¿La Biblia está en contra de las Mujeres?

¿Las Sagradas Escrituras —el Antiguo y Nuevo Testamento— están en contra de las mujeres? Es una afirmación bastante común. A las esposas de los patriarcas se les consideraba serviles, se dice que la antigua sociedad hebrea trataba a las mujeres como posesiones y al apóstol Pablo, considerado por muchos como el verdadero fundador del cristianismo, se le ve como a alguien que odiaba intensamente a las mujeres. Dadas estas percepciones, ¿podemos siquiera pensar que la Biblia no está en contra de las mujeres?

En las últimas décadas se ha desarrollado una teología feminista con el aparente propósito de liberar a las mujeres y así conferirles poder, tanto en la iglesia como en la sociedad. Para algunos, el resultado ha sido un rechazo total de las Escrituras (con su denominado «patriarcado irredimible») en favor de una teología en la que los roles de hombres y mujeres se han invertido.

Alguien que con frecuencia es central en ese argumento es María Magdalena, considerada por muchos como que presenta un desafío al dominio tradicional masculino dentro de la iglesia. Después de todo, si hemos de creerle al célebre libro del Código da Vinci de Dan Brown, ¿acaso no fue María Magdalena la amante de Cristo y su 13º apóstol (incluso superior a los demás apóstoles)? Basado en el gnosticismo, una alternativa espuria a las primeras enseñanzas cristianas, Brown ha dirigido mucha atención favorable a su literatura, que parece apoyar un rol más dominante de las mujeres en la sociedad y la iglesia (consulte «¿María? ¿Cuál María?»).

Mientras tanto, en la mayor rama de la cristiandad, otra María —la madre de Jesús— ha sido elevada a la posición de corredentora de la humanidad junto con Cristo (consulte «Asunción y Auge de la Reina del Cielo»), pero debido a que la Iglesia Católica Romana no ha permitido que las mujeres sean ordenadas sacerdotes, muchos aún la consideran como un cuerpo religioso deficiente que tercamente mantiene un supuesto y antiguo status quo. Existen debates similares en otras iglesias, donde los antagonistas recitan de memoria diversos pasajes bíblicos que apoyan su punto de vista.

LA CONEXIÓN CON EL QUMRÁN

Desafortunadamente, las personas rara vez se detienen a analizar la Biblia como un todo. Los escritores del Antiguo y Nuevo Testamento promueven un punto de vista consistente de Dios con respecto a las mujeres. Contrario a la opinión popular, ningún autor describe a Dios como en contra de las mujeres.

El Nuevo Testamento fue escrito en un entorno judío que en realidad tenía una perspectiva sorprendentemente progresista respecto al rol de las mujeres en la sociedad en comparación con otras culturas de aquella época, y estaba basada en las leyes, prácticas y principios del Antiguo Testamento. La prioridad masculina en la díada hombre-mujer era una función de diversas leyes de la Torah que se aplicaban a un hombre judío en contraposición a una mujer judía. Así que mientras la sociedad tenía, sin duda, el propósito de ser patriarcal en su estructura, jamás condonó el abuso a las mujeres.

Los años transcurridos entre los acontecimientos descritos en el Antiguo y los del Nuevo Testamento se conocen como periodo intertestamentario. Podemos conocer mucho acerca de cómo veía a las mujeres una sección de la sociedad judía de ese periodo a través de un documento encontrado entre los Rollos del Mar Muerto.

El Documento de Damasco, descubierto en 1952 en la Cueva 4 de Qumrán en el desierto de Judea, parece incluir las reglas de asociación de una comunidad esenia. Algunos consideran a los esenios como una secta célibe, pero Josefo, historiador judío del siglo primero, señala que algunos de ellos estaban casados (La Guerra de los Judíos 2.8.2, 13). Una de las reglas señalaba un castigo para aquéllos que murmuraban en contra de las madres. Aunque el castigo era menor que el aplicado a quienes murmuraban contra los padres, el hecho de que la violación al quinto de los Diez Mandamientos (honrarás a tu padre y a tu madre) conllevaba una pena indica que las mujeres sí tenían derechos fuera del hogar. El recinto del templo en Jerusalén ofrece otro ejemplo de esos derechos dentro de la comunidad religiosa, en cuanto a que las mujeres tenían un tribunal en el cual se podían reunir, junto con los hombres judíos, y se encontraba más cerca del Lugar Santísimo que el tribunal donde los gentiles tenían permitido reunirse.

EL PERIODO DEL NUEVO TESTAMENTO

En su trabajo de investigación «Mothers, Sisters, and Elders: Titles for Women in Second Temple Jewish and Early Christian Communities» [Madres, Hermanas y Ancianas: Títulos para Mujeres en las Primeras Comunidades Cristianas y Judías del Segundo Templo], Sidnie White Crawford completa el espacio hasta el periodo del Nuevo Testamento y muestra que las mujeres disfrutaban de derechos similares en el mundo fuera de la cultura judía (es decir, fuera de la comunidad esenia), y que ese hecho queda demostrado por los escritos de los apóstoles. Encontramos que las comunidades judías permitían consistentemente a las mujeres tener un lugar fuera del hogar dentro de la comunidad espiritual.

«Nuestros rabinos enseñaron: Con respecto a un hombre que ama a su esposa como a sí mismo, que la honra más que a sí mismo… Las Escrituras dicen: “Sabrás que hay paz en tu tienda” [Job 5:24]».

Talmud (Yebamoth 62b)

La ley oral y escrita basada en las Escrituras Hebreas prescribía garantías para las mujeres. Por ejemplo, garantizaban a las mujeres el derecho a apelar a las autoridades religiosas en caso de que la relación de su esposo se tornara abusiva. Un esposo tenía responsabilidades estrictamente definidas para con su esposa y su familia, en las cuales tenían jurisdicción las autoridades religiosas. Esto permitía a las mujeres judías disfrutar de una posición de honor en la sociedad del siglo primero, a diferencia de sus contrapartes en la cultura grecorromana dominante. Los apóstoles claramente transmitieron estos valores a las nuevas congregaciones que establecieron. Por ejemplo, Lucas, al escribir los Hechos de los Apóstoles, prestó especial atención a incluir el nombre de las mujeres que formaban parte de la iglesia y que ayudaban en su misión.

LA VERDAD DE LOS EVANGELIOS

Los feministas que desean emplear la Biblia como base de su teología frecuentemente recurren a los relatos de la resurrección: las mujeres se presentaron temprano a la tumba de Jesús y, por tanto, fueron las primeras en ser testigos del Cristo resucitado. Algunos también enfatizan la presencia de las mujeres en el sitio de la crucifixión. Lo que estos feministas no reconocen es que los romanos hubieran interpretado la presencia de discípulos masculinos (cualquiera que fuese su número) en cualquiera de esos acontecimientos como una declaración política y, como tal, quizá también como un delito mayor; no obstante, bajo su perspectiva de género, los romanos no veían a las mujeres como una amenaza a su autoridad.

Empero, al enfocarse únicamente en el final de los relatos de los Evangelios, es probable que los lectores no puedan apreciar parte del material más enérgico acerca de Jesús, material que debería moldear la relación de todo ser humano con su prójimo, sin importar su género o raza.

El Evangelio de Mateo contiene la primera biografía de Jesucristo. El relato comienza con una genealogía que incluye el nombre de cinco mujeres desde los anales de la historia judía. En algunas ocasiones los comentaristas han luchado con el razonamiento de Mateo. ¿Por qué incluir mujeres de una manera tan pública en la genealogía de Jesucristo cuando Lucas, conocido por ser tan incluyente de las mujeres, no menciona a ninguna en su genealogía?

El relato de Mateo está claramente desarrollado para un fin específico. Comienza con el trío, en orden cronológico, de Abraham, David y el Mesías —identificado como Jesús—, y concluye de la misma forma (Mateo 1:1, 17). Entre estas dos declaraciones Mateo construye tres secciones de la genealogía, con 14 generaciones cada una. Cuatro de las mujeres se mencionan en la primera sección, mientras que la quinta, María, la madre de Jesús, aparece al final de la tercera. La inclusión de las mujeres no es de ninguna manera accidental o inintencional.

Al considerar el propósito de Mateo los comentaristas a menudo se han enfocado en las primeras cuatro mujeres y han excluido a María. Las primeras cuatro se identifican frecuentemente con escándalos sexuales —reales o percibidos— en los que estuvieron involucradas. Tamar fingió ser una prostituta para que su suegro durmiera con ella y así pudiera concebir. A Rahab se la considerada la ramera de Jericó. Los comentaristas hablan de una cita a media noche de Rut (con Boaz) para mantener el tema sexual en la genealogía. Y, por supuesto, Betsabé, la esposa de Urías el hitita, es bien conocida por su coqueteo con el Rey David, lo que condujo a su embarazo y a la muerte de su esposo. Pero esta explicación omite cualquier motivo para el lugar de María en la lista y, por tanto, debe ser considerada deficiente. Tampoco es más convincente el argumento de que las mujeres eran pecadoras. De acuerdo con el registro bíblico, todas las personas mencionadas en la genealogía, hombres y mujeres (excepto Jesús) son consideradas pecadoras.

Obviamente, la presencia de mujeres en la genealogía habla de su inclusión a una escala universal, pues tres de las cinco mujeres mencionadas provienen de naciones gentiles. Así, la genealogía de Mateo enseña a incluir a toda la humanidad, invalidando la tradición de su época. El apóstol Pablo, en su epístola a los gálatas, habla de esta inclusión en oposición a la perspectiva judía tradicional sobre la sociedad: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). El privilegio de ser judío y no griego, libre y no esclavo, hombre y no mujer, sigue siendo, hasta la fecha, parte de una oración de gracias judía.

La literatura judía, que comienza antes del nacimiento de Jesús y continúa hasta los comentarios arameos escritos en los siglos II y III de la era actual, consideraba a las primeras cuatro mujeres mencionadas por Mateo como personas justas. Eran mujeres cuyos pecados habían sido perdonados y cuyas acciones subsiguientes habían estado motivadas y controladas por el Espíritu Santo. Tanto Filón como Josefo amplían este aspecto del registro bíblico. Esto se relaciona claramente con el relato de Mateo acerca de María y ofrece un vínculo común con las otras cuatro mujeres. Además, las cuatro fueron fundamentales para preservar los pactos que Dios hizo con Abraham y David, de quienes el Mesías habría de ser el heredero legítimo. Así, ellas tuvieron un papel importante en el plan de Dios para su pueblo, como señala Mateo al referirse a María.

La justicia es un tema recurrente en el primer capítulo del libro de Mateo. El autor de este Evangelio describe a José, el futuro esposo de María, como un hombre justo (versículo 19). A partir del contexto podemos ver que la opresión, el abuso y la brutalidad —comportamientos que los feministas generalmente consideran típicos en el patriarcado— se encuentran notoriamente ausentes del trato de José hacia María. José buscó una solución piadosa a los problemas de su prometida embarazada, una solución que reconoció las necesidades de María, no su ego masculino herido. Se presenta a José buscando la misericordia de Dios más que las sanciones disponibles de la Torah. De igual manera, las Escrituras Hebreas definen a Abraham, David y el Mesías por su justicia (Génesis 18:19; 2 Samuel 8:15; Isaías 9:7).

Es como si Mateo iniciara su relato sobre la vida de Jesucristo afirmando que, bajo un entendimiento real de los propósitos de Dios, el lugar de una mujer en la sociedad es diferente al prescrito por otras comunidades de aquella época. No es sólo en el hogar o en la comunidad religiosa que las mujeres tienen una función; pueden ser escogidas por Dios para preservar a la nación y lograr Sus fines. Ellas tienen un lugar en el mensaje de Jesucristo y un propósito en el plan de Dios.

Mas el sólo enumerar a las mujeres como justas y participantes en el plan de Dios para la humanidad no cambia en sí la suerte de las mujeres en aquel entonces o en la actualidad. ¿Cuál es, entonces, el propósito de las mujeres en el plan de Dios, y cómo se relaciona con la estructura patriarcal que tantos desprecian?

Una sencilla pregunta podría ayudar a abordar el problema real: ¿Mateo habló de Jesús instruyendo a sus discípulos en el área que es de mayor interés para los feministas, es decir, la opresión? Ciertamente, presenta a Jesús como un judío observador de la Torah; no obstante, una lectura superficial del Evangelio de Mateo muestra que el nivel de observación de la ley que Jesús enseñó era radicalmente diferente al que otros habían enseñado. Él estableció un estándar superior que desafió a los líderes religiosos judíos, así como al Imperio Romano y a cualquier otra cultura de la actualidad. Y ese desafío continúa vigente el día de hoy.

EL JUEGO DE PODER

Algo central a la revelación de la Torah en el Monte Sinaí fue el concepto de amar al prójimo como a uno mismo. Jesucristo y los líderes religiosos de su tiempo reconocían éste como el segundo gran mandamiento de toda la Torah (Mateo 22:36–40). Esto requería un nivel de respeto por la vida que estaba ausente en el mundo cruel del Imperio Romano. Ni los líderes religiosos judíos ni los mismos discípulos de Jesús habían apreciado jamás lo que Jesús ahora les enseñaba acerca de este mandamiento. Se había reinterpretado de muchas maneras, pero siempre dando ventaja a uno mismo. Entonces Jesús tuvo que confrontar la falsa dicotomía de amar al prójimo y odiar a los enemigos (Matheo 5:43–47). El relato de Lucas acerca de la enseñanza de Jesús muestra que incluso una persona percibida como enemiga puede ser el prójimo (Lucas 10:25–37). De hecho, los cuatro autores de los Evangelios hablan del mismo tema (consulte Marcos 12:28–34; Juan 10:11; 13:35). En términos simples, Jesús enseñó que la vida se debía vivir en beneficio de los demás, no de uno mismo. Los escritores de los Evangelios muestran que Jesús llevó este entendimiento a un plano superior. Amar al prójimo no podía ser un acto pasivo; requería un interés activo.

Esta verdad acerca de lo que se necesita en las relaciones humanas continúa a lo largo del Evangelio de Mateo. Su narración de las palabras de Jesús hace referencia repetidamente a la creación de un entorno social basado en el servicio y el cuidado, no en el poder. Mientras que el sistema patriarcal con frecuencia se interpretaba como que equiparaba la autoridad masculina con el poder, Mateo muestra que la enseñanza de Jesús es que el poder no es lo que le da autoridad a una persona, sino que es su servicio a los demás lo que la establece (Mateo 18:1–5; 19:30; 20:16, 20–28; 23:8–12).

Si la base de seguir a Cristo es servir a los demás, ¿qué nos dice esto de la relación de un esposo con su esposa, o de una mujer con su marido? ¿No deberían ambos buscar el bienestar del otro? ¿Qué parte tiene la brutalidad, la opresión o el abuso en dicho modelo? ¿Y qué parte debería tener en la sociedad en general?

Mateo concluye su relato con Jesús instruyendo por última vez a sus discípulos. Una vez más su instrucción menciona el poder con un énfasis distinto. Les dice que el poder en el cielo y en la tierra le ha sido confiado a Él por Su sacrificio. Los discípulos serían facultados por el Espíritu Santo en su misión, pero sólo en la medida en que siguieran el ejemplo y las indicaciones que Jesús les había dado (Mateo 28:16–20). El Evangelio de Mateo deja claro que el ejemplo y la instrucción de Cristo incluía la obediencia a la Torah de Dios, no sólo como una rutina o pensando en el interés propio, sino como un medio para conocer la naturaleza de cuidado que tiene el Creador con la humanidad. Los seguidores de Jesucristo pueden ser facultados en su vida conforme aprendan a amar a Dios y a su prójimo como a ellos mismos. Sin ese enfoque, cualquier intento por cambiar las relaciones humanas es en vano.

Vale la pena detenerse a considerar las implicaciones de este enfoque. Los verdaderos seguidores de las enseñanzas de Jesucristo jamás hubieran aceptado las ideas de jerarquía desarrolladas de los siglos II a IV. Esos seguidores jamás hubieran volteado al Imperio Romano para entender cómo debía ser su organización. Los especialistas de la actualidad hablan de una ruptura entre los cristianos «ortodoxos» y los «herejes» gnósticos respecto a las jerarquías masculinas y el rol de las mujeres, pero éste no hubiera sido ningún problema para un verdadero seguidor de Cristo. Tal división sí ocurrió en el dominio cristiano, y es un indicio de que algo había salido terriblemente mal con el entendimiento de la gente respeto a las enseñanzas de Jesucristo.

Así también en la actualidad, la continua ansiedad feminista respecto a la opresión masculina indica que no hemos aprendido las lecciones de preocuparnos por los demás. En lugar de ello, la codicia por el poder y el control aún dirige y caracteriza a las sociedades de hoy que ruegan por una respuesta a una pregunta mucho más importante:

Podemos llamarnos a nosotros mismos cristianos, pero ¿somos realmente seguidores de Jesucristo?