Violencia Familiar

En un mundo en que el estrés diario en el trabajo o la escuela en ocasiones puede parecer abrumador, y las influencias externas están en constante cambio, se espera que el hogar, el corazón y la familia permanezcan firmes, como un refugio sereno y acogedor. Se dice que el hogar es donde está el corazón.

Lamentablemente para muchos, el hogar puede ser cualquier cosa menos un refugio seguro. Hombres y mujeres por igual pueden encontrar que su hogar es un feroz campo de batalla. Para los hijos puede ser el lugar en donde son más vulnerables a la agresión, el maltrato y las privaciones, irónicamente, justo en las manos de quienes tienen el deber de protegerlos y alimentarlos. Incluso los ancianos pueden tener razones para temerles a quienes deberían ser sus cuidadores.

«La violencia familiar no es un fenómeno nuevo; probablemente ha existido desde el principio de los tiempos; sin embargo, sólo en los tiempos modernos las sociedades han comenzado a reconocer la violencia contra miembros de la familia como un problema social».

Ola Barnett, Cindy L. Miller-Perrin, Family Violence Across the Lifespan (2005)

Los humanos somos seres muy sociables: todas nuestras necesidades básicas dependen de alguna manera de las relaciones, especialmente con quienes nos crían desde el momento de nacer. El cerebro humano se desarrolla de tal manera que nuestros sistemas de respuesta al estrés están íntimamente conectados a los sistemas que interpretan los estados de ánimo y las acciones de quienes nos rodean. Cuando los indicios sociales nos dicen que es tranquilo y seguro estar cerca de otros, nuestro propio estado fisiológico se regula en consecuencia y relajamos nuestro estado de alerta. Por otro lado, cuando percibimos amenazas o emociones negativas, respondemos poniéndonos en alerta.

No es posible mantener un estado de tensión por tiempo indefinido sin sufrir graves consecuencias mentales y físicas. Los periodos prolongados o repetidos del llamado estado de hiperalerta pueden provocar cambios en el sistema nervioso que son muy difíciles de revertir. Por lo tanto, resulta bastante incomprensible que cualquier ser humano pueda sentirse forzado a afligir o abusar de otro, pero es particularmente difícil comprender tal inhumanidad cuando esto ocurre entre quienes por lógica comparten necesidades, metas y valores similares dentro del grupo más fundamental en una sociedad: la familia.

Sin embargo, por desgracia, la violencia familiar es muy común, probablemente por el simple hecho de que las familias pasan demasiado tiempo juntas y tienen demasiados lazos emocionales (y, por lo tanto, comparten posibles factores emocionales estresantes). No obstante, es por estas mismas razones y por el hecho de que nuestra familia afecta nuestro potencial como seres humanos de una manera tan fundamental, que la violencia familiar puede ser la forma más dañina de violencia que los seres humanos podamos encontrar.

¿Qué saben los investigadores acerca de este problema y de los factores que provocan que las familias recurran a comportamientos dañinos y autodestructivos? ¿Cómo pueden las comunidades ayudar a que las familias reemplacen las relaciones violentas por relaciones sanas?

EL ALCANCE DEL PROBLEMA

El trato inhumano que reciben los miembros de una familia por parte de sus parientes más cercanos (quienes, por encima de cualquier otra persona, deberían ser sus protectores y aliados) no es un fenómeno nuevo ni poco común, y ninguna sociedad es inmune a él. En su mayor parte escondida e históricamente no penalizada, la violencia familiar puede tomar la forma de violencia de pareja, maltrato infantil, intimidación entre hermanos o maltrato a adultos mayores. (Encontrará un análisis sobre este último tema en «Un Doloroso Secreto»). Además de la brutalidad física, los investigadores a menudo amplían el término para abarcar formas no físicas de maltrato, tales como la negligencia o el maltrato psicológico, aunque existe cierto debate sobre qué tanto puede aplicarse efectivamente la definición.

Por ejemplo, en su libro Family Violence Across the Lifespan [La Violencia Familiar en la Vida], Ola Barnett, Cindy L. Miller-Perrin y Robert D. Perrin, de la Universidad de Pepperdine, señalan que prácticamente todos los niños han empujado o golpeado ocasionalmente a un hermano. Por lo tanto, si toda esa agresión se definiera como violencia familiar, el término se volvería casi absurdo. Por otro lado, algunas formas de maltrato psicológico que no causan heridas físicas manifiestas pueden tener consecuencias humanas sutiles, pero graves. Así, los investigadores concluyen que «necesitamos una definición de violencia familiar que sea lo suficientemente estrecha como para evitar etiquetar a cada familia potencialmente violenta, y lo suficientemente amplia para incluir el concepto de violencia no física».

«La mayor parte de la violencia familia ocurre a puertas cerradas. A menudo se esconde, pasa desapercibida o se ignora».

Ola Barnett, Cindy L. Miller-Perrin, Family Violence Across the Lifespan (2005)

Por complicado que pueda ser definir el término, se ha comprobado que es igualmente difícil medir la prevalencia de la violencia familiar como un problema social. La razón más obvia es que la mayor parte de la violencia familiar ocurre en la privacidad del hogar y que sólo se reporta un pequeño porcentaje de sucesos, que suelen ser los incidentes más trágicos, es decir, aquéllos que resultan en heridas graves o la muerte. Incluso entonces, algunas víctimas pueden clasificarse en los registros oficiales bajo categorías penales que no se toman en cuenta al calcular las estadísticas nacionales e internacionales de violencia.

Y para complicar más esta cuestión tenemos el hecho de que, en algunos países, muchos actos de violencia ocurridos entre familiares aún no se consideran como delitos. Por ejemplo, un estudio publicado por la ONU en 2006 reportó que «al menos 102 de los 192 Estados Miembro no tienen sanciones legales específicas contra la violencia doméstica, y la violación conyugal no es un delito que pueda ser objeto de acción penal en 53 países». Incluso en los Estados Unidos, apenas en los años setenta los criminalistas empezaron a categorizar ciertos actos de violencia familiar como delitos (como la violación conyugal).

Por todas estas razones y más se considera ampliamente que las estadísticas de violencia familiar publicadas por diversas fuentes gubernamentales son cálculos demasiado bajos. Barnett y sus coautores lo consideran «un problema multidimensional tan complejo que ninguna serie de cifras o estadísticas puede capturar adecuadamente el fenómeno». Desde su punto de vista, «el riesgo de victimización y lesión, al menos para mujeres y niños, es probablemente mayor en su hogar que en las calles más peligrosas de la ciudad».

A pesar de que es tentador creer que los efectos perjudiciales de la violencia familiar se limitan a la víctima, ciertamente no es el caso. Por ejemplo, en un estudio realizado en 2008, Kate van Heugten y Elizabeth Wilson, investigadoras de la Universidad de Canterbury, señalaron que los niños que frecuentemente son testigos de violencia entre sus cuidadores corren un mayor riesgo de presentar problemas de salud mental, como depresión, ansiedad y el síndrome de estrés postraumático: «También prevalecen más las adicciones y los intentos de suicidio, así como los problemas de comportamiento, incluyendo el ausentismo escolar». Además, señalan que los investigadores han encontrado índices más altos de agresión juvenil y comportamiento criminal entre los adolescentes que han sido expuestos a la violencia parental.

El comportamiento agresivo del que son testigos estos niños no sólo los coloca en mayor riesgo de cometer violencia, sino que Eve Buzawa, profesora y jefa del Departamento de Criminalística de la Universidad de Massachusetts-Lowell, agrega que también aumenta su riesgo de convertirse en víctimas de violencia por parte de sus hermanos. Asimismo, Buzawa explica que los índices de maltrato físico y negligencia entre niños expuestos a violencia parental alcanzan «hasta 15 veces el promedio nacional».

Por supuesto, la capacidad individual de resiliencia que tienen los niños afecta la manera en que reaccionarán a la violencia que observan y experimentan, pues no todos los niños expuestos a violencia se vuelven violentos (consulte «¿Quién soy? La Interrogante a la Violencia Juvenil») La mayor parte de la violencia familia ocurre a puertas cerradas. A menudo se esconde, pasa desapercibida o se ignora», pero así como la familia extendida puede fortalecer los factores de protección que conducen a la resiliencia en los niños expuestos a violencia familiar, de igual manera la tolerancia a la violencia que tiene la comunidad a su alrededor (incluyendo los medios de comunicación) juega un papel importante en cuán negativamente se ven afectados los niños que sufren violencia en el hogar. Como expresó Miller-Perrin a Visión, «como cultura, necesitamos trabajar para aceptar menos las diferentes formas de violencia [familiar]».

Ciertamente, cualquier comunidad que tolere la violencia interpersonal entre los padres coloca el escenario para que este ciclo continúe en la siguiente generación y, de acuerdo con Barnett y sus colegas de Pepperdine, algunas comunidades hacen precisamente eso. El ejemplo que citan es un caso extremo, pero señala eficazmente el punto de cuán abiertamente ―y de manera equivocada― las comunidades pueden transmitir mensajes acerca de su tolerancia a la violencia:

Raymond Kree Kirkman era un contratista de obras de 28 años de edad cuya esposa separada, Sandra, le estaba solicitando el divorcio. La historia original, publicada en la revista People el 4 de noviembre de 1985, describe al residente de Enumclaw, Washington, como un hombre al que «se le terminaban las cosas para lanzar» y «surgía como el Rambo de la guerra doméstica». Una mañana, después de cancelar el seguro de la casa de su esposa y obtener los permisos necesarios, Kirkman y un compañero de trabajo demolieron el bungalow de tres recámaras de Sandra y todo su contenido utilizando una topadora y una retroexcavadora. Afortunadamente, Sandra y los tres hijos de la pareja no estaban en casa en ese momento.

«De la noche a la mañana, Kree Kirkman se convirtió en un héroe del movimiento machista», escribió la reportera Montgomery Brower, quien entrevistó a los vecinos del lugar acerca de la historia y comentó que «en las tabernas y otros lugares de reunión masculina de los alrededores del condado de King... el sentir se inclinaba a favor de la venganza con la topadora. “Simplemente piensan que es maravilloso, que él realmente ajustó cuentas con ella”, comentó Joan Smith, una camarera del bar Twentieth Avenue Tavern en el distrito de clase obrera de Ballard, en Seattle».

Lo que la comunidad que apoyó a Kirkman ignoraba de los noticieros fue el hecho de que Kirkman y su esposa se habían separado porque él declaró que ya no la amaba. La pareja acudió a terapia, pero Kirkman se quedó dormido durante la sesión. Aun así, cualquiera que técnicamente haya sido «el que falló» en el matrimonio, el mensaje enviado por los miembros de la comunidad que apoyó a Kirkman fue que los comportamientos y las actitudes violentas y vengativas tienen un lugar legítimo en las disputas maritales y, lamentablemente, demasiadas parejas lo creen así.

VIOLENCIA DE PAREJA

A la violencia interpersonal entre los adultos de una familia se le refirió alguna vez en la investigación como «violencia doméstica», «abuso conyugal» o «abuso de pareja»; sin embargo, se consideró necesario que hubiera un término más amplio que abarcara la violencia que ocurre entre parejas matrimoniales o separadas, ex parejas, concubinos y ex concubinos. Así, el término violencia de pareja se ha vuelto de uso general entre los investigadores, y su definición algunas veces se extiende para incluir la violencia entre personas que tienen una relación de noviazgo.

La amplitud de tales definiciones es importante, especialmente en comunidades en donde el matrimonio está en decadencia. La primera investigación sobre violencia familiar se rehusó a separar los datos relacionados con las parejas casadas de los relacionados con las parejas en concubinato. En ese tiempo se suponía que las diferencias entre los grupos eran poco probables; sin embargo, al considerar ambos grupos por separado, una investigación más reciente realizada en los Estados Unidos y Canadá señala consistentemente que la violencia de pareja prevalece de manera más significativa entre concubinos que entre parejas casadas. Un estudio llevado a cabo en 2006 entre cinco culturas de Latinoamérica arrojó resultados similares. Los autores Dallan F. Flake y Renata Forste escribieron que «si una mujer cohabita en Latinoamérica, es más probable que sea víctima de violencia que si está casada». Además, señalaron que «aunque el matrimonio es crítico para reducir el abuso entre las mujeres latinas, existe una tendencia para que la mujer cohabite en lugar de casarse. Una preocupación muy importante es que los índices de cohabitación estén aumentando en todos los países de Latinoamérica, pues ello significa que cada vez más y más mujeres están corriendo inadvertidamente el riesgo de ser víctimas de violencia de pareja».

Otros factores relacionados con el aumento en el riesgo de ser víctima de violencia de pareja incluyen un menor nivel socioeconómico, las actitudes culturales que condonan la violencia del hombre contra la mujer, la exposición a la violencia parental y el no aprender desde la infancia estrategias eficaces para la resolución de problemas y el control de la ira. Las parejas involucradas en violencia de pareja tienden a comunicarse de manera más negativa que las parejas no violentas, y emplean la ira, el desprecio o la hostilidad en lugar de buscar formas de evitar las discusiones. Además, a menudo subestiman la calidad y el número de acciones positivas de su pareja.

Aunque las adicciones y la insatisfacción matrimonial se relacionan con frecuencia a la violencia de pareja, los investigadores no necesariamente los consideran factores causales. Es cierto que las adicciones pueden incrementar las probabilidades y la intensidad de la violencia en los hombres que ya de por sí son propensos a los golpes, pero el equipo de Barnett en Pepperdine encontró que «los hombres que golpean cuando están ebrios también pueden hacerlo estando sobrios, y la gran mayoría de los hombres que consumen grandes cantidades de alcohol jamás golpean a su pareja femenina». Buzawa también cita que la investigación registró que «los hombres que apoyaron la idea de golpear a su pareja, pero que rara vez consumían alcohol, tenían índices más altos de violencia [doméstica] real que aquéllos que eran bebedores empedernidos, pero que no aprobaban la violencia hacia la pareja»; no obstante, los índices más altos de golpizas se presentaron entre los hombres que apoyaban la violencia contra la mujer y que además eran bebedores empedernidos. Esto sugiere que la actitud hacia la violencia es un factor más importante que el abuso en el consumo de alcohol.

Por supuesto, las mujeres también pueden ser violentas. Las escalas de las encuestas desarrolladas para medir las tácticas empleadas por hombres y mujeres para resolver un conflicto sugieren que las mujeres son teóricamente capaces de cometer tanta violencia de pareja como los hombres, pero el tamaño, la fuerza y otras diferencias afectan naturalmente la simetría de este tipo de violencia. De acuerdo con los investigadores de Pepperdine, «las mujeres son más frecuentemente víctimas de agresión física y sexual, más frecuentemente resultan lastimadas, son más frecuentemente acosadas y son más frecuentemente asesinadas por su pareja». Además, escriben, «normalmente los estudios clínicos revelan que cuando las parejas femeninas agredidas son violentas, a menudo reaccionan a lo que se les está haciendo y no tanto son ellas quienes inician la confrontación».

Otra desigualdad que afecta la simetría de género de la violencia de pareja es el factor miedo: las mujeres registran mayores niveles de temor generado por la violencia de su pareja que los hombres. Además, el miedo de la mujer tiende a incluir la preocupación por la seguridad de los hijos y otros seres queridos, y, si piensan en el abandono, temen a las represalias o a quedarse sin hogar.

Extrañamente, a pesar de los muchos obstáculos que enfrentan las mujeres que son víctimas de violencia de pareja, es posible que los amigos, la familia extendida e incluso las autoridades no aprecien del todo las barreras que percibe la víctima (así como las reales) para deshacer los lazos que la unen al abusador. Aun cuando tienen la voluntad, a menudo las autoridades no son capaces de proteger adecuadamente a las mujeres y a sus hijos de las represalias de su pareja violenta, aunque las normas legales requieren que las mujeres abandonen las situaciones de abuso o se les considerará culpables de negligencia. Lamentablemente, no hay garantía de que las mujeres o sus hijos estarán más seguros después de abandonar a su pareja violenta. Barnett y su equipo explican que las agresiones con frecuencia aumentan cuando las víctimas intentan marcharse: «Muchos autores de violencia de pareja amenazan de muerte a sus víctimas, con llevarse a los hijos o con lastimar a los hijos o a ambos. Basadas en su comportamiento anterior, las víctimas tienen razón en creer que cumplirán sus amenazas».

Pero una víctima debe superar otros obstáculos para dejar a una pareja abusiva. Debido a que la violencia de pareja es la más prevalente entre las familias de bajos recursos, a menudo las mujeres dependen económicamente de su pareja y es posible que carezcan de la educación necesaria para mantenerse a ellas mismas y a sus hijos, además de que los albergues son notoriamente pocos y también carecen de los recursos necesarios para aceptar a todas las solicitantes. En algunas ciudades, una gran cantidad de mujeres y niños son frecuentemente rechazados de estos albergues. Además, por incomprensible que pueda parecer, en ocasiones los amigos y la familia motivan a la mujer a que se quede y repare la relación, dándole la impresión no tan sutil de que de alguna forma ella es culpable del maltrato.

Al considerar estas inquietudes junto a los lazos psicológicos potencialmente complejos hacia la pareja violenta, las barreras para salir de la situación pueden parecer infranqueables. Por consiguiente, demasiadas mujeres no dejan a su pareja violenta o regresan con ella al primer signo de remordimiento, incluso antes de que pueda verse cualquier cambio real en su comportamiento. Como resultado, sus hijos también quedan expuestos al riesgo de aprender (y padecer) el maltrato.

MALTRATO INFANTIL

De acuerdo con el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, las muertes por maltrato infantil aumentaron de manera bastante constante entre 2002 y 2007, y llegaron a contar entre dos y tres muertes por cada 100,000 niños estadounidenses, aunque una vez más, se considera que se reportaron menos incidentes de los que realmente ocurrieron. No obstante, las muertes son sólo la punta del iceberg del maltrato infantil: se calcula que por cada 100,000 niños en la población general, 1,000 o más fueron víctimas de algún tipo de maltrato, y más de la mitad de éstos tenían menos de siete años de edad; sin embargo, también ha habido algunas noticias buenas: entre 1992 y 2000, los casos confirmados de abuso sexual infantil en los EE.UU. disminuyeron casi 40%.

Sharon G. Portwood, directora ejecutiva del Instituto para el Capital Social (Institute for Social Capital) de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, señala que «la gran mayoría de las víctimas infantiles (57%) sufre negligencia, seguida por maltrato físico (19%), abuso sexual (10%), maltrato psicológico o emocional (7%) y negligencia médica (2%)». En aproximadamente 80% de los casos reportados, uno o ambos padres cometieron el abuso.

Al considerar todas las formas de violencia, se encontró que es igualmente probable que mujeres y hombres maltraten físicamente a sus hijos, y se sabe que tanto las mujeres como los hombres pueden abusar sexualmente de ellos. Debería tomarse en cuenta que aunque la mayor parte del abuso sexual infantil es perpetrado por hombres, eso no significa que los padres biológicos sean los infractores más comunes. Algunos cuantos estudios que hacen la diferencia entre padres biológicos, padrastros y otros miembros de la familia han encontrado que es menos probable que los padres biológicos ―especialmente los que están involucrados activamente en el cuidado de sus hijos― cometan abuso sexual, en comparación con otros parientes del sexo masculino.

No obstante, tristemente, los padres biológicos son con mayor frecuencia los responsables del maltrato físico infantil, en especial aquél que resulta en la muerte de niños menores de cinco años. De acuerdo con David Finkelhor, profesor de sociología de la Universidad de New Hampshire y codirector del Laboratorio de Investigación Familiar (Family Research Laboratory), «los homicidios de estas víctimas preescolares parecen ser los principales casos de maltrato infantil mortal que ocurren como resultado de los intentos de los padres por controlar a sus hijos o de reacciones de furia por algún comportamiento indeseable de los hijos pequeños (llanto incontrolable, golpear a los padres o hermanos, ensuciarse o mancharse). Esos niños», continuó Finkelhor, «a menudo son lanzados contra superficies duras, fuertemente golpeados en la cabeza o el vientre, o asfixiados».

Aunque la muerte por maltrato infantil es terriblemente trágica, los niños que sobreviven no son necesariamente «afortunados». Muchos de ellos crecen con problemas mentales y emocionales que los conducen a un comportamiento delictivo y de alto riesgo, y los padres que fueron maltratados como hijos tienen un alto riesgo de maltratar a sus propios hijos y continuar el ciclo.

Como es de esperar, muchos de los factores de riesgo relacionados con el maltrato infantil son similares a los relacionados con la violencia de pareja: redes sociales de bajos recursos, violencia en la comunidad, violencia doméstica y adicciones, entre muchos otros. Matthew W. Stagner y Jiffy Lansing, investigadores de la Universidad de Chicago, señalan que aunque algunos también incluyen la pobreza como un factor de riesgo, su validez se disminuye por el hecho de que es más probable que las encuestas incluyan reportes de familias en vecindarios de menores recursos que a aquéllas de vecindarios con mayores recursos.

Por otro lado, los factores de protección contra el maltrato infantil incluyen «el cuidado y la unión entre los miembros de la familia, el conocimiento del desarrollo de los padres y los hijos, la resiliencia emocional de los padres... y sustentos concretos, como alimento, ropa, vivienda, transporte y servicios».

La investigación clínica ha subrayado desde hace tiempo la importancia de la unión entre los miembros de la familia, y estudios de padres abusivos señalan deficiencias en esta área. Las características típicas de los padres violentos incluyen problemas con el control de la ira, bajos niveles de empatía y pocas habilidades para la resolución de problemas. Barnett y sus asociados también señalan que, en comparación con los adultos no abusivos, «se ha descubierto que las personas abusivas tienen expectativas irreales y percepciones negativas con respecto a sus hijos». Escriben, además, que «tales padres muestran numerosas deficiencias en sus habilidades de crianza. En comparación con los padres no abusivos, los padres que maltratan físicamente a sus hijos interactúan menos con ellos; cuando sí interactúan con sus hijos, muestran mayores índices de comportamiento autoritario, crítico y controlador, así como una mayor frecuencia de agresión física y verbal».

Interesantemente, un estudio que mide las respuestas físicas de las madres encontró que aunque tanto las madres abusivas como las no abusivas respondían al llanto infantil con un mayor nivel de estrés, solamente las madres abusivas mostraron respuestas de mayor estrés también hacia los niños sonrientes. ¿Es posible que las madres abusivas pudieran haber aprendido estos patrones de interacción a través de otras relaciones? Esto es probable, debido a que se sabe que los patrones neuronales se forman por interacciones humanas repetitivas, incluso cuando están presentes las predisposiciones genéticas. Por lo menos hasta cierto grado, los patrones humanos de interacción se aprenden de aquéllos con quienes interactuamos de manera más regular, de la misma manera en que aprendemos otros patrones de comportamiento. La buena noticia es que, en muchos casos, un gran número de estos patrones también pueden desaprenderse.

RESTAURACIÓN FAMILIAR

¿De qué forma las comunidades pueden ayudar a las familias a desaprender patrones negativos y reemplazar las relaciones violentas por relaciones sanas?

Si las intervenciones se enfocan solamente en el abusador primario, especialmente conforme se afianza la interacción disfuncional, hay pocas probabilidades de evitar el ciclo de abuso. Una razón clave es que las familias disfuncionales tienden a interactuar muy poco con su comunidad. Incluso así, padres, hijos y la familia extendida, así como la comunidad que los rodea, todos juegan un papel importante en el ciclo de curación y prevención, no sólo en la detección y prevención del abuso actual, sino también con miras al fortalecimiento del tejido social que contribuye a la salud mental y física de las generaciones futuras. Los niveles de disfunción en familias violentas registrados por las agencias mundiales sugieren una necesidad de dirigir a las familias y comunidades como un todo, con el objetivo de restaurar los lazos seguros, las relaciones funcionales y la resiliencia de la familia y la comunidad. A menudo esto se intenta lograr a través de capacitación familiar y programas de apoyo (sobre cómo mejorar el nivel de competencia de los nuevos padres), programas escolares y campañas de concientización en la comunidad, incluyendo aquéllos que se implementan cada vez más en el lugar de trabajo.

Barnett, Miller-Perrin y Perrin de Pepperdine hacen hincapié en la ironía de que «un adolescente no puede conducir legalmente un automóvil sin antes recibir una instrucción adecuada y pasar una prueba para obtener una licencia, pero el mismo adolescente puede convertirse en padre sin interferencia alguna de parte del estado. Sin duda esto tiene que ser así,» reconocen, «pero queda el hecho de que muchos que asumen el rol de padre no están adecuadamente preparados para serlo».

Por esta razón, y porque es en la adolescencia cuando los niños tienden a formar sus primeros lazos íntimos y «reales», muchos especialistas apoyan fervientemente los programas escolares para enseñar la importancia de las relaciones no violentas.

Y aunque los programas para el hogar tienden a enfocarse en el maltrato infantil más que en otras formas de violencia familiar, algunos investigadores consideran que los programas de capacitación más amplios también podrían disminuir los índices de violencia de pareja. Los investigadores de Pepperdine sugieren que «puesto que el maltrato infantil y la violencia marital están correlacionados y comparten muchas señales de riesgo, es probable que las familias identificadas como de alto riesgo por maltrato infantil también tengan un alto riesgo de violencia marital. En la medida en que los programas provean a las familias con redes de apoyo y enfaticen el funcionamiento positivo de la familia, las interacciones libres de violencia y el reconocimiento de los disparadores de violencia, es posible que tengan efectos de mejoras en los índices de violencia marital».

Por supuesto, debido a que los factores socioeconómicos como la pobreza, el desempleo y el embarazo en adolescentes solteras también están relacionados con la violencia familiar, parecería lógico que las comunidades se preocuparan también por estas cuestiones y, hablando en términos generales, así lo hacen; sin embargo, también es cierto que estos temas son muy complejos y han desafiado esfuerzos reales durante generaciones.

Por otro lado, la investigación sugiere que la violencia familiar individual puede tener más que ver con la aceptación de la violencia en un vecindario que con el nivel de desventaja social que allí se percibe. En un estudio publicado en la revista American Journal of Criminal Justice en abril de 2008, Deeanna M. Button analizó el efecto del status del vecindario en las actitudes hacia la violencia familiar y encontró que la aceptación de la delincuencia en un vecindario puede influir (al menos hasta cierto grado) en dichas actitudes, y concluye que «para terminar con la violencia familiar, es necesario poner allí un punto final a la tolerancia social a la agresión que ocurre entre los miembros de la familia. Es necesario un cambio de actitud».

Para el siquiatra Bruce Perry, este cambio empezaría por afianzar las relaciones de seguridad y enriquecimiento con los hijos. Perry es un investigador especializado en trauma infantil con antecedentes en neurociencias. «La falta de respeto general de nuestra sociedad hacia la importancia de las relaciones humanas está demeritando el desarrollo de la empatía» señaló en The Boy Who Was Raised as a Dog [El Muchacho que fue criado como un Perro], un libro de estudios de casos que escribió en coautoría con la periodista Maia Szalavitz. «Al igual que el lenguaje, la empatía es una capacidad fundamental de la especie humana, una que ayuda a definir lo que es el ser humano. Pero como sucede con el lenguaje, la empatía debe ser aprendida. Absorbemos ambos de manera automática durante la más tierna infancia»; sin embargo, como lo ilustran los estudios de casos de Perry, con demasiada frecuencia la vida de los niños permite poco tiempo para la interacción social, incluso con sus padres. Lamentablemente, a falta de «una red social llena de vitalidad y protección», comenta Perry, no es posible el desarrollo de la empatía.

Otros investigadores también reconocen una relación importante entre los factores individuales, familiares y de la comunidad. Extrañamente, algunos se refieren a este entendimiento como una «nueva frontera» en la prevención de la violencia familiar. Aun así, no debería sorprendernos que los niños y las familias necesiten conexiones más fuertes entre sí y con las comunidades sanas con el fin de prosperar; no obstante, una comunidad que tolera el comportamiento violento y vengativo, ya sea en sus casas y calles, o mostrada de manera rutinaria en su entretenimiento, difícilmente puede considerarse como sana, por lo que tampoco podemos esperar que los hijos rechacen la violencia como un enfoque aceptable para resolver conflictos.