Por qué la religión sigue atrayendo a tantos

A veces, la gente soporta obstáculos increíbles para practicar su fe. ¿Por qué, mundialmente, el compromiso religioso es tan importante para la gente? ¿Y qué beneficios puede reportar?

«Dios ha muerto», proclamó el filósofo Friedrich Nietzsche en 1882. «Lo hemos matado». Sus palabras perduran desde hace décadas. En 1966, la revista Time las incluyó en un célebre artículo de portada titulado «¿Ha muerto Dios?». Otras le siguieron: En 2006, Richard Dawkins dijo que Dios es un «delirio» y, en 2007, Christopher Hitchens afirmó que Dios «no es grande».

El planteamiento original de Nietzsche no era (como muchos han asumido) que Dios no existe, sino que los humanos habían destruido las condiciones que hacen posible creer en Él. La ciencia, el progreso social y el pensamiento de la Ilustración parecían haber vuelto irrelevantes e innecesarios la imaginería y el simbolismo del Nuevo Testamento. Y, proseguía Nietzsche, «sigue muerto», clavando así lo que quizá se sentía como el último clavo en el ataúd divino.

Con todo, sus palabras no constituyeron un punto final tan concluyente como pudiera parecer. Ha pasado casi un siglo y medio desde que Nietzsche las escribiera, y aun así las creencias religiosas siguen formando parte de la vida de muchas personas. Según un informe de 2023, en lugares como Irán, Filipinas y Polonia, más del noventa por ciento de la población profesa creer en un dios. Incluso en países abiertamente laicos, como Alemania (57%), Suecia (35%) y Francia (51%), muchas personas siguen creyendo. Bien cabría pensar que estas estadísticas habrían desconcertado a Nietzsche.

«Hay dos posibles tragedias en la vida: haber vivido la vida como si Dios existiera cuando esto resultara no ser más que una fantasía; y, a la inversa, si de hecho realmente Dios existe, sería trágico haber vivido la vida ignorando semejante verdad.»

Joseph Ramos, Belief or Unbelief: The Mystery of God in the Light of Reason

Por otra parte, también es incuestionablemente cierto que, en muchos lugares, la creencia en Dios está disminuyendo. Las condiciones que Nietzsche citaba parecen haber tenido su influencia. Cuando Time publicó su artículo de 1966, el noventa y siete por ciento de los estadounidenses creían que existía un dios; hoy en día, solo un ochenta y dos por ciento lo cree. Otros países han experimentado un declive más dramático. Las palabras de Nietzsche resultaron especialmente proféticas en lo que respecta a su propio lugar de nacimiento, Alemania del Este, donde en 2008 solo el 7,8% de la gente creía sin reservas en un dios.

Puede resultar tentador pensar que la religión está experimentando una inexorable pendiente descendente hacia su eventual extinción. En efecto, Nietzsche se refirió a ello cuando escribió (en alusión a Platón): «Dios ha muerto, pero —tal y como está constituida la raza humana—, puede que aún haya cuevas durante milenios en las que la gente muestre su sombra». La teoría de la secularización sostiene que la religión disminuye en relación con las mejoras en la educación y la ciencia, opinión que parece ejemplificarse en muchos países de Occidente. Sin embargo, el impacto de la secularización varía enormemente, habiendo tenido mucha menos influencia en algunas culturas, mientras que el aprecio tanto por la ciencia como por la religión coexiste cómodamente para muchos. Si la afirmación de Nietzsche es cierta —que las condiciones para creer en un dios dejaron de existir hace más de un siglo—, ¿por qué la gente sigue creyendo?

En general, la devoción religiosa es más que una perspectiva teórica privada. Suele requerir hacer algo. En siglos pasados, se esperaba que la creencia condujera a una práctica religiosa regular, como, por ejemplo, la asistencia a la iglesia; era, de hecho, la vía de menor resistencia. Hoy en día, en muchas culturas ocurre lo contrario. A menudo se requiere una gran determinación para poner en práctica la religión.

La tenacidad de las creencias

A lo largo de la historia, las personas han conservado su fe a pesar de graves dificultades; a veces, hasta llegando al extremo de sufrir torturas o ser ejecutadas. Podrían pensar en los judíos en el gueto de Varsovia , los musulmanes de Bosnia-Herzegovina o los cristianos de Corea del Norte. Los perseguidos por las inquisiciones son ejemplos de tiempos anteriores; de la que quizá su peor expresión haya sido la Inquisición española. Y, yendo aún más atrás, la Biblia describe cómo Daniel y sus amigos Sadrac, Mesac y Abednego resistieron las amenazas gubernamentales a su práctica religiosa. Hoy en día hay muchas personas en todo el mundo que son perseguidas por sus creencias, sin embargo, la religión persiste. Este tipo de dedicación nos lleva a preguntarnos: ¿Qué está pasando aquí? Si la creencia religiosa realmente ya no es defendible en una sociedad educada y basada en la ciencia, ¿por qué la gente persiste en ella? ¿Cómo puede tener sentido aferrarse tenazmente a algo cuando ya es obsoleto? ¿Le falta algo a la teoría de la secularización? ¿Ofrece la religión algo que el secularismo no ofrece?

«Las redes de amistad fomentadas por las comunidades religiosas crean un activo… [llamado] “capital social”, que no solo hace más felices a las personas al darles un sentido de propósito y pertenencia, sino que también les facilita la búsqueda de empleo y la creación de riqueza.»

Pew Research Center, «Religion’s Relationship to Happiness, Civic Engagement and Health Around the World»

El antagonismo hacia la religión es, en la mayoría de los casos, más pasivo que agresivo; y a veces, es producto de la forma en que los adeptos han intentado imponer sus creencias a los demás. Pero ha habido ocasiones en la historia en que esa animosidad ha sido injustificada e irrestricta, y en que las personas han mantenido sus creencias frente a una hostilidad sin precedentes.

La experiencia de los creyentes en la Rusia de hace un siglo es un ejemplo especialmente notable. Tras tomar el poder en 1917, los bolcheviques se esforzaron por erradicar la religión del recién fundado Estado soviético. Tenían una clara visión ideológica del futuro, y esta no incluía la creencia en Dios.

El famoso aforismo de Karl Marx según el cual la religión es «el opio de los pueblos» ejerció su influencia en este sentido, aunque en realidad él escribió poco sobre religión y la frase procede de sus primeros escritos, menos maduros. En general, la opinión de Marx era que la religión era un consuelo, un refugio para la humanidad inmadura, y que —a medida que la sociedad progresara— acabaría desprendiéndose de ese apoyo. (En este sentido, su perspectiva prefiguraba la observación de Nietzsche, así como ideas materialistas más modernas).

Los bolcheviques adoptaron este enfoque y lo ampliaron. En el primer texto clave, El ABC del comunismo, Nikolai Buharin y Evgenii Preobrazhensky escribieron que la religión era «una noción infantil que no encuentra confirmación en la vida práctica». La creencia, en su opinión, persistía porque a la «clase depredadora» le resultaba rentable «mantener la creencia infantil del pueblo». Era una herramienta de poder para los opresores y un paño de lágrimas para la humanidad en pañales. En esto se hacían eco de Marx, quien escribió que «la religión es la autoconciencia y la autoestima del hombre que o no se ha encontrado todavía a sí mismo o ya se ha perdido de nuevo».

Sin embargo, los bolcheviques sabían que se enfrentaban a un problema. La nación rusa era muy religiosa. La Iglesia Ortodoxa Rusa era la organización más prominente del país; en 1917 contaba con más de cuarenta mil iglesias y cien millones de seguidores (se calcula que la población total de la Unión Soviética en aquella época era de unos ciento treinta y seis millones). Junto a ellos, budistas, bautistas, judíos, menonitas, musulmanes y adventistas del Séptimo día, entre muchos otros, también observaban su fe en toda la nación, tanto en público como en privado.

Pero la ambición no faltaba entre los primeros líderes bolcheviques, y lo que se propusieron fue asombroso: convertir la vieja Rusia religiosa en una Rusia soviética atea, moderna y basada en la ciencia: un objetivo que solo se ha intentado en contadas ocasiones en otros lugares, a una escala mucho más limitada; por ejemplo, en México, Albania y Camboya. La recién formada Unión Soviética era un país inmenso, tanto en población como en superficie, con costumbres y cultura establecidas desde hacía mucho tiempo. Con todo, si Nietzsche tenía razón y las condiciones que permitían creer en un dios habían desaparecido, seguramente la tarea no sería insuperable.

Comenzaron por arrestar a los principales líderes, prohibir las reuniones religiosas y destruir iglesias y otros símbolos religiosos. Derogaron la legislación que protegía a la Iglesia y confiscaron propiedades eclesiásticas. En 1922 arrestaron al Patriarca Tikhon, máximo dirigente de la Iglesia Ortodoxa. En dos décadas, más del ochenta y ocho por ciento de las iglesias parroquiales fueron desmanteladas, y el noventa por ciento de los párrocos fueron encarcelados o exiliados.

El nuevo Estado había subyugado física y simbólicamente al cuerpo religioso más importante de la nación, pero no por ello parecía cambiar la mentalidad de la gente. Como señala el historiador Daniel Peris, el régimen tendría que cambiar su campaña: «La religión seguía siendo una fuerza popular. Se reconocía implícitamente que la política anterior había fracasado». Más aún, «parecía resurgir la religión popular fuera de los límites de la Iglesia Ortodoxa».

«La religión pone a disposición de la gente un sistema de significación que le ayuda a orientarse y entender un mundo infinitamente complejo e incierto. Satisface la necesidad fundamental de comprender los problemas más profundos de la existencia».

Michael Inzlicht et al., «Neural Markers of Religious Conviction»

Posteriormente, los bolcheviques cambiaron de táctica y pusieron mayor énfasis en la educación y la propaganda. Crearon periódicos antirreligiosos, contrataron a hombres para que hicieran campañas locales y escribieran editoriales persuasivas. Estos esfuerzos se cristalizaron en una organización gubernamental que llevaba el más bien grandilocuente título de «Liga de los sin Dios» (que más tarde se convertiría en «Liga de los militantes sin Dios»). Peris la describe como «una asociación voluntaria de individuos cuyo objetivo era combatir la influencia de la religión en todas sus formas y promover el “materialismo científico”». Utilizaban los medios de comunicación populares —radio, cine, prensa— para persuadir y reeducar a la gente. Organizaban eventos y daban conferencias. Promovían la ciencia y el ateísmo como el camino hacia la modernidad. Sin embargo, Peris señala que «los planificadores bolcheviques no se daban cuenta o ignoraban el hecho de que, a pesar de los ruidosos debates sobre ciencia y religión del siglo anterior, la difusión de la tecnología y la ciencia había tenido poco impacto directo en la secularización». Los bolcheviques ridiculizaban los milagros como científicamente imposibles y destacaban las contradicciones percibidas en la Biblia. Fue una campaña nacional concertada, aunque poco sistemática, que duró varios años.

En 1937, el gobierno soviético realizó un censo nacional que incluía, por primera vez, una pregunta sobre creencias religiosas. El censo pretendía ser un barómetro del éxito de los bolcheviques, dos décadas después de su ascensión al poder. El primer ministro soviético, Josef Stalin, había marginado (o estaba en proceso de marginar) a muchos de sus principales rivales; el año 1937 es hoy famoso por una serie de juicios amañados, ejecuciones y deportaciones destinadas a consolidar su posición. El poder de Stalin parecía irrefutable.

El momento, pues, habría parecido inoportuno para desafiar los propósitos de su gobierno, sobre todo con respecto a la religión. Sin embargo, eso fue exactamente lo que muchos hicieron. No solo las amenazas y la propaganda habían fracasado a la hora de persuadir a la mayoría para que renunciara a sus creencias religiosas, sino que más de la mitad de la población (56%) tuvo el valor suficiente para confirmar ese fracaso profesando su fe abiertamente en el censo. Esto fue motivo de gran vergüenza para el gobierno de Stalin. Se castigó a los funcionarios del censo y se suprimieron los resultados. Dos años después se realizó un segundo censo sustitutivo, esta vez excluyendo la pregunta sobre creencias religiosas. Muchos religiosos vieron el segundo censo como una amenaza directa a sus creencias y lo boicotearon por completo, evitando a los funcionarios del gobierno, escondiéndose o fingiendo no hablar el idioma local. Como señaló un granjero: «No soy del estado soviético, sino de los ortodoxos». Otro declaró: «No daremos ninguna información sobre nosotros… No necesitamos un censo, sino un sacerdote y una iglesia».

Es difícil exagerar el riesgo que corrían estas personas por defender sus prácticas religiosas. La obstrucción del censo podía acarrear penas severas, incluso el encarcelamiento en un campo siberiano de trabajo forzado. El simple hecho de declarar que creían en un dios constituía un desafío al gobierno. Sin embargo, millones de personas así lo hicieron. Quedó bien claro que muchos valoraban su religión aun por encima de su propia vida.

¿Por qué la gente se aferraba tan tenazmente a sus creencias? ¿Realmente valía la pena arriesgar la vida? ¿Qué encontraban tan valioso en su religión?

No hay respuestas fáciles a estas preguntas desde una perspectiva materialista. Hitchens dio a su libro el infame título: How Religion Poisons Everything (Cómo la religión lo envenena todo). Desde ese punto de vista, es difícil entender por qué una persona se aferraría a la religión, aun en los mejores momentos. Sin embargo, en los últimos años, la gente se ha ido haciendo a la idea de que la religión podría, en cierto modo, ser buena para nosotros. Diversos estudios han puesto de relieve diferentes aspectos de este hecho, tanto a nivel individual como social. Estos beneficios, aunque no se comprenden del todo, podrían ayudar a entender por qué la religión sigue siendo atractiva para tantas personas.

Por qué persistimos

Varios estudios han descubierto que las creencias religiosas pueden tener beneficios para la salud, tanto en el plano físico como en el mental. Según la Clínica Mayo, «un número amplio y creciente de estudios ha demostrado una relación directa entre la participación religiosa y la espiritualidad y los resultados positivos para la salud, por ejemplo, en cuanto a índices de mortalidad, enfermedades físicas, enfermedades mentales, CVRS [calidad de vida relacionada con la salud] y afrontamiento de la enfermedad (incluso en fase terminal). Los estudios también sugieren que atender las necesidades espirituales de los pacientes puede facilitar la recuperación de la enfermedad».

Un estudio de 1999 con una muestra de veintiún mil adultos, publicado en la revista Demography, reveló que quienes nunca asistían a la iglesia casi duplicaban su riesgo de morir en los siguientes ocho años en comparación con quienes asistían más de una vez por semana. Los autores del estudio atribuyeron el menor riesgo del grupo que iba a la iglesia a los hábitos de salud, el aumento de los vínculos sociales y los factores de comportamiento relacionados con la asistencia a los servicios religiosos. Por ejemplo, se cree que la compasión, el perdón y la gratitud —tres características fundamentales de las enseñanzas religiosas— guardan relación con la reducción del estrés y el aumento de la resiliencia. Estos hallazgos hacen eco de la antigua sabiduría bíblica, que atestiguaba que el buen comportamiento, la humildad y la reverencia a Dios traerían «salud a tu cuerpo y fortaleza a tus huesos».

La religión también ofrece beneficios sociales, a través de la cooperación y los lazos comunitarios. Un estudio internacional de Pew en 2019 descubrió que la frecuencia con la que se acude a la iglesia y el grado de religiosidad personal aumentan no solo el compromiso de las personas con su comunidad local, sino también su sensación de satisfacción de vida y la cantidad de amigos cercanos con que cuentan. Una vez más, tales hallazgos apoyan las enseñanzas bíblicas de larga data que fomentan el apoyo interpersonal y las comunidades cooperativas multifacéticas.

Estos beneficios pueden ser razones de peso para conservar la propia religión a pesar de las amenazas.

Naturalmente, también hay otros factores que contribuyen a la tenacidad de la religión en la psique humana. Una vez la persona se ha establecido en una comunidad de este tipo, puede resultar difícil desvincularse de ella, incluso en casos en los que parece sensato hacerlo. La gente suele decir que, una vez que ha renunciado a su comunidad eclesiástica, es difícil encontrar otros centros para su vida social donde el nivel de compromiso sea comparable.

«Muchas personas, al haber perdido el andamiaje de la religión organizada, parecen no haber encontrado un método alternativo para construir un sentido de comunidad».

Derek Thompson, «The True Cost of the Churchgoing Bust»

No cabe duda de que la inercia natural o la terquedad también pueden influir en nuestra reticencia a desvincularnos. Es difícil renunciar a algo que forma parte de nuestra identidad y cultura. Es casi seguro que este fue un factor en la resistencia rusa al ateísmo bolchevique. Algo arraigado culturalmente durante siglos no puede erradicarse en unas pocas décadas.

Otros promotores de la religión son bastante más negativos. Los líderes religiosos, y otros que actúan en nombre de la religión, han coaccionado a sus seguidores a lo largo de los siglos, a veces perpetrando crímenes, abusos y asesinatos en masa en el proceso. En algunos casos, la religión puede fomentar el fanatismo, el aislamiento o las expectativas personales irracionales, todo lo cual puede conducir —y ha conducido— a la tragedia. La tentación de utilizar la religión con fines egoístas puede ser muy fuerte.

La idea bolchevique de que la religión era una herramienta poderosa para el control del pueblo por parte de lo que ellos llamaban la clase depredadora no estaba equivocada (aunque el deseo bolchevique de control social, incluso sin religión, difícilmente podría calificarse como mínimo). La religión también puede ser un obstáculo para la salud o los nuevos conocimientos, por ejemplo, al rechazar tratamientos médicos sensatos o al mantener ideas que ya no se sostienen, como la de que la Tierra es plana. No obstante, hay que señalar que a menudo se ha exagerado el papel de la religión en oposición a la ciencia.

Quizás simplemente estamos programados así

Hay otra causa que explica la tenacidad de la religión, y que apenas está empezando a salir a la luz. Según parece, los seres humanos podrían estar predispuestos a la religión. Los investigadores del campo de la neuroteología trabajan para averiguar si existe una base neurológica para la experiencia religiosa. En efecto, pueden observarse cambios en el cerebro antes y después de la meditación, así como durante otras prácticas y experiencias religiosas.

El neurocientífico Andrew Newburg no se considera particularmente religioso, pero, como él dice, «si contemplas a Dios el tiempo suficiente, algo ocurre en el cerebro. El funcionamiento neuronal empieza a cambiar. Diferentes circuitos se activan, mientras que otros se desactivan. Se forman nuevas dendritas, se establecen nuevas conexiones sinápticas y el cerebro se vuelve más sensible a ámbitos sutiles de la experiencia». Es como si tuviéramos un impulso hacia la «autotrascendencia», o la unión con algo más grande que nosotros mismos. Este —como algunos lo llaman—«agujero en forma de dios» en nuestra neuropsicología parece permitir e incluso invitar realidades y explicaciones no materiales. Por lo visto, esta propensión es una característica humana común. Nos conformamos con explicaciones divinas más fácilmente de lo que podríamos suponer.

Aunque la neurociencia no puede responder a la pregunta de si Dios existe, dice Newburg, «puede decirnos cómo Dios —como imagen, sentimiento, pensamiento o hecho— es interpretado, se reacciona ante él y se convierte en una percepción que se siente significativa y real». Visto así, podría decirse que estamos hechos para el pensamiento no materialista.

Quizá apunte a lo que un sabio hebreo denominó «eternidad en el corazón humano», un sentido en nuestro interior predispuesto a lo no material. Es difícil identificarlo o medirlo, pero es innegable que, incluso en esta era secular, nuestro deseo de creer en lo que no es estrictamente racional parece inalterable. Además, vale la pena considerar que las perspectivas no materiales pueden ser valiosas para nosotros, sobre todo en un mundo materialmente inestable.

Con todo esto en mente, quizá no sorprenda que el intento bolchevique de erradicar la religión fuera, a fin de cuentas, un fracaso. Como explica el historiador Paul B. Anderson, al final de la Segunda Guerra Mundial, «el movimiento de los Militantes sin Dios fue clausurado, se reabrieron iglesias en muchas zonas, los sacerdotes salieron de la clandestinidad, se reabrieron escuelas teológicas y la editorial de la Iglesia Ortodoxa publicó libros litúrgicos». La Unión Soviética siguió promoviendo el ateísmo, y ciertamente la devoción religiosa disminuyó durante la segunda mitad del siglo XX, pero es probable que esto tuviera más que ver con los cambios culturales y tecnológicos que se extendieron por todo el mundo que con cualquier empeño inspirado por los bolcheviques.

La caída del comunismo en 1991 propició un aumento de la fe en la nueva nación rusa. La Federación Rusa se apresuró a reconstruir iglesias, incluyendo la impresionante Catedral de Cristo Salvador, cuya catedral original había sido destruida por el gobierno de Stalin. Hoy en día, el setenta y ocho por ciento de los rusos afirman creer en un dios.

La experiencia de Rusia demuestra que es poco probable que la religión desaparezca. Se presentará una y otra vez en diferentes formas, para bien y para mal. Esto está en consonancia con lo que ha sucedido antes. Lo más probable es que su huella futura, al igual que su huella histórica, sea, en el mejor de los casos, variada. El cristianismo en particular en sus múltiples iteraciones —entre las que se encuentra la ortodoxa rusa— ha sido castigado por su infeliz legado humano, en muchos casos con razón, gracias a su desenfrenada mala interpretación y mal uso de los principios bíblicos a lo largo de los siglos. Se puede culpar de ello a la religión, si por «religión» se entiende en este caso la mala aplicación de los principios bíblicos por parte de la humanidad; pero es mucho más difícil culpar a los principios en sí.

Estos principios, en su contexto previsto y despojados de su carga histórica, ofrecen justo el tipo de beneficios en los planos físico, mental, individual y social que la investigación ha identificado. Promueven la salud mental y la resiliencia, la comunicación útil, las identidades individuales positivas, las comunidades fuertes e integradas y la estabilidad cívica. Estos son campos en los que la religión ha demostrado ser beneficiosa.

Pero los beneficios físicos por sí solos no bastan para explicar por qué históricamente la gente ha arriesgado su vida por su fe religiosa. Si, tal y como sugieren las pruebas, los seres humanos no solo nos inclinamos de forma natural por la religión, sino que nos sentimos impulsados a encontrar un propósito y un significado en algo más grande que nosotros mismos, es posible que estemos buscando una conexión espiritual, algo que no es inherente al corazón y la mente humanos. Esa pieza que falta es tan importante que algunos han estado dispuestos a morir por ella.