8 es, además, un salmo mesiánico. ¿Qué hace que un salmo sea mesiánico? Obviamente, en primera instancia, el hecho de que en el Nuevo Testamento su contenido se relaciona con la vida de Jesús y es mencionado por Cristo mismo o por otros. Los salmos mesiánicos también pueden relacionarse con algún aspecto del prometido regreso de Jesús.

Anticipando al Mesías

En una aparición posterior a la resurrección, Jesús les dijo a sus discípulos que las Escrituras hebreas a menudo lo habían señalado: «Cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24:44). 

La referencia a «los salmos» es la abreviatura de la tercera división de las Escrituras hebreas conocida como «Los escritos», de los cuales Salmos constituye el primer libro. 

Tradicionalmente, se han considerado mesiánicos catorce salmos, a saber: 2, 8, 16, 22, 40, 45, 68, 69, 72, 89, 109, 110, 118 y 132. Aquí solo analizaremos cuatro de estas composiciones.

El salmo 2 habla de Dios estableciendo su reino a través de su Hijo y rey escogido. Aunque los reyes humanos pueden oponerse a los ungidos de Dios, serán derrotados. Los primeros seguidores de Cristo vieron esto cumplido en la crucifixión de Jesús por los romanos en concierto con las autoridades religiosas y seculares judías, y en su posterior triunfo sobre la muerte (Hechos 2:27-28). Su resurrección inmediata fue conectada por el apóstol Pedro (Hechos 2:22-32) con el salmo 16, que concluye diciendo: «Por eso mi corazón se alegra, y se regocijan mis entrañas; todo mi ser se llena de confianza. No dejarás que mi vida termine en el sepulcro; no permitirás que sufra corrupción tu siervo fiel» (salmo 16:9-10).

Jesús mismo gritó con fuerza las primeras palabras del salmo 22, cuando estuvo a punto de morir en la estaca de la crucifixión: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?») (Mateo 27:46). El ultraje a Jesús por parte de los ladrones crucificados con Él y de la multitud de espectadores (Mateo 27:43) constituye el cumplimiento del salmo 22:8: «Este confía en el Señor, ¡pues que el Señor lo ponga a salvo! Ya que en él se deleita, ¡que sea él quien lo libre!».

Finalmente, la descendencia sacerdotal de Cristo de la línea de Melquisedec se explica en Hebreos 5:6, 10 y 7:17, 21. El libro Salmos había predicho durante mucho tiempo esta identificación: ֿ«El Señor ha jurado y no cambiará de parecer: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”» (salmo 110:4).

El salmo 15 define el carácter y el comportamiento humano piadoso. Pregunta: «¿Quién, Señor, puede habitar en tu santuario? ¿Quién puede vivir en tu santo monte?». Debido a la respuesta definitiva, los sabios judíos dicen que, en sus pocos y breves versículos, este salmo resume los 613 aspectos de la ley (según ellos los cuentan). 

Otro salmo bien conocido ayuda a todos los que son traicionados y se sienten aislados; el salmo 22 se refiere, además, al sufrimiento final del Mesías, haciéndolo poderosamente conmovedor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

El salmo 23, el más popular de todos, ofrece palabras reconfortantes acerca del cuidado y la preocupación de Dios por todos los que se sienten agobiados: «El Señor es mi pastor, nada me falta». Y a aquel cuya vida se ver perturbada por el aparente éxito de los impíos —lo cual le causa decepción y angustia— lo anima diciéndole: «Guarda silencio ante el Señor, y espera en él con paciencia», porque llegará el día en que «los malvados dejarán de existir» (37:7, 10).

«Como habremos de ver, los salmos son una galería de retratos verbales de Dios, en el sentido de que muchos de ellos nos proporcionan una imagen imponente de Dios».

Tremper Longman III, Psalms: An Introduction and Commentary

El segundo libro

El segundo libro (42–72) comienza con dos salmos considerados por algunos como una meditación continua. Esto forma parte de una secuencia de composiciones (42-49; 84-85; 87-88) atribuidas a los hijos de Coré, músicos de la tribu de Leví que se encargaban de la adoración comunitaria. 

En el comienzo del segundo libro el énfasis se pone en el anhelo del seguidor de Dios de acudir a su presencia. En épocas anteriores, este encuentro con Dios podía darse durante las fiestas anuales de los días santos en Jerusalén: «yo solía ir con la multitud, y la conducía a la casa de Dios. Entre voces de alegría y acciones de gracias hacíamos gran celebración» (42:4).

Desde el principio, el libro también registra la súplica por ayuda contra los impíos: «¡Hazme justicia, oh Dios! Defiende mi causa frente a esta nación impía; líbrame de gente mentirosa y perversa» (43:1). La experiencia de tener que lidiar con la conducta de los impíos aparece a menudo en los salmos. Forma parte de la condición humana, causando una profunda tristeza. Se necesita la ayuda de Dios: «¿Por qué debo andar de luto y oprimido por el enemigo? Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen a tu monte santo» (43:2c–3). 

La historia de Israel como pueblo con el que Dios eligió trabajar de manera especial es el telón de fondo de la opresión que sentían cuando sus enemigos parecían triunfar: «Pero ahora nos has rechazado y humillado»; «Levántate, ven a ayudarnos, y por tu gran amor, ¡rescátanos» (44:1, 9, 26). Y la centralidad de Sion, como el lugar que Dios favoreció para llevar a cabo su propósito, se menciona con frecuencia en las colecciones de los coreítas: Con respecto a «la ciudad de Dios, la santa habitación del Altísimo», aprendemos que «Dios está en ella, la ciudad no caerá» (46:4-5); y «Grande es el Señor, y digno de suprema alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su monte santo, bella colina… el monte Sion» (48:1–2).

El salmo 50 es el primero de varios atribuidos a Asaf, otro de los músicos del templo del rey David. Es un salmo expansivo que habla de la majestad de Dios: Él «resplandece» desde Sion. Este salmo también muestra que Dios separa a los justos de los injustos según la respuesta de ellos a su enseñanza (versículos 2, 22-23). Constituye más evidencia del tema general mencionado en el salmo 1–el de las características de los piadosos en contraposición a las de los impíos.

Otro salmo favorito sigue y se asocia con el triste estado de ánimo de David después de su infame adulterio con Betsabé. Incluso si la atribución posterior a David fuera incorrecta, el salmo tiene mucho que decirnos acerca de una actitud arrepentida ante Dios. La admisión «Contra ti he pecado, solo contra ti» es una que todos debemos hacer para llegar a entender dónde estamos «ubicados» con respecto a Dios cuando pecamos. La verdad es que una relación correcta con él depende de entender que «el sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido» (51:4, 17).

La mayoría de los salmos restantes registrados en el segundo libro son atribuidos (por el editor o los editores de las Escrituras) a David; y, según sus epígrafes, muchos de ellos están vinculados a incidentes en su vida. Dado lo que sabemos a través de las historias bíblicas de Israel relacionadas con el rey, tales conexiones son bastante creíbles.

El segundo libro termina con un salmo atribuido al hijo de David, Salomón. Tal vez esto sea apropiado desde la perspectiva de un editor final, ya que estamos al final de esta colección independiente de salmos asignados a David. 

Si bien el contenido del salmo podría describir el éxito y la prosperidad del reino de Israel bajo el heredero de David, también puede interpretarse como un himno al Mesías y su reino venidero en la tierra: un tiempo de paz universal, abundancia y justicia. Su alabanza final está dirigida a este Dios: «Bendito sea Dios el Señor, el Dios de Israel, el único que hace obras portentosas. Bendito sea por siempre su glorioso nombre; ¡que toda la tierra se llene de su gloria!» (72:18–19). 

El versículo final marca decisivamente la conclusión de esta sección: «Aquí terminan las oraciones de David, hijo de Isaí» (72:20). 

«Los himnos de alabanza no son muy frecuentes al comienzo del libro, pero a medida que uno sigue leyendo, encuentra más y más de ellos. Es como que cuanto más uno ora, más se da cuenta de la bondad de Dios».

Gordon Wenham, The Psalter Reclaimed: Praying and Praising With the Psalms

El tercer libro

El tercer libro (73–89) revela otras once obras atribuidas a Asaf (73–83). Aquí la atención gira en torno al individuo como parte del pueblo de Israel, unido a Dios por un pacto. Tal como los dos primeros libros se abrieron exponiendo dos formas de vida, piadosa e impía, el tercer libro comienza delineando dos objetivos opuestos: ganar el mundo o ganar la vida verdadera. Reflexionando de nuevo sobre por qué prosperan los malvados, el escritor ahora se ha vuelto envidioso de su éxito y casi se ha persuadido de adoptar sus maneras (73:3-8).

Es solo cuando visita el santuario de Dios y adopta un punto de vista piadoso que comienza a ver claramente de nuevo, reconociendo su amargura, necedad e ignorancia (versículos 17, 21-22). 

Pero en 586 a. C., muchos años después de Asaf, los babilonios destruyeron el santuario de Jerusalén. Dado que los salmos 74 y 79 describen ese saqueo, obviamente han de haberse agregado más tarde a la colección de los asafitas. 

Esto constituye una muestra de cómo un editor organiza ciertos salmos de acuerdo con un diseño general, a pesar de que esos salmos provengan de un período diferente, en este caso, de después del exilio, cuando los cautivos, mirando hacia atrás, contemplaban lo que había sucedido: «Oh Dios, los pueblos paganos han invadido tu herencia; han profanado tu santo templo, han dejado en ruinas a Jerusalén» (79:1).

El extenso salmo 78 da cuenta de la historia de Israel con la intención de despertar la memoria comunitaria del Éxodo, los años de desierto y la entrada en la tierra prometida. A pesar de la rebelión, la ingratitud y la apostasía de Israel, Dios se muestra como defensor de su pueblo y promotor de Judá y David sobre la casa de José, con el Monte Sion como ubicación del templo y Jerusalén como capital.

Los salmos 84, 85 y 87 provienen de la colección coreíta y son paralelos a los salmos 42–43, 44 y 46–48. Hablan, respectivamente, sobre anhelar el tabernáculo del Señor; y expresan tanto el lamento nacional como el amor por Sion. Un solo salmo con atribución a David (86) se incluye en el tercer libro. Aquí él invoca personalmente las misericordias de Dios. Esto sin duda fue hecho por diseño para crear una introducción a la reaparición del rey en el salmo 89.

El libro termina con salmos de dos ezraítas, hombres de los que se sabe poco: Hemán (88) y Etán (89). El salmo 88 expresa el mismo tipo de angustia del que se habla en el salmo 86, donde Dios finalmente proporciona rescate. Pero aquí, Hemán no puede encontrar ayuda en su dificultad, que sigue sin resolverse. Hay momentos en que Dios no responde y se requiere paciencia. El salmo 89, la conclusión del tercer libro, es una afirmación de la bondad, misericordia y fidelidad de Dios, y su bondad a largo plazo para con David y su dinastía: «Oh SEÑOR, por siempre cantaré la grandeza de tu amor» (versículo 1). Aunque habrá un retiro temporal de las bendiciones y de la relación de pacto debido a la infidelidad, hay esperanza en las promesas fieles de Dios: «¡Bendito sea el Señor por siempre! Amén y amén» (versículos 3–4, 30–52).

De entre los numerosos rollos descubiertos en cuevas sobre la costa noroeste del Mar Muerto entre 1946 y 1956, el rollo de los grandes salmos es uno de los mejor conservados. Data de la primera mitad del siglo I d.C.

El cuarto libro

El cuarto libro es el más breve, con 17 salmos. Comienza recordando al gran líder de Israel, Moisés. Atribuido a él, el salmo 90 es como el cantar de Moisés registrado en Deuteronomio 31-32. Después de la tristeza del salmo 88 y su final no resuelto, este salmo pone la debilidad humana en el contexto de la eternidad de Dios. 

Entendiendo que la fragilidad humana no tiene por qué ser una condición permanente, este salmo da una perspectiva sobre la vida y el sufrimiento y la necesidad de confiar en Dios: «Desde antes que nacieran los montes y que crearas la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, tú eres Dios. Tú haces que los hombres vuelvan al polvo, cuando dices: “¡Vuélvanse al polvo, mortales!”. Mil años, para ti, son como el día de ayer, que ya pasó; son como unas cuantas horas de la noche». Esta fragilidad es la razón para buscar la ayuda y la misericordia de Dios: «Que el favor del Señor nuestro Dios esté sobre nosotros. Confirma en nosotros la obra de nuestras manos; sí, confirma la obra de nuestras manos» (90:2–4, 17). 

«El contramundo de los salmos contradice nuestro mundo de autosuficiencia celosamente guardado, al mediar ante nosotros un mundo confiado en la opción preferencial de Dios por los que le invocan en su dependencia extrema».

Walter Brueggemann, From Whom No Secrets Are Hid: Introducing the Psalms

En un salmo sucesivo para cantarse en sábado, hay siete apariciones del nombre Jehová [en algunas versiones traducido como SEÑOR]. Esto conecta, quizás, con el establecimiento del séptimo día de la Creación como el día de descanso, acompañado de acción de gracias. En consecuencia, «¡Cuán bueno, SEÑOR, es darte gracias y entonar, oh Altísimo, salmos a tu nombre; proclamar tu gran amor por la mañana, y tu fidelidad por la noche» (92:1–2).

Los salmos 93 y 95–99 están asociados con la realeza o entronización de Dios. Tratan sobre Dios como Creador, Juez y Vencedor.

Un solo salmo de David (101) se refiere a la eliminación de los malhechores de Sion e introduce el siguiente, donde se menciona nuevamente la destrucción de Jerusalén. Los exiliados anhelan ansiosamente el restablecimiento de la ciudad: «Te levantarás y tendrás piedad de Sion, pues ya es tiempo de que la compadezcas. ¡Ha llegado el momento señalado!» (102:13).

Dos salmos, de contenido histórico (105-106), siguen. Se refieren al pacto abrahámico de la tierra prometida —todavía vigente para los exiliados que habían regresado a Jerusalén— y a un recuento de los acontecimientos del Éxodo y la razón del exilio posterior, que muestran cómo la misericordia de Dios finalmente prevalecerá: «Hizo que todos sus opresores también se apiadaran de ellos. Sálvanos, Señor, Dios nuestro; vuelve a reunirnos de entre las naciones, para que demos gracias a tu santo nombre y orgullosos te alabemos» (106:46-47).

El cuarto libro llega a su fin con otra forma de doxología o alabanza: «¡Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, eternamente y para siempre! ¡Que todo el pueblo diga: “Amén”! ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!» (versículo 48).

El quinto libro

El quinto libro (107-150) demuestra una compleja organización que rinde homenaje a los editores finales de toda la colección. Podemos pensar en este último libro como tres secciones interrelacionadas: 

  •  107–119, que en la tradición judía incluye lo que se conoce como el Halel egipcio o alabanza. Este se lee alrededor del tiempo de la Pascua —recordando el Éxodo de Egipto— y comprende los salmos 113-118. ⦁    120–134, llamados los Cánticos de los peregrinos [Cánticos graduales o Cánticos para los peregrinos que suben a Jerusalén]. Si bien hay cierto debate, esta colección se relaciona, a lo mejor, con subir a Jerusalén para las temporadas anuales del día santo. ⦁    135–150, que incluye la colección conocida como el Halel pequeño de las canciones finales de alabanza (146–150). 

Dentro de esta estructura general, hay evidencia adicional de un intrincado diseño editorial final de las dos secciones exteriores.

  •  Los patrones alfabéticos hebreos (acrósticos) en los salmos 111 y 112 introducen el Halel egipcio. Son paralelos al salmo 145, que también está organizado de acuerdo con un acróstico alfabético hebreo e introduce la sección final de aleluya (146-150) con el epígrafe «Salmo de alabanza. De David».  ⦁    Los salmos 108–110 y 138–145 se atribuyen a David y preceden a la porción de alabanza de ambas secciones.  ⦁    Los salmos 107 y 137 se refieren al cautiverio babilónico y al regreso de los exiliados. 

Este diseño paralelo deliberado puede ampliarse en dos direcciones considerando los salmos históricos que preceden a las dos secciones. Al final del cuarto libro vimos que los salmos 105 y 106 discurren sobre la historia de Israel desde Abraham hasta su asentamiento en la tierra, y desde el Éxodo hasta el exilio, respectivamente. El salmo 106 termina con una oración para que Dios libere a los cautivos de las naciones donde han sido llevados. Esto conduce al salmo 107, que comienza con gratitud por dicha liberación. La tercera sección del quinto libro comienza con los otros dos únicos salmos históricos del libro: 135 y 136. Este último se abre con las mismas palabras utilizadas en los salmos 105 y 106; «Den gracias al Señor, porque él es bueno». El salmo 137 contempla el pasado en cautiverio desde el punto de vista de la liberación.

Pero, ¿qué pasa con el archiconocido y popular salmo 119, el más largo, con 176 versículos? No solo los salmos están en el centro de la Biblia, sino que el salmo 119, en alabanza a la ley de Dios, presenta la colección central de los Cánticos de los peregrinos del quinto libro. ¿Tiene un paralelo? El único otro salmo con el tema de la ley de Dios es el salmo 1, y esto nos proporciona una respuesta. Al igual que el salmo 119, comienza con la palabra Dichoso [Bienaventurado]. Y con el salmo 1 como la composición final correspondiente, el lector o adorador es dirigido de regreso al comienzo del libro, listo para comenzar un nuevo ciclo anual, algo que los exiliados que regresaron pueden haber sido alentados a hacer a medida que se restablecían en la tierra, con el templo reconstruido y una liturgia renovada.

Ver los salmos como un todo

El libro Salmos está destinado a ser leído como una obra completa. Tiene muchos temas y tipos de salmos, que se adaptan a una gran variedad de situaciones humanas. Sirve de acompañamiento a la vida cotidiana, con sus altibajos, sus pruebas y dificultades. Como cierto escritor dijera, [este libro] es «una pequeña Biblia», un resumen de todo lo que compone la vida a medida que los humanos progresan hacia la salvación de Dios. 

Cualquiera de los cinco salmos de alabanza que completan el libro proporcionaría una conclusión adecuada a esta visión general. El que introduce el final (salmo 146) nos recuerda quiénes somos, dónde nos encontramos actualmente y en quién debemos confiar:

«¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Alaba, alma mía, al Señor. Alabaré al Señor toda mi vida; mientras haya aliento en mí, cantaré salmos a mi Dios. No pongan su confianza en gente poderosa, en simples mortales, que no pueden salvar. Exhalan el espíritu y vuelven al polvo, y ese mismo día se desbaratan sus planes. Dichoso aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Señor su Dios, creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo cuanto hay en ellos, y que siempre mantiene la verdad. El Señor hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos. ¡Oh Sion, que el Señor reine para siempre! ¡Que tu Dios reine por todas las generaciones! ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!».

El libro Salmos concluye con Israel en un entorno postexílico. Liberados del cautiverio babilónico, los repatriados a Jerusalén se reunieron para establecer una sociedad renovada con Dios como su centro. 

En la parte final de esta serie, examinaremos el libro restante en los Escritos, el libro histórico y profético de Daniel. Desde su apertura en Babilonia hasta la llegada de los persas, luego los griegos y finalmente los romanos, Daniel constituye un puente en el período comprendido entre el Antiguo Testamento y el Nuevo y mucho más allá.