Químicos eternos, problemas eternos

Las consecuencias imprevistas de la conveniencia de los PFAS

A veces, lo que parece una gran idea puede salir mal, muy mal.

Construida sobre un río y rodeada de pantanos de turba y bosques vírgenes, el futuro de Peshtigo (Wisconsin) en el siglo XIX parecía asegurado. La ciudad era próspera y crecía rápidamente, gracias a los recursos naturales aparentemente ilimitados de sus alrededores. Peshtigo albergaba la mayor instalación de productos de madera del mundo; con la ayuda de la recién formada industria maderera, talaban árboles centenarios y transportaban la madera en barcazas a Chicago, a unos 400 km al sur, para alimentar allí la demanda de materiales de construcción.

Pero el otoño y el invierno de 1870 habían sido inusualmente cálidos, con poca lluvia. La primavera no trajo alivio, y las condiciones de sequía empeoraron durante el verano. Los pantanos se secaron, los árboles perdieron pronto sus hojas y los pinos dejaron caer sus agujas, convirtiendo el territorio en un polvorín. Algunos culpan a las lluvias de meteoros, las chispas de los vagones de ferrocarril o la quema de tocones por la limpieza del terreno, mientras que otros dicen que nunca sabremos por qué varios incendios pequeños, avivados por vendavales de 160 km/h, se convirtieron en una tormenta de fuego despiadada que destruyó 400,000 hectáreas. Peshtigo quedó completamente destruida; otras dieciséis comunidades también fueron pasto de las llamas, y la mayoría con daños apenas algo menores que los de Peshtigo. En aquel octubre se perdieron entre mil quinientas y dos mil quinientas vidas, entre ellas familias enteras, pero como los registros oficiales también desaparecieron, nunca se conocerán las cifras definitivas. Las autoridades estimaron los daños en unos 169 millones de dólares estadounidenses, aproximadamente lo mismo que el Gran Incendio de Chicago de 1871, que, casualmente, comenzó la misma noche. El incendio de Peshtigo sigue siendo el peor desastre por incendio forestal en la historia de Estados Unidos.

Con el tiempo, el bosque volvió a crecer, y también los pueblos. A medida que avanzaba el siglo XX, los investigadores comenzaron a desarrollar compuestos químicos sintéticos retardantes del fuego, y qué mejor lugar para probarlos que la zona de Peshtigo, donde los habitantes tenían un marcado interés personal en sus posibles beneficios para salvar vidas. En la década de 1960 se inauguró un Centro de Tecnología contra Incendios de 380 acres en Marinette, Wisconsin, que siguió funcionando sin restricciones durante el siguiente medio siglo.

Pero a Peshtigo le esperaba otro desastre. A fines de 2013, la empresa matriz de la FTC descubrió sustancias químicas conocidas como PFAS en las aguas subterráneas del terreno de la empresa. (PFAS, pronunciado como P-fass, P-fahz o pee-ef-ayz es un sustantivo plural que significa sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas). Como las aguas subterráneas no se mantienen dentro de los límites de una propiedad, sería razonable esperar que la empresa hubiera informado de inmediato a los residentes cercanos que el agua de sus propios pozos también podía estar contaminada y no ser segura para el consumo. Sin embargo, pasaron cuatro años antes de que emitieran esa advertencia a sus vecinos. Una familia descubrió que el agua superficial del arroyo junto a su casa —donde jugaban sus hijos— registraba una concentración de PFAS 300 veces superior al nivel de advertencia sanitaria federal vigente, de 4 ppt, o partes por billón. La fauna silvestre también se vio afectada, y se advirtió a los cazadores que evitaran consumir vísceras de venados locales. Para algunos habitantes de esta zona de Wisconsin, mayormente rural, era la primera vez que oían hablar de los PFAS.

Prevalentes y persistentes

Los PFAS son ingredientes esenciales en recubrimientos y productos de fluoropolímeros. Es innegable que aportan comodidad a nuestras ajetreadas vidas, ya que resisten el agua, el aceite, la grasa, las manchas y el calor. Por ello, los revestimientos de fluoropolímeros son habituales en artículos tan cotidianos como la ropa, los muebles, los envases de alimentos, los utensilios de cocina antiadherentes y el aislamiento eléctrico. También forman parte de lubricantes y algunos adhesivos. ¿Por qué, pues, suponen un problema?

Ahora se sabe que tardan cientos o quizá miles de años en descomponerse, lo que les ha valido el apodo de “químicos eternos”. Y de las miles de variantes de estos compuestos sintéticos, solo una cantidad relativamente pequeña ha sido sometida a pruebas de seguridad. Además, muchos se combinan con otras sustancias químicas sintéticas, y comprobar los efectos de los PFAS en estas innumerables combinaciones es una tarea imposible. Como resultado, sencillamente no sabemos cuál puede ser el “efecto cóctel”.

Lo que sí sabemos es que muchos PFAS —también conocidos como PFC— son carcinógenos y disruptores endocrinos reconocidos, capaces de generar una variedad de efectos perjudiciales para la salud a lo largo de nuestra vida, y de la vida de las generaciones futuras.

La manera en que los seres humanos reaccionan a los PFAS depende de cada persona; entran en juego la etapa de la vida, el sexo, la genética y el efecto cóctel de otras exposiciones químicas. Se acumulan en el organismo con el tiempo, y la bioacumulación comienza temprano. Los hijos no nacidos de madres expuestas están particularmente en riesgo, porque una dosis mínima en el momento equivocado puede afectar su desarrollo de manera significativa. Los riesgos no se comprenden por completo, pero los PFAS —y otras sustancias químicas disruptoras endocrinas— presentan una inquietante variedad de ellos.

Más allá del vientre materno, estas toxinas amenazan nuestra salud desde la infancia hasta la edad adulta. Se cree que alteran las barreras hematoencefálica e intestinal, la microbiota intestinal, la transcripción de determinados genes, y la síntesis, secreción y distribución de las hormonas sexuales. La exposición a los PFAS puede provocar trastornos neurológicos y conductuales. Los bebés pueden incorporar estas sustancias químicas mediante la ingestión, la inhalación de polvo y la absorción a través de la piel cuando usan ropa retardante del fuego o duermen sobre textiles tratados, gatean sobre pisos encerados o de vinilo y alfombras sintéticas, juegan sobre césped artificial y se llevan objetos a la boca; es decir, simplemente al hacer lo que los bebés suelen hacer. En palabras de Philippe Grandjean, profesor de farmacología clínica, farmacia y medicina ambiental de la Universidad del Sur de Dinamarca y editor fundador de la revista Environmental Health, «me parece una vergüenza. No es ético lo que hemos hecho».

«Está claro que hay muchas sustancias químicas que pueden afectar la fertilidad, así que esto también es un problema para la raza humana. Al parecer, estamos afectando nuestras posibilidades de tener herederos, de tener hijos y nietos. Y… los estamos envenenando desde el principio».

La Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos (EPA) y otros organismos advierten que la exposición puede provocar una serie de efectos en el desarrollo de los niños, como bajo peso al nacer, pubertad precoz y alteraciones en el desarrollo esquelético. En personas de todas las edades, puede provocar cambios de comportamiento y daños generales en el sistema nervioso. La inmunotoxicidad puede manifestarse en forma de reducción de la capacidad del sistema inmunitario del organismo para luchar contra las infecciones, incluida la disminución de la respuesta de los anticuerpos a las vacunas y el aumento del riesgo de fiebres y hospitalizaciones por infecciones como la neumonía y el COVID-19. Entre otros efectos se encuentran la interferencia con las hormonas y el metabolismo del cuerpo, el aumento de los niveles de colesterol y el riesgo de obesidad, los cambios en las enzimas hepáticas y el aumento del riesgo de cáncer. Estas sustancias químicas pueden causar problemas de fertilidad tanto en hombres como en mujeres, y las mujeres que quedan embarazadas pueden tener un mayor riesgo de hipertensión y preeclampsia. Los efectos de los PFAS son claramente amplios y persistentes en el organismo. «Cuanto los estudiamos, peor parecen», advierte Grandjean.

El galardonado escritor científico australiano Julian Cribb, autor de varios libros en los que expone las amenazas existenciales a las que se enfrenta la humanidad, explicó a los asistentes a una conferencia internacional celebrada en 2022 en Adelaida (Australia) que la producción de sustancias químicas industriales se había duplicado desde el año 2000. En 2022 se producían unas dos mil quinientos millones de toneladas al año, y se prevé que se tripliquen de aquí a 2050.

Cribb lleva mucho tiempo describiendo un “tsunami” químico mundial que incluye químicos eternos como los PFAS. Informó en la conferencia de Adelaida que dichas sustancias «viajan en el viento, en el agua, adheridos a partículas del suelo, en el polvo, en fragmentos de plástico, en la vida silvestre, en alimentos, bebidas y productos comerciales, dentro y sobre las personas».

«Se combinan y recombinan entre sí y con sustancias de origen natural, dando lugar a generaciones de nuevos compuestos, algunos más tóxicos y otros menos…».

«Saltan de un lugar a otro del planeta en ciclos de absorción y reemisión conocidos como el efecto saltamontes».

Venenos rentables

Es fácil decir que debemos evitar las sustancias químicas PFAS. Pero están por todas partes y, a primera vista, parecen hacernos la vida mejor y más fácil. Los encontramos en productos de limpieza (como tensioactivos), tejidos resistentes al agua (como impermeables, paraguas y tiendas de campaña), ropa resistente a las arrugas y pijamas infantiles retardantes del fuego. Nuestra comida está envuelta en papel resistente a la grasa y puede haberse cocinado en utensilios antiadherentes con PFAS, y muchas de nuestras palomitas vienen en cómodas bolsas aptas para microondas que también contienen PFAS. Las sustancias químicas están presentes en productos de cuidado personal (champú, protector solar, hilo dental, esmalte de uñas, maquillaje resistente al agua) y en productos de higiene personal (pañales, toallitas femeninas, copas menstruales). Los revestimientos de PFAS resistentes a las manchas se utilizan en alfombras y tapicerías. Se encuentran en fertilizantes y cuerdas de guitarra, pesticidas y pintura. En lo más recóndito de nuestro planeta, los PFAS están en nuestras aguas residuales y nuestra agua potable, en nuestros filetes y mariscos; de hecho, en todo nuestro sistema alimentario. También están en la sangre de los pandas asiáticos, los osos polares del Ártico y los pingüinos de la Antártida.

Incluso el agua de lluvia puede contener altas concentraciones; y a medida que los productos desechados con PFAS se descomponen en nuestros vertederos, las sustancias químicas se filtran en nuestras aguas subterráneas. Algunas se escapan al aire en forma de partículas de polvo, viajando así por el aire que respiramos. Además, se esconden en las micropartículas y nanopartículas de plástico que infestan nuestro mundo, nuestros cuerpos y nuestros cerebros.

Los fabricantes de estas sustancias químicas sintéticas —3M, DuPont y otros— sabían que dichas sustancias suponían importantes amenazas para la salud poco después de su introducción a mediados del siglo XX. En la década de 1960, los investigadores encontraron compuestos organofluorados en la sangre humana: la primera evidencia de que un compuesto industrial podía transferirse a un ser humano de esa manera. Otros estudios hallaron más contaminación e incluso pruebas de que estas sustancias químicas pueden pasar a la siguiente generación mediante la exposición prenatal y posnatal temprana, los períodos más sensibles del desarrollo de los órganos, el cerebro y los sistemas del organismo. Las corporaciones mantuvieron esa información celosamente guardada hasta que las demandas judiciales obligaron a divulgar documentos internos casi 40 años después. Incluso la EPA conoce desde hace décadas los peligros de los PFAS; pero la legislación avanza lentamente, en parte gracias a los grupos de presión empleados por los fabricantes para ayudar a proteger sus intereses financieros.

«La investigación sobre los efectos de los PFAS en la salud comenzó en la década de 1950. Los estudios de entonces demostraron que ciertos compuestos de PFAS podían unirse a las proteínas de la sangre humana y acumularse en el torrente sanguíneo y el hígado.»

James B. Pollack, PFAS Deskbook [Manual de referencia sobre los PFAS], (Environmental Law Institute)

Ya en 1935, DuPont prometía «Mejores cosas para una vida mejor... gracias a la química». Y, en cierto modo, tanto ellos como otras empresas similares cumplieron su promesa. Marcas como Scotchgard, Stainmaster, Astroturf y Teflon —que han formado parte de nuestro vocabulario colectivo y de nuestros hogares y espacios públicos durante casi toda nuestra historia reciente— sin duda aportaron la comodidad de no tener manchas, de que nada se pegara, de no tener que planchar, de no tener que cortar el césped y de no quemarse. Pero estas “mejores cosas” han estado liberando PFAS durante décadas. Las corporaciones obtuvieron ganancias incalculables mientras permitían, a sabiendas, que la humanidad y el medio ambiente sufrieran de maneras que no comprenderemos por completo durante muchísimo tiempo. Cuando consideramos los importantes retrasos en descubrir la toxicidad de los PFAS, en difundir hallazgos y conocimientos importantes, y en tomar decisiones regulatorias gubernamentales —por no mencionar la demora en retirar del mercado materiales tóxicos—, vemos encarnada la propensión humana a anteponer el egoísmo y la codicia al cuidado y la preocupación por los demás.

Los PFAS, sus sustitutos y otros productos químicos sintéticos podrían considerarse necesarios; por ejemplo, para aplicaciones médicas que salvan vidas o para evitar otro desastre como el incendio de Peshtigo. Sin embargo, incluso la Asociación Internacional de Bomberos (IAFF) califica los PFAS utilizados en los equipos de protección de los bomberos como «amenaza ocupacional innecesaria y grave». Resulta irónico que una sustancia añadida con el objeto de aumentar la seguridad esté correlacionada con el aumento de enfermedades y muertes. El presidente general de la IAFF, Edward Kelly, refiriéndose a los trajes impregnados con PFAS, advirtió: «El cáncer es la principal causa de muerte entre los bomberos y, durante años, los intereses corporativos han priorizado sus ganancias sobre nuestras vidas». Estos efectos pueden haber sido involuntarios al principio, pero seguir comercializando los PFAS como seguros después de que se conocieran los hechos ha causado un daño incalculable a las vidas humanas y al medio ambiente. Y como ya se ha señalado, las consecuencias continuarán muy lejos en el futuro.

Frenar el tsunami

Afortunadamente, la concienciación sobre el problema de los PFAS está aumentando en todo el mundo, lo cual impulsa la búsqueda de soluciones.

El Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP) es un tratado de las Naciones Unidas firmado en 2001. Su objetivo es reducir o eliminar la producción y el uso de compuestos orgánicos contaminantes clave que son difíciles de descomponer. (El término compuesto orgánico se refiere a un compuesto químico creado por la unión del carbono con otro elemento). El Convenio de Estocolmo se ha modificado desde entonces para restringir o eliminar las sustancias químicas PFAS, entre las que se encuentran los PFOS y PFOA, al tiempo que se han suspendido algunos usos anteriormente permitidos.

La mayoría de los principales países del mundo han recomendado limitar su uso, pero como los PFAS se fabrican en todo el mundo y no todos los países los limitan, su producción internacional no regulada podría contrarrestar la reducción mundial prevista con las eliminaciones progresivas de EE.UU. y Europa.

Aun así, hay otros avances alentadores. Cuando se hicieron públicos los peligros, algunas empresas —como Scotchgard, Teflon y otras— empezaron a abandonar los PFAS, introduciendo progresivamente nuevas fórmulas (algunas de las cuales, cabe señalar, siguen siendo problemáticas). La EPA propuso finalmente añadir varios tipos de PFAS al Registro Federal de Componentes Peligrosos de EE.UU. en 2023, y redujo los niveles máximos de contaminantes (MCLs) en el agua potable de 70 ppt a un objetivo intermedio de 4 ppt para el PFOA y los PFOS. La investigación sigue en curso, por lo que las normas estadounidenses y europeas pueden cambiar a medida que sepamos más. Varios estados y algunos países han prohibido los PFAS en los envases de alimentos o restringido el uso de espumas contra incendios a base de PFAS. La Agencia Europea de Sustancias y Preparados Químicos propone limitar aún más el uso de PFAS (con algunas excepciones, como en aplicaciones médicas).

«Diversas fuentes de contaminación por PFAS han desencadenado más de seis mil cuatrocientas demandas desde 2005, de las cuales al menos mil doscientas treinta y cinco se presentaron solo en 2021».

James B. Pollack, PFAS Deskbook [Manual práctico sobre los PFAS], (Environmental Law Institute)

En Estados Unidos, California está eliminando progresivamente el uso de PFAS, exigiendo pruebas y transparencia en el agua corriente municipal y otorgando a cada ciudad la potestad de prohibir el césped artificial y el uso de sustancias químicas PFAS en la fabricación de textiles y prendas de vestir. En febrero de 2024, el Departamento Federal de Agricultura (FDA) anunció que el papel y el cartón resistentes a la grasa tratados con PFAS (si su uso está relacionado con los alimentos) dejarán de venderse en Estados Unidos. El anuncio explicaba que «esto significa que se está eliminando la principal fuente de exposición dietética a PFAS procedente de envases de alimentos como los envoltorios de comida rápida, las bolsas de palomitas para microondas, los envases de cartón para llevar y las bolsas de comida para mascotas». En marzo de 2024, la EPA publicó su Análisis Nacional, que mostraba que las emisiones medioambientales de sustancias químicas tóxicas procedentes de instalaciones cubiertas por el programa fueron un 21% inferiores en 2022 en comparación con 2013. Y nuevas y prometedoras investigaciones sugieren que ciertas bacterias y hongos pueden utilizarse para ayudar a descomponer algunos PFAS.

Mientras tanto, la ciudad de Peshtigo presentó una demanda contra Tyco Fire Products y otras empresas, solicitando el reembolso de los gastos relacionados con el tratamiento de la contaminación local por PFAS. En septiembre de 2022, Tyco presentó un sistema de tratamiento y extracción de aguas subterráneas con el que esperan eliminar el 95% de los PFAS de las aguas subterráneas contaminadas.

Todos estos son pasos en la dirección correcta. Pero en una entrevista de 2018, Cribb dijo a Visión que «no podemos solucionar estos problemas uno por uno. Si se intenta adoptar soluciones simplistas para una amenaza en particular, a menudo empeoramos las cosas en otros ámbitos».

Y esa es la esencia de lo que está ocurriendo con estos contaminantes persistentes. Muchos de los PFAS nocivos de «cadena larga» (con siete o más átomos de carbono) se están eliminando progresivamente, y se están introduciendo como sustitutos PFAS afines de «cadena corta» (seis o menos átomos de carbono), alegando los fabricantes que el cambio estructural los hace más seguros. Algunos de ellos parecen tener propiedades similares a los PFAS originales, aunque otros sí se descomponen —aunque muy lentamente— en el medio ambiente. Con todo, hay pocos estudios científicos sobre la nueva generación de productos químicos PFAS, y las investigaciones realizadas hasta ahora muestran peligros similares a los de sus predecesores. En algunos casos, parece que los sustitutos de cadena corta tienen un potencial de alteración endocrina incluso mayor que los originales de cadena larga. Sencillamente, aún no sabemos lo suficiente sobre ellos. Los sustitutos de los PFAS y otras sustancias químicas industriales persistentes deben someterse a un intenso escrutinio y a un cuidadoso examen antes de utilizarse de manera generalizada.

La realidad, por supuesto, es que mientras haya demanda y se obtengan ganancias, los fabricantes seguirán produciendo estos compuestos químicos. Así que nos corresponde a cada uno de nosotros asumir la responsabilidad personal de ayudar a nuestra futura descendencia y a nuestro planeta.

«Espero que lo que les he dicho ahora no sea completamente deprimente —dijo Grandjean tras describir los problemas con los PFAS—, sino que también puedan ver que quizá haya una salida a todo esto». Con nuestros esfuerzos individuales y colectivos, podemos «pensar como especie», por citar a Julian Cribb; juntos podemos marcar la diferencia. Muchos recordarán que, a mediados de la década de 2000, los consumidores dejaron de comprar biberones, botellas de agua y otros productos que contenían bisfenol A (BPA), compuesto químico posiblemente cancerígeno y alterador endocrino. Aunque la FDA estadounidense y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria declararon que el BPA era seguro en su uso habitual, los minoristas escucharon a los consumidores y empezaron a retirar de las estanterías los artículos fabricados con BPA. Al año siguiente, comenzó la legislación para prohibir el BPA en los envases de alimentos infantiles en Estados Unidos. «Y así conseguimos productos mejores y más seguros gracias a los consumidores», dijo Grandjean.

En esa misma entrevista de Visión en 2018, Cribb explicó el poder del consumidor: «En realidad podemos tener más influencia en el mundo como consumidores que como votantes, porque... nuestros mensajes económicos realmente disciplinarán a la industria, e influirán en el gobierno. Así que solo con nuestra forma de vivir, podemos influir en toda la economía».

Hacer esto significa decidir sacrificar parte de la comodidad antiadherente y resistente a las manchas a la que nos hemos acostumbrado, y evitar (en la medida de nuestras posibilidades) comprar artículos fabricados con químicos eternos. En vez de pasar la carga a las generaciones futuras, cada uno de nosotros puede asumir su parte de responsabilidad por los errores colectivos cometidos en el pasado, superar nuestra tendencia humana natural a dar prioridad a la comodidad y las ganancias por encima del cuidado y la preocupación por la humanidad, y realizar cambios personales hacia un futuro mejor para todos. Podemos contribuir a ello y hacerlo ahora, tratando a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros.

Cómo navegar en un mundo tóxico

Es fácil ignorar los peligros que no podemos ver, sobre todo cuando los efectos no son evidentes de inmediato. Sin embargo, los contaminantes ambientales nos afectan silenciosamente de forma alarmante.

Pero no es demasiado tarde. Según el escritor científico Julian Cribb, el cambio es posible: «Si los consumidores exigen productos seguros, sanos y ecológicos, y están dispuestos a pagar a la industria un poco más para que los produzca de forma segura, podemos limpiar nuestro planeta en una generación y salvar innumerables vidas».

El problema es que esto requiere, de cada uno de nosotros, una forma diferente de pensar. Aunque no podemos evitar todos los peligros químicos medioambientales en nuestras vidas, cada uno de nosotros puede empezar a dar pequeños pasos hacia una mejor gestión. He aquí algunas cosas a tener en cuenta:

  • Sea un consumidor informado. Lea mucho y elija alimentos y productos que reduzcan el impacto humano en el medio ambiente, apoyando así a los agricultores y productores concienzudos, a la vez que protegemos nuestra salud y la de nuestra familia.
  • Investigue los productos de cuidado personal y limpieza, los envases de plástico y los juguetes. Como no siempre se puede saber de dónde proceden los alimentos, elija una amplia variedad para reducir la posibilidad de ingerir muchas toxinas de una fuente en particular y, tanto como sea posible, evite los productos nocivos.
  • Siempre que sea posible, elija telas y materiales naturales para la ropa, la preparación y el almacenamiento de alimentos, el mobiliario y los revestimientos del suelo, y evite —o, mientras su presupuesto lo permita, considere su sustitución por opciones más seguras— los que hayan sido tratados químicamente para resistir manchas, adherencias, arrugas, agua, llamas u hongos.
  • Quitar el polvo con frecuencia usando trapeadores o paños húmedos, y abrir las ventanas cuando sea práctico. La ventilación ayuda a eliminar toxinas presentes en el aire.
  • Hable del tema con otras personas; crear conciencia y educarnos es un paso fundamental para cambiar nuestros hábitos y comportamientos.

    Evitar los productos químicos tóxicos puede parecer una tarea inútil. Sería imposible —y terriblemente caro— eliminar de nuestras vidas todos los peligros para la salud, pero cada uno de nosotros puede hacer algo. Elegir opciones que pueden ser menos convenientes hoy, pero más seguras y mejores para el mañana, es un reto. A medida que cambian la legislación y las tendencias, podemos mantenernos informados consultando los sitios web de las agencias de protección del consumidor.